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Mi vida en la peluquería / Teresa González Arce PDF Imprimir E-Mail

Pour qu’une chose soit intéressante,
      il suffit de la regarder longtemps.
      Gustave Flaubert

Toribio o la cara amable del monstruo
Tal vez no fue mi primera pesadilla, pero como tal la recuerdo. Un monstruo deforme como suponemos que deben ser todos los monstruos, completamente cubierto por un pelambre tan anaranjado como hirsuto, y vestido, además, con una impoluta bata médica, me obligaba a permanecer sentada en un sillón de peluquero demasiado grande para mi tamaño. Maniobraba con unas tijeras tan enormes que hubiera podido cortar mi cuello fácilmente, pero no era mi cabeza sino mi cabello lo que pretendía cortar ante la mirada indulgente de mis padres.
      Tal vez no fue, tampoco, el primer peluquero de verdad que conocí, pero ese papel le ha dado mi memoria. Y debo decir, en descargo de esta última, que ya no sé si la asociación entre el monstruo y el nombre del peluquero haya ocurrido directamente en el sueño o, años después, en la vigilia, como un recurso de mi imaginación para vincular la pesadilla con algún ser benigno que existiera en la vida real. Pensándolo bien, al monstruo anaranjado de mi sueño no sentía necesidad de llamarlo de ninguna manera; sólo quería huir de él y no había cerca ninguna insignia que me hiciera pensar en caramelos. Toribio: nombre infrecuente en la galería de nombres que poblaban mi infancia y, a la vez, heredero de una simpatía insurgente. ¿Por qué, si no, su familia le pondría un nombre que suena a homenaje a Toribio Huidobro, uno de los rebeldes que defendieron el sur de Jalisco junto al Amo Torres? Peluquero de toda la vida, Toribio trabajaba en el barrio donde creció mi padre, y nunca me inspiró temor: los listones blanco, azul y rojo que se entrelazaban como en un enorme caramelo bastaban para calmar cualquier inquietud que sus tijeras, seguramente mucho más pequeñas que las del monstruo, hubieran podido despertar en mí.
      Cito esos dos recuerdos infantiles porque llama mi atención la nitidez con la que mi memoria, que suele cubrirlo todo con una nube borrosa, las ha atesorado. El hecho llama mi atención pero no me asombra: para mí las peluquerías no han sido nunca irrelevantes y, aunque no sea muy culto reconocerlo, un pintor que quisiera pintar mi retrato no se equivocaría si, en lugar de hacerme posar sobre un diván, me invitara a sentarme en un sillón de peluquería. Y, hablando de divanes, creo que si ante mí no estuviera un retratista sino un psicoanalista, éste no se sentiría desilusionado si yo me soltara de pronto el pelo y me pusiera a contarle todo lo que viene a mí a partir de esa imagen aparentemente simple de un poste de barbero.
      ¿Toribio habrá estado consciente del poder que el cilindro helicoidal de su negocio ejercía en su pequeña clienta? Primer contacto con el infinito, las líneas multicolores de ese artefacto me hipnotizaban y era eso, seguramente, lo que le permitía mojar, cortar, secar y peinar mi cabello sin que yo hiciera nada por impedirlo ni por conservar el menor recuerdo de su rostro. Todo él, en mi memoria, ha quedado reducido a la certeza de su bigote y a la insignia de su barbería. Sin duda, mi primer peluquero se parecía más a un barbero como los que pintó El Bosco en La extracción de la piedra de la locura, en el siglo xvi, cuadro en el que se ve a un par de clérigos que operan a un hombre (tocado por un embudo en lugar de sombrero) y, con instrumental quirúrgico, sacan del cráneo abierto de su paciente una flor.
      Nada más lejano del taller de alquimista de Toribio que los salones ocupados por estilistas que empezaron a proliferar en Guadalajara en los años ochenta. El establecimiento de Toribio era un local de barrio, un sitio frecuentado por hombres en donde, por lo tanto, no había revistas de moda sino crucigramas, periódicos, ejemplares del Libro Vaquero, Memín Pinguín, Condorito, Capulinita, revistas deportivas y, seguramente, uno que otro número de algún opúsculo de señoras pechugonas y con poca ropa. El trabajo de los barberos como Toribio no se limitaba a afeitar barbas, melenas y bigotes. El antiguo vecino de mi padre hacía buen uso de sus dotes de mago para apaciguar a la fierecilla que, según dan fe algunas fotografías de la época, era yo. Los barberos de la Europa medieval, por su parte, entraron al quite cuando la Iglesia prohibió que los sacerdotes ejercieran la medicina, y se encargaron de sacar muelas y tratar enfermedades diversas, desde la migraña hasta la locura, pasando por la melancolía, el catarro y todo tipo de fiebres. Claro que los ungüentos, remedios y procedimientos quirúrgicos utilizados no eran los más eficaces ni seguros, pero nadie podría reprocharles, en cambio, su falta de imaginación. Uno de los recursos favoritos de este gremio era, desde luego, aplicar sangrías a los enfermos con el fin de liberarlos de los humores que causaban casi todas las enfermedades del cuerpo humano. Para realizar este procedimiento, los barberos-cirujanos hacían un torniquete en el brazo del paciente y luego practicaban incisiones en el lugar donde se concentraba la sangre. Como en la época la mayoría de la gente que solicitaba estos servicios era analfabeta, el gremio se anunciaba poniendo en la entrada de su casa un palo pintado de blanco, alrededor del cual enrollaban vendas rojas y azules que, con el tiempo, darían lugar a los postes luminosos de las peluquerías modernas, o cuasimodernas, como la de Toribio.

