Mi padre [fragmento] / Sebastián Basualdo

Es increíble lo que las palabras le pueden hacer a las cosas.
     «La bolita celeste», dijo Francisco señalando hacia el fondo del taller mecánico. Su voz rotunda como un desmoronamiento hizo que el mecánico apareciera por debajo de un auto enorme, un melenudo que yo conocía bien, gran amigo de Francisco durante la adolescencia; charla sobre árbol de levas y carburadores, tomar dos o tres mates y hablar las estupideces de siempre antes de ir a la casa de alguna clienta. Luis, se llamaba. Tenía la barba rala, rubia, y ojos grises, fríos. Chevy, le decían. Olía a grasa de auto y a tabaco. Dijo: Falta la batería. Y volvió a deslizarse en su tabla con rulemanes como si fuera un repuesto más de ese mecanismo complicado. Uno siempre termina pareciéndose a lo que hace. No sé qué gesto debí haber hecho luego de que Francisco buscara orgulloso las llaves del auto en un banco de trabajo colmado de herramientas, pero estoy seguro de que a esa edad yo era capaz de sacar de quicio a cualquiera con un mínimo gesto y Francisco no era justamente la clase de tipo con paciencia, menos en momentos como ésos, en presencia de un amigo, frente al cuerpo rígido de un adolescente cuya decepción ya lo estaba calando hasta los huesos y no se molestaba en lo más mínimo en disimularlo. A dos metros de distancia me tiró las llaves diciendo Feliz cumpleaños, campeón. Parecía contento, le brillaban los ojos y sonreía: era su regalo. Un esfuerzo. De tu madre y mío, dijo. Y mientras las llaves del Fiat 600 volaban hacia mí como una moneda que gira en el aire poniendo en evidencia que tiene una tercera cara llena de verdades que no debieran decirse nunca, pensé (no lo dije; pero lo pensé, me acuerdo): No, gracias. Y me quedé quieto como un poste, o como cualquier otra cosa quieta e inalterable, mirándolo a los ojos, no hice absolutamente nada por atajar las llaves que rápidamente dieron contra el piso como si se rompiera un vidrio. «Ni para arquero». La voz de Chevy. No había podido vernos pero debió escuchar cuando el metal sonó a paciencia desechable y Francisco dijo: «¿Qué pasa, Lautaro? ¿No te gusta? Siempre cagando más alto de lo que te da el culo, vos». Yo sabía por qué me decía eso; todavía guardaba bien al fondo de mi mesita de luz el folleto con ilustraciones del auto que me había comprado mi padre dos años atrás, algo que no había pedido ni deseado ni mucho menos imaginado que me regalaría y sin embargo sucedió con la misma naturalidad que surgen las promesas cuando sólo exigen eso: prometer. Porque un sábado mi padre vino a buscarme más temprano de lo común y me dijo: «Tengo una sorpresa para vos, no creo que adivines pero te doy tres oportunidades». Entonces, ansioso y más inquieto que nunca, sin saber hacia dónde nos dirigíamos, fui perdiendo una a una las posibilidades con todo tipo de fantasías inverosímiles. Tenía casi dieciséis años y estaba atravesando esa rara mezcla de inocencia y lucidez extrema que se pierde definitivamente alrededor de los treinta, la época en que creés saber todo y hablás de nada, pasás horas encerrado en la habitación de un amigo, fumando, escuchando «On a Night Like This» de Bob Dylan y filosofando hasta el delirio en la más abstracta y supina ignorancia. La edad en que mentís, engañás, defraudás, traicionás y ocultás para cuidar a los demás y cuidarte a vos de los otros. La edad en que todos los profesores te parecen unos imbéciles y la chica del curso que te gusta no te va a dar jamás una oportunidad porque siempre tienen un novio más grande, con barba, músculos y moto que las espera en la puerta del colegio, y vos sos flaco como una larva, tenés granos, escribís poesía, andás en bicicleta y no sabés vestirte. La edad en que, cansado de que te reboten de todos los boliches por no tener los zapatos adecuados, organizás un asalto en tu casa creyendo que vas a poder trincarte a una de ellas o al menos meter un poco de mano y ponés el equipo doble casetera en el living, forrás lamparitas con papel celofán de color verde y rojo, pero resulta que la chica que te interesa no va a tu fiesta porque se olvidó de que tenía el cumpleaños de una tía y ya no te importa nada, ni que te rompan o te roben cosas y te vomiten la alfombra ni que tu mejor amigo alcance un principio de coma