Tlaxcala, 2004. Su publicación más reciente apareció en el número 43 de la revista Espora.
Un hábito de hacer y deshacer. Un ordenamiento sin término. Una serie de artículos indefinidos y frases nominales que albergan la posibilidad constante de relacionarse para articular algo. Una obra en que puede intentarse hacer conjuntos, luego subconjuntos y siempre habrá sustantivos que los excedan. Entonces hay caos; no un caos como desorden, sino como un espacio donde todo ocurre infinitesimal, como una «proyección en el espacio más pequeño posible del más pequeño factor común» y así algo se fuga; evade la luz del claro y se escurre entre follajes ceanoto rastrero. Más allá del encuadre, consciente y sonámbula por un desplazamiento febril, ella construye un jardín que siempre escapa o excede el cuadro. El margen de toda percepción monocular es anulado por el tempo ambivalente en que la autora mira por momentos hacia adentro, hechizada por la búsqueda de lo indecible, y por momentos hacia afuera, exhausta por la exhalación extirpada de las cosas que serviles anidan en la luz. La autora mueve, acomoda y reacomoda objetos sintéticos y fluorescentes frente a nosotros. Tal vez esto sea un cúmulo de movimientos plásticos y evidentes, pero también hay espacio para excéntricos respiros: «no rechazo las coloraciones abigarradas, ni enanos pálidos, vivos o fluorescentes, aunque desacrediten el conjunto y a menudo obliguen a volver a empezar». Ella se niega al descarte, aunque esto la obligue a recomenzar: «la unidad general no me preocupa; sí el ordenamiento, no el orden». Sabe que la diferencia está en releer y repetir el mundo porque la experiencia es irreductible, infinita. Monoespacio se expande y se contrae junto a ella, que también nos mira y mira a alguien más; testigos, personajes que se asoman por un balcón y nos sonríen. El punto de fuga se desplaza; se carece de una perspectiva dominante. El texto nos acomoda mientras él mismo se acomoda, se ajusta y se ilumina; a veces la luz viene mítica y pequeña, de unas velas que ella lleva en las manos; luego, de unos cubos de luz neón. La profundidad es una manipulación que depende de la técnica, los materiales y la forma en que Anne Parian se acerca al lenguaje.
La primera «parte» de este poemario se titula «monoespacio» y consiste en una serie de frases nominales: «un rincón de sombra / una franja de tierra sobre el mar / una columna». Caminos oracionales que terminan como frases indefinidas porque no hay acción expresada en el tiempo. La primera página es monoespacio: un diseño arquitectónico de una sola estancia sin muros divisorios. Este diseño piensa el espacio en términos nominales, es decir, desde la noción newtoniana del espacio como una sustancia absoluta y homogénea que preexiste a los cuerpos. Un contenedor infinito. Las estructuras monoespaciales radicalizan la idea del espacio como contenedor: son una caja. Pero esta caja pronto muestra que el espacio, aparentemente «contenido», en realidad sucede y depende de la interacción entre personas, objetos, formas de uso y desuso. Por eso termina rápido esta caja: dos páginas para conservar «todo lo que puede serlo», y entonces nos desplazamos a «decorado» una mancha a no sé cuántos pasos, una mancha donde está ella, nosotros y alguien más.
En «decorado» la autora nos acomoda, nos da pistas de dónde estamos y dónde está ella: «me mantengo en una cómoda guarida / sonriente serena plácido pez». Ni ella ni nosotros estamos siempre en el mismo lugar porque ningún punto de vista es suficiente: «dondequiera que esté el punto de fuga me inclino para desviar la atención aunque siga siendo perceptible desde cualquier parte y se interponga en cada vista cercana. Panóptico indiferente cuando se trata de movimiento». Ella se levanta, rueda, atraviesa pasajes, mientras el espacio, es decir, su jardín, sucede con nosotros. El movimiento es importante, por eso no hay comas; las palabras son acuosas, lábiles y, por tanto, el sentido se desplaza con nosotros. Hay notas a pie de página, enlaces en algunas palabras que dotan al poema de tridimensionalidad metaléptica.[1] Pienso en los planos arquitectónicos: no puede haber un solo dibujo que muestre o haga comprensible todo el edificio, sino una multitud de dibujos. Cada poema se vuelve, en este sentido, un dibujo isométrico: está conectado a más elementos, colores, gestos, dudas y, sobre todo, a una primera persona que introduce un pliegue metalingüístico. El poema se mira a sí mismo, pero ella y nosotros lo vemos mirarse; nos volvemos conscientes de su lenguaje y, en ello, se expone la construcción del jardín: en un registro de borraduras y reacomodos de lo que hay, lo que puede haber o lo que podría haber: «véanme pues repetir a menudo y no se cansen de considerar hasta ínfimos detalles». Parian sabe que no existe una sola forma de hacer espacio, por eso regresa; vuelve a posicionarse en alguna parte y recomienza.
