Réflex / Laura Meradi

Es el primer retrato que sacó mi hermano con su primera cámara réflex. En la parte de atrás, con una fibra que habrá sido usada en el 86 u 87, dice: Godot. Como si la chica de la foto no fuera un ser independiente llamado Julia, sino la célula de un clan. Esa foto, el gesto de mi hermano y el mío, les pertenece a los Godot. Yo no era Julia. Yo era la menor de cinco hermanos, tres varones y dos mujeres. Era la que enterraban en la arena para hacerla gritar, para reírse, ellos cuatro, de mí. Yo era el payaso gritón que se irritaba por las trampas más estúpidas, trampas en las que sólo podía caer un payaso. Y me enojaba y me entraban ganas de llorar, pero no iba a llorar por ellos, no iba a debilitarme así, entonces me enojaba y, clic, la foto.
     Ahora, mientras escribo esto, viajo en una casa rodante por Misiones, con unos amigos que conocí hace unos días. El lema, que está anotado sobre la bacha de la cocina, es: «El que se enoja pierde». He descubierto que todos aquí se enojan cuando se sienten ridículos. Nos enojamos porque exageramos cada gesto. Acá todo es exagerado. El espacio es muy chico. Lo que de día es una mesa por la noche es una cama, y a la mañana, cuando se hace día y algunos ya están preparando el mate, uno babea aún dormido sobre la mesa del desayuno. Exageramos. Exageramos el sueño y las ganas de desayunar. De cada movimiento congelamos un gesto, y ese gesto se repite en nuestra retina hasta sacarnos la reacción más ridícula. Como un perro que ladra con furia frente al espejo, pero sin animarse a acercarse nunca del todo y comprobar que el reflejo que lo enoja es el del propio ladrido. El amor es ridículo. Los primeros días, estando acá, sentí que me enamoraba. Dormía cucharita con uno de los chicos que acababa de conocer, y de pronto el corazón empezó a dar saltos y pensé: Se va a dar cuenta, se va a dar cuenta, se va a dar cuenta. Pensé: Cómo puede ser que me suceda una cosa así, que no pueda controlarlo. Y cerré los ojos y me acurruqué más y más, y de pronto sentía algo en todo el cuerpo que era una mezcla de amor caliente, y recordé que exactamente eso yo sentía a los cuatro años por un chico que venía a la sala amarilla conmigo. A la hora de la siesta, después de la merienda, yo nunca lograba dormir. Como ahora, el cuerpo se agitaba estando cerca de ese otro cuerpo y la cabeza se me llenaba de chispas, trabajaba y trabajaba, imaginando. Una tarde de lluvia la maestra nos había armado dos mesas largas para que jugáramos adentro durante el recreo. Las chicas estaban en la mesa de la derecha y los chicos en la mesa de la izquierda. Todos uniformados con nuestros delantales a cuadritos blancos y amarillos. Al lado de Lucas había quedado una sillita desierta, y yo tomé valor y me senté a su lado. Atrás nuestro estaba el perchero, y después de corroborar que no hubiera nadie mirando yo estiré un bracito y le rodeé la cintura. Lucas hizo lo mismo casi en el mismo momento: me rodeó la cintura con su brazo, por encima de mi brazo, y yo sentí que el corazón se me salía del pecho y ocupaba toda la sala. Nos quedamos así, quietos, mirando al frente, mientras los otros chicos ignoraban lo que sucedía a nuestras espaldas. Cuando la maestra dio la vuelta por detrás del perchero, nosotros deshicimos el abrazo. Y cuando dio otra vuelta y volvió a quedar del otro lado de la mesa, volvimos a rodearnos con nuestros bracitos por la cintura. No hacíamos nada más. Experimentábamos. El cuerpo se inflaba y se desinflaba, respiraba, como una ameba. Nunca hablamos del tema, y ésa fue la primera y última vez que nos abrazamos. Amar es ridículo. Nunca tiene la forma del amor. Es siempre incorrecto. Nos daba vergüenza mirarnos a la cara, porque el amor derretía nuestra máscara.
     En la mesa de la casa rodante despliego las fotos que traje entre las páginas del libro. Lucas —que no se llama Lucas pero fue Lucas esa noche de la cucharita y el recuerdo en mi sala amarilla— ve el primer retrato que me sacó mi hermano. Yo pienso que él se va a asustar. Pero se ríe y dice: Siempre con esa cara de estar oliendo mierda. Mi enojo le da risa. Le saco la foto de las manos y junto todas las fotos desplegadas, para volver a guardarlas en el libro. Me mira y dice: El que se enoja pierde.