alcohólico porque leyó en alguna parte que la mezcla de sandía y vino es una verdadera bomba afrodisíaca. La edad en que a la salida del colegio, un mediodía, muy cerca de tu casa, te agarran a trompadas entre dos porque te metiste con la chica equivocada y al otro día pensás seriamente en aprender artes marciales pero no tenés plata y sos alérgico a la violencia, entonces te ponés a salir con la hermana de un amigo tuyo porque tenés miedo de quedarte solo, la edad en que le robás el auto al marido de tu vieja porque viste demasiadas películas de mierda norteamericanas y soñás con abrazar a una chica rubia en un cine-car, la edad en que perdés los documentos o las llaves todos los sábados y dormís en el escalón de la puerta de tu casa todos los domingos, la edad en que leés a Hermann Hesse por primera vez y el «Tractat» del lobo estepario te parte la cabeza, la edad en que vas a visitar cada vez menos a tu abuela pero si almorzás con ella una vez por semana te despachás de lo lindo contando todas las intimidades de tu casa y le pedís plata y prometés que vas a ser lindo y bueno como cuando eras chico y ella te decía mijito y vos eras el rey de la creación, la edad en que odiás al marido de tu madre y todos hablan de asesinar a sus padres menos algún facineroso que tiene unos padres envidiables, la edad en que pensás cambiar el Atari por una guitarra eléctrica y cuando lo hacés te das cuenta de que no tenés talento para la música y eras mucho mejor jugando al Space Invaders, la edad en que todavía le creés a tu viejo cuando dice que tiene una sorpresa para vos y mientras juegan a la adivinanzas sentís el deseo irrefrenable de tomar su mano al cruzar la calle, un gesto subrepticio y tan íntimo, ya estás grande para eso pero hay algo de abrazo que no sale —que no salió nunca— en tu mano buscando la suya, un decir gracias antes de tiempo, porque sí, porque vino a buscarte y es sábado a la tarde y el sol afiebrado de otoño se parece a la felicidad, a cuando tenías unos seis o siete años, y tu padre era el hombre de los regalos incalculables, las salidas al cine Los Ángeles, obras de teatro y títeres y por qué no una hamburguesa en Pumper Nick antes de subir a otro taxi y deslizarse frenético por avenida Callao, hasta que de pronto, a la altura de tu flequillo, por Figueroa Alcorta, el Mausoleo, el gran Panteón, surgiendo como el último recodo para los hijos de padres separados: boletería en el Ital Park y largas filas para una vuelta en el Súper 8 Volantes, el vértigo a la montaña rusa, autitos chocadores y en medio de un gran entusiasmo de música y pochoclos buscar colmado de excitación un puesto de feria donde poner a prueba tu destreza y ganar un muñequito de terracota o cualquier otro souvenir para Yaya, tu abuela, que tenía una colección inmensa de tus salidas sobre una estantería en su dormitorio y nunca se olvidaba de recordarte que le trajeras algo mientras dejaba tu ropa recién planchada sobre la cama, algo para estrenar siempre, un pantalón, un lindo par de medias, una camisa… «Hoy viene a buscarlo su padre, mijito. No se olvide de traerle algo a su Yayita. Usted sabe cuánto le gustan a su abuela los muñecos… ¡ay! Si pudiera ir yo». Y ahora te preguntás dónde fueron a parar todos esos regalos, en manos de quién estarán, cómo pudo haber desaparecido todo, así, de pronto, si era tan real y sólido como la casa, desaparecida también, y las plantas, muertas ya, que Yaya regaba sin dejar de hablarles por las mañanas, todo desapareció junto con la inocencia, las ganas de creer que no era cierto lo que escuchabas mientras tu madre se escondía en la cocina o sencillamente se iba de la casa porque no podía tolerar el sonido del timbre, imaginar que del otro lado de la puerta estaba él, grandote, bien enfundando en su campera de cuero, tu padre: el hombre con el cual ella se había casado cuando tenía apenas dieciocho años y separado cuando vos no habías cumplido aún los doce meses de vida, y vas a tardar muchos años en ordenar y clasificar los papeles que esconden la trama secreta, como si fuera realmente a los hijos a quienes les toca la amarga tarea de revisar y cerrar la historia de sus padres. Un día levantarás la vista de un libro hermoso sintiendo el vértigo que se experimenta cuando se desprende una verdad sin previo