Unos pasos hacia atrás, tal vez arriba o, incluso, con los ojos cerrados. Parian regresa, desdobla su drapeado y, entonces, volvemos a una superficie plana. Qué puede hacer, calcar, trasladar, apartar este mundo imaginado pero sólo queda esto: un modelo hecho con sus manos. Este jardín recomienza indivisible, como un embrión formado a partir de capas germinales: «dispongo volúmenes y decorados arbitrariamente y puedo quedar sin respuesta sobre la razón de una cosa o la otra». Protuberancias y prominencias primordiales que Parian ha marcado a partir de infinitas manipulaciones que se pliegan y se despliegan ante nosotros desde un punto de apoyo que se desplaza. En Monoespacio la profundidad no es la distancia entre un primer plano y un «fondo», sino la modificación en la iluminación, en la posición de un objeto, en la incorporación o la ausencia de notas al pie de página porque funcionan como pliegues o despliegues que transforman el espacio: «la conjunción inextricable de finos detalles cuyos nudos multiplico». Esta es la profundidad de Monoespacio, el arte del drapeado diría Clérambault; en una misma superficie Parian crea curvaturas, concavidades, sombras a partir de una misma tela imaginada que se pliega y se despliega a través de las distintas formas en que describe, escribe, representa y observa Monoespacio. Lejana y ausente de todo axioma, busca extranjera aunque inscrita en el mismo cuadrado, sus condiciones de soporte y tensión. En «recomienzo» no hay notas al pie, lo que vuelve confusa la enunciación: sus planos y sus límites. Es como mirar un dibujo de vista superior: sólo puede representarse la altura y el ancho. La autora cuenta sus manipulaciones sobre el mismo plano, como una pintora «hila visualmente en dos dimensiones». Intenta caminar en la superficie plana, con «algo ligero bajo los pies y algunas líneas elásticas cruzadas bajo los pasos». Avanza con formas gramaticales tejidas para marcar el volumen, el peso: la primera persona y los imperativos pueden hablarnos a nosotros, a sí misma o a alguien más, tal vez a quien está en la rosaleda. Volvemos a empezar por unas manchas, que a su vez son el recuerdo de unos cuadros: «acuérdate del acento en los cuerpos desnudos», calcos de elaboraciones tradicionales y estilos familiares para Parian. Ella no es el pintor, pero empieza con él, con Bonnard y su Desnudo a contraluz, donde las sombras nacen a partir de los colores y el contraste. Adopta y recuerda las poses, los gestos de los cuadros: la impresión, pero, sobre todo, conserva la posición de la tina que es incompatible con la del sofá. Repite en su jardín la construcción compartimentada, dividida en secciones, que combina composición e impresión. Sin embargo, borra; asume su fe estupefacta y sin modelo. Asume el reto de «una diagonal exterior desgajada de la orientación general» y se levanta o abre los ojos, no sabemos, pero hay «Ovaciones»; una actriz que repite y recomienza un jardín que nunca será el mismo.
Hay dos fotografías al final del libro: imágenes en blanco y negro de un árbol seco; el enfoque y la iluminación impiden la nitidez. Una misma foto que se repite y, por tanto, incomoda. Nos hace pensar que es innecesario porque todo objeto o acto repetido es lo mismo, implica la posibilidad de sustituir cualquiera sin que perdamos o alteremos algo. Ante la repetición también desconfiamos y buscamos febriles alguna diferencia. Las fotos repetidas son parte de un jardín, de un espacio-tiempo que hemos estado construyendo, haciendo y deshaciendo y, sin embargo, nada es igual. Ni las siete veces que se repite el sustantivo «elementos» o las cinco veces que se repite «cosas», según se lee en el índice, son iguales. Mi ejercicio de releer este poemario es, en cada una de sus repeticiones, diferente y eso me desespera pero también me fascina porque pienso sobre el pensamiento. Siento que hago espacio para todo esto que Anne Parian acumula, borra, mueve o dobla, no lo sé. Siempre dependerá de dónde estemos, lo que depende, a su vez, de si ella nos mira o no, si nos ignora o nos acomoda. En este libro, en esta escritura nada es contenedor pero está la posibilidad de agrupar, las cosas están en y por sus relaciones. El término monoespacio es, por lo tanto, engañoso, ya que no existe un espacio homogéneo, sino una variedad de espacios temporalmente limitados, generados en y a través de la acción. Quizá lo único monoespacial sea la capa, la superficie de la descripción en que la obra se autonarra.
Anne Parian
Monoespacio
Traducción de Octavio Moreno y Gabriel Wolfson
Cabezaprusia
2024
[1] El «índice» de Monoespacio es un mapa. Funciona de manera similar a las concordancias bíblicas; ambas son una estructura para rastrear palabras, lugares en el texto que son llamados a la memoria. La autora nos dice: «Monoespacio a la inversa exuberante cuyos arreglos describo alfabéticamente», y lo es: carece de detalles semánticos, es un acomodo de sustantivos seguidos de números que indican la página o las páginas donde puedes encontrar, por ejemplo, las palabras «sombra» y «sombras». Está organizado alfabéticamente y en cada sección las palabras se ordenan por vocales como un diccionario pero sin la dimensión semántica. No vamos al «índice» a buscar significados, sino a buscar composición; partes del jardín, elementos como la luz, las sombras, las líneas, los puntos o, incluso, un cartón para construir un esbozo, un plano, una imagen del jardín que vimos en «el decorado» o que buscamos componer en «recomenzar»; porque siempre hay algo, un elemento que no entra en el conjunto porque lo excede, pero queremos ver algo, aunque sea una parte de esta fantasía, este caos que es el hacer espacio. Por eso creo que, aunque funcione como las concordancias bíblicas, es decir, como un mapa, este «índice» no contiene palabras «clave», sino elementos, colores, texturas, extrañezas que hubo en un momento-espacio del jardín y que nosotros, los lectores, acaso logramos notar más. Lo que nos queda de Monoespacio son palabras y coordenadas espaciales que obedecen al ejercicio del recuerdo, de la impresión pero también al deseo y la fascinación por la composición. Podemos acercarnos a Monoespacio desde el «índice», armar un jardín o simplemente hacer espacio; entre números y sustantivos se recomienza Monoespacio. Sobre un camino de repeticiones.