 

El cilindro que no termina de girar
 Escribo y caigo en la cuenta de que, como no podría ser de otro modo, el efecto hipnótico de aquel cilindro no ha cesado en mí. Lo sé porque, más allá de esa foto en la que aparezco a los dos o tres años, despeinada y haciendo pucheros, nada me dice que en realidad yo hubiera odiado ir a la peluquería. Tal vez no me gustaba que me peinaran, o la manera como solían peinarme, o el instante preciso en que intentaban hacerlo. Pensándolo bien, la pesadilla del monstruo anaranjado me parece ahora más una excepción que una regla. Si en mi sueño el barbero se atrevió a revelarme su aspecto monstruoso ¾esas sangrías medievales que mi subconsciente infantil adivinaba o temía¾ fue porque en la vigilia de mi edad adulta yo no sabría relacionar su figura más que con el placer que los salones de belleza me han procurado a lo largo de mi vida.
      Mi madre es la gran ausente en el recuerdo que guardo de las visitas al establecimiento de Toribio. No tengo manera de saber cuántas veces me llevó ahí mi padre, ni qué tan bueno era el trabajo de Toribio, pero me parece extraño que, en vista del tiempo que solía dedicarle a mi aspecto físico, mi madre hubiera dejado en manos de su esposo algo tan importante como el corte de cabello de una niña. Me explico. Exceptuando las decenas de fotos que mi padre tomó con motivo de mi nacimiento, donde la abundante mata que corona mi cabeza es casi más grande que mi cara, mis primeras fotografías muestran a una bebé muy sonriente con el cráneo completamente rapado porque, según la creencia popular, eso propiciaba que la cabellera brotara con abundancia y creciera a un ritmo regular. En una de las imágenes, sin embargo, mi calva es disimulada bajo una peluca de mi madre, lo cual provoca el regocijo de todos los fotografiados y da testimonio, además, del interés que la cabeza de la primogénita despertaba en toda la familia.
      Las creencias populares con respecto al crecimiento acelerado del cabello de los niños resultaron ser ciertas, de modo que las fotos de mi segundo cumpleaños ya muestran a una niña sonriente que posa junto a una enorme gelatina de colores y un pastel decorado con una especie de castillo. La melena de aquellos años me llegaba un poco por debajo de la barbilla, lo cual significa que ya debía andar casi tocando los hombros. ¿Por qué? Porque los rizos que mi mamá me hacía con esmero y paciencia cada noche antes de dormir restaban un poco de longitud a mi peinado. Debo de tener once años en la última fotografía donde aparezco con dicho afeite, el cual, como yo misma, pasó por varias transformaciones.
      Durante algún tiempo los caireles eran confeccionados envolviendo la punta de los mechones en pedazos de papel higiénico y enrollando cada uno hasta el cuero cabelludo para, finalmente, sujetarlo ahí con un pasador. Mi madre llamaba a esa modalidad «cafiaspirinas», como un analgésico muy de moda en la época (tal vez porque algo habría que tomar después de dormir con el cráneo erizado de horquillas). A veces, no sé exactamente por qué, ella prefería hacerme tubos tradicionales que simplemente había que enrollar en los mechones humedecidos. Los tubos podían tener tamaños diferentes según el efecto que se buscara conseguir, y también podían ser de hule espuma, con un mecanismo que volvía innecesario el uso de pasadores pero que, según pude comprobar, era más incómodo que las antiguas «cafiaspirinas». De cualquier forma, yo siempre amanecía con una melena rizada que a mi madre le gustaba mucho, y a mí cada vez menos.
      El tiempo que mi madre dedicaba a hacerme tubos por las noches era una prolongación del juego en el que nos mantenía instalados a mi hermano y a mí a lo largo del día, desde el momento en que nos despertaba para ir a la escuela hasta el segundo en que nos quedábamos dormidos con su mano bien agarrada entre los dedos. Tenía una canción para decirnos que el día comenzaba y un juego para convencernos de comer, y entre todos esos juegos que se inventaba, uno de sus favoritos era el de la peluquera. La memoria es egoísta y no sé si mi hermano participaba o no en estas escenificaciones, pero el chiste era hacer como si una de nosotras fuera la clienta y otra la dueña del salón, y había que actuar todo desde el momento en que cada una se preparaba para recibir a la otra. Entonces había que inventarnos nombres, fingir un poco las voces, y la dueña debía preguntar qué quería la clienta que se le hiciera. Y la respuesta, invariablemente, debía ser: «Quiero quedar muy guapa». Esto era así porque, para su mala fortuna, en la vida real ella siempre les respondía así a las peluqueras, sin importar cuál fuera el concepto que la dueña del salón tuviera de quedar guapa ni si correspondiera o no con el suyo. Pero ésa ya es otra historia.
