Mirá cómo está la vagancia / Sebastián Pandolfelli

«Anoche nos fuimos al carajo», dijo Chapa, mirando al piso, con las manos en los bolsillos. «Qué manera de chupar, boludo». Era un domingo de mediados de verano, estaban en cueros, echados en reposeras de lona alrededor de la pelopincho llena de agua verdosa. «Tomamos demasiado», volvió a decir Chapa, «tengo la panza toda hinchada, ya me parezco a vos, Gordo». El Gordo lo miró de costado, manoteó una feta de mortadela y se la zampó de una, sin pan. «El otro día vi una propaganda de un aparato que te lo enchufas en la panza y bajás como cinco kilos en un rato…», comentó mientras masticaba. «Esas giladas son cualquiera, si ves la propaganda te das cuenta al toque, Gordo, siempre hay un chabón todo forzudo y una minita que está re buena y hacen gimnasia y te muestran que antes eran zarpado de gordos y que tenés que comprar ya la verga ésa y que adelgazas al toque, pero te hacen la psicológica, ¿entendés?, te muestran un montón de gente re copada todos flacos y te re psicologean bó, entonces corte que vos te comés el flash, pero es todo mentira, Gordo, no podés comerte ésa…», le recriminó Chapa, que se sacó la gorrita con el logo de Nike, se rascó la cabeza, se refregó la cara con ambas manos y se la puso otra vez con la visera para atrás. Tenía unos moretones en los nudillos y le dolía la mandíbula. El Gordo se sacó las aparatosas Adidas blancas y se dio un chapuzón. Salió del agua resoplando, se sacudió como hacen lo perros después de un baño y puso los brazos en jarra mirando para el lado del sol. Millones de gotitas se deslizaron por su piel pálida y tensa para morir en un charco a sus pies. Un San Jorge mal tatuado en tinta azul aplastaba un dragón en su espalda. Se acomodó la malla, se rascó un huevo y quedó pensativo un rato. En la casa de al lado también había un patio adelante con una pelopincho, y en la otra, una pileta de plástico. Y en casi todas las otras también. Era un barrio obrero, de casas bajas con terrenos alambrados. A esa hora, los que no estaban durmiendo la siesta estaban en la iglesia evangelista o mirando algún partido. En ese instante se le ocurrió que podía atravesarlo nadando. Podría llegar hasta el almacén del otro lado de la avenida para comprar una cerveza, pasando por todas las piletas del barrio. Estuvo a punto de comentárselo al Chapa, pero desistió, porque era una locura. En cuanto tratara de entrar en algún terreno lo sacarían a los tiros o lo mordería un perro.
     «¡Che, alto bondi se armó anoche, eh…!», comentó Chapa por llenar un poco el vacío. «Sí, todo por la pendeja petera ésa… ta zarpada en trola… ¡Pero al gil lo estropeaste, guacho! Era re flancito… ¡A la segunda mano le hiciste saltá todo el chocolate!», lo animó el Gordo. Chapa se miró las manos. «Traé una birra, Gordo», le ordenó desganado. El otro fue hasta la heladera y volvió con una Quilmes medio tibia. «Parece que se cortó la luz otra vez… ta re caliente esto…», dijo después de pegarle un trago. Chapa largó una puteada, agarró la botella y le pegó un beso largo. «¡Arrggg… es un meo de gato!», se quejó y la revoleó al medio de la calle, donde estalló en pedazos rompiendo el silencio de la siesta.
Al Chapa le gustaba mucho la Jessi, pero ella siempre estaba como en otra onda. En el baile se enganchaba con pibes desconocidos y hasta se transaba un par para que le pagaran los tragos. Eso lo sacaba, lo ponía de la gorra. Era verla con otro y transformarse en un caballo desbocado. Esta vez, la agarró sola y cuando la tenía ahí se aparece el gato ése haciéndose el novio fatal. De sólo acordarse se le revuelven las tripas. Sacó un pucho y le dio una pitada fuerte con la vista clavada en la calle, en los pedazos de vidrio que brillaban al sol.
     «¡Mirá cómo estáaaa la vagaaaancia en este baile / Todos re mamados y con las manos en el aireeee! Las palma arriba…», cantaba Gabriel a los gritos con los auriculares de un iPod remachados a las orejas. Era un morocho corpulento. Llegó en una bicicleta playera roja. Estaba agitado y sudoroso. Entró, tiró la bici a un costado, sacó el 38 del bolsillo del pantalón de gimnasia y lo escondió atrás de una maceta de cemento donde intentaba crecer un malvón entre matas de pasto seco. «¡Se me regaló! Yo venía re tranca caminando para acá y se aparece un pancho con la bici y la gilada ésta en un semáforo. Apenas le dije: ¡Dame todo, guacho! Ni siquiera le mostré el fierro, se puso de todo los colores el gil, le di un sopapo y largó la playera, le arranqué esto y salió corriendo…», contó acelerado y le pegó un coscorrón al Gordo que agarraba la bicicleta. «Dejá ahí, Gordo, si queré una andá buscartelá… Tomá, tenía veinte peso nomá el pancho. Andá comprá un par de birra bien fría… que tengo que hablar con el Chapa», ordenó y se sentó en la reposera. El Gordo salió haciendo puchero. Estaba descalzo y casi mete un pie en la zanja por distraído. «Le dejé el auto al Vieja en Caraza, es una rata el chabón, quinientos pesos me dio… Ahí tené tu parte…», dijo Gabriel y le pasó unos billetes grasientos hechos un bollo. «Te fuiste al re carajo, Gaby, mandaste cualquiera. ¿Cómo le vas a tirar así? ¡Y trasca me traes el fierro a mi casa!», dijo Chapa poniéndose de pie. «¿Vos sos pelotudo? ¡Borrate, gil! ¡Sacá eso de ahí y borrate!», le gritó empujándolo. «Aguantá, guacho…. ¿Qué onda…? ¿Te poné la gorra, gil? ¡Gato! ¿Ahora te pintó el antichorro? ¡Cagón! Si vos me decías tirale, tirale… ¡Gil!», se defendió Gabriel. Chapa lo empujó y lo hizo tropezar con la reposera. Gabriel la pateó a un costado. «La concha de tu madre…», le escupió Chapa. Estaban frente a frente, midiéndose. En el aire había electricidad. Los dos sabían dónde estaba el revólver. Se escuchó una sirena y una acelerada desde la esquina. Un montón de perros ladraban como locos. Algunos vecinos se asomaron a la calle. La camioneta blanca y negra de la policía frenó violentamente frente a la casa, levantando polvo de la calle de tierra. «¡Quietos!», ordenó una voz metálica desde el megáfono. Y fue como si cayera un rayo. Dos oficiales se apostaron detrás del capot, apuntando con escopetas, y otro se acercaba al alambrado con la 45. Chapa y Gabriel se quedaron paralizados del susto, con las manos en alto. El Gordo vio toda la escena desde la esquina. Del cagazo dejó caer la botella de cerveza y salió corriendo.

