Una casa en ruinas

Roberto Abad

(Cuernavaca, 1988). Con el libro Cuando las luces aparezcan (Paraíso Perdido, 2020) ganó el Premio Nacional de Narrativa Ramón López Velarde 2018.

Nos gustó el departamento porque, además de tener recámaras grandes, entraba buena luz, los ventanales parecían estallar de tan blancos y todos sabemos que una casa es mejor cuando está iluminada, pues así las cosas encuentran su propio calor. Pisos de madera, techos altos, puertas con acabados coloniales. Además quedaba cerca de nuestro trabajo. A Raquel la habían transferido a una secundaria de tiempo completo en la que, dentro de unos años, podría concursar para el puesto de directora; a mí, finalmente, me dieron un proyecto de construcción de vivienda y, en medio de la mudanza, todavía saboreaba la noticia.

El día que arrancó la obra le dije a Raquel que, si todo salía como pensaba, muy pronto compraríamos los muebles que nos hacían falta. Y es que al poner un pie en la sala, cualquiera se daba cuenta de la nostalgia que desprendían las paredes. Teníamos la necesidad de llenar ese espacio lo más pronto posible, pero no pasaría hasta que saliéramos del gasto de las escrituras. Eso no impedía que cada tarde Raquel eligiera plantas y accesorios en la computadora. Ansiosa, elaboraba bocetos de cómo se vería tal o cual esquina. Tenía un talento natural para hacer que los lugares cobraran vida con una simple adecuación. Ahora yo daba por hecho que si nos esforzábamos podríamos llevar a cabo todos nuestros planes, como viajar a otro país. 

Aquella mañana fue productiva. Los obreros limpiaron el terreno y los topógrafos comenzaron los cálculos para la nivelación. A las cinco de la tarde, Raquel me envió un mensaje de Whats preguntándome si podía pasar de regreso por la cena. Como no me ubicaba bien aún, le pregunté a uno de los chalanes dónde había una plaza o un centro comercial. Éste me contestó que a unos quince minutos por la carretera, pasando la desviación a El Vergel. 

¿El Vergel está por aquí?, le pregunté sorprendido y asintió; me apenó no saber con exactitud dónde estaba parado.

Había olvidado una parte de mi infancia. ¿Cuánto pasó desde entonces? ¿Veinte, treinta años? Viví con mis padres en esa colonia de las orillas del municipio. Los tres y un perro cuyo nombre, a esas alturas, podría ser cualquiera. Teníamos una casita de tres cuartos con un patio lleno de macetas y un tanque de gas. Eso era todo.

Al pasar por la desviación de la que me habló el trabajador, vi el letrero y una flecha hacia El Vergel. No me detuve. En la noche, mientras cenábamos sushi en la cama, le conté a Raquel sobre el hallazgo. Le dije que tenía lagunas mentales y comenzó a reírse.

Pero cómo no vas a acordarte, Carlos.

Estaba muy chico. Creo que había árboles.

Árboles hay en todos lados.

La fachada era roja. Cerca pasaba un río, me parece… ¿O no?

Ay, amor, cómo voy a saber. Mira, ve, te queda cerca. Supongo que estando ahí vas a recordar. A tus papás les habría gustado que fueras a echar un ojo. Digo, si no vas a verlos a la tumba, al menos vuelve a la casa donde vivieron.

Dejé de lado la cena. La franqueza de Raquel a veces me parecía insoportable. Intentó matizarlo: Ve si te sientes bien, dijo, si no, no pasa nada. Me pregunté qué hubiera hecho ella. Claro, sus padres vivían aún, dudo que me entendiera, aunque quizá tenía razón: encontrarme con la casa de mi infancia podía ser una forma de renovar la memoria.

Al otro día, cuando salí del trabajo, tomé rumbo hacia la desviación. Extrañamente, al contrario de lo que pasaba con mis recuerdos en El Vergel, tenía frescas las vivencias posteriores. Nos habíamos mudado a un departamento en la ciudad. Si bien siempre fuimos una familia silenciosa, esa época nos llevó a un fondo de mutismos. Mi madre hacía trabajos de costura y mi padre iba al despacho de abogados. La primaria a la que me cambiaron tenía salones con ventilación. Ahí fue donde empecé a hacer maquetas de casas.