aviso. Voy a entrar para siempre en la literatura cerrando el libro de un golpe como quien cierra una puerta después de gritar todo lo que debió ser dicho hace muchos años. Nunca vas a poder olvidar de qué modo lloraste después de haber leído en Rulfo: «No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro». Fue entonces cuando comprendí que Yaya no quería un regalo, sino una demostración, algo concreto por más mínimo que fuera, que la convenciera de que había pasado un día maravilloso, jugando, riendo, divirtiéndote, y mejor si volvías con un juguete bien grande (caro, carísimo) entre las manos. Tu abuela sólo quería que ese hombre fuera capaz de brindarte algo, aunque fuera una vez a la semana. «El gurí tiene que ser feliz, Cora, no deja de ser su padre», decía Yaya, que le abría la puerta de su casa y lo invitaba a tomar mate o a cenar, porque deseaba conversar con él y asegurarse de que me estuviera viendo, cumpliendo con una obligación, al menos una, aunque más no fuera una vez a la semana, un sábado, como aquella tarde en que vino a buscarme diciendo que tenía una sorpresa y mis dieciséis años resultaron muchos o muy pocos para acertar con la adivinanza y no podía creer que me estaba regalando un auto, hasta que me dijo «Tomá, hijo, es tuyo», y dándose media vuelta me extendió la mano: un folleto a cuatro colores, papel ilustración, siete páginas con todos los detalles técnicos del auto. Sentado frente a un hombre de saco y corbata negra veo a mi viejo firmando una cantidad innumerable de papeles mientras hablan de cuotas, sorteos y licitaciones, hasta que de repente da media vuelta hacia el lugar exacto donde estoy parado y pregunta, me preguntó a mí, sonriendo, ese gesto de complicidad que tan bien conocía cada vez que me daba a elegir un juguete, qué color quería, «¿Qué color te gusta?», preguntó de perfil, su voz suave flotando en el ambiente, el codo derecho apoyado sobre el borde del escritorio, la mano sosteniendo la lapicera como una bandera a media asta lista para estampar un rojo, me apresuré a decir «El rojo, papá», porque tenía miedo de que fuera el último, que sólo quedara ese auto que ocupaba gran parte del salón de la concesionaria (de pronto me vi regresando a casa, la cara de asombro de los pibes del barrio, a mi viejo dejándome conducir por alguna calle de sábado por la tarde, explicándome que durante un año debíamos guardarlo en un garaje, cuidarlo como un caballo en un establo hasta que pudiera sacar el registro). Menos mal que llegamos a tiempo, justo antes de que se vendiera el último, ¿no es cierto, papi?, le decía expectante y silencioso con la mirada y por supuesto que el rojo me gusta pero no me importaría si fuera blanco con tal de llevármelo ahora mismo. Siento que lo estoy viendo poniéndose de pie, ligeramente inclinado, quitando su billetera del bolsillo trasero de su pantalón, dejando uno a uno los billetes sobre el escritorio, qué suerte que no iba a suceder lo mismo que con el Atari, la época del austral, me acuerdo, dólares como niños borrachos en un subibaja; porque cada vez que llegábamos al negocio de artículos importados el Atari tenía otro precio, a veces con diferencia de horas, una locura que escapaba por completo a mi lógica de niño entusiasmado que entraba al negocio de la mano de su padre rogando que alcanzara la plata. Es cierto: cuando uno es chico encuentra siempre un motivo para justificar a los que quiere. Una hora más tarde, sentados a una mesa de bar, escucho atentamente a mi viejo con una orla de licuado de banana entre los labios, ya no sonrío pero mi desencantamiento cede a sus palabras. Nuestro proyecto, dijo él, consiste básicamente en esperar dos años, y los terrones de azúcar se fueron acumulando sobre la mesa —su taza de café era el auto—; un modo de explicarme que había que ahorrar plata, nada de gastos superfluos, pagar cuotas y, llegado el momento, licitar. No entiendo lo que significa licitar pero no importa. Nunca prometas nada si ya sabés de antemano que no vas a poder cumplir, no digas que a fin de mes vas a comprarle algo o vas a llevarlo a pasear a alguna parte, no hagas que te espere durante horas sentado con los zapatos recién lustrados en la puerta de su casa mientras la tarde se desdibuja a su alrededor, ni mucho menos prometas que vas a llamarlo por teléfono durante la semana si los días se te acortan desprolijamente justo cuando él se duerme temiendo que lo llames. Cuando llegué a mi casa y lo vi a Francisco tomando mate en la cocina como todos los sábados, lo primero que hice fue mostrarle el folleto. Cuando terminó de observarlo con el mismo interés que podría darle a una revista en una peluquería, le dije orgulloso: «Él me lo va a comprar». Los dos sabíamos perfectamente a quién me refería. Era inevitable que algo se tensara en el aire. Ahora comprendo que al no nombrar a mi padre fingía en presencia de Francisco negar el lugar
