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Anna y los cazadores[fragmento] / Reuven Miran PDF Imprimir E-Mail

(1)

Mi nombre es Anna y durante las últimas dos semanas he estado viviendo en un sótano. Cuando digo viviendo, realmente quiero decir escondiéndome. Son vacaciones de verano aquí, pero no puedo salir. Mi madre se escapa cada mañana, cuando todavía está oscuro, y después de veinte minutos de miedo llega al trabajo. Nuestro sótano no está lejos de la estación central de camiones. No puedo revelar más que eso. Tony, que vive con su padre cruzando la calle, y me cierra el ojo y me llama de broma Anna-Banana, dice que los chismosos definitivamente ya están por ahí cerca. «Siempre es así», dice. «La gente siempre trata de beneficiarse a expensas de los demás, y también están los que realmente creen que están haciendo algo por su país. Pero están equivocados, muy equivocados». Y si Tony dice, Tony sabe. Porque casi tiene dieciséis y no tiene miedo de caminar por la calle con sus tenis rojos y ver lo que está pasando. Una vez lo detuvo un policía, pero le dijo que era un israelí etíope y el policía israelí ruso le creyó. Para los blancos, todos los negros son iguales.
      Los padres de Tony llegaron a Israel un año antes de que él naciera. Cuando tenía cinco, su madre murió en un acto terrorista en la estación central de camiones. Es divertido hablar con él. Sólo podemos hablar en hebreo, porque él sólo habla español, además del hebreo, y yo hablo inglés. No sorprende que se haga llamar Tony-El-Todopoderoso y diga que lo sabe todo. No estoy segura de que eso sea cierto. Creo que sólo tiene suerte. Mi papá siempre dijo que la suerte es lo más importante en la vida. Bueno, igual así, ahora Tony nos trae a mí y a mi madre el mandado de la tienda y tiene cuidado de que no lo sigan. Cuando me da la bolsa por la pequeña rendija de la puerta, su mano se siente tibia y eso es lindo.

