Libros / Homosexualidad, literatura y decadencia hace cien años / José Mariano Leyva

 

José Mariano Leyva

 

La vigencia de los clásicos muchas veces se debe a características poco esperadas. Es el caso de Alas, novela escrita originalmente en la Rusia de principios del siglo xx, y rescatada por la editorial Quimera. En una presentación que, tal vez por mi formación de historiador, me pareció demasiado breve, casi tacaña, Nayar Rivera nos cuenta que el padre de Mijaíl Kuzmín era noble, que el hijo siempre cuidó con neurosis que su apellido estuviera bien escrito, que estudió composición musical, que vivió la época de oro cultural de San Petersburgo, que uno de sus grandes amores se voló la tapa de los sesos, que su libro Alas fue recibido con mucho escándalo y, con toda probabilidad, no menos temor.

 

Mijaíl Kuzmín, hay que decirlo, no era la excepción, sino la norma del momento. Un tipo de escritor de lo más común en la Europa de ese lapso histórico. Cercano a la violencia, al escándalo, y afecto a crear un personaje que la gente imagine sofocado por alguna maldición. Alas fue publicada en 1906. Así, resulta perentoria la contextualización de esta ficción que de manera inevitable refleja realidades que ya no nos resultan cotidianas. Debo decir que siento mucho respeto por el arte atemporal, prístino y ecuménico, pero cuando una novela se ensucia de la realidad inmediata, y despide un tufo que hace arrugar la nariz a los puristas más estrictos, también obtenemos segundas lecturas no menos importantes, tal vez más históricas, pero igual de elegantes.

 

De esta manera, Kuzmín se sube a uno de los trenes más concurridos de la literatura del cambio de siglo xix al xx: el decadentismo. Y toma como furioso estandarte uno de los gritos de guerra decadente: la defensa de la belleza. La belleza incluso por encima del bien, querían los postulantes más furibundos. Nuestro autor ruso aprehende bien un mote —que sin duda era anzuelo para el escándalo— y lo explota a lo largo de su historia. Sin embargo, no estoy completamente seguro de que el buen Mijaíl Kuzmín fuera un escritor decadente en forma. Una cosa era apoltronarse en el centro de la invectiva decadente, con varias obras, con una estricta visión ética que arremetía contra los pilares de la sociedad, y otra diferente era utilizar sólo algunos de los elementos decadentistas para emprender otras batallas. La corriente había impregnado algunos rincones del mundo con varios furores morales establecidos a partir de la literatura. De la estética. Había construido una queja contra la modernidad y sus diversiones vulgares. También un refinado pesimismo. Cierta rabia por la esclavitud de la opinión pública. Nostalgia por orbes pasados que imaginaban más civilizados. Repudio ante un mundo cuya confianza se basaba en las capacidades de la tecnología, y que fincaba su amabilidad en la hipocresía. Ahí estaban Gabriele D’Annunzio en Italia, Antonio de Hoyos y Vinent en España, Oscar Wilde en Inglaterra, Joris Karl Huysmans en Francia (y Baudelaire y De L’Isle-Adam y Verlaine y Gautier). En Rusia, Kuzmín bordea con diferentes pasajes de su obra los edictos decadentistas. Sin embargo, Alas tiene un propósito más contundente y tal vez más moderno: dar legitimidad a la homosexualidad.

 

Aquel cambio de siglo incorporó a su literatura muchas de las revelaciones que se hicieron en el campo de la psicología. Es en el momento decadentista que Freud se estaba convirtiendo en el tótem que terminó siendo. Pero antes de él varios biólogos, médicos anatomistas o neurólogos comenzaban a preguntarse por el origen de las perversiones y variaciones sexuales. Filias y fobias eróticas que se revisaban por vez primera sin el estricto velo de la moral religiosa. En este sentido, en muchos países, el razonamiento laico sucedió más con estas discusiones científicas que con la previa determinación política de separar la Iglesia, el Estado y la intelectualidad. Los decadentes entonces hablaban de neurosis, de mujeres sádicas, de niños crueles —es hasta este momento que, gracias a Freud, los niños son imaginados con capacidad sexual, por ejemplo. Pero su literatura no tenía intenciones médicas o de indagación científica, más bien quería ser despiadada. Dura para poner en relieve las incoherencias de un momento que no le gustaba. La brutalidad, aunada al amanecer de muchos conceptos psicoanalíticos, era un tono muy recurrido.