      Aunque no recuerdo haberme quejado ¾seguramente el hipnótico tubo de barbero seguía influyendo en mí¾, en algún momento mi madre entendió que la moda ya no hacía indispensables los rizos, como ocurría treinta o cuarenta años atrás. Entonces consideró que ya era hora de iniciarme en una práctica para la cual me había preparado casi desde mi nacimiento, y que no podía dejarse en manos de cualquiera. Una amiga suya tenía un salón de belleza, pero no fue ahí adonde me llevó: buscó a un peluquero a cuyo salón yo la había acompañado un par de veces, pero que había cambiado de domicilio. Mi madre, aunque había perdido la pista, era testaruda, así que, por más difícil que pareciera la misión, terminó encontrando a Felipe. Sería él y nadie más el encargado de cortar esa melena que había acompañado nuestros juegos durante todos esos años.
      Felipe Ramos no era un barbero común y corriente. A diferencia de Toribio, guardo de él un recuerdo tan esmerado como el que mi madre quiso tener de mi melena cuando pidió que fuera depositada en una linda caja que llevaba para ese propósito. No fue el primer hombre gay que conocí, pero sí el primero en mostrarlo abiertamente. Muy alto y delgado, se vestía con ropa que él mismo diseñaba y que exhibía en diferentes rincones de su salón. Llevaba anillos en todos los dedos ¾incluyendo los pulgares, lo cual me gustaba mucho¾ y siempre usaba camisetas sin mangas que dejaban ver lo marcados que tenía los músculos de sus brazos. Usaba bigote, se colgaba collares extravagantes que también diseñaba él mismo, y en sus orejas brillaban varios aretes que su negra, larguísima y rizada cabellera descubría por momentos según el vaivén de su cuerpo.
      Si mi memoria no tiene ningún reparo en asociar la figura de Toribio con la insignia de la barbería, tampoco duda siquiera un segundo en situar aquella cita que mi madre concertó para mí en un escenario digno de un ritual iniciático. A diferencia del local de Toribio, Felipe recibía a sus clientes en la planta baja de un edificio de la Colonia Americana. Sin letreros ni distintivos, el lugar llamaba la atención porque los muros de la fachada estaban pintados de gris oscuro, y la pequeña vitrina situada junto a la puerta, lejos de usarse para invitar a los paseantes a entrar en el local, estaba aislada con un cortinaje negro que ahuyentaba a todo aquel que no hubiera sido invitado. He de decir, por otra parte, que, aunque el local estaba en la planta baja y la puerta del salón daba directamente a la calle Libertad, una vez que la puerta se abría había que descender uno o dos escalones, lo cual bastaba para sentir la visita al salón de belleza como el ingreso en una cueva subterránea.
      Lo que me fue revelado tras esas paredes oscuras no lo sé con certeza, pero sé que durante toda mi vida el bienestar y el contacto conmigo misma ha estado asociado con el impulso que me lleva a dejar todo lo que estoy haciendo y, sin importar lo difícil que la vida esté resultando para mí, hacer una cita en la peluquería. Hace muchos años que perdí el rastro de Felipe Ramos, pero siempre he encontrado a alguno de sus avatares. No se trata simplemente de buscar en la sección amarilla o en internet, ni tampoco de pedir recomendaciones a mis amigas: cada vez hay un camino que me conduce a estilistas, peluqueros o como quiera que cada uno se haga llamar, y es difícil recordar las razones que me llevaron a esos salones o que me hicieron sentirme tan bien en sus manos que pude abandonarme a ellas, a sus cuidados y tratamientos, arreglos y desarreglos. No siempre me caen bien ni coincido con sus puntos de vista. Con algunos me divierto y con otros prefiero pensar en otra cosa mientras hacen su trabajo. Pero una vez que me dejo domesticar por ellos o por ellas, sé que visitarlos es lo mejor que puedo hacer cuando empiezo a padecer el peso de mí misma sobre mis hombros.