Me costó trabajo reconocer la entrada de la colonia. Más adelante, pasando un tope, iniciaban las privadas. Giré a la derecha y, bajando la velocidad, avancé sin quitar la mirada del camino. Las viviendas eran de concreto, la calle estaba pavimentada y las aceras tenían los bordes pintados de rojo, y un ficus cada cinco o seis metros. Me detuve en la esquina y di vuelta sobre lo que parecía ser el camino principal. Me detuve frente a un quiosco en el que la vida sucedía de modo apacible: había gente paseando de la mano, puestos vendiendo hot cakes y plátanos fritos con lechera, y tordos escandalosos volando por encima, al pendiente de las moronas que se caían de un puesto de quesadillas. No reconocí nada, preferí marcharme.

Tal vez te equivocaste de colonia, dijo Raquel en la noche, cuando le platiqué de mi visita. Me alcé de hombros. En todo caso, el tiempo había hecho lo suyo: disolver. Quizá el sitio donde crecí ya no existía.

Sabes los nombres de las calles, ¿no?

Sí, mi papá recibía correspondencia casi a diario. Oficios, actas, papeles. Yo le dejaba los sobres en el escritorio. Vivíamos en Álamo cinco, esquina con Fresno.

¿Por qué no usas el gps? Nada pierdes.

A veces Raquel y yo nos divertíamos buscando en el teléfono sitios lejanos a los que difícilmente podríamos llegar, como esas islas diminutas en el Ártico o las montañas del Himalaya. También solíamos dar recorridos virtuales en ciudades turísticas, visitar los monumentos más icónicos. No era descabellada su idea.

La siguiente tarde fui hacia El Vergel y, estacionado en el quiosco, saqué el celular y escribí la dirección exacta. Aunque la señal era mala, tardó poco en aparecer la vista del mapa. La colonia se había extendido hacia el sur, como una comunidad de hormigas que se apropia de las raíces de un árbol. Para mi sorpresa, al destino señalado había sólo siete minutos de distancia a pie. Menos de un kilómetro. Enseguida caminé hacia allá.

Sobre una calle profunda, a unos metros, la vi en medio de otras dos casas cuidadas y con puertas de herrería. La vivienda saltaba a la vista justamente porque el polvo escurría sobre la fachada y la losa; una capa marrón se descarapelaba de los muros, y la puerta de madera la detenían un candado y una cadena en el hueco donde debía ir la cerradura. Eché un vistazo por la ventana lateral: parte de las vigas se había derrumbado. De pronto, noté al interior la figura de un niño parado entre la sombra y los escombros. Lo saludé, le pregunté su nombre, pero no me contestó. Ey, ¿estás solo?, ¿puedes llamar a tus papás? Nada. Alcancé a ver su ropa y reconocí los tenis. Eran idénticos a los que yo utilizaba a esa edad, unos Converse negros. Me fui enseguida.

Esa noche, Raquel, sin dejar de ver la televisión, me preguntó cómo me había ido. Cuando me acosté a su lado, se volvió hacia mí y me acarició el cabello.

Di con una casa. No estoy seguro. Está echada a perder. ¿Te cuento algo? Vi a un niño adentro. Tenía mi ropa. Estaba lleno de polvo… Podría jurar que era yo.

Ella frunció el ceño y me abrazó diciendo: Creo que debes descansar.

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Unos meses después de que nos mudamos de El Vergel al centro de la ciudad, mamá dejó de cocinar, se la pasaba dormida o escuchando radio. La veía llorar en las tardes y, cuando llegaba papá, ella apagaba el aparato y se ponía a tejer en la habitación. Hizo tantos suéteres para mí que terminó regalándolos a los vecinos. A veces bordaba el resto de la noche. Me daba cuenta porque a la mañana tenía los ojos ensombrecidos y rojos.

