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Cinco cuentos / Enrique Jaramillo Levi PDF Imprimir E-Mail
Éste sí

Roberto se sentó a escribir un cuento que vagamente le venía dando vueltas en la cabeza al regresar del sueño. Y ahora se había propuesto irlo ensamblando pieza a pieza, tramo a tramo, con minuciosa paciencia, como un auténtico mecanismo de relojería. Contrario a muchos autores, le preo-cupaba la inusual rareza de tener bastante clara la idea central, porque más bien era de esos que nunca tienen nada planeado, ducho como era en improvisar. Así había escrito casi toda su obra, aunque pocos le creyeran. Y es que la escritura automática —tan afín a los surrealistas—, esa que avanza lenta o a raudales como un río salido de madre por irrevocable asociación continua de ideas, siempre fue lo suyo. Pero esta vez era diferente.
      Así es que, decidido, redactó: «Titubeando hasta el final, una vez dentro del banco, el aprendiz de yihadista haló la espoleta que tenía oculta bajo el gabán, y en un instante el mundo dejó de existir».
      Entonces se dio cuenta de que, más que un «tema», aquello era sólo una brevísima escena, un instante, inicio o final, vaya uno a saber, de una trama que habría que construir. Y dejando a un lado la impaciencia, se dijo que disponía de todo el tiempo del mundo. Orfebre febril de la palabra, por primera vez decidió no ponerse a hacerlo de inmediato, con el usual pretexto de que se le podía escapar la idea. ¿Cuál era el apuro? Lo principal ya estaba plasmado, así es que la decisión de si elucubraba sin prisa los detalles de la historia, o si como siempre debía avanzar sin pausas dejándose llevar por el ritmo de los hechos mismos que sin duda le irían saliendo al paso, quedó en un segundo plano. Suficiente era saber que, aunque compleja, tenía una buena historia entre manos y que ya no la iba a soltar. Se dijo que tiempo e ingenio, modestia aparte, estaban de su lado.
      Pero se equivocó. Por una razón u otra, aquel cuento nunca fue escrito. Aunque este otro, sí.

 

Pálpito

para Paola Guevara,
      novelista colombiana

Había una grata música instrumental de fondo. Apenas entré al recinto, lo vi de espaldas, hablando animadamente, copa en mano, con un grupo de colegas que también bebían de pie en un semicírculo. Eran ocho en total, todos abogados o contadores. Las mujeres, sin duda sus parejas, conversaban aparte en un extremo de la sala, sentadas en dos amplios sofás colocados uno frente al otro. Pese a las expectativas, todo sugería tranquilidad en esa reunión que había sido convocada por la gerencia para, según se dijo en su momento, anunciar algo importante en relación al futuro de la empresa.
      Yo, como fotógrafa y reportera de sociales contratada para cubrir el evento, empecé a ejercer poco a poco mi trabajo mediante tomas individuales y de grupo, con la idea de que tarde o temprano habría una insospechada sorpresa, de alguna manera sugerida en la deliberada ambigüedad de la invitación. Especulaciones diversas al respecto escuché de varias fuentes, pero en realidad no existía certeza alguna de nada. De hecho, podría tratarse de cualquier cosa.
      No obstante, debo confesar que me costaba mantener la calma sabiéndolo a él ahí como si nada —el centro de atención—, si bien no se notaba alarde alguno de su parte durante la primera media hora desde mi arribo al lugar. Hasta que sucedió aquello. Fue muy extraño, porque apenas segundos antes tuve un pálpito de que, lo que fuera que habría de anunciarse, más que ser una sorpresa terminaría mal en algún momento. Y lamentablemente así fue.
      De pie junto al amplio ventanal, abierto de par en par en aquella sala inmensa en donde resultó que esa noche de verano el sistema de aire acondicionado se había descompuesto, yo bebía alejada de todos, disfrutando del fresco. Entonces algo le dijo al oído una de las mujeres a la esposa del gerente. Yo sólo la conocía por fotografías que cada tanto tiempo salían en los medios, y de pronto noto que se para como un resorte, furibunda y, llegándose rápidamente hasta mí, de golpe me vacía en el rostro todo el vino de su copa, a lo cual reacciono con un alarido mientras atónita pego un gran brinco hacia atrás.
      Lo siguiente fue saberme cayendo atrozmente al vacío desde ese noveno piso en el que estábamos. Ya nunca supe la noticia que iba a dar esa noche mi amante.