 

Un corte con Dalila
El Libro de los Jueces narra que Dalila era una bella prostituta a quien los filisteos pagaron para que obtuviera el secreto de la fuerza sobrehumana de Sansón. Camille Saint-Saëns, menos devoto de la historia sagrada que fascinado por su encanto dramático, la presenta como una bella mujer que seduce a su amante para vengarse de las reservas que siempre ha mostrado ante ella. En la ópera, los versos que Dalila dedica al cada vez más ferviente Sansón dicen que su propio corazón ya se ha abierto antes, y que ahora le toca a él corresponder con su voz: «Mon cœur s’ouvre à ta voix, / comme s’ouvrent les fleurs / aux baisers de l’aurore ! / Mais, ô mon bienaimé, / pour mieux sécher mes pleurs, / que ta voix parle encore !».
      Todas las veces que Dalila había tratado de explorar el alma de su amante, tanto Dios como el juramento de guardar el secreto de su poder sobrehumano se habían interpuesto entre ambos. Pero esta vez no sería así: el deseo que Dalila era capaz de provocar en cualquier hombre era mucho más poderoso que el fervor que Sansón decía sentir por su dios. Al sonsacar el terrible secreto de su amante, Dalila cumpliría también, de paso, con la voluntad de los filisteos que esa noche le habían pagado para que quebrara, de una vez y para siempre, la voluntad de ese hebreo que se había atrevido a matar a uno de los patriarcas palestinos.

Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana.
      En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el eterno calor.
      En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes.
      En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la noche de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco.
      Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

