La tecnología, el arte y la sociedad / Alberto Gutiérrez Chong

En el pleno ocaso del siglo xx se volcaban y se presagiaban, como era de esperarse, entre otros asuntos más, los designios del futuro del arte: qué vendrá o pasará era el murmullo cotidiano entre el desconcierto mundano, con el usual optimismo que conlleva una nueva situación. La historia o la novelada percepción de un final de siglo se volvía a repetir, inclemente. Parecía el símil de la transición entre el siglo XIX y el XX, recordándonos, como una reveladora condición cíclica, lo que fue y significó entonces para el arte la aparición de la fotografía y el cine, entre otras posibilidades técnicas vinculadas a la idealización industrial y su vasta promesa de modernidad.
            Es cuestión de volver a revisar el tremendo impacto que causó la fotografía, principalmente en la pintura, incluso ya advertida internamente con la visión ajena a la copia del realismo de Courbet. Los pintores, los artistas verídicos, ya conscientes de otra percepción de la realidad y de su temporalidad, primero lo intuyeron y después lo razonaron para transformar a la fotografía en algo más que un mero sustituto de la pintura —como se pensó que sería—, para adecuarla como otra herramienta más al servicio de la pintura; los impresionistas pintaron con el testimonio de una fotografía, y los dadaístas fueron los primeros en llevarla más allá de una técnica, al integrarla ya no sólo a la pintura, sino al arte en lo general.
            El academicismo recalcitrante perdió sentido con toda su añeja tradición para dar paso a una nueva concepción, la vanguardia, lo que en conjunto permitió el inicio de todas aquellas suculentas discusiones que iban y venían entre el pasado y el presente, lo retinal y lo visual, entre lo mecánico y lo electrónico, lo moderno y lo contemporáneo, entre la abstracción y los naturalismos, etcétera. Este modelo caracterizó a uno de los periodos más fecundos en la historia del arte, en un mismo siglo repleto de dicotomías artísticas. Porque, si bien esa coincidencia histórica de un nuevo siglo fue producto de la voluntad y la inercia de un periodo de absoluta renovación e invención, acarreó el hecho crucial de la aparición de nuevos medios y lenguajes de representación artística y visual, que fueron asumidos con enorme prontitud por las artes, y cuyo complemento decisivo lo tomaron los artistas visionarios, que tuvieron la capacidad de darse cuenta de que se necesitaba buscar y aun entender otras lógicas para desarrollar y resolver una nueva concepción del arte, con otra manera de pensarlo e incluso de imaginarlo.
            Este mínimo recuento permite asombrarse más que reflexionar sobre por qué, notoriamente, en la cultura y las artes el desdén fue casi total ante la aparición de las denominadas nuevas tecnologías en la transición entre los siglos XX y XXI. Mientras que la sociedad en su conjunto lo entendió primero en el sentido correcto, contrariamente a lo que había sucedido con anterioridad, en situaciones más complejas, la lección se olvidó, o simplemente las artes siempre pecan al llegar a un estatus de conformidad.
Porque si algo avanzaba sigilosamente en las últimas décadas del siglo pasado, con su presencia contundente y total, era sin duda la reciente «era digital», en todos y cada uno de los espacios que componen la sociedad. Ahora, en tan poco tiempo, sin la tecnología es imposible alucinar, más que meditar, sobre esta sorpresiva realidad: ya nada escapa a ella —como ocurrió con la luz eléctrica en su momento. Ahora ya no se utiliza la prestigiada palabra universal, se ha ido cambiando por la comunitaria global, concepto sin ninguna excepción. La modernidad revisó la palabra, influyó en el lenguaje, las nuevas tecnologías parten sin distinción de códigos del lenguaje mismo. Es verdad que la tecnología es un proceso complejo de carácter científico, y por la misma razón muchos de sus logros se ven como hipotéticos, permitiendo juicios erráticos por una falta de conocimiento mucho más cierto, pero también sin prejuicios ni precipitaciones. La tecnología está más que al ensoñado servicio de la cultura y las artes, se nos presenta servicialmente al mejor postor o comprador. Ése será el reto inmediato para llevar la gran tecnología, con su gran promesa y potencial, a la cultura y la educación, o se permitirá el mismo y terrible error, valga la comparación, que sucede con la tragedia de la televisión.
