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Finalista Luvina Joven - cuento / Tus cenizas / Esteban Velázquez PDF Imprimir E-Mail

X Concurso Literario Luvina Joven

 

Tus cenizas
Esteban Alberto Velázquez González
Preparatoria 8

México, Guadalajara, sábado 4 de enero de 2020
Los conté todos; cuadrado por cuadrado, porque uno se puede confundir con los años bisiestos: 729. En todas esas cruces de calendario no estuviste. También te esperé en sueños: nunca apareciste. Pero lo que me corroe el pecho, el pensamiento, los días, es la certeza de la nula posibilidad de un encuentro azaroso, como dice el poeta, «Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida»; porque al parecer eres afín a ese otro, el que recita: «No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz». Por voluntad propia, tomaste tus cosas y te fuiste a sólo Dios y la aerolínea saben dónde. La puerta se cerró detrás de ti, así: con silencio, sin adiós.

México, Guadalajara, domingo 5 de enero de 2020
No quería decírtelo, pero en la madrugada del sábado, por primera vez soñé contigo. Anoche también. Y descansé bien. Desde que te fuiste no he podido hacerlo, duermo mis horas, pero no logro descansar.
Por la tarde de ayer fui al Cineforo. La última vez que estuve ahí fue contigo. Al salir, me quedé paseando entre pensamientos. Me reencontré con aquella ocasión en la que, pocos días después de hacernos novios, fuimos a ver un cortometraje. No recuerdo bien el nombre; tú te has de acordar. Trataba de un fotógrafo obsesionado con una mujer a la que había amado y perdido. Su frustración recaía en que en la única fotografía que tenía de ella, sus ojos no miraban a la cámara. A ambos nos había gustado mucho, lo recuerdo.
Cuando salimos encendiste un cigarro y tarareabas la canción de los créditos; te hice un gesto de desaprobación por el tabaco, sabías que no me gustaba, y te pregunté cómo se llamaba la melodía. «Cien años», dijiste a la vez que tu boca sonreía, ya sin el cigarro, con el canturreo «de Pedro Infante». Y comencé a abrazarte mientras caminábamos haciendo dueto. 

México, Guadalajara, martes 4 de febrero de 2020
Me he dado cuenta, por el timbre metálico, de que tamborileo los boleros con el dedo en el que llevo puesto el anillo que me regalaste la primera vez que salimos juntos. En esa ocasión, estaba disgustado contigo porque antes me habías cancelado un par de planes.  Pero ese día te disculpaste, algo apenada, por los imprevistos, y me invitaste al concierto que esperabas desde hacía semanas. Deseé decirte que sí en cuanto lo propusiste. Pero me incomodaba la idea de un tercer plan clausurado. Además, ese mismo día tenía una fiesta, por eso te dije, «te confirmo en la tarde».
No conocía a casi nadie y mi amigo que me invitó no llegaba. Estuve platicando con una chica, amiga suya. No sé si le gusté y tampoco me quedé a averiguarlo. Decidí marcarle a mi amigo y le dije que no viniera, que ya me iba. Fue, mientras subía en el camión, que te llamé para decirte que ya estaba en camino.
Cuando se terminó el concierto, quizá para no perdernos en el hormiguero de gente, quizá por algo que tiene más que ver con los suspiros de anhelo, salimos tomados de la mano. En ese momento fue cuando sentí el listón frío en tu dedo. Ya en la parada, cuando jugueteábamos con nuestras manos como niños que esperan, logré mirar tu anillo: me dejó anonadado que al igual que tu cabello, me era difícil decidir si su color era anaranjado o rojizo. Por el brillo supuse que era nuevo. Cuando te distrajiste, te lo quité con la intención de mirarlo, ponérmelo y decirte, aparentando completa seriedad, que me lo quedaría, para que así fingieras molestarte e intentaras quitármelo, acercándote a mí, sonriéndome de cerquita. Yo sólo pensaba admirarlo y devolvértelo. Y entonces dijiste, «sí, quédatelo», mientras tus ojos hacían brillar los míos: sentí que se me drenó el alma. Con tus manos seguías jugueteando con mi otra mano; y sólo reaccioné cuando me avisaste, «ahí viene». Y te seguí, acariciando tu anillo.
He de admitir que se ha opacado. Pero conserva su color. Aunque tú ya no conserves el tuyo. No sé por qué, días antes de irte, decidiste teñirte de castaño. Aunque, quién sabe, quizá ya volviste a tu rojizo anaranjado.

