Entre la voz y el tacto, una visión verbal

Francisco José Cruz

Sevilla, España, 1962. Su libro más reciente es Un vago escalofrío (Pre-Textos, 2019).

Desde la tableta de barro a la electrónica —pasando por el hueso, la concha de tortuga, el papiro, el pergamino, la seda o el papel—, el libro, con sus diversos formatos, nos ha ido separando poco a poco de la horda, la tribu y la masa hasta hacernos individuos tan complejos como contradictorios, polémicos e inconformes con la vida. A través de la lectura concentrada, silenciosa y solitaria, ingresamos en un mundo insospechado por la tradición oral que, basada en el ritmo repetido de las estaciones y la memoria común, siempre da vueltas sobre sí misma, al contrario del despliegue en múltiples direcciones de la cultura escrita. Este salto cualitativo, sin retorno, de la palabra escuchada a la leída, no lo dio la persona ciega hasta el siglo XIX.

Hay tantos tipos de ciegos como circunstancias personales, familiares y sociales, según hayan perdido la vista al nacer, en alguna etapa de su vida o, como es mi caso, perciban la luz, los colores e, incluso, bultos que, cuando sé lo que son, al mirarlos, reconozco sus formas, como si mi conciencia de ellos mejorara mi resto visual. Así pues, mis impresiones no pasan de ser un meditado testimonio de mi experiencia.

Vengo de una familia de clase media acomodada que, debido a mi minusvalía, me consintió, desde niño, caprichos y mimos. Sin embargo, mis padres, pese al dolor que suponía para ellos y para mí, no dudaron, por mi bien, internarme en el colegio de ciegos San Luis Gonzaga de Sevilla, donde hice la primaria. Cuando la terminé, ya en la adolescencia, decidí cursar el bachillerato —impulsado tal vez por mi visceral rechazo a los guetos—, no en un centro de ciegos, para lo cual tendría que haberme trasladado a Madrid, sino en el instituto público Miguel de Mañara, de San José de la Rinconada, pueblo cercano al mío, con estudiantes videntes. El riesgo mereció la pena porque muy pronto comprobé que mi formación escolar era superior a la media de mis compañeros, cosa que me permitió serles útil y, sobre todo, me di cuenta de algo esencial que he confirmado a lo largo de los años: sólo el hambre de saber y el afinamiento de la sensibilidad, o sea, un auténtico interés por la cultura, propician la integración de las personas ciegas en la sociedad, librándolas de la mosca molesta de la compasión o la lástima.

Al educarme desde pequeñito con el sistema braille y no conocer otra forma de escritura, hice tan instintivamente míos el punzón y la pauta como el niño vidente hace suyos, con total naturalidad, el lápiz y la tinta. Metidos ya en el primer cuarto del siglo XXI, los ciegos contamos con unos medios técnicos inimaginables en mi época estudiantil. Ellos nos permiten, mediante diversos artilugios táctiles o auditivos, el acceso a cualquier ámbito del conocimiento. No obstante, tan extraordinarios avances tecnológicos serían inútiles si Louis Braille, en 1825, con sólo 16, no hubiera ideado el sistema de lectoescritura que lleva su nombre, y que ya cumple dos siglos de existencia. Su método, demasiado joven comparado con los milenios de arraigadas formas alfabéticas, simplifica otros anteriores, menos prácticos. Gracias al braille, los ciegos de nacimiento pasamos de la tradición oral a la escrita, de ser pasivos oyentes a activos lectores. Así, la yema de los dedos —aunque ajena a la variedad tipográfica y al tamaño de las letras— sustituye, sin detrimento para el lector, a los ojos, pues siendo estos imprescindibles para percibir un cuadro o una escultura, sólo cumplen una función mediadora en el acto de leer. Por este motivo, la reproducción de obras de arte en relieve siempre me pareció un error porque el tacto es sucesivo, no simultáneo ni tan abarcador como la vista, sin contar otras diferencias primordiales entre ambos sentidos. Estoy convencido de que, para los invidentes, la écfrasis, o sea, la descripción precisa y minuciosa de una obra plástica, es mucho más eficaz para comprender su significado.