     Creo que a los seis años yo estaba totalmente enamorada de mi hermano fotógrafo. Él tenía dieciséis, abundantes rulos dorados y la espalda y los brazos torneados con dureza y suavidad como los de un guerrero. Tengo guardado en el libro un autorretrato que se sacó esa noche en la playa. Tiene en el rostro el mismo gesto que yo: enamorado de la vida eterna y rechazado por ella, se siente ridículo y mira a la cámara con enojo. Los mismos ojos, la misma boca. Su torso desnudo y los rulos coronando el gesto. Imagino su mano llena de verrugas a la sombra del flash encuadrando ese instante, el mismo día que tomó mi foto pero escondido en la oscuridad. Probablemente él estuviera enamorado de mí como yo lo estaba de él. Y ése era nuestro amor imposible, por infinito. Por inalcanzable siempre. En esa foto donde no grito, donde el gesto de dolor y furia es preciso y contenido como su mano llena de verrugas, me acerco a mi hermano como puedo. En la distancia de su cámara, él afirma lo ridículo de mi sentimiento. Yo me enojo porque quiero seguir creyendo que todo es posible, y lo miro con odio de amor.
     Después de esa foto hubo dos retratos más. Yo me había dejado enterrar hasta el cuello en la arena y mi hermano me sacó una foto en la que parece que estuviera a punto de llorar. Es mentira. Yo sé que no voy a llorar. Que ese maltrato era el trato más cercano que podía tener con mi hermano. Me recuerdo metiendo el cuerpo adentro del agujero que él había cavado con sus manos. Los puñados de arena que me caían sobre las piernas como caricias. Los golpecitos que daba con las manos al final, para que la arena se asentara, que me vibraban en el pecho. Después, cuando observé que todos me veían enterrada hasta el cuello y se reían como cuando los dioses descubrieron a Ares y Afrodita gozando de sus pasiones a escondidas en el Olimpo, me sentí ridícula. Empecé a gritar, y mi hermano hizo clic para sacar la segunda foto, y en la segunda foto, entonces, estoy gritando. A partir de entonces, la manera en que me enamoraron todos fue haciéndome enojar. En el enojo yo me sentía ridícula, y al sentirme descubierta me enamoraba. Y los odiaba. Odiaba haberme enamorado porque cada vez me sentía más ridícula. Ellos podían ver lo ridículo en mí, pero no podían enamorarse directamente de mí, porque veían lo ridículo en ellos, y se apartaban. Como mi hermano con la cámara: me miraban de lejos y se alejaban. Y yo quedaba en evidencia, hasta el cuello en la arena, mientras mi hermano se alejaba, con la cámara de por medio, se alejaba, se alejaba.
     En esta casa rodante tengo una cama para mí. Que no es mía pero que la uso yo desde que vivo acá. Le conté a Lucas que, cuando era chica, mis hermanos y yo viajábamos en casa rodante. Mi papá y mi mamá nos llevaban de vacaciones en casa rodante, y yo dormía en la que vendría a ser la cama en la que ahora dormimos nosotros. Yo dormía entre mis hermanos y me sentía la más feliz del mundo. Por qué, me preguntó Lucas. Porque adoraba dormir con ellos, los amaba. Una mañana todos ya se habían levantado y yo seguía durmiendo sobre lo que sería la mesa del desayuno, cuando vino uno de ellos y levantó la frazada de golpe. Yo estaba durmiendo con la bombacha por las rodillas y él se rió. Yo me había bajado la bombacha para sentir mejor esas sensaciones durante la noche, y él simplemente se rió y me volvió a tapar. Salí de un salto de la cama, todavía con la bombacha por las rodillas, y me encerré en el baño. Hubiese llorado, pero en cambio me enojé. Y cuando volví a salir, con la bombacha puesta y la cara limpia, le dije: Sos un puto. Mi papá, que ya se había acomodado para desayunar en lo que segundos antes era la cama, se dio vuelta y me dio una cachetada. Yo estaba dispuesta a enfrentar toda la situación con mi cara de odio, cerrada hacia adentro, sin una sola lágrima, pero mi mamá cerró fuerte los puños y se arrojó con ímpetu sobre el pecho de mi papá. Lo golpeó tres veces, y recién entonces mi hermano la agarró de la cintura y la arrastró hacia la puerta de la casa rodante. Mi mamá se resistió a salir y cuando mi hermano ya la había sacado afuera ella mantuvo los pies en la escalera y cayó de espaldas sobre la tierra. Gritaba cosas. Se agarraba la espalda y gritaba cosas que no recuerdo, y yo que pensaba que mi mamá se había roto toda y tal vez no se volviera a levantar, bajé de la casa rodante de un salto y la abracé en el suelo y me puse a llorar. Ese año Monzón había tirado a su mujer por la ventana, y yo apoyaba mi cara sobre la cama de mi mamá y le lloraba encima, y mientras le acariciaba el pelo pensaba: Alicia, pobre Alicia, Alicia Muñiz de Monzón.