(2)
Justo al inicio de las vacaciones de verano, decidieron la deportación de Tel Aviv. Mamá dijo que tendríamos que irnos del departamento. De hecho pensé que sería lindo ir a algún lugar a medio verano cuando hace tanto calor en la ciudad. Esperaba que fuera a Galilea. «¿Dónde es Hadera? ¿Qué es Gedera?», preguntó mamá con miedo en la voz.
      Le dije.
      Sólo dijo: «¡Oh, Dios!», y se puso muy pálida.
      Recordé que mi maestro, Hagar, nos dijo que, hacía más de cien años, el zar ruso ordenó a todos los judíos irse de Moscú y los deportó a las áreas más remotas de Rusia. Así que ahora se supone que nos vayamos de Tel Aviv como si fuéramos algún tipo de basura que necesita esconderse lejos. Por eso muchos padres fueron a buscar trabajo y departamentos en nuevas áreas, y los niños se quedaron solos en Tel Aviv. Algunos se quedaron con amigos. Yo fui la que corrió con mejor suerte porque mi madre no quería dejarme sola. Prefería esconderme en este sótano que escapar a alguna ciudad donde no tendríamos comida ni dónde vivir. Era obvio que no podíamos quedarnos en nuestro departamento porque era muy fácil cazarnos ahí.
      Pensaba que el hogar era el lugar más seguro del mundo. Papá, a quien extraño tanto, especialmente ahora, lo llamaba «el palacio», porque en su país, y en el de mi madre, que está en un continente distinto, no podían siquiera rentar un lugar así porque ahí no tenían trabajo.
      «Debemos dar gracias a Dios de que aquí tenemos un trabajo y suficiente dinero para pagar la renta y comprar comida», solía decir.
      Luego nos contó cómo, hacía cuarenta años, en algún otro país, antes de que él naciera, sus padres fueron deportados. «Cien mil personas fueron deportadas, llamadas extranjeras», decía. «Decían que nuestra gente les quitaba sus trabajos y sólo causaban problemas. Y nada podía hacerse para ayudar al abuelo, que había vivido ahí por más de diez años, ni tampoco por la abuela, que tenía ciudadanía. Decían que ella podía quedarse pero el abuelo tenía que irse. Se rehusaron a separarse».
      «Pero diez años después fue lo opuesto: ustedes deportaron a muchos migrantes de su propio país, los que venían del país vecino, ¿verdad?», dije de repente.
      «Todos deportan a todos cuando les conviene», dijo papá y se puso muy serio, «el primero fue Dios. ¿Quién crees que expulsó a Adán y Eva del paraíso?». Sus ojos se veían tristes. «Y esto ha pasado desde entonces. Crees que alcanzaste el paraíso y de pronto todo cambia. Y, realmente, ¿qué quiere la gente? Sólo vivir. Es triste».
      «¡Morris, detente, por favor!», gritó mamá. «¡Eso es blasfemia!».
      Papá dejó de hablar. No me gustaba verlo triste. Pero ahora yo estoy incluso más triste, porque no está aquí con nosotros y no podrá cumplir su sueño de volverse residente permanente y ser taxista, como lo había sido su padre en su país.
      Los cazadores agarraron a papá hace como un mes, camino al trabajo, a media calle, justo enfrente de nuestro departamento. Casi le rompen la cara y la bicicleta. Le dijeron que no tenía permiso de trabajo porque debía ser trabajador de construcción, así que por qué estaba lavando trastes en un restaurante. Y eso significaba que su visa de residente se cancelaba. Lo esposaron y lo empujaron a la patrulla. Yo estaba en la escuela entonces y no vi nada, pero Tony vio. Tony ve todo. Desde que regresó de prisión prefiere estar afuera en la calle lo más posible, para ser el primero en saber lo que está pasando. «No me vuelven a sorprender», me dijo alguna vez, cuando todavía era seguro estar sentado en una banca en el parque, sin temor.
      Pasaron dos días antes de que una señora amable, pelirroja, de ojos verdes y pecas como lentejas, que dijo que su nombre era Rivka, lo encontrara en un lugar llamado prisión de Gibeon, no lejos de la prisión de Ayalon. Éstos son los nombres de las prisiones que tomaron del verso de la biblia «Sol, detente en Gibeon; y tú, Luna, en el valle de Ayalon», en el que Josué le pidió al Sol detenerse en el cielo y no descender sobre la región de Gibeon en el este, y a la Luna detenerse en la región de Ayalon en el oeste para que los israelitas tuvieran suficiente luz para perseguir fácilmente a sus enemigos. Habíamos aprendido esto un par de años atrás, pero en ese momento no tenía idea de que seríamos nosotros a los que perseguirían.

 

(3)
«¿Tenemos un permiso?», pregunté.
      «Teníamos uno», dijo mi padre. «Alguien nos pidió venir a trabajar aquí y recibió mucho dinero por la visa y el permiso de trabajo, pero después se canceló».
      «¿Por qué?», pregunté.
      «Porque la compañía de recursos humanos que nos empleaba cerró».
      «¿Y qué?», pregunté.
      «Ésa es la ley», respondió mi padre, «si dejas de trabajar para el empleador cuyo nombre está en tu permiso, el permiso se cancela y te vuelves ilegal. Hay mucha gente a la que estafaron así. Tomaron su dinero y los dejaron sin trabajo y sin permiso».
      «Nada más no nos regresaron nuestro dinero», dijo mi madre sin levantar la cabeza. Recuerdo que estaba pelando una gran papa y me daba miedo que se cortara los dedos.
      «¿Eso significa que ahora somos ilegales?», pregunté.
      Sentí un escalofrío por toda la piel.
      «Podría decrise», dijo mi padre.
      «Pero yo nací en Israel, así que soy israelí, ¿qué no?».
      «¿Quién te dijo eso?», preguntó mi madre, que puso las papas peladas en una olla llena de agua.
      «Tony», le dije. «También nació en Israel, sólo que en Natanya».
      «¿Quieres decir Tony-El-Todopoderoso, que te llama Anna-Banana?», mi padre rio.