Estas palabras forman parte de uno de los poemas en prosa de Baudelaire, pero bien podrían haber sido dichas o pensadas por Dalila cuando Sansón, ya convertido en un cachorrito, duerme en su regazo tras haberle confiado su amor y todos sus secretos. Mujer hermosa, inteligente y calculadora, Dalila había sido elegida para seducir al héroe hebreo y conseguir así el secreto de su extraordinaria fuerza que, como todos sabemos ahora gracias a ella, era esa melena que había prometido nunca cortar. Imaginemos, entonces, que, en lugar de precipitarse a conseguir las tijeras para despojar a su amante de un trofeo que podría cambiar inmediatamente por riqueza y poder, Dalila se concediera unos minutos para acariciar los mechones rizados de Sansón.
      He transcrito aquí el poema de Baudelaire en la traducción de Díez-Canedo aunque, según yo, en la mente de Dalila esas palabras no podrían estar en otra lengua que no fuera el francés. Y el poema, además, tendría que estar adaptado, o fragmentado, porque lo que me importa a mí es dejar claro que tanto Dalila como yo podríamos decir (o tratar de decir, al menos) exactamente todas las maravillas que Baudelaire dice en su poema con respecto a una cabellera masculina, incluso si el placer de respirar y morder el ensueño entrevisto en la melena del apuesto Sansón fuera sólo el preámbulo de la traición pactada.
      No hay mayor placer que tener entre las manos el atributo más varonil de un hombre hermoso, sin prisa ni miedo a despertarlo —atributo que otros, que hasta ese momento nos han parecido más infames que nosotros mismos, nos han pedido cortar, talar incluso, y del que tendremos que despedirnos tarde o temprano—; enredar sus rizos interminables y oscuros entre nuestros dedos y preguntarnos qué aromas ha recogido en cada uno de sus viajes a tierras donde hombres con el pelo corto no se atreverían a ir. Nunca me han parecido especialmente atractivos los hombres de cabello corto. Y en cuanto a mí, que nunca fui sospechosa de pasar más tiempo adorando mis largos cabellos que haciendo cualquier otra cosa, una de las preguntas que siempre me asaltan cuando llega el momento de ir a cortarme el pelo es: ¿en qué creencia mágica se basaba la convicción de los filisteos, si yo, desde que mi cuerpo dejó de ser el de una niña, tuve conciencia de que mis cambios de ánimo tenían que ver con el cabello? A veces, cuando me sentía muy deprimida, sólo tenía en mente visitar al peluquero. Al revés de lo que pasaba con Sansón, pero de una manera muy semejante, yo me sentía más y más débil a medida que mi cabellera crecía. Hubiera querido tener a un Sansón estilista que supiera ver en mí la fuerza que al fin se liberaba cuando yo conseguía una cita con él.


El placer de dejarse lavar los cabellos, y pagar por ello

En mi vida como asidua a los salones de belleza he tenido ocasión de percibir una diferencia muy elocuente. A los clientes hombres rara vez les lavan el pelo, aunque se trate de niños. Una vez me costó trabajo hacerle entender a mi hijo que a mí eso me gustaba, aunque la cita se alargara. Es un momento agradable en cuyo transcurso van desfilando ideas y recuerdos, no sólo de la peluquería sino de toda mi vida.
      Mi madre siempre me hizo saber dos cosas fundamentales acerca de ser mujer: que un corte de cabello hace mucho bien o mucho mal, según la manos expertas o inexpertas a las que te encomiendes, y que invertir en un buen lápiz labial es mejor medicina que cualquier antidepresivo (ella nunca tuvo que tomar antidepresivos, pero sí tenía muchos lápices labiales). Creo que fue en una peluquería donde me acordé de Adela Peralta, una actriz de ochenta y siete años que estuvo treinta y dos horas bajo los escombros de un edificio en el terremoto del 19 de septiembre de 2017 y, ya en el hospital, cuando recibió a los reporteros para que la entrevistaran, pidió que le llevaran un sombrero, una estola y un labial rojo. Es la imagen de alguien que disfruta la vida.
      «Me gustaría tener los labios pintados de rojo, como mi mamá», pensé aquella vez en la peluquería. Y no se lo dije a nadie porque di por sentado que algún día lo escribiría en un ensayo. Ella también era mujer de teatro. Desde niña le gustó cantar y tocar el piano, y que el público le aplaudiera. Siempre tuvo la coquetería suficiente para arreglarse el cabello y pintarse, aunque fuera un poco, los labios. Y nunca le gustó vestir de negro ni con tonos que la envejecieran. Hoy tengo los labios pintados, y me gusta pensar que se lo aprendí a ella. Qué tal si te aparecieras, mamá, entre los escombros de mi escritura y de mis recuerdos, casi siempre alegre y lista para jugar conmigo, aunque fuera en las líneas finales de este ensayo.

 
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