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El hijo del héroe [fragmento] / Karla Suárez PDF Imprimir E-Mail

 

La selva oscura
      A mi padre lo mataron una tarde que hacía mucho sol, aunque no lo supimos en ese momento. Él estaba del otro lado del mundo, en la selva oscura de Angola. Nosotros en la isla, donde la vida continuaba más o menos como de costumbre, bajo nuestro sol cotidiano.
      Varios días después de su muerte y aún sin saber lo que había sucedido, yo corría por el bosque de La Habana siguiéndole los pasos al Capitán Tormenta, que era la niña que me gustaba. Algunos metros delante corría Enrique de Lagardere, mi mejor amigo, que era mucho más rápido y más fuerte, y por eso me obligaba a impulsar mi cuerpo con una furia loca sin importarme los yerbajos que arañaban mis piernas. Yo era el Conde de Montecristo. A decir verdad, hubiera preferido ser el León de Damasco o hasta Lagardere, porque eso de andar cavando túneles para escapar del castillo de If no me parecía el mejor de los entretenimientos, pero como había sido Tormenta quien determinó nuestros nombres, entonces no me pareció tan mal. Y me acostumbré. De cualquier modo era un conde y eso provocaba que, de vez en cuando, ella bajara su cabeza en señal de reverencia hacia mí, manteniendo su mirada fija en mis ojos y una sonrisa que a los doce años comenzaba a parecerse más a una provocación femenina que a una simple miradita de niña.
      Fue mi padre quien nos enseñó aquel rincón del bosque y, sin saberlo, nos convirtió en adictos. Nos regaló un pedacito de mundo donde nuestros personajes preferidos podían vivir sus aventuras lejos de la televisión, en nuestra propia carne. Él era de los pocos que tenían carro en el barrio y el único que no consideraba ese artefacto con ruedas como una reliquia o una marca de estatussocial o una pieza de museo que hay que mantener lejos del alcance de todos para que no le hagan daño. No. Para mi padre el carro era un pedazo de lata que podía moverse, y si lo tenía él, pues lo tenían todos. Por eso, algunos domingos, cuando salía a la calle con el cubo de agua y las esponjas para lavarlo, dejaba que los niños se acercaran y así, poco a poco, se fue convirtiendo en costumbre. Uno quería limpiar el parabrisas, el otro quería sentarse donde el conductor a simular que manejaba, el otro cambiaba el agua del cubo y juntos hacíamos la faena. El premio era que, al final, cuando ya la lata brillaba y la calle estaba llena de agua, mi padre nos montaba a todos y partíamos rumbo al bosque, a aquel rinconcito, cerca del río, donde había un pequeño puente en forma de arco que parecía sacado de un libro de cuentos. Justo allí, mi padre detenía el carro, abría las puertas y decía: En media hora deben estar de regreso. Y partíamos. A correr. A perdernos por el bosque donde se filmaban todas las aventuras que pasaban en la televisión y que podía ser Francia, Irlanda, España, África o cualquier lugar del mundo con aquellos árboles enormes llenos de enredaderas que bajaban como cortinas y que creaban formas, a veces eran gigantes, a veces cuevas, a veces simplemente el velo de una princesa, la capa de un rey o los muros del mismísimo castillo de If de donde yo tenía que escaparme.
      Cuando mi padre se fue para Angola, terminaron nuestras visitas al bosque los domingos. Pero ya éramos adictos. Por eso, Enrique de Lagardere, el Capitán Tormenta y yo comenzamos otra aventura. Muchas tardes al salir de la secundaria nos íbamos hasta el puente Almendares y bajábamos al parque que está junto al río. A mami no le importaba que fuéramos allí, lo que no le gustaba era que nos adentráramos en el vecino bosque. Decía que podía ser peligroso, una cosa era con papi, pero solos estaba prohibido. Fue por eso que nunca se lo dije. No le dije que en el parque casi todos los aparatos estaban rotos y el túnel apestaba a mierda que los borrachos hacían en la noche, y en la cafetería después del pan con queso crema y el yogur no quedaba más por hacer y en los bancos alrededor del río había parejitas apretujándose; y el río también olía a mierda, a residuos de las fábricas, y en el abandonado anfiteatro, luego de cantar y aplaudirnos por turnos, se nos acababa el espectáculo, porque ya éramos grandes. No le dije que un día nos adentramos en el bosque y, caminando despacio por el trillo que bordea la calle, llegamos al lugar mágico donde estaba el puentecito y así empezó la siguiente aventura. Ya no hubo más parque. Llegar al Almendares era sólo el preámbulo para bajar las escaleras de piedra y continuar hasta nuestra selva verde. Una vez creo que mami sospechó, porque llegué a casa con las piernas arañadas y quiso saber el motivo, pero dije cualquier cosa y ella hizo como que me creía. No preguntó nada más. Y yo seguí.