Únicamente a través del braille, los ciegos somos contemporáneos de los videntes y podemos sentirnos en igualdad de condiciones con ellos. El audiolibro, tan de moda hoy, es un complemento de la lectura personal, jamás un sustituto, a no ser que nos conformemos con el mero entretenimiento y la puntual información técnica o práctica. Estas grabaciones, por muy bien que estén hechas, ni siquiera son equiparables a un texto leído por la persona que tenemos al lado, a quien podemos interrumpir en cualquier momento para preguntarle sobre este o aquel detalle. Como bien dice Octavio Paz, «la letra escrita penetra con mayor profundidad».[1] La obra humanística, en especial la de creación, necesita ser leída. Sólo así el placer estético e intelectual se da completo. Con la página delante, es decir, bajo los dedos, ponemos al texto ritmo y voz propios, percibimos su puntuación y, en el caso concreto de la poesía, los cortes versales, los espacios interestróficos e, incluso, cuando se trata de una composición experimental, la distribución de las palabras en el papel. En fin, como todos los niveles expresivos, gráficos y fónicos están a nuestro alcance, nada decisivo se nos escapa. En este campo, a pesar de las impresionantes posibilidades de la cibernética, tan benéfica en tantos aspectos, el braille en ordenador escamotea la dimensión real de la página al reducirla a una o dos líneas, que van cambiando conforme se pulsa una tecla para seguir leyendo. De modo que la vieja máquina de escribir Perkins, por anacrónica que sea, nos permite —al contrario que el ordenador— convivir íntimamente con el texto mientras lo escribimos en un folio.

Desde mi lejana juventud, cuando empezaba a tomar conciencia de mi incipiente vocación poética y me introducía, no sin timidez, en ciertos ambientes literarios sevillanos, alternaba la lectura en braille con la que amigos o familiares me brindaban, tal era mi deseo de estar al tanto de las últimas novedades no transcritas al sistema de puntos. Siempre he tenido la fortuna de que alguien me lea, sobre todo mi madre, cuya abnegación ha engendrado en mí una especie de responsabilidad añadida en el ejercicio de la poesía. Uno de los libros que a ella le gustó leerme fue Lejos de África de Isak Dinesen. En él, la escritora danesa cuenta cómo los masáis, con mudo asombro, la rodeaban mientras escribía. Ellos consideraban cualquier texto escrito algo sagrado, incapaz de mentir. Parecido fervor sentía yo entonces cada vez que tenía un libro entre mis manos.

Esta doble experiencia de lector, la solitaria y la acompañada, la directa e indirecta, por decirlo así, amén de agudizar mis reflejos perceptivos, me ha demostrado, después de tantos años, que oír un texto sin conocer el braille no es lo mismo que conociéndolo. En el primer caso, estaríamos aún en el terreno de la oralidad; en el segundo, en el de la tradición escrita, pues conforme oímos el texto, en cierto modo lo vemos reproducido en nuestra mente. Al mismo tiempo que uno lo escucha, paladea las palabras con sus grafías, casi como si las tocara y fueran inseparables de sus sonidos. Quién sabe si mi costumbre de leer a media voz cada vez que lo hago solo, me viene de esta práctica compartida, como si le leyera —en versos de Juan Ramón Jiménez— a «este / que va a mi lado sin yo verlo».[2]

Después de más de tres décadas de convivencia, Chari, mi mujer, y yo hemos creado nuestro mundo en torno a la poesía, la propia y la ajena. Tal vez el siguiente romance, incluido en mi libro Un vago escalofrío (2015), dé al menos una idea aproximada del grado de compenetración o, mejor, de íntima simbiosis que hemos alcanzado como pareja de lectores:

Desde entonces

Como leemos juntos
desde hace tanto tiempo,
ya tu voz son mis ojos
y al oírte hasta veo
los espacios en blanco
y la pausa final de cada verso.

Así, de línea en línea,
como en lúcido sueño,
nos fundimos en uno
durante todo el texto
hasta oírme en tu voz
y tú callarte en mi absorto silencio.