que ese hombre debía tener en mi vida. No sé de qué manera un niño aprende estas cosas, si lo hace por su propia voluntad para no lastimar la sensibilidad de un adulto o si subrepticiamente es inducido a callar y no nombrar y por lo tanto a cultivar ese sentimiento de protección innecesaria. Un secreto, eso era lo que yo tenía. Esa sensación me acompañó desde los siete años, que fue cuando mi madre y yo nos fuimos a vivir con Francisco a Villa del Parque. Sin embargo sé bien que ni mi madre ni nadie me impidió jamás que nombrara a mi padre; pero un día dejé de hacerlo, entendí que Él pertenecía a un orden distinto de mi vida y debía quedar fuera de casa, como quien pisa mierda en la calle y tiene que dejar la zapatilla en el patio, para ser lavada, antes de entrar. Yo era hijo de mi madre. Y para Francisco un recordatorio viviente de los años de juventud de mi madre y, por sobre todas las cosas, que había tenido una vida antes de conocerlo a él, durísima y llena de contradicciones, seguramente, pero una vida al fin. ¿Un error? No, no creo que lo planteara de esa manera. Conociendo como llegué a conocer a mi madre, estoy seguro de que nunca hubiera utilizado esa palabra para referirse a mí, ni siquiera en su momento más vulnerable o de desprecio hacia sí misma, o bajo ese profundo, prácticamente insondable, sentimiento de querer sepultar el pasado para siempre sin pensar en rescatar algo (para su hijo) y de esa manera complacer a su nuevo hombre, que es lo que simulan hacer muchas mujeres al cabo de un fracaso amoroso que determinó el curso de sus vidas: negar que fueron capaces de amar antes. Lejos de hablar de un error, mi madre debía poner de manifiesto su espíritu libre, la entereza que la llevó a tomar la determinación de no interrumpir su embarazo. Una mujer así resulta desconcertante para los que son como vos, Francisco, que una noche, hace más de veinte años, durante una pelea que tuvimos (quizá una de las últimas), disparaste al centro mismo de mi desconcierto gritando que yo era un aborto de la naturaleza. Recuerdo toda la escena pero no vale la pena escribirlo. Lo más importante para mí es que en ese momento no entendí lo que me había querido decir; busqué la palabra aborto en el diccionario esa misma noche pero tardé muchos años en comprender que uno no necesita saber el significado de las palabras para ponerle el cuerpo a un insulto; porque hay palabras que suplantan el golpe, basta pronunciar enfáticamente la palabra imbécil, por ejemplo, para notar cómo cada sílaba se cierra como un puño sobre la zona más amarga del paladar. Todo lo que Francisco podía saber sobre mi padre seguramente se lo había contado mi madre. Y es lógico. Para iniciar una nueva vida es necesario borrar cualquier asomo de contradicción, hay que dejar el espacio libre y limpio, negar hasta enchastrar el pasado de tal modo que el nuevo hombre elegido para ocupar el rol paterno no sienta la impotente realidad de tener que luchar contra un fantasma. Mi padre era el hombre prohibido, la mala palabra, y me pertenecía a mí por entero. Todo lo que supe veinticinco años más tarde, Francisco debía de verlo reflejado en mí en aquellos años. Sólo que yo, cuando me miraba al espejo a esa edad, no podía entender hasta qué punto reverberaba el desprecio que sentían hacia Norberto Nogán, lo único que veía era un adolescente que había heredado a su padre como se hereda una enfermedad congénita. Y por eso mismo, en cierto modo, enigmática. La paternidad se define por la acción y necesita ser justificada constantemente, dejar embarazada a una mujer no te convierte en padre, apenas es el comienzo, una posibilidad donde se esconde un hermoso interrogante. Si no tenés padre, otro