            Habrá muchas posiciones encontradas, mucho qué conocer para discutir, por lo sorpresivo de sus funciones y adaptaciones; porque si algo nos sorprendió, con un gran encanto renovador, es que la tecnología abrió una nueva dimensión social cuando nadie lo esperaba ni sospechaba, y son ésas algunas de las posiciones que se tendrán que atender, pensar y aprender. Un músico importante y prestigiado en los años cincuenta del siglo XX respondió a las severas críticas que recibió luego de haber utilizado la tecnología en la forma de un sintetizador como instrumento musical: «El problema no es el sintetizador, sino quién está detrás de él». Polémica incondicional de todos los tiempos: cuando aparecen nuevos retos, irán suscitándose nuevas controversias conforme avanzan su uso y aceptación. Como el que ahora se señala con insistencia, por ser tan «ofensivo»: las nuevas tecnologías traen, desde su origen, una herencia producto del consumismo más predador; en la medida en que avanzan la tecnología y su mercado, van quedando en desuso los productos anteriores, «obsoletos» con una inmediatez difícil de asimilar, y ante la que es más difícil reaccionar a la vista de una impuesta y constante publicidad. Sobre todo en un país como el nuestro, donde el factor económico es vital, ya que, a diferencia de cualquier otro producto o bien de consumo personal, las tecnologías cubren una enorme gama de necesidades en la vasta diversidad sociocultural. El ejemplo de internet, entre otros, es tan contundente que merecería una atención aparte.
            Por ello ahora podemos contemplar una serie de fenómenos recientes que dan respuestas interesantes a las múltiples y heterogéneas funciones de la tecnología, como es el caso de una oportuna recuperación social de la imagen. La fotografía digital, por su accesibilidad, abrió otra etapa diferente al establecer sin condiciones una nueva manera de memorizar la realidad circundante. Es muy común observar cómo a la gente, gracias a que porta un teléfono celular —que en su gran mayoría ya traen integrada una cámara fotográfica y de video—, se le otorga la determinación para estar siempre dispuesta y atenta ante los sucesos cotidianos, para registrarlos y crear una diferente legitimización de la realidad, sin la más mínima codicia artística. O bien la renovada atracción por el audio y su amplia relación con la reproducción o la grabación para trasmitir el sonido, una posibilidad abierta y descubierta una vez más por la democratización del medio, sin más pretensión que satisfacer una necesidad de gusto individual a fin de comunicarlo a su colectividad. Ante la creciente desatención hacia los más jóvenes, a quienes ahora hasta se les condena por «inventar» códigos diferentes para escribir en los nuevos medios —cuando más bien han sido ignorados—, su respuesta silenciosa ha sido tan contundente que se les mira leyéndose una y otra vez con un «original» interés sobre sus «emociones»: o están formando sus propias estrategias y sensibilidad, o sencillamente ya rebasaron las normas de un sistema en plena caducidad y del que son víctimas y testigos. Es un fenómeno perturbador y maldecido por algunos, pero con amplias posibilidades para otros, como sucedió —si bien parece ser superada la discusión absurda— con la eventual «desaparición» del libro impreso.
            Esta paranoica polémica tuvo su más álgido debate cuando la industria sorprendió nuevamente con la aparición del libro digital, que además posibilita múltiples aplicaciones (programas) para sus marcas de productos, extendiendo la lectura a posibilidades inimaginables. El debate no solamente trastocó las letras, la literatura, sino que salpicó incluso otros ámbitos, desatando así desde el escarnio escéptico hasta el posicionamiento ultraconservador con tintes de nazismo, si bien otros lo miraron primero con curiosidad y después con optimismo. El caso, contundente, es que aparecía una incuestionable posibilidad de abordar de diferentes maneras la inmensa tradición del libro, sin anteponer ya la inútil discusión sobre su desaparición, además de que otorgó una atmósfera de tranquilidad y confort al digitalizar las grandes obras de la literatura universal para poder ser leídas no solamente en un soporte especial, sino hasta en un celular. Las opciones para la lectura se multiplicaron, quedando intacta la posibilidad de la inmaculada individualidad, pero permitiendo también el nuevo uso de la colectividad y su discernimiento didáctico, entre otras opciones y aplicaciones más.
            Esta situación, como era de esperarse, formuló nuevas conjeturas en la parte más medular, en esa región poco accesible y más controversial que se denomina creación. En el caso de la escritura, existe ya una capacidad creativa, inventiva, no sólo técnica, al saber utilizar un procesador de palabras y una cuenta en Facebook para enfrentar y explorar ampliamente los recursos de las nuevas tecnologías. O ésas son las expectativas, el riesgo creativo que siempre será necesario asumir: se podrá encumbrar nuevamente la poesía con su visión de punta a fin de integrar de una vez por todas las alternativas formales que hoy ofrece la escritura con la tecnología. Resulta interesante que en la poesía sí se ha despertado un ánimo de renovación: será ésa su contundente capacidad al saber entender los comportamientos de su poderosa y heterogénea tradición y al permitirse ese nuevo riesgo sin argumentos ociosos.