México, Guadalajara, miércoles 5 de febrero de 2020
Al fin, recordé el título del cortometraje: “El retratista”. En internet compré una copia. Me senté en el sillón con el asombro y la inquietud de un niño que por primera vez asiste al cine. Mi respiración, pesada, avanzó junto con los créditos. Comenzó el corto y sentí mi pecho desinflarse con el filo de los recuerdos rotos. Mis ojos miraban los planos mientras mi mente reconstruía imágenes fragmentadas en la memoria. Sentí que si volteaba te encontraría a mi lado. Pero no lo hice por miedo al vacío. Me di cuenta de que acariciaba tu anillo. Entonces con el final llegó lo fatídico: «Pasaste a mi lado», y sin que pudiera contener nada, mi cuerpo colapsó sobre los cojines; una mano en llamas estrujó mi pecho; lloré a gritos. Y un instinto de soledad me enroscó en posición fetal. Lágrimas y moco escurrieron por mi rodilla como una grotesca, lenta y triste cascada.
Yo sólo quería consuelo. Pero en la oscuridad, nadie me abrazó.

México, Guadalajara, miércoles 4 de marzo de 2020
Encontré la tarjeta que me regalaste unos días antes de hacernos novios. La hallé en la caja de objetos (símbolos, quizá) que me rememoran a momentos que fueron gratos pero que ahora pesan mucho para tenerlos a la vista. Estaba buscando otra cosa, no recuerdo qué. Lo olvidé cuando desenterré tu regalo.
Descubrí que era una postal. Y no una tarjeta como todo este tiempo había creído. Al parecer siempre paso por alto las cosas más evidentes. Es de Kauai. No sé dónde está eso.

México, Guadalajara, jueves 5 de marzo de 2020
Saqué del estante mi libro de Sabines, el que tanto te gustaba. Nunca entendí por qué decías que te identificabas con la Tía Chofis. Yo te recuerdo vivaz, de un silencio enigmático y unos ojos que hablaban una lengua que yo no entendía.
Pensé en la tarde cuando, después de hacer el amor por primera vez, lloraste. He olvidado el por qué. Pudo haber sido por un asunto familiar o un amor viejo o algo que sentiste en ese momento; te mentiría si afirmara alguna de estas. Tal vez no lo dijiste, y por eso no puedo recordarlo. Lloraste, y dijiste «Perdón, perdón por llorar así. De la nada». Yo te respondí «No, no te disculpes. Tú llora hasta que te sientas consolada». Te dije «Espérame», ahí, entre las sábanas blancas que con la luz de la tarde reflectaban tu desnudez. Y regresé para acostarme a tu lado, con el libro, los dos desnudos, sin pudor. «Me gustó que lloraras», te recité. Y me abrazaste, susurrándome un «te amo». Con un beso mojé mis labios en tus lágrimas, acaricié tu brillo naranja rojizo. Y mientras tus ojos escurrían sobre mi hombro, también te dije «te amo».

México, Guadalajara, viernes 6 de marzo de 2020
Me pregunto de dónde habrás sacado la postal. Nunca me contaste de algún viaje a Kauai. Pero tampoco te lo pregunté. Me siento un imbécil, quizá tú esperabas que te lo preguntara y yo nunca lo hice. Descubrí que sí es parte de Hawái. Atrás tiene un mapa algo difuminado. Tampoco lo había notado. Tal vez viaje allá. No lo sé. En todo este tiempo, no he ido al banco a sacar los ahorros del viaje a Cuba que siempre planeamos pero que, por cosas más urgentes, las cuales ya no puedo recordar, posponíamos. Aunque pienso que más bien fue la desidia, o la costumbre de postergarlo, lo que hizo que nunca fuésemos.
Hoy es mi cumpleaños. No creo que lo recuerdes. Si mi memoria no me falla, en el par de años que estuvimos juntos nunca lo hiciste.
Desde enero, no ha pasado una noche en la que no te sueñe, pero cuando despierto sólo puedo recordar tu presencia. Anoche no apareciste, pero pude recordar la trama: Me enviaste una postal ¡desde Cuba! Me felicitabas, y me pedías perdón por haberte ido como te fuiste. Junto a tu firma, había un «Te amo».
En verdad espero que cuando mires la fecha pienses en mí.