Papá comenzó a tomar whisky antes de irse al trabajo y también al regresar. Apenas le dirigía la palabra a ella. Varias veces la oí echarle en cara que tenía una amante, y es que cuando llegaba después de las doce, ni siquiera entraba a su cuarto, se quedaba en el estudio y por la mañana el suelo estaba repleto de colillas. En cuestión de meses, el despacho tuvo una crisis y papá vendió el coche para salir de las deudas. Pronto se adelgazó.

Mi madre murió de un paro cardiaco cuando yo iba en la secundaria; mi padre, pocos años después, de insuficiencia renal. No recordaba, sin embargo, qué había pasado con la casa de El Vergel. No pude quitarme la imagen de las ruinas. Dormía mal. Sentía una especie de asfixia y Raquel se dio cuenta; creía que lo mejor era ya no decirme nada.

Cumplida la semana de la primera visita, y harto del insomnio que se había desatado, me hallé ante la misma fachada de la casa aquella, tratando de indagar sobre un pasado que tenía la consistencia de un espejismo. Antes de mirar en su interior, me volví hacia la banqueta de enfrente, donde había una casita de un solo nivel que, si bien parecía haber sido remodelada, tenía alguna similitud con la de mi familia. Toqué la puerta y se entreabrió.

Buenas tardes, dije echando un vistazo, escuché una voz que venía de la parte trasera. Caminé, siguiendo la malla, hasta dar con el jardín. Un anciano de gorra tenía en las manos una escoba para barrer el pasto y hacía montones de hierba.

Buenas, don.

El viejo, quitándose la gorra, me alargó una mirada. Luego se sonó la nariz con un paliacate. No respondió, pero se acercó a la orilla.

¿Qué dice?, es que no lo oigo bien.

Buenas tardes, quería preguntarle…

¡Marce! ¡Ven a ver qué quiere el muchacho! 

Tras unos segundos de espera, una mujer de unos cuarenta años salió del fondo secándose las manos en el pantalón y me saludó amablemente. Era su hija. Le expliqué que buscaba una casa, me interesaba vivir por esos rumbos, lo que pareció asombrarle.

De casualidad, ¿saben de quién es la que está allá?, dije y señalé
al otro lado.

Ella negó con la cabeza, pero su papá conocía a la gente de la colonia; le repitió la pregunta casi a gritos, pegada a su oreja.

¡Ah, era de los Mendoza!, respondió el señor.

Sentí un pinchazo en el pecho. Sabía que no me equivocaba, que ése era el lugar en el que vivimos. Quise saber si los conoció.

¡Que si conoces a los dueños, papá!, coreó la hija mientras ahuyentaba un mosquito.

El hombre pensó un instante y, esforzándose en articular, contestó: Sí, pero hace mucho no sé nada de ellos, tiene bastante que se fueron… ¡Años!… Una pareja y su escuincle… les regalaba mangos de aquel árbol. Se fueron después del accidente. No sé a dónde.

Sin que yo se lo pidiera, la mujer le preguntó qué había pasado. El viejo soltó:

Antes corría el agua cerca de la barranca, ahora ni una gota. Pero antes sí bajaba y desde aquí podía escucharse. Un día fueron a ver el río, y se lo agarró la corriente, al niño; cuando lo sacaron no respiraba. Eso dijeron, pues. Ahí nomás dejaron la casa, sola, a la buena de Dios, sin nadie que le diera una barrida. ¿Usted quiere comprarla? 

Asentí sin fuerza, buscando cualquier palabra en la mente. El viejo, distraído, añadió algo sobre la comida del perro; su hija sonrió como disculpándose por el cambio abrupto de tema.

Mejor vamos adentro, dijo ella, y en voz baja: ni perro tenemos…

Antes de que se fuera, le pregunté a ella si sabía algo más; dijo que no. Agradecí las atenciones y regresé a la calle. Me paré de nuevo frente a la casa. Aunque el sol seguía en lo alto, percibí un frío repentino en el cuerpo. Tomé asiento en el escalón de la entrada. Estuve ahí viendo el suelo, con la mente llena de acertijos, hasta que saqué el celular de la bolsa para verificar la dirección. Escribí el nombre de las calles en Google Maps. Segundos después, un mensaje en la pantalla me avisó que no podía detectarlas.

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