            Si algo tiene la tecnología es su capacidad de autogestión, es decir, la posibilidad de permitirse toda la información necesaria para su conocimiento y adecuación; basta con saber utilizar básicamente la red de información, y comprender cómo seleccionar en ella, en su vasta diversidad. Porque de ahí parte precisamente el tradicional meollo del asunto: el aprendizaje de las nuevas tecnologías siempre ha sido empírico, y cuesta mucho volver a aprender, y más aún resolver con un nuevo conocimiento. Con lo cual también se tendrá que sobreentender que la tecnología por sí sola es inútil, inofensiva… Aunque también ahí está rondando la aterradora quimera cibernética de la «inteligencia artificial», con la posibilidad de que, un día cercano, algún programador «creativo», con afición a la literatura, resuelva las más inimaginables y variadas narrativas. En tanto eso no suceda, no debemos creer que, por el simple hecho de utilizar la tecnología, se tendrá calidad, o inventiva, porque ése ya es el problema particular de siempre, con y sin tecnologías, y en todos los géneros y disciplinas artísticas.
            En el caso de las artes visuales la discusión es semejante, con las obvias diferencias por sus condiciones específicas. La visualidad, para reiterarlo, es lo más importante y trascendente; de ahí que la aceptación de las nuevas tecnologías sea vista de manera más natural, una posición compartida con los diseños y la arquitectura. Esto hace comprensible la creciente formación y aparición de más artistas comprometidos, desde su origen, con las llamadas nuevas tecnologías, y que logran ya obras con una notable calidad por el entendimiento de los medios y sus recursos, puesto que la producción del arte y de la tecnología no sólo se restringe a una pantalla. Y lo mejor ocurre en los crecientes intentos por distanciarse de cualquier convención artística tradicional: las búsquedas reflejan otras maneras de producción, otra manera de conceptuar la realidad observada.
            También habrá que volver a subrayar que las artes visuales no solamente caminaron, o caminan, con las posibilidades que les brindan las nuevas tecnologías, pues tienen conciencia y ganan legitimidad por su compleja diversidad, y por haber aparecido simultáneamente otras conductas y recursos para la representación visual. Hoy en día son impensables la difusión, la distribución, la información e incluso el mercado artístico sin las posibilidades que ofrece la tecnología como un medio plural y eficaz para la comunicación, como otra manera de vivir la inmediatez y la memoria. Los nuevos recursos ahí estarán multiplicando sus funciones; ya dependerá de los diversos sectores de la sociedad otorgarles un uso y su función específica, y parece ser que esa sociedad sin distinción avanza más rápido y se adecua mejor a los cambios que ofrecen las tecnologías. El arte tendrá, en lo general, respuestas y compromisos para satisfacer esas necesidades y otorgar una producción artística que corresponda a las posibilidades, aun con los avances ya previstos, de la realidad virtual como sustitución de la realidad física (ya planteada por los griegos); hemos pasado a la realidad aumentada, que puede registrar datos sobrepuestos al mundo real: otra promesa inigualable para la invención artística. ¿O se tendrá que volver a esperar, con esa hasta natural parsimonia, para identificar otros lenguajes, otras estructuras y modos de pensar y concebir el arte? Esto tendrá que ir verificándose continuamente a fin de apoyar, educar y planear de inmediato a partir de las experiencias anteriores —cuando aparecieron otras formas de comunicación.
            La conciencia sobre las nuevas tecnologías, su comprensión secular, tal vez se dio cuando se aceptó como lo que son: una herramienta más, cada día más necesaria, y de una trascendente vitalidad —condición que hasta ahora se les empezó a reconocer y a entender, porque ése es precisamente su encanto renovador, al ser una inigualable herramienta de trabajo para cualquier medio o disciplina artística. Verdadera promesa de su propia descripción como multimedia, al poder conjuntar simultáneamente diversos recursos y medios para la comunicación y la expresión; ahí reside también su gran impacto social y cultural. Ya dependerá de la capacidad humana, del ingenio individual, de los logros artísticos y estéticos que con esta herramienta se construyan. Las revisiones analíticas y una amplia especulación teórica al respecto, más que un reto, será un compromiso, ya impostergable en su continuo y creciente desarrollo.

 

 

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