México, Guadalajara, jueves 19 de marzo de 2020
Pasaron los días y estos mataron el invierno. ¿Debería vestirme de luto? Nunca te lo conté, pero esta época del año me pesa en melancolía. Como el último pensamiento antes de morir, la última lágrima que se derrama por un amor, un muerto, el último siseo en el «Adiós», el final del invierno es, el final definitivo. Por eso me notabas cabizbajo y taciturno. Tú me preguntabas «¿Qué tienes? Te siento decaído». Y yo te decía «No pasa nada. Ha de ser por el clima, me ando engripando», porque suponía que no entenderías. Y ahora soy yo el que no comprende la estupidez de mi silencio ni sus razones. Tú habrías entendido, me he dado cuenta de que lo habrías hecho.
Hoy leí un cuento; un fragmento: «Me pasa el brazo por los hombros y me ofrece uno de sus cigarros. Nos sentamos a fumar en silencio, mirando ambos hacia la distancia, en direcciones distintas». Me hizo recordar un día, que probablemente ya lo olvidaste: Era 4 de enero. Pasábamos nuestro segundo aniversario: yo celebrándolo, tú padeciéndolo. Después de una cena con el mismo sabor de nuestra plática marchita, comenzamos a hacer el amor. En ningún momento se asomó en tu rostro un gesto de placer. Al ver lo inútil de mi cruzada, decidí declararme derrotado y separé nuestros sexos sin que ninguno de los dos terminara. No hubo protesta de tu parte. No tardaste mucho en levantarte y sacar de tu chamarra una cajetilla nueva. Después te sentaste sobre la cama, recargada en la cabecera. Te tapaste, con la sábana, hasta el busto. Fumaste en silencio, mirando a la pared. Con cada calada te olvidabas más de mi presencia.
Cuando todo el cigarro se hizo humo y ceniza, encendiste uno nuevo. Yo te miraba, seguía recostado, desnudo, cohibido, perdido. Suspiré, y buscando un rastro de nosotros, te dije «Ya no fumes, te amo un poco más cuando no fumas», tus ojos de brillo ceniciento voltearon hacía mí. Te conté por centésimo cigarrillo que mi abuelo, a quien tanto había añorado conocer, había muerto de cáncer. Arrancaste tú mirada de mí, regresándosela a la pared, y encendiste otro cigarro. Yo me di la vuelta y me resigné a dormir.
No dejaste de fumar en toda la noche. Al despertar, la única cosa tuya que quedaba era la cajetilla, vacía. Hasta el día de hoy, la conservé intacta, justo donde la dejaste. Por la mañana intenté localizarte por todos los medios. Fue inútil. Preguntándoles a los vecinos, uno de ellos me dijo que te había escuchado pedir un taxi con dirección al aeropuerto. Entré a la casa y un dolor me hizo sentir me moría. Una voz interna, irracional, me gritaba que moriría.
El día de hoy me sentí un idiota. En todo este tiempo no había revisado la cuenta de ahorros, era un recuerdo agrio con el que no quería lidiar. Esta tarde fui al banco, por fin me había decidido a viajar con ese dinero. Quedé ofuscado cuando me enteré que el saldo estaba en ceros. Era obvio, ¿con qué otro dinero te irías? Me aborrecí por haberme vendado los ojos con el dolor y convertirme en un ciego selectivo.
Llegando a casa tomé la cajetilla, su olor a tabaco la había abandonado. Le prendí fuego.

México, Guadalajara, martes 5 de mayo de 2020
Últimamente he tenido problemas de insomnio, ¿sabes? Suelo dormir dos horas, a veces tres. Por las noches, mi pesar se alarga cuando involuntariamente cae el tamborileo sordo de mi dedo necio que intenta consolarme con el timbre del anillo que ha olvidado que ya no lo viste. Las ojeras comienzan a preocuparme. Estoy pensando seriamente en comenzar a tomar pastillas para dormir.