      Seguí yendo con mis amigos. Por eso aquella tarde, cuando aún ni sospechaba lo que había pasado del otro lado del mundo, yo corría como un caballo desbocado tratando de alcanzar a Lagardere y Tormenta que iban delante. Tan agitado andaba que me enredé con unas matas y fui a dar con la cara al piso y, en la caída, una rama me arañó el brazo tan violentamente que hasta me sacó sangre. Tremendo dolor, pero no me importó demasiado. Había perdido de vista a los otros, lo importante era incorporarme y seguir corriendo. Eso hice. Seguí corriendo. Corrí, corrí, perdido en la maleza. Corrí. Y cuando ya no pude más empecé a llamarlos. Empecé a gritar. De repente me di cuenta de que estaba solo, pero yo era Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo, no podía perderme. Así que seguí, ya caminando. Hasta que me detuve, alcé la vista, mi brazo sangraba y, a unos metros de mí, Enrique de Lagardere acariciaba el rostro del Capitán Tormenta.
      Ese día terminó mi infancia. Por varias razones. La primera, sin dudas se debe a aquella especie de rabia interior que me sobrevino al ver a mi mejor amigo tocando la piel de la heroína de mis sueños. Me dieron ganas de tirármele encima para aplastarlo y aunque sabía de sobra que él era más fuerte que yo, no importaba. La rabia a veces ciega, pero también paraliza. Yo me quedé paralizado. Apenas el Capitán Tormenta me vio se apartó del otro y en cuanto descubrió la sangre se acercó corriendo, me tomó el brazo, quiso saber qué había sucedido. Lagardere, que en aquel instante acababa de convertirse en el odioso y mierdero Lagardere, también se acercó preguntando por qué no lo había llamado. Dije que no era nada, una simple caída, nada que pudiera quebrar el espíritu del Conde de Montecristo. Mi amigo hizo una mueca y se quitó la camisa para limpiar mi sangre diciendo que teníamos que irnos, quizá era un simple rasponazo, pero quizá no. Acepté su gentileza, porque fue el Capitán Tormenta quien se ocupó de limpiar mi herida con una de las mangas de la camisa. Cuando terminó, pasó su brazo por encima de mi hombro y besó mi mejilla diciendo que al Conde había que cuidarlo, un conde era un conde y su sangre azul no podía desperdiciarse. Lagardere se puso la camisa y echamos a andar, él al frente y ella a mi lado. Ésa es la segunda razón por la cual mi infancia terminó aquel día. De repente sentí que las aventuras saltaban de la televisión y podía ser posible que el bosque de La Habana estuviese encantado, porque mi mejilla estaba ardiendo después del beso del Capitán Tormenta y sabía, perfectamente sabía, que detrás de su nombre había una mujer. Y eso me gustaba. Muchísimo.
      El camino de regreso para mí fue confuso. Lagardere siempre al frente. Detrás el Capitán Tormenta y yo, que me debatía entre la rabia y el deseo y trataba de apretarme lo más posible al cuerpo vecino usando como justificación ante mí mismo que íbamos por el trillo, podían pasar carros y yo debía protegerla. Llegados al parque, subimos las escaleras de piedra y ya estábamos en la acera de la avenida. Lagardere se puso junto a mí y yo, usando esta vez como justificación ante mí mismo que tres cuerpos ocupan mucho espacio, seguí apretándome lo más posible a mi vecina, que continuaba con su brazo encima de mis hombros. A esta altura del tiempo esa escena me produce una extraña ternura. Estaba feliz y rabioso. Ignoro en cuál de los dos sentimientos ponía más intensidad, sólo sé que estaba rabioso y feliz. Feliz y rabioso. Pero yo tenía doce años y aún quedaba una razón para que mi infancia terminara definitivamente.
      Mi casa tenía un portal. Yo vivía con mis padres, mi hermana menor y nuestra abuela materna, a quien llamábamos abuemama. En mi cuadra había muchos árboles y el mayor de todos estaba en la esquina, siempre lleno de gorriones que despertaban al vecindario con sus ruidos matutinos.