 

Y en medio de este contexto, Kuzmín habla de su homosexualidad. No es el único, varios autores son tanto decadentistas como declarados homosexuales. El caso más contundente tal vez sea el del francés Jean Lorrain, seudónimo de Paul Duval. Lorrain era escandalosamente público. Era adicto al éter, droga que, junto con el ajenjo, formaba parte de la constelación mítica decadente. Fueron varios los caricaturistas que lo retrataron con sus ademanes afeminados y afianzados tanto en el dandismo como en la homosexualidad. Sus manos repletas de anillos y sus labios rojos combinaban con unos párpados caídos, como si el autor estuviera ya en medio del viaje eterómano. La perversión, la elegancia y una sexualidad más amplia se mezclaban en la ficción decadente. Y todo ello le calzaba a la perfección a nuestro Kuzmín para su defensa específica.

 

La historia es la de un joven quien, guiado de la mano por un par de maestros, va descubriendo argumentos que plantean la homosexualidad como forma de amor más válida incluso que la heterosexualidad. Alas, como muchas otras novelas del momento, tiene alma de ensayo, de diatriba, de convencimiento. El líder de la cruzada es un noble rico y, para colmo, guapo. Los frustrados intentos de algunas damas por acercarse terminan en chismes susurrados sólo entre ellas, y hablan de prohibiciones, de impulsos contra natura. La amistad cada vez más próxima entre el noble maestro y el aprendiz, a puerta cerrada, aumenta las suspicacias.

 

Pero Kuzmín, a diferencia de los decadentes más afianzados, no es explícito. En Alas no está la violencia casi gráfica de un Lorrain, ni la brutalidad en las paradojas de Huysmans, ni la zoofilia del decadente mexicano Ciro B. Ceballos. La sutilidad es el convencimiento. Ésta es la diferencia máxima: el incesto que narraban los decadentes no significaba que lo alentaran. Podían jugar a alentarlo, pero ése no era el propósito final, sino más bien demostrar que, por más civilización y tecnología, la brutalidad y las contradicciones humanas se mantendrían vigentes. Era la dolorosa indagación del alma humana, la que muchas veces es cruel con los que más quiere, autodestructiva, poco ordenada, a veces dañina. Kuzmín no incluye en esa terrible constelación a la homosexualidad. No la convierte en algo monstruoso. Eso sólo hubiera significado reiterar lo que se pensaba de la homosexualidad antes de su tiempo. Por el contrario, la coloca como un acto validado por la belleza. El aprendiz lee una historia medieval:

 

 

 

…a la hora del máximo calor, tomó su báculo y caminó, ciego de lujuria, hasta el lugar donde pensaba encontrar a esa mujer, y cómo en su exaltación vio que la tierra se abría y había allí tres cadáveres putrefactos: una mujer, un hombre y un niño. Y una voz dijo: «He aquí una mujer, un hombre y un niño, ¿quién puede distinguirlos? Ve y realiza tu lujuria». Todos son iguales, todos son iguales ante la muerte, el amor y la belleza, todos los cuerpos son igual de bellos, sólo la lascivia obliga al hombre a perseguir a la mujer y a la mujer a ansiar al hombre.

 

 

 

La intriga de las mujeres aparece más monstruosa en la pluma de Kuzmín que cualquier acto brutal. Alas asesta un golpe a la moral. La elegancia está en lo que se considera raro. La norma es no sólo vulgar, sino carente de sustento. Y esto se rescata, se sea homosexual o no. El particular grito de Kuzmín se vuelve universal sin importar las preferencias sexuales. Alas es la novela decadente más antidecadente que existe.

 

 

 

Alas, de Mijaíl Kuzmín, traducción de Nayar Rivera y Bela Méndez, Quimera, México, 2013.

 

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