(4)
 Me encantaba ver reír a mi papá. Me hacía sentir confiada. Me enseñó que a veces, cuando la situación es muy dura y las cosas ya no dependen de ti, lo único que queda hacer es reír.
      «Por favor, no te metas con este Tony», dijo mi madre, «¿por qué se la pasa vagando por las calles todo el día? Probablemente lo expulsaron de la escuela».
      Mi mamá siempre se preocupa. Como mi papá solía decir, uno de los roles más importantes de mamá es preocuparse. Si el mundo existe, probablemente es gracias a las preocupaciones infinitas de todas las madres, decía.

(5)
 Fueron muy amables con nosotros cuando nos dejaron decirle adiós a papá en el aeropuerto, antes de que lo subieran al avión.
      «Si quieren quedarse juntos», dijo uno de los cazadores que lo escoltó, «está bien por nosotros». Le cerró el ojo a su compañero y continuó: «Por favor, acompáñenlo y regresen a su hogar. Nosotros invitamos el boleto».
      Dijo su hogar y ni siquiera trató de esconder su sonrisa. Luego me ofreció una botella de agua, pero dije «No, ningún favor». ¿Qué significa regresar a tu hogar? Para regresar a mi hogar no necesito un avión. Lo más que necesito es un camión. Mi hogar es aquí, en Tel Aviv, en la ciudad donde nací. En el hospital Ichilov, si hace falta que se sepa.
      Los cazadores se quedaron callados. Sus uniformes azules bien planchados resplandecían en el sol. En la manga tenían un listón con una estrella de David azul. Luego, el otro cazador, delgado y rubio, que parecía un niño, miró al suelo con sus ojos azules y dijo en voz baja: «Ahora pueden decirle adiós».
      Soltó las manos de mi padre de las cuerdas de plástico y papá me abrazó fuerte y susurró algunas palabras que preferiría no repetir para no empezar a llorar. Todavía tuve tiempo de ponerle mi foto en el bolsillo. Era una foto muy vieja que siempre llevaba conmigo, pero no había podido encontrar otra. Todo pasó tan rápido. Lo imaginaba subiéndose al avión triste y siendo tragado por él, como un pez pequeño tragado por uno grande. Espero que se haya reído, porque a veces, cuando la situación es muy dura, es lo único que queda por hacer.
      Y ahora estamos aquí, en el sótano bajo el edificio. Esperando.

(6)
 Obviamente, el sótano es mucho más pequeño que «el palacio» y sólo hay una cama, donde duerme mi mamá. Yo duermo en el piso en una bolsa de dormir que nos dieron personas amables cuyo nombre ni siquiera puedo recordar. No se nos permite cocinar aquí porque no hay mucho aire adentro. Pero podemos oler todo tipo de comida de diferentes países, en especial el olor del falafel, mi favorito. Hay una pequeña llave de agua en un hueco, con un lavabo roto que encontramos en un montón de basura detrás de la puerta.
      Cuando no hay otra opción, te acostumbras a todo. Incluso le encuentras ventajas. Por ejemplo, me he dado cuenta de que en verano el maíz enlatado sabe mejor sin calentarlo. Y te das cuenta de que en el sótano el aire es fresco y es más pacífico. Y además, no hay vecinos que se escuchen a través de las paredes de yeso que dividían el departamento en tres. Y tengo un radio pequeño, y una pequeña lámpara de noche cuya luz no se puede ver desde la calle (Tony se aseguró de eso). Para no sentirme sola cuando mamá está en el trabajo, veo los pies de los que pasan por la calle y trato de imaginar cómo se ven arriba: gordos o flacos, altos o chaparros, felices o tristes.
      No es fácil porque incluso cuando me paro en la cama no soy lo suficientemente alta para alcanzar la apertura del techo. Para hacer eso, tengo que apilar un montón de cobijas y pararme ahí, y no es muy cómodo. Luego cierro los ojos y las veo vestidas bonito, las mujeres altas con tacones largos y cabello brillante de vestidos de seda verdes, amarillos y rojos. Y los hombres de traje blanco de algodón y zapatos brillosos, y todos sonríen. Y en la mañana hasta puedo ver un poco de sol. Quiero decir, un rayo de sol.
      Después de todo tuvimos suerte de obtener este sótano y todo es gracias a un amigo de papá, un refugiado político que recorrió todo el desierto a pie con su esposa y su hija bebé. Si se hubieran quedado allá, en su país, los habrían masacrado. En el camino, la bebé murió y la enterraron en las dunas. Ya no pueden regresar allá. Luego, los soldados de un lado de la frontera les dispararon, pero otros soldados les dieron comida y hasta los llevaron a la gran ciudad.