     «Yo vi a los mejores pibitos de esta generación destruidos por la locura ésa del paco, te juro…», dijo el flaco Carlitos. «¿Viste el Rulo, el negrito de acá a la vuelta? Lo agarraron en el centro… Parece que estaba afanando una farmacia… ahora la madre tiene un dramón…», siguió y manoteó el paquete de Jockey Suaves del escritorio. Recorrió con la vista el mapa viejo que colgaba de la pared. Buenos Aires y el conurbano estaban cada vez más descoloridos, como si el tiempo quisiera borrarlos. Prendió un cigarrillo y largó el humo soplando para arriba, pensativo. Su Ford Falcon gris descansaba del último viaje bajo la sombra del gomero. Al lado estaba el Fiat Duna del negro Maiquel. «Sí, los pibes de ahora no tienen respeto por nada…», respondió el negro, con un gesto de aburrimiento pintado en la jeta. Dejó de ojear la guía de teléfonos y la puso en un cajón. Agarró el cenicero rebalsado de puchos y salió a la vereda. Lo vació en la zanja y vio cómo las colillas quedaron flotando en el agua podrida entre las larvas de mosquito. En eso llegó Roldán con el Taunus gasolero y lo estacionó atrás del Falcon. «¿Qué te pasó, Meteoro? ¡Dos horas para ir hasta Banfield, papá!», lo atacó enseguida. «No me hablés, negro…», dijo Roldán, resoplando. «Se quedó en el medio de Pavón esta poronga… me parece que es la batería… ¡Y eso que la cargué ayer, eh! Debe tener algo en corto, debe tener… Lo tuve que empujar hasta que arrancó de vuelta…», se quejó, dándole una trompada al capot.
     Entraron a la remisería, Maiquel le dio el cenicero a Carlitos y se puso a preparar un mate. «Che, yo me tomo unos verdes y me voy para casa a cargar la mierda ésta. No puedo andar así…», dijo Roldán, amargado. «La verdá, te digo, Meteoro… con una mano en el corazón, con el Renó 12 andabas mejor, eh…», comentó el flaco Carlitos y tiró el pucho a la vereda de un tincazo. Roldán lo miró con odio y no le contestó. «La otra vez, justo en un negocio en Warnes…», siguió hablando, «había un chabón que vendía un cargador de batería que viene con un chirimbolo así, tipo un plastiquito, como una trabita, ¿viste?, que cuando lo poné, la dejas cargando y cuando termina, ¡tac!, te corta solo, una cosa de locos, la verdá… Ahora voy a ver… un día de éstos, si junto unos mango… Capaz que lo compro…». Roldán agarró un ejemplar viejo de la revista Pronto y se puso a mirar las fotos de los famosos.
     El local era muy chico. Apenas entraban el escritorio, tres sillas y una garrafita para calentar la pava. La puerta quedaba abierta por el humo de los puchos. En el vidrio de la ventana habían pintado la leyenda «Remis El Gauchito Gil 24 horas». Pero cerraban a la medianoche por miedo a los afanos. El negro Miguel abrió la remisería con la plata de la indemnización de cuando lo echaron de la fábrica. Compró el auto y adaptó el garaje de su casa. Le decían Maiquel porque cuando estaba en la secundaria fue con sus compañeros a Feliz Domingo y le tocó hacer de Michael Jackson. Como era un morocho flaquito y bailaba bien, ganaron el pase a la final. Pero el cofre de la felicidad no se le abrió. En una pared de su casa tenia enmarcada una foto con Soldán, que le recordaba esa época. Cada tanto se lo escuchaba tarareando «Thriller» o se lo veía haciendo la caminata lunar.