      Aquel día, apenas pasamos el árbol de los gorriones, divisé a abuemama parada en el portal y un segundo después sentí que el brazo del Capitán Tormenta se apartaba de mi hombro. Lagardere me dio un suave codazo susurrando que me esperaban, pero que no me preocupara, ninguno diría dónde habíamos estado. El rostro de mi abuela me pareció extraño y, a medida que nos acercábamos, me fue pareciendo todavía más extraño. Estaba como agitada, nerviosa, a tal punto que alzó su mano para saludarme y empezó a moverla como si yo estuviera lejísimos y no fuera evidente que ya la había visto. Tormenta me susurró que diríamos que me había caído en el parque, porque ella me había empujado. Ok, le respondí.
      Creo que no hice más que poner un pie en el portal y ya abuemama se estaba abalanzando sobre mí para abrazarme fuerte, muy fuerte y, apenas descubrió la herida y los restos de sangre en mi brazo, preguntó qué había sucedido, le gritó a mi madre que yo estaba de regreso y, sin dejar de abrazarme, me condujo al interior de la casa. Mis amigos se quedaron en el portal. Yo traté de zafarme, me daba vergüenza que me trataran como a un niño delante de Tormenta, pero era imposible liberarme de los brazos de mi abuela. La voz de mi madre entró en la sala con un grito seco: ¿Dónde tú estabas metido, chico?, y al ver el brazo, siguió con un: ¿Pero qué te pasó? Me caí en el parque, estábamos jugando y el Capitán Tormenta me empujó sin querer, fue lo que dije, mientras mi abuela se alejaba en busca de alcohol y algodones para limpiar la herida y mami se agachaba junto a mí para inspeccionarme el brazo diciendo, con un tono bastante molesto, que me tenía dicho que no le gustaba que anduviera con esa chiquilla, que era una mataperros, siempre andaba con varones. Por supuesto que ella no sabía que los otros aún estaban en el portal, pero yo sí, por eso cuando se incorporó para agarrar los algodones que le tendía abuemama, ya de regreso, miré hacia atrás y vi que Enrique de Lagardere tenía tomada la mano del Capitán Tormenta, que estaban pegados uno al otro, muy pegados, y que ella me miraba seria, demasiado seria. Aparté la vista y tuve ganas de llorar, de tirar al piso el alcohol y los algodones, pero me quedé paralizado. Mami acercó una silla y se sentó frente a mí para limpiarme. Respiré hondo, me llené de valor y aparté el brazo. Es mentira que estaba en el parque, afirmé enérgico. Mi madre también respiró hondo y, apoyando sus manos sobre las rodillas, se echó hacia atrás para mirarme. Sé que es mentira, dijo con un tono como de resignación, porque fui a buscarte y allí no había nadie. Volví a mirar afuera, pero allí tampoco había nadie, ni el Capitán Tormenta ni Enrique de Lagardere. Nadie había presenciado el acto de valor del Conde de Montecristo. Estaban en el bosque, ¿no es cierto? La pregunta de mami me obligó a volver a mirarla y asentí con la cabeza. No importa, dijo, ya tú eres grande, déjame limpiar esa herida, anda.
      Mientras me aguantaba con una mueca el ardor que provocaba en mi piel el roce de los algodones bañados en alcohol caí en la cuenta de que el rostro de mi madre también estaba extraño, como el de mi abuela, muy extraño. Tenía los ojos un poco hinchados y un gesto que no podía ser provocado simplemente por mi amistad con Tormenta o mis visitas al bosque. También me pareció raro que hubiera ido al parque Almendares. Cierto que era una madre preocupada, pero no era de las que andaban siempre detrás de uno. A mami le pasaba algo. ¿Y por qué fuiste a buscarme?, pregunté. Ella terminó su tarea, dijo que se trataba de un simple rasguño, no era grave. Me dio un beso en el brazo y otro en la mejilla. Agregó, muy bajito, que necesitaba hablar conmigo, por eso había ido a buscarme, porque necesitaba hablar con el hombre de la casa, porque yo ya era un hombre. Entonces le pidió de favor a abuemama que cerrara la puerta de casa, ella y yo teníamos que conversar de cosas muy importantes. Mi abuela fue corriendo a cerrar la puerta y dijo que prepararía un tilo. Cuando pasó junto a mí tuve la impresión de que sus ojos brillaban.