 

Frustración

Te habías pasado buena parte de la vida escribiendo, pero sobre todo leyendo. Tu gusto por el cuento se renovó cientos de veces. Los libros publicados en ese género ya eran numerosos. Si bien no fuiste al principio un best-seller, la crítica siempre te trató muy bien, sobre todo la de otros ámbitos. Sin duda, el hecho de poder oscilar a lo largo de los años entre la narración realista, la fantástica, la metafísica, la erótica, la del absurdo, e incluso la metaficcional, para no hablar del minicuento, como modalidades importantes y siempre renovadas de tu quehacer narrativo, hacía atractiva tu obra a los especialistas.
      También singular poeta y esforzado ensayista, así como respetado cultor de conferencias invitado a múltiples universidades del mundo, tu gran frustración fue siempre, no obstante, no haber podido escribir una novela; y es que los capítulos se te cerraban una y otra vez como cuentos sin posibilidad alguna de continuidad, lo cual jamás comentaste con nadie. La gran paradoja fue que tu más alta distinción recibida como escritor, el Premio Cervantes 1979, lleva el nombre del más ilustre novelista que habitó este planeta.
      En algún momento, lograste resignarte. Comprendiste que no podrías ser lo que de forma íntima más deseabas. Ser reconocido como gran cuentista y poeta internacional —seriamente leído y estudiado— sin duda contribuyó. Por lo que, animoso, continuaste escribiendo hasta el final de tus días. Tu casi total ceguera no fue nunca un obstáculo. Habías nacido en 1899 en Buenos Aires y en 1986 moriste en Ginebra, en donde reposan tus restos. Te llamas Jorge Luis Borges, porque no podría ser de otra manera. ¡Hoy brindo a tu memoria, Maestro!

 

Mirándonos

Armando jamás había soñado dormido; en cambio, despierto soñaba horas enteras sin darse cuenta, completamente ido, disociado de la realidad. Sólo a veces, cuando alguien le hablaba fuerte o lo sacudía haciéndolo salir bruscamente de su ensueño, reaccionaba sorprendido, después molesto, para terminar echando pestes a quien osaba molestarlo.
      Casi nunca recordaba los parajes que en esas ocasiones había visitado su fértil imaginación, ni las aventuras que había vivido en ese tiempo, que podía ser larguísimo o instantáneo; pero cuando lo hacía, le iba llegando poco después una inmensa ráfaga de felicidad que tomaba posesión de él y que podía durarle días enteros, trepado muy a gusto en el lomo de una nube.
      Por supuesto, ese estado de cosas hacía de Armando, ante casi todo el mundo, un tipo raro. Rarísimo. Sobre todo porque prácticamente no se daba cuenta de nada. Era como si tres cuartas partes de su tiempo se las pasara instalado en otra dimensión, desconectado de su entorno. Pero todo cambió cuando, en uno de sus pocos momentos de total lucidez, nos conocimos.
      Se me quedó mirando y me preguntó por qué lo miraba así. Yo le dije que más bien era él quien me miraba demasiado, y que no por ser una hembra hermosa me tenía que aguantar ese tipo de acoso.
      —¡¿Acoso?! —preguntó—. En todo caso la que me acosa eres tú. ¡Coño, me despierto y de pronto te veo mirándome sin fin! ¿Qué vaina es ésa? Y lo sigues haciendo como si nada... ¡Yo a ti ni te conozco!
      Nos miramos ambos.
      —Y tampoco yo te conozco... Me llamo Vilma, ¿y tú?
      —Armando.
      —¡Estabas como ido, por horas!
      —¿Llevas horas observándome?
      —Más o menos.
      —¿Por qué?
      —No sé. Sin moverte parecías estar maravillosamente en otro sitio.
      —Debe de haber otra razón.
      —Tenías los ojos abiertos, pero me parece que dormías.
      —Algo así.
      —¿Y qué soñabas, si se puede saber?
      —Pues..., la verdad..., aunque no lo creas, que de buenas a primeras te conocía.
      —¿Y cómo pasaba?
      —Tal como en realidad pasó.
      —¡Entonces adivinas el futuro!
      —Sólo a veces. Falta ver ahora si lo demás se cumple...
      —¿Lo demás?
      Pero esa vez acertó, porque desde hace diez años somos pareja. He aprendido a acompañarlo en sus viajes mentales, cada quien en su nube, aunque yo sí sueño de noche. Y ambos pensamos que los raros son los demás, metidos siempre en sus munditos cuadriculados, mirándonos siempre como bichos raros.

 

Fallido

Sin ser adivino puedes anticipar el desenlace. Eso sí te es dado hacerlo. Te irás caminando cabizbajo hacia ninguna parte como lo más natural del mundo. No vas a mirar atrás porque ya no hay pasado que valga. No se recuerda lo que no ocurrió. Y como tampoco hay en ti memoria cierta del futuro pese a los avatares de la ciencia ficción y la sospecha de tiempos y espacios paralelos o intercambiables por parte de la ciencia misma, no hay más que entregarse al azar con la certeza absoluta de que no hay certezas. Y cuando al fin llegas a donde ni remotamente ibas, te das cuenta de que en realidad no te has movido un milímetro de donde siempre has estado. Pero no te sorprende. Lento e inseguro, sí, pero tonto no eres. Y es que, hartos de cocaína y licor, ese día simplemente los científicos no te programaron bien: los defectos de funcionamiento saltan a la vista. Eres un robot fallido.


 
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