     Le pasó un mate a Roldán y encendió un cigarrillo. Se quedaron pensando, cada uno en sus cosas. El timbre del teléfono cortó el silencio y los hizo volver de sus viajes. El flaco Carlitos atendió: «Remis El Gauchito… Msé… Ahá… Ok… Sí, señora, ya le mando… Sí, en diez minutos… Msé, un Fiat Duna blanco le mando…», cortó y anotó el pedido en el cuaderno. «Negro, la señora de la nenita, para ir al hospital», dijo levantando la vista. Maiquel chupó un mate, agarró las llaves, el celular y salió. La señora era clienta regular, madre soltera de una nena de diez años con síndrome de Down. Dos o tres veces a la semana pedía un auto para llevarla a algún control o al centro especial donde practicaba natación. Él siempre tenía a mano algunos caramelos para darle. Le gustaba hacer esos viajes y les cobraba de menos porque la mujer le caía simpática y estaba bastante buena. La nena le conversaba todo el trayecto. Anita, se llamaba. Era muy alegre y a veces, cuando ponía música de Michael Jackson en el estéreo, cantaban juntos.
     Sacó el Glade fragancia de pinos de la guantera y tiró un poco para contrarrestar el olor del pucho. Arrancó el auto y se persignó como hacía cada vez antes de salir a un viaje. Del espejo retrovisor colgaban un rosario de plástico, una cinta roja y un muñeco del Gauchito Gil. Un cusquito medio rengo salió atrás y lo corrió ladrando atolondrado. Una cuadra después se quedó parado con la lengua afuera. Maiquel vio por el espejo cómo se hacía cada vez más chiquito, hasta desaparecer.
     La casa quedaba cerca, pero del lado peligroso del barrio, así que se aseguró de tener a mano la llave cruz, por si las moscas. Llegó a la puerta, tocó bocina dos veces y bajó para ayudar a la mujer con el bolso. La calle estaba desierta. «¡Hola, amigo!», le dijo Anita, que salió para darle un beso. Se le dibujó una sonrisa en la cara. Agarró el bolso mientras la señora cerraba la reja de su casa.
     Entonces vio cómo la cara de la nena se transformó en un segundo. Vio el espanto en sus ojos y escuchó el grito. Un pibe, morocho y grandote se le apareció desde atrás y lo apuntó con un revólver en la cabeza mientras otro flaco, con una gorrita Nike, salió de atrás del auto y le tironeó del bolso. Anita gritaba «¡No! ¡NO! ¡No!», en pleno ataque de nervios y pegaba saltitos. La madre estaba pálida, inmóvil contra la reja. «¡Soltá! ¡Soltá, la concha de tu madre! Largá el bolso…», le decía el de gorrita, forcejeando. «¡Dame la plata! ¡La plata, hijo de puta! ¡Dame todo que tenés…! ¡Dame las llaves, dame el auto, la concha de tu madre!», le decía el otro, al oído, mientras le pegaba con la culata en la cabeza. La sangre le corría por la cara, pero no sentía nada. «¡Tirale! ¡Tirale!», empezó a gritar el de gorrita y le pegó una patada en el estómago que lo dobló. Cerró los ojos. Ahí soltó el bolso y el pibe lo agarró. La nena lloraba. Abrió los ojos y largó una trompada que le dio de lleno en la jeta al pibe. El otro le metió la mano en el bolsillo, le sacó la billetera y fue hasta el auto. «¡Están puestas!», gritó al ver las llaves. Maiquel, en cuclillas, cerró los ojos otra vez. Ahora sí, el dolor se hizo sentir. Volvió a mirar y los dos pibes estaban montados en el Duna. Cada parpadeo le costaba una eternidad. La mujer abrazaba a la nena. La nena no paraba de gritar. Tenía la remera manchada con gotitas de sangre. Cerró los ojos y se pasó las manos por la cara. Respiró hondo. La impotencia le hizo un nudo en la garganta. Abrió los ojos y se abalanzó sobre el auto lleno de furia. El pibe de gorrita estaba fuera de sí. «¡Tirale! ¡Tirale!». El otro le apuntaba con el 38. «¡Hijos de puta!», gritó con toda su fuerza. En ese instante escuchó tres tiros, vio todo rojo y se desplomó en la calle.

 

 

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