      Yo me acomodé en el sofá, como pidió mami, y ella se sentó conmigo. Lo que tenía que decirme era muy serio y también muy triste, pero yo era grande, dijo, y ella confiaba en mí. Agregó algunas frases sobre la vida y cosas que no recuerdo, palabras de esas que se pronuncian y uno escucha en las películas y piensa que son frases muy profundas porque dicen muchas cosas, aunque al final no dicen nada. Simplemente tratan de engordar un prólogo, a veces necesario, seguramente muchas veces. Mami habló durante un rato y cuando el prólogo ya no daba más, entonces me tomó de las manos: Tu padre... es el hombre más maravilloso del mundo... dijo y se le rajó la voz, pero continuó... Tu padre ha luchado por una causa justa... tuvo que interrumpirse porque se le volvió a rajar la voz, pero a tal punto que se quedó mirándome sin palabras y yo no entendía qué estaba diciendo, de repente su rostro se transformó y se mantuvo como una estatua de cera, sin gestos, con la expresión congelada hasta que concluyó: Tu padre ha muerto en la guerra.
      Sentí sus brazos en mi espalda y empezamos a balancearnos. No sé por cuánto tiempo. Pero ahí estuvimos. Yo estaba como en shock, con un susto enorme, perdido en alguna parte del universo que nunca logré definir, y ella, no sé, también por ahí, viajando. Cuando logró regresar se apartó de mi cuerpo y me tomó por los hombros. Sus ojos estaban rojos, pero era como si ya hubieran agotado las lágrimas. Se pasó una mano por la nariz soplándose los mocos y pidió que no le dijera nada a mi hermanita cuando regresara del colegio, ella se encargaría. ¿Y yo qué iba a decirle a mi hermana? ¿Cómo explicarle lo que aún no lograba entender? Abuemama se acercó con dos tazas de tilo y unas pastillas que no sé qué eran, pero que engullí, junto con la infusión, como si yo fuera parte de un espectáculo en el que nadie me había explicado mi papel. Estaba paralizado. Mami bebió y echó un suspiro. Entonces reiteró algo que yo no debía olvidar nunca y que nunca he podido olvidar: mi padre era un héroe de la patria, yo era el hijo de un héroe.
      Cuando mi madre fue a darse una ducha y arreglarse un poco porque se acercaba la hora de ir a buscar a mi hermana al colegio, abuemama se sentó conmigo en el sofá. Mami había dicho que podíamos ir juntos, que teníamos que estar siempre juntos, los tres, pero mi abuela susurró algo a su oído y entonces ella concluyó que mejor la esperaba en casa. Abuemama me abrazó contra su pecho. Yo seguía confundido, paralizado, sin saber qué decir. Sin saber ni siquiera si había que decir algo y así estuvimos largo rato. Sólo el ruido de la ducha rompía el silencio que se instaló en la casa.
      Mi madre reapareció en la sala, un poco más compuesta, y vino a darme un beso. Dijo que mejor me acostaba un rato, que ella regresaba enseguida. Besó también a abuemama y se dirigió a la puerta. Yo la seguí con la vista. La vi salir y entonces algo dentro de mí se rompió. Sentí miedo. Un miedo extraño y grande. Un miedo desconocido por mí. Creo que fue en aquel momento cuando comprendí de veras lo que había sucedido. Un día mi padre había salido por aquella misma puerta y nunca más volvería. Porque estaba muerto. Mientras continuaba con la mirada fija en la puerta por donde mi padre se había marchado, me entraron unas ganas enormes de llorar y sé que, por fin, mis ojos se aguaron y mi respiración comenzó a agitarse, porque mi abuela puso su mano dulcemente sobre mi mejilla y giró mi rostro hacia ella.
      —Ahora eres el hombre de la casa —dijo—, ya no eres un niño. Y los hombres no lloran, acuérdate.
      Fue quizá por eso que nunca lloré. Aquella noche mi hermana y yo dormimos abrazados a mami, ellas lloraban, pero yo no. Y en los días sucesivos, cuando sentía los sollozos de mi hermanita y los pasos de mi madre acercándose a su cuarto, me apretaba a la almohada repitiéndome que los hombres no lloran, los hombres no lloran. No lloré cuando Lagardere me abrazó diciendo que seríamos hermanos toda la vida. Ni cuando me contó lo mal que se había sentido Tormenta escuchando a mi madre. Ni al saber que eran novios. Tampoco lloré cuando en la escuela me dedicaron el matutino a mí, al hijo del héroe, y la directora soltó aquel emotivo discurso. Ni el día que Tormenta se acercó para decirme que le tenía mucho cariño a mi padre y quería que volviéramos a ser amigos como antes y vernos, aunque quizá no en mi casa.