México, Guadalajara, jueves 4 de junio de 2020
Comencé con el medicamento hace casi un mes. Y estoy seguro que desde la pérdida de mi niñez nunca había podido dormir con tal descanso. Aparte de eso, ahora duermo doce horas, aunque eso se lo atribuyo a tu vívida presencia en todos mis sueños. El de anoche es el que más he disfrutado: Por el instinto intrínseco de los sueños, supe que era el primer día de primavera. Estábamos sobre las sábanas blancas, con los rostros reposando en la misma almohada; el tuyo, con su cabellera naranja rojiza, tenía por fondo el azul opaco de la ventana. Tú te guardabas en un vestido negro, inerte. En nuestro silencio cada exhalación pronunciaba un «Te amo», mientras mirábamos el destello que nace en el centro de las pupilas. Días y noches tocaron la ventana pero nosotros nos mantuvimos inmóviles, concentrados en la textura de cada pestaña, en cada pliegue de los párpados, en cada color de las capas oculares y en su recubrimiento de luz húmeda. La primavera dio como fruto al verano, el cielo dejó de ser opaco, y tus ropas eclosionaron en telas ligeras; una blusa verde que complacía a la luz de rebotar en tus hombros y dejaba entre ver el surco de tus senos. Y nuestras manos anhelantes, en su búsqueda de tacto, encontraron en el rostro opuesto la textura hundida de cada poro y la elevación lenta de cada relieve. Tus cabellos se fundieron con los atardeceres de otoño, y tu ropa camaleónica jugueteaba entre sus colores. Nuestros rostros, como hojas llevadas por un viento apacible, se acercaron hasta que estos abarcaron toda nuestra visión, y nuestros labios se untaron y pude recobrar su tacto: bombón satinado. Y en el amanecer del invierno, cuando el sol quiso asomarse curioso por la ventana: tú lo eclipsaste y este te entregó su brillo divino delineando alrededor de tu cabello el nimbo ámbar de las nubes edénicas en las que se oculta, y lágrimas escurrieron de mi conmovida vista. Nos abrazamos, tu camisa amarilla de cuello de tortuga me arropó del frío y nuestros cachetes se hicieron compañía; en ese invierno que no germinó en la primavera sino que fue perpetuo.

México, Guadalajara, viernes 5 de junio de 2020
Esta noche hicimos el amor. Y no fue un amor patético, sino cariñoso, minucioso: El cuarto volvió a ser el escenario onírico. Tú dormías mientras yo te miraba el cabello, el rostro, el cuello, tus hombros descubiertos por una blusa holgada. Cuando despertaste te giraste hacía conmigo con el pelo enmarañado. Me carcajeé, y tú, jugando a indignarte, saltaste sobre mí para consumar tu risueña venganza. La risa, con su magnetismo, fue juntando nuestros labios.
Con mi mano derecha recorrí desde tu costado hasta tu pierna, con la izquierda fui adentrándome a tu vientre, tu espalda. Al quedarme sin camisa, con tu mano de hormiga comenzaste a llenarme de pellizcos voluptuosos. Besé tu clavícula, subí a tu cuello. Te estremeciste cuando mordí tu oreja. Te respiré quedito, y te dije «usted llenó mi vida de dulces inquietudes y amargos desencantos»; con arrojo me diste un largo beso.
El velo de tu blusa se perdió en cualquier parte y un brasier, ligeramente más grande que tus pechos, apareció. De tus rosados pezones, el izquierdo, el escurridizo, se asomaba juguetón, para ver qué ocurría. Y yo lo besé con cariño para que supiera que todo estaba bien.
Cuando la desnudez de ambos llegó a su cúspide, te pedí que te acostaras, inmóvil. Y avanzando un labio de distancia en cada beso, recorrí desde los dedos de tu pie izquierdo, tu tobillo, tu muslo, tu ingle, sexo, tu pubis, tu cadera, tu ombligo, tu vientre, tu costado derecho, tu seno, su pezón con gusto a fresa, la frontera entre tus pechos, tu tórax, tu cuello, tu barbilla; hasta llegar a tus labios: en ese momento nos embonamos formando un mismo cuerpo, y nos amamos sin prisas, como las olas de un mar tranquilo.

México, Guadalajara, lunes 15 de junio de 2020
Feliz cumpleaños. Dondequiera que estés. 
He estado pensando sobre los sueños. Las pastillas, en las noches largas y reconfortantes, los mantienen vívidos, casi lucidos. He decido pasar tu cumpleaños contigo. Conseguí un contacto que me consiguió quince dosis más de la recetada por el doctor. Acabo de terminar con los frascos. Las pastillas tenían el reflejo de tus ojos, y el sabor de tus labios abombonados. No me parece trágico, tampoco amargo. Es más, se me figura tan poético como la muerte de Aldous Huxley: inmolado en su propio sueño ácido. Será algo tranquilo, tenue: una luz en la que al final del túnel te encontraré a ti. Si la muerte es el sueño eterno, puedo estar seguro de que entonces estaré contigo por toda esa eternidad. 
Lo poco que me pesa del partir, es que el destinatario de estas cartas seguirá siendo la caja llena de vida muerta.




 
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