Ciudad de México, 1975. Su libro más reciente es El corazón habitante (Almadía, 2025).
En la casa hay un cuarto que da al jardín. La humedad sobre las baldosas se tiñe de verde por un musgo incipiente y resbaloso que verdea ese suelo. Allí estoy yo, miro por la ventana, en el iris de mis ojos se forman las ramas del árbol. Desperté apenas. Abajo, mi madre, en la cocina, saca una olla de los anaqueles. El ruido metálico me rebota en los huesos. Las articulaciones también me duelen. La infección cobra calor dentro de mí y tengo fiebre alta, como un incendio. Se me queman las neuronas poco a poco y, entonces, de pronto, alucino: Darth Vader se figura al pie de mi cama. Es horroroso y muy alto, me tapo la cara con la sábana, me le escondo. Mi madre entra, me mira, pone sus labios sobre mi frente para calarme la temperatura y pregunta cómo me siento. Le digo que veo a Darth Vader y ella, por razones obvias, se preocupa. Darth Vader no está aquí, dice. Tienes una fiebre tremenda. Es eso. Vas a estar mejor, dice.
Miro la repisa que está en la pared de enfrente. Sobre ella cuelga una fotografía en color de mi abuela, la madre de mi madre. Ella está petrificada al otro lado de la cámara. La rodea un marco dorado. Paso la mirada que tenía fijada en los ojos de mi abuela hacia la repisa en donde están sentados mis peluches. Y veo que el oso blanco se menea, pareciera que tiembla. Creo que ha cobrado vida. El elefante lo secunda. Se mueven mis muñecos, le digo a mi madre. ¿No ves? Ella me aprieta la mano.
Darth Vader aparece de nuevo. Está bajo el umbral de la puerta y entra. Su respiración, atrapada bajo la máscara horrible, me repugna. En el horror también siento asco. Ojalá me convirtiera en Alicia. Ojalá. Y que el monstruo bajo esa capa fuera el gato que miro, y que su sonrisa se suspendiera en el aire de mi cuarto como un regalo. Y no. Creo que no va a suceder así. Vader me mira, no veo sus ojos enteros, apenas unos puntos de luz amarillos que se asoman por los orificios de la máscara, que podría ser de plástico, pero es de otro material.
Los pasos de mi madre en el piso de abajo son apresurados. Me prepara un té. Ha puesto a hervir un ramo de la hierbera del mercado. Una mezcla mágica que es, además, un conjuro. Mi fiebre anuncia una transformación. A veces, la enfermedad corta de tajo una época, la poda. Mi madre sube las escaleras y desde allí me dice que ya trae el té. El calor que he guardado desde hace tiempo es también de ella. Así que mi cuerpo funciona como recipiente y mis músculos —e incluso el hipotálamo adentro de la concha de mi cráneo— han decidido liberar lo que no nos sirve. Las olas de fuego me recorren y salen de mí. Se trata de la combustión, como si yo fuera una estrella incipiente cuya ebullición nos curara. Le sonrío a mi madre, tuerzo los labios después de sorber el té que me deja un sabor de moneda en la lengua, pero mi madre le ha puesto azúcar; tuerzo los labios porque no tengo tanta energía, ni tampoco la convicción de enseñar los dientes. Y ella me reconoce con amor.
Ya la fiebre se ha ido. Miro mis dedos: las uñas mordidas. Nuestras preocupaciones son de dimensiones distintas. Mi madre tiene más peso sobre los hombros y un nudo mayor dentro del pecho, un nido de resistencia debajo del esternón. Yo quisiera que ella se aliviara. Mi fantasía es que esta enfermedad la ha ayudado. Y la infección se disipa un día de mayo. Abro los ojos al despertar. Me extraño: la fotografía de mi abuela ha perdido el color, ahora aparece en blanco y negro. Me da miedo. Miro mis uñas y descubro, bajo el asombro de la jacaranda florecida, que han crecido. Me siento sobre la cama y descubro la capa desinflada de Darth Vader sobre el suelo.
Mi madre, desde el piso de abajo, me llama. Me pongo de pie y bajo aprisa, la escalera brilla con el rayo de luz ambarina que atraviesa el vidrio de la ventana. Escucho un crujido en mi cuarto y giro la cabeza. No veo nada y sigo hacia abajo. En la cocina, me acerco a ella y le doy un beso, parece que suelo ser indiferente ante su amor, pero ahora tengo vergüenza por haber alucinado con Darth Vader. Y no por el miedo.

(detalle)
Monotipia
48 × 34.5 cm