      No lloré por mi decisión de no regresar más al bosque. Ni cuando mami recibió las primeras flores que le mandó el gobierno, ni cuando dejó de recibirlas. Ni la noche que mi hermanita preguntó por qué nuestro padre se había ido a la guerra. Ni años después, cuando el país retiró sus tropas de todos los conflictos africanos y por fin los muertos regresaron a casa. Y hubo aquella ceremonia, el entierro colectivo, la cajita sellada con su foto y la bandera. Ni cada vez que me cruzaba en el barrio con el Capitán Tormenta convertida en una madre, ama de casa, gordita y no teníamos nada qué decirnos.
      Tampoco lloré cuando la guerra dejó de mencionarse y sobre ella se echó el sutil velo del olvido. Ni cuando conocí a Renata y dijo que, aunque no quisiera hablarle de mi padre, ella estaba conmigo. Ni cuando dejamos La Habana por Berlín y luego Berlín por Lisboa. Ni la noche que anunció que quería el divorcio. Ni cuando nos separamos. No lloré hasta hace muy poco, porque los hombres sí lloran, coño, a veces. Cuando les hace falta.
      Han pasado más de treinta años del día en que murió mi padre. Ahora acabo de llegar al aeropuerto. Pago al taxista y me bajo. En Lisboa es de noche y hay un poco de frío aunque, sobre todo, es este viento tan fuerte que a veces parece que va arrancarnos del piso para llevarnos lejos. Cuando Renata y yo llegamos era primavera y quedamos impresionados con la luz y el cielo, porque suele ser tan azul como en La Habana, distinto del que nos había cobijado en nuestros años berlineses. Ciertas noches yo me ponía a mostrarle las estrellas, una vieja costumbre que me enseñó mi padre y que a ella le encantaba. Renata decía que esperaba que Lisboa me devolviera la calma que el invierno de Berlín había sepultado. Pero no fue el invierno y ella lo sabía. Fue un viejo amigo que encontré, las discusiones con mi clan de Berlín y aquella noticia en el periódico. Todo eso activó el detonante.
      Ninguno podía sospechar que justo en Lisboa yo conocería a Berto, el extraño hombrecito, como ella lo tiene bautizado, y entonces la bomba acabaría por estallar definitivamente, porque Berto ha sido la única persona capaz de arrancarme esa rabia que yo tenía dentro. Ahora no sé si lo odio o lo aprecio. Tampoco sé qué hubiera sucedido de no calmarme aquel día. Sé que fue un poco irracional, que cuando lo vi aparecer caminando junto al río, más que levantarme, salté de mi asiento, me dirigí hacia él andando rápido y de repente: pum. Lo empujé con tal violencia que por poco lo tumbo, fue casi como si una piedra ardiente se estuviera desprendiendo de mi interior, y a punto estuve de caerle encima para partirle la cara, pero ahí me paré. Así, de improviso, aparté mis brazos y metí las manos en mis bolsillos. Mi padre siempre decía que los hombres tenían que saber usar el músculo del cerebro. Eso era pensar y eso hice yo aquel día frente a un Berto desconcertado: aparté mis manos para usar el músculo de mi cerebro. Entonces vino lo peor.
      Aunque han pasado unos meses y a estas alturas casi preferiría no estar tan molesto con él, no puedo evitar estarlo, porque creí que se había convertido en una de mis mejores amistades, sin embargo me equivocaba. Berto no es amigo mío. Es el extraño hombrecito que se mueve despacio sobre el tablero de ajedrez. Pero yo soy el peón que por una vez se escapó de su juego y tomó una decisión. Tengo que dejar de ser aquel niño asustado que corre por el bosque. Estoy harto. A mi padre lo mataron en un sitio que nunca pude tocar ni ver ni oler. Que era como un fantasma. Como el eco en una gruta: la guerra, la guerraaa, la guerraaaaa. Sólo podré salir de la selva oscura volviendo a ella y por eso estoy aquí. Me voy a Angola.



 
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