ocupará ese rol (un abuelo, un tío, un amigo de tu madre, o su nueva pareja), la maternidad, en cambio, no necesita justificación alguna y está en su naturaleza también el derecho de señalar al hombre habilitado para esa función. Se extirpa todo aquello que amenaza o causa dolor, se liman las asperezas, se quita lo que sobra en honor a la armonía. Todo secreto entraña un sentimiento de culpa. La sensación de entrar sucio a mi casa después de haber pasado unas horas con mi padre me alcanzaba ni bien abría la puerta. Podía suceder que justo en ese momento mi madre y Francisco estuvieran mirando una película, las luces bajas y el volumen alto de la televisión logran que pase inadvertida mi llegada, o quizá yo quiero eso y me muevo despacio, silencioso como un pez en el agua, dudando entre sentarme con ellos a ver una película ya empezada o ir a mi habitación. No importa lo que haga, me siento fuera de lugar, debo armonizar con la lógica familiar, el intruso debe entrar en sintonía nuevamente, no alterar el orden ni hacer ruido para abrir la heladera. Al fin y al cabo yo me había ido con Él, seguramente había cenado una costilla de cerdo a la riojana en un hermoso restaurante mientras ellos se arreglaban con un plato de fideos con manteca. Pero no es fácil, los primeros minutos resultan intolerables, me siento fuera de foco, soy un instrumento que no entra en la orquesta, afinado en otro tono, cualquier cosa que diga me deja en evidencia. Podía llegar a suceder que mi madre me oyera entrar y desde uno de los sillones, abrazada por Francisco, dejándome ver su perfil apuntando al techo, sobre la penumbra, me dijera algo que no requería una respuesta; pero si yo respondía y ella volvía a hablarme, Francisco no tardaba en recordarle a mi madre de manera cortante que estaban viendo una película. Su tono de fastidio electrizaba el ambiente, entonces yo me quedaba dando vueltas por la casa, perdido e incómodo como un huésped que no habla el mismo idioma y se da cuenta de que ha usurpado la intimidad familiar, quedándose más tiempo del que estaba previsto, abusando de la confianza. La casa entera parecía darme la espalda de una manera abyecta, irreconciliable. Entonces yo me quedaba pensando con culpa en mi padre que se había ido solo, caminando por las calles oscuras del barrio. Y ése es el sentimiento más fuerte que conservo de él, incluso hoy: pienso en mi padre como el hombre más solitario del mundo. No puedo explicar de dónde surgió ese sentimiento ni cómo fue creciendo en mí hasta devorar gran parte de esos años, pero todo confabuló en mi imaginación para que se hiciera cada vez más intolerable, lleno de preguntas que no me podía responder. Era también durante esa época que yo solía estar atento a que viniera a buscarme con un reloj nuevo en su muñeca. Ya de regreso a casa, esperaba estar a unas pocas calles y me arrojaba sobre su brazo simulando ansiedad y descubrimiento; quizá cargaba una pesada bolsa con ropa nueva del centro comercial de Munro y un maravilloso juguete; pero no me importaba: necesitaba algo suyo. Sabías perfectamente que ya no iba a devolvértelo y era como una especie de acuerdo, un lenguaje que se ponía en funcionamiento ni bien lo desabrochabas de tu muñeca. La sonrisa se le deslizaba íntegra por toda su boca mientras me pedía que lo cuidara. «Vos debés tener un buen montón, ¿no?», decía. «Cuidalo, por favor». A veces me pregunto qué habrá sido de todos esos relojes y mis juguetes y todas aquellas cosas que llenaban mi infancia. Llegué a tener una cantidad fantástica. Guardaba el reloj durante toda la noche debajo de mi almohada hundida por su perfume: yo había estado con mi padre. Porque el hecho de despedirlo en la puerta de mi casa era una situación que me colmaba de angustia. La manera en que nos abrazábamos, el beso que me daba, su pregunta: «¿Pasaste bien, hijo?», agotaban mis fuerzas llenándome los ojos de lágrimas. Yo intento ocultar ese sentimiento desgarrador y cierro la puerta; pero rápidamente vuelvo a salir, me asomo para verlo alejarse, caminando, despacio, triste, tan solo. La culpa me devora. ¿Adónde iba?¿Dónde vivía mi padre? No lo sabía, no lo supe hasta que tuve que retirar sus cosas del hotel, unos días después de que muriera.

 

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