     Dicen que si tenés una carga muy potente de Plutón, si lo tenés muy encima, como enfocándote, en los primeros años de vida tenés muchas escenas cercanas a la muerte. Después de eso las cosas se calmaron y mi papá se puso a arreglar una pérdida de gas que tenía la heladera. Mi mamá prendió la hornalla y puso muy campante la pava al fuego, y yo vi cómo mi papá se volvía de llamas en un segundo. Vi una llama naranja fuego estirarse hacia donde estaba yo y pegué un salto hacia atrás, y de pronto todo se apagó porque mi papá había alcanzado a agarrar una frazada y se había envuelto como un fantasma. Estaba cubierto desde la cabeza hasta los pies por una frazada a rayas de colores, y mi mamá y yo nos quedamos inmóviles viendo el bulto, sin saber si lo que estaba debajo tenía vida o era un mueble viejo.
     Lucas, ¿dónde está el espíritu de las cosas?
     En el cuerpo, dijo Lucas.
     Lucas, ¿sabés qué?
     Qué.
     El horror soy yo ante las cosas.
     Y tu hermano, dijo Lucas, ¿cómo se llama él?
     Lucas, mi hermano se llama Lucas igual que vos y ya no tiene la cabeza llena de rulos como la tuya. Antes de los veinte la vida le achicharró todos los pelitos y lo dejó pelado.
     Una tarde todos dormían. Acá se duerme mucho. Dos chicos dormían en la cama que está encima del asiento del conductor. La cunita, le decimos así, y es el mejor lugar para dormir la siesta porque estás como apartado de todo, guardado en un hueco. Las chicas estaban en la cama que también es una mesa. Y otro de ellos estirado en el asiento de enfrente. Lucas se sujetaba con ambas manos del volante y miraba la ruta con atención, a través de unos anteojos grandes y oscuros de policía. Del otro lado del parabrisas caía el sol sobre el punto más lejano de la ruta, y el asfalto y el campo se teñían de amarillo. Todos dormían, apenas se escuchaban sus respiraciones sobre el motor de la casa rodante. Yo iba a su lado con un poncho de lana y el termo de agua caliente apretado entre las piernas. Cebé un mate y se lo alcancé. Él soltó una mano del volante y tanteó en el aire hasta encontrarlo. Yo lo miré, y después miré hacia donde él miraba y vi el sol cayendo en el punto más lejano de la ruta, el asfalto y el campo debajo de un reflejo amarillo. Me miré el poncho: la lana marrón también estaba teñida del reflejo amarillo. Y entonces fue como si la casa retrocediera a la velocidad de la luz, un puño que me apretaba el pecho y me empujaba hacia otra parte, y lo miré, y él era mi papá, y cuando volví a mi poncho la que estaba adentro era mi mamá, eran las piernas de mi mamá, las manos de mi mamá, la cara de mi mamá, el interior de mi mamá, y Lucas era José, José Godot cuando tenía treinta años y nos sacaba de paseo en la casa rodante. Me devolvió el mate y la que lo agarró fue mi mamá, y de pronto me vi, vi dónde estaba Julia en ese momento. Yo estaba sentada sobre su pierna izquierda, no tenía más de dos años y tenía en la cabeza un sombrero de cowboy que intentaba quitarme con las manos, pero apenas alcanzaba a tocar el ala del sombrero. Sonreía sin soltar el chupete, y mi mamá me sujetaba por la cintura y también sonreía a cámara. Del otro lado de la cámara, en el asiento del conductor, mi papá sacaba la foto. Y ahora veía el otro lado de la foto en Lucas. Y yo misma estaba sentada sobre mi pierna izquierda, como un duende. Le cebé otro mate, y le dije: No sabés lo que me está pasando. Viajé treinta años atrás y mi nombre es Cristina. Y al mirar otra vez hacia delante, la foto siguiente: Julia duerme recostada entre el volante y el vidrio del parabrisas, sostenida por el vidrio, detrás la ruta teñida de amarillo y el sol cayendo al fondo del camino. El fondo es adelante, como si adelante fuera atrás o como si siempre hubiésemos estado buscando los recuerdos en la espalda. Lucas, le dije. Pero no contestó, y pensé que él también respondería a otro nombre, un nombre secreto guardado detrás de sus anteojos negros, un nombre de infancia. ¿Te estás durmiendo?, le pregunté. Cómo me voy a estar durmiendo, dijo: estaba pensando en otra cosa.

     Acá todos duermen mucho. Cuando no duermen están peleando. Siempre alguno pierde. Vamos hacia delante, a ese fondo donde desaparece el sol, mirando el horizonte enceguecidos. La foto fija de la velocidad. Una isla en movimiento. Tenemos miedo, entonces dormimos. José y Cristina conducen. Y nosotros aprovechamos el arrullo del motor para soñar.

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