Una noche de agosto,
frente al mar sanluqueño,
sacaste de tu bolso
un librito de versos
de Juan Ramón Jiménez,
cuyas hojas aún las mueve el viento.

Me leíste —leímos—
un rato en el paseo
marítimo. Esa noche
la carne se hizo verbo
o el verbo se hizo carne
y desde entonces vivimos completos.

Según Roberto Juarroz, la poesía es una «visión verbal. No nace con posterioridad a otra visión: ve con palabras».[3] Creo que la aseveración del poeta argentino debe aplicarse, en mayor o menor grado, a todos los registros y manifestaciones de la lengua. En ella están implícitas nuestras experiencias emocionales, intuitivas e incluso físicas; y aunque ni por asomo todos tengamos las mismas vivencias, en el flujo constante del habla diaria, subrepticiamente las asumimos. Mediante la carga simbólica del idioma, sus connotaciones o capas de sentido, hacemos nuestras las expresiones de los demás, y gracias a este sutil proceso, vemos lo que no vemos. No en vano, en palabras de Eugenio Montejo, «el lenguaje nos determina mucho más que cualquiera de nuestros sentidos».[4]

Si, como ha repetido tantas veces Mario Vargas Llosa, leemos para vivir vidas ajenas o para ir a donde nunca iríamos, yo escribo poemas, entre otras razones de peso, para ver lo que sin ellos no vería. De ahí mi afán de precisión, tan exacerbado que, si necesito incorporar al poema un gesto o una forma que yo no perciba, no dudo en preguntar a quien tenga a mano, como cualquier escritor consulta datos para su obra sobre este o aquel aspecto de la realidad que ignora. Además, los metros y estrofas tradicionales, modificados o no a mi conveniencia, me ayudan a fijar con nitidez el contorno de una idea, una sensación o una imagen. Pienso, pues, que la falta de la vista no supone una desventaja fundamental para escribir. De hecho, hay autores que cargan las tintas en la mirada y otros en el oído, o su estilo los inclina a ser conceptuales. Del mismo modo que nadie usa todos los recursos y figuras retóricas, sino aquellos que convienen a su forma de decir, así los cinco sentidos corporales no pesan igual en la balanza creadora de cada uno. A la hora de expresarse, no importa lo mucho o poco que se perciba, sino cómo se elabora lo que se percibe para construir un mundo propio que seduzca a cualquier lector. Remontándonos a la fuente de nuestra tradición poética, ¿qué más nos da que Homero fuera o no ciego, si sólo vio las historias de sus epopeyas —como nosotros ahora— a través de sus hexámetros y no en la realidad?

En definitiva, una de las cualidades básicas de todo artista, no sólo de un poeta, es la de no engañarse a sí mismo; tener el valor de afrontar sus inseguridades y limitaciones. Una de las mías se refleja en este poema que compuse hace algunos años: 

Manuscrito

Me han pedido un poema manuscrito
sin caer en la cuenta de que yo
escribo sólo en braille desde niño.

Ignoro casi todas las grafías,
no he aprendido siquiera a hacer mi nombre
y con torpe temblor trazo mi firma.

Muchas veces, como Alberto Caeiro,
antes de teclear mi vieja máquina,
escribo en el papel del pensamiento.

Imposible cumplir este pedido
de dibujar con tinta versos propios,
pues sólo escribo en braille desde niño,

a no ser que tu mano, letra a letra
—tu mano que es mi mano, vida mía—,
dé su forma indeleble a este poema.

[1] Antonio Marimón, «Octavio Paz: la política y el instante», entrevista incluida en Pasión crítica de Octavio Paz (prólogo, selección y notas de Hugo J. Verani, Seix Barral, Barcelona, 1985).
[2] Versos pertenecientes al poema «Yo no soy yo» de Juan Ramón Jiménez, recogido en su libro Eternidades (1918).
[3] Roberto Juarroz, Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido (Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1980).
[4] Francisco José Cruz, Entrevista a Eugenio Montejo (Hablar/Falar de Poesía, revista hispano/portuguesa n.º 5, Badajoz-Lisboa, 2002; recogida también en Palimpsesto n.º 24, Carmona, 2009, pág. 78).

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