Icónico / Fernando González Gortázar

 

Este enamoramiento perdura en mí sin mella alguna; aunque no siempre haya sido un amor bien correspondido, sigo creyendo en la arquitectura como servicio, como creadora de cultura, forjadora de identidad y promotora de cierta forma de justicia. Sigo creyendo en la ciudad como la mayor invención del espíritu humano, la más original, radical e inacabada productora de un mundo que debe acercar a la felicidad a quienes lo habitamos. Sigo creyendo en la cultura como aquello que nos conecta crítica y autocríticamente con el pasado y el porvenir, como aquello que permite a las sociedades evolucionar y aprender del ancho mundo sin que dejen de ser ellas mismas; sigo creyendo en el arte como definidor de nuestra condición de humanos, como la única realización nuestra que nació adulta y la única también en la que encuentro la grandeza, la diversidad, la verdad y la limpia intención de la naturaleza. Sigo creyendo en la naturaleza como la gran maestra, fuente de toda ética, toda moral y toda estética.

Hay que ver siempre a la arquitectura como una amistad y una reconciliación; nuestro trabajo no debe pelear con la historia y sus herencias, ni con la tradición, ni con la lógica del sentido común y la economía, ni con los materiales y técnicas constructivas, ni con el mundo y la naturaleza, ni menos todavía con las personas de carne y hueso, ni con nuestra propia individualidad como creadores. Tenemos que mirar la realidad cara a cara y con ojos escrutadores, no para acatarla sin más, sino para intentar, desde nuestro pequeño campo de acción profesional y ciudadana, transformarla y superar sus muchas lacras, sus repulsivas inequidades e iniquidades, su íntimo y esencial malestar que ha producido la atroz situación en la que viven las mayorías de este país y de este planeta.

Como tarea prioritaria saquemos a la arquitectura de esa forma de automarginación que es el elitismo y de veras hagamos de ella un bien común. Las ciudades y las piezas que la componen deben ser funcionales y eficaces, desde luego, pero también hermosas, justas, y sobre todo alentadoras. Cuando uno las recorre y las habita, algo bueno debe ocurrir en el alma. Sigo creyendo, pues, en la necesidad de soñar, de concebir vías posibles y de nuevo partirnos el alma por incorporarlas aunque sea parcialmente a la realidad cotidiana de todos. Con frecuencia, en mis pláticas ante públicos diversos, a los que tienen la gentileza de invitarme menciono el sabio, lúcido y aleccionante lema de esta Universidad de Guadalajara: «Piensa y trabaja». Dentro de su sencillez, o quizá por ella, estas dos palabras resumen todo un ideario, un programa de vida: ni acción sin un pensamiento, un análisis y una reflexión previos que la sustenten y le den sentido, ni pensamiento que quede como especulación fatua y ociosa y no ayude al mundo a vivir.

Los seres humanos estamos construidos con muchos estratos, desde los más externos de nuestras necesidades biológicas hasta los más profundos de la sensibilidad y el corazón, y la arquitectura —tanto como su manifestación mayor, el urbanismo— debe satisfacerlos a todos. Repito viejas ideas: el arte en la ciudad, el arte urbano es parte de la justa distribución de los bienes del espíritu y por ello de la democratización de la cultura. La belleza no es un adorno prescindible, sino un artículo de primera necesidad, sólo en un mundo bello se puede aspirar a la existencia plena, y las cosas útiles, para ser cabalmente útiles, deben ser bellas también. La naturaleza está en nuestra esencia mas íntima y primera y no debemos aceptar jamás que parezca incompatible con la civilización o con el desarrollo material, porque eso es falso.
El logro de mejores ciudades es impensable si no tenemos mejores sociedades, y éstas son impensables si no creamos condiciones de justicia y aprendemos a respetar y convivir con el mundo. La arquitectura es siempre una ciencia y una técnica; ocasionalmente es un arte, pero debe ser, por encima de todo, una forma de urbanismo. John Dos Passos dijo: «Sólo se puede ser artista verdadero si se tiene compasión, esa compasión que en su sentido verdadero es la comprensión y la aceptación del otro, sin la que muchas cosas de la vida serian insoportables». Si no entendemos así la arquitectura es que no la entendemos en absoluto. El usuario es quien dice la primera y la última palabra porque los libros y las revistas de arquitectura están llenos de edificios que los críticos elogian y los usuarios maldicen. Nadie puede sentirse ajeno a ello, la arquitectura nos da cobijo, es como nuestra segunda piel, el ámbito dentro del cual transcurre nuestra existencia y que determina para bien o para mal buena parte de la calidad de vida de todos los habitantes de la tierra.

La arquitectura y el urbanismo, con todas su ramificaciones, son, pues, asuntos de la más grande importancia y deben ser parte de toda política pública, de todo plan de desarrollo, de la preocupación constante de autoridades legítimas, organizaciones civiles y ciudadanos rasos.

Y también declaro que hacer arquitectura es algo muy difícil, tanto que con frecuencia la siento más allá de mis fuerzas y mis capacidades. Cuando un arquitecto se equivoca, equivoca a muchos otros; hacer arquitectura conlleva una responsabilidad tan grande que su peso casi me aplasta con frecuencia.

Una vez Carlos Monsiváis dijo que yo era el último de los románticos: es el mayor elogio que he recibido. En ese mundo busco vivir, quiero estar lo más lejos posible del poder, sea del tipo que sea. No considero válida ninguna hegemonía ni privilegio. No sé si soy competitivo, pero si sé que no soy competidor, no me interesa estar ni triunfar por encima de nadie. Como dije hace tiempo, lo público es mi obra, no yo. Quien provoca las polémicas es mi obra, no yo. Si algunas veces he estado en la arena pública es porque hasta ahí me han llevado las nobles tareas de trabajar, de pensar y de ejercer mis derechos ciudadanos. No porque yo lo haya buscado. Así de sencillas son las cosas. En el inicio de su autobiografía, el insigne José Clemente Orozco —junto con Juan Rulfo y Luis Barragán nuestro artista capital, en mi opinión— resumió así su vida: «Sólo las continuadas y tremendas luchas de un pintor mexicano por aprender su oficio y tener oportunidades de trabajar». Yo podría decir exactamente lo mismo: «Son las continuadas y tremendas luchas de un arquitecto y escultor mexicano por aprender su oficio y tener oportunidades de trabajar».

 

Imágenes de la obra de Fernando González Gortázar. Las piezas formaron parte de la exposición Resumen del Fuego. Fernando González Gortázar, que se presentó en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (musa), del 21 de noviembre de 2013 al 18 de febrero de 2014.

Fragmentos del discurso pronunciado por Fernando González Gortázar al recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Guadalajara, en el Paraninfo Enrique Díaz de León, el 21 de noviembre de 2013.

 

 

Comparte este texto: