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Reporte forense / Juan Fernando Covarrubias PDF Imprimir E-Mail
Lino Waleski se había sentado a cenar justo frente al televisor en aquel puesto callejero. Le sirvieron cuatro de pastor y tres de tripas. Iba en el primero cuando, literalmente, la noche le acercó sus colmillos con la primera escena del noticiero: un accidente en una avenida. Recordó haber leído que un accidente es también una ventana en el tiempo: porque se detiene, se queda allí, agazapado, temeroso de asomar la cabeza y seguir su marcha. En el aparato la imagen era más bien borrosa y el vehículo, color plata, bien podría ser el de alguien más. Hay tantos en esta ciudad. Somos tantos que ¿por qué precisamente tendría que ser el de ella? Pensó Lino: Pinche ciudad, pinche aire. No, no sería tanta mi pinche suerte...

      Atravesado el taco de pastor en la garganta, lo escupió. Apenas vio la escena, una marea de asco comenzó a ascender desde su vientre. En el televisor un objeto enorme caía sobre el toldo y partía el cristal delantero del vehículo en movimiento. Por poco sucede, nada más por poco: parecía que escaparía, que la libraría; pero no. El jinete vuelto poste había montado su caballo. El aironazo tuvo su parte. Ese viento del diablo en jirones. Desatados cualquier día, los demonios nos persiguen. Todos tan arracimados, metidos en nosotros mismos y en los rincones. Abrazamos lo que esté a la mano, muros, postes, columnas que no puedan ser arrancadas y ésta va y se cae en el toldo del coche de ella.
      El de las noticias dio el nombre de quien manejaba el auto aplastado. Era ella. Apuró el refresco para llevar adentro los restos del taco. No pudo, sin embargo, arrastrar hacia abajo la sensación repugnante. Estómago de perro. Siempre había dicho Lino Waleski que tenía estómago de perro. En uno y otro círculo de sus amistades, a lo largo de los años, decía que nada le hacía daño, que nada había devuelto nunca después de tragarlo. Aquel gesto arrogante con que presumía a sus tripas como un tanque de guerra imbatible, ahora se le estaba descomponiendo. Pedazo a pedazo se le venía abajo. Un rompecabezas vuelto al origen. Pieza a pieza. Desbalagadas. Desbieladas. Estaba quedando interrumpida la rotación.
      Un día antes una onda fría había entrado por el Pacífico. Lluvias. Aguanieve. Agua abundante. Fuertes vientos. Lo más parecido a un lugar de invierno despiadado. Junta temprano en el trabajo, café con las amigas en el centro, un par de zapatos en la plaza de camino a casa. Lino Waleski recordó que esa mañana su mujer le había dado ese itinerario. Por lo que dijo el conductor del noticiero, su auto quedó aplastado a un par de cuadras de la plaza referida. Con una mano se tapó la boca. Acrecentó el espasmo. Puso la otra mano en la otra boca, la del estómago, lo apretó, como si ese movimiento bastara para contener aquel infierno, que imaginaba rojo, burbujeante. Se dobló sobre la mesa. Quiso hacer a un lado la silla. La volcó. Patas arriba. Ahora lo buscaban muchos ojos: de las otras mesas se volvían hacia Lino.
      Golpe sin eco. Fractura craneal. Infarto. Muerte súbita: la escena se repetía en la pantalla. Reporte noticioso. Reporte médico. Reporte vial. Reporte policial. Reporte forense. La carne revuelta con la masa del taco estaba irreconocible en el plato. Lino Waleski se le quedó mirando. El cilantro, la cebolla, los restos de salsa brillaban por encima de la carne molida. El fuerte envión le venía desde el vientre, una ola caliente. La sintió andar a paso de retortijón. A pulso. Un géiser que se abría paso en el tubo coaguloso del esófago. De un momento a otro, Lino lo intuía, lo sabía, acabaría por explotar, por diseminarse en la mesa, en la silla, el plato, hasta alcanzar el mandil blanco del mesero, a los restantes comensales de la taquería.
      El poste partió el parabrisas. Desencajó su rostro. Sobresalto. Crispación. El volante fuertemente aferrado. Los émbolos del corazón ya no supieron hacer palanca. Ella, más bien, se apalancó en una superficie frágil, se abismó. Poco le importaba a Waleski si la pareja que cenaba a su lado derecho se escandalizara por lo que él pudiera expeler de su boca, que sentía pastosa, granulosa. Ni siquiera pensaba en eso. Una neblina opaca, expansiva, los cubriría. Y Lino se vació. La vorágine lo expuso. El mesero corrió a su lado. La pareja se puso de pie, se apartó como si quisiera eludir el embate de un toro musculoso, ciego, potente en su arremetida. Lino pudo ver, entre uno y otro espasmo, que era el centro de atención. Nadie comía ya. Los platos estaban abandonados. Los tacos quedándose fríos. El televisor se alejaba. No había sonido. La luz comenzaba a extinguirse. El mesero preguntaba. Insistía. Lino no le entendía, con la mano le pedía que parara. Ella, abandonada en un carril. Con un largo poste saliendo de su cabeza. Craneal. Aplastamiento. Fractura. Muerte. Aironazo. Suerte pinche. El taco deshecho. Rehecho en el suelo.



 
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