(7)
«Se pueden quedar aquí hasta que se calmen los cazadores», dijo el amigo de mi padre. Pero yo pensé: ¿por qué se calmarían? Los cazadores nacen para cazar, y al minuto que empiezan deben continuar cazando. Sólo si les ordena el primer ministro que se detengan, quizá entonces. Pero me quedé callada porque recordé que alguna vez mi papá me dijo que había gente que ganaba muchísimo dinero con nosotros. ¿Por qué se detendrían?
      Mamá le dio las gracias al amigo de papá, pero incluso la minúscula sonrisa en su cara no podía esconder el miedo en su voz: «Si nos descubren», dijo, «estarás en problemas».
      «No te preocupes», dijo el amigo de mi padre y le dio la llave, «somos refugiados políticos. Tenemos visa y permiso de trabajo y documentos de la onu. Estaremos bien». Luego se disculpó de que no hubiera conexión de televisión en el sótano. No sabía que ni siquiera tenemos televisión.
      Quisiera que fuéramos refugiados políticos. Pero no, sólo somos refugiados que buscan trabajo, como nos llaman. Quizá ni siquiera eran amigos, mi padre y el refugiado político, porque papá nunca nos había dicho nada de él.
      Pero sé que hay momentos en la vida en que el corazón es más fuerte que el cerebro.

(8)
Unos días después, Solomon Daniel —ése era el nombre del refugiado político— nos trajo una carta de papá. Mamá la leyó y sus ojos se llenaron de lágrimas, y no sé si eran lágrimas de alegría o añoranza, quizá las dos. Le pedí que me la leyera, porque estaba escrita en su idioma.
      Y, como he mencionado antes, mi idioma es el hebreo.

(9)
Hasta el día que atraparon a papá, todo estaba bien. Todo estaba bien, eso quiere decir que cada mañana los tres salíamos de la casa. Papá en su bicicleta, al restaurante, donde había estado lavando trastes doce horas al día desde que su contratista de construcción había ido a la quiebra, pero algo bueno había salido de ello porque así fue que conoció a mamá, que trabajaba en el bufet, y se enamoraron a primera vista y desde entonces seguían enamorados. Así que, como dije, papá iba al restaurante, mamá al edificio grande que limpia, y yo a la escuela, la escuela Bialik, ése es el poeta nacional que escribió: «Dicen que hay amor en el mundo. ¿Cuál es el nombre del amor?». Estas palabras realmente me encantaron y las copié escritas hermosamente a mano de un póster que Hagar colgó en el salón, y luego las pegué en la puerta de nuestro sótano, por dentro.
      Para la parte de afuera de la puerta tengo algo distinto que quiero colgar, pero sólo lo haré al último momento, que espero nunca llegue.
      Sólo espero que no lleguen a tocar a la puerta a media noche o justo al amanecer, cuando no espere a nadie.

Traducción de Héctor Ortiz Partida,
      a partir de la traducción del hebreo al inglés de Liora Wasserman

 
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