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Corazón de volcán / José Manuel Torres Funes PDF Imprimir E-Mail

La primera vela es la de una profesora. En el círculo que rodea el féretro están los parientes más próximos. En las sillas de enfrente conversan algunos ancianos y, reunidos en grupos afines, sus antiguos estudiantes. En una esquina, un poco alejados del resto, los tres hermanos varones, hijos de la profesora, ultiman los detalles para el entierro de mañana. Se sienta en una silla que se acaba de liberar para observar discretamente a las personas. Algunos rostros le invocan vagos recuerdos de su infancia en Tegucigalpa.

      «Una maestra de generaciones», escucha decir a alguien. Un grupo de antiguos estudiantes, todos sexagenarios, cuenta anécdotas de sus clases. Fue una profesora querida, sin duda también una buena madre. Los tres hijos llorosos se abrazan, sin quitar la mirada del ataúd, tallado en una madera oscura y sin motivos cristianos, detalle raro en un país cada vez más religioso.
      Los niños de tres o cuatro años, vestidos de negro, recién salidos de la barbería, pasan de las lágrimas a las risas. Uno de ellos se levanta para abrazar a su padre, que lo carga para que vea a su abuela. Lloran porque lloran sus padres.
      Algunas personas se acercan al féretro. Ella también aprovecha para ver el rostro de la difunta. Tiene un cabello blanco y fino, una nariz aguileña y soberbia. Su rostro es hermoso. Alguien mencionó que fue profesora de matemáticas.

—¿Fue su maestra? —le pregunta uno de sus hijos cuando, al cruzarse con él, aprovecha para darle el pésame.
      —No, señor. No tuve el placer de conocerla.
      —Era mi madre.
      Está cansado, un poco fuera de sí. Se lleva las dos manos a la cara y solloza. Ella lo toma del brazo. Huele a alcohol. Seguramente ha bebido para darse fuerzas. Era una gran madre. Era una gran maestra.
      Tiene la impresión de que quiere decir algo más, pero las palabras no salen con facilidad. Una señora de unos setenta años abraza al hijo y le da el pésame. El abrazo es prolongado. Palabras de aliento. Enseguida, la misma mujer les da sus condolencias a los otros muchachos. Él se queda ahí, sin moverse, tapándose la boca con la mano, mirando hacia el vacío. Su conmoción la estremece.

—Fue una de esas mujeres que construyeron este país, anónimamente. Sus hijos y sus viejos estudiantes nunca la olvidaremos —afirma. Ella le toma del brazo y él dice entre murmullos que la va a extrañar.

La muerte es la pérdida del equilibrio, la regresión, ellos, esos tres hermanos, que se desprenden de los brazos de los otros, para regresar una y otra vez al féretro y convencerse de que la persona que está adentro es bien su madre y no alguien más. El dolor es capaz de convertir a un hombre sólido en un niño frágil y a un ataúd en un pozo ignoto. En este país la muerte transforma a las personas más que la propia vida.

Cruza un pasillo donde guardan asiento dos mujeres embarazadas que toman humildemente las sopas que ofrece el servicio fúnebre.
      El ataúd, pintado en verde oscuro, rodeado de catorce guirnaldas, está cerrado, pero con un retrato de la difunta a un costado, que también es una anciana, como en la vela anterior, pero a diferencia del anterior, tiene la figura de Cristo tallada en madera. El deceso fue intempestivo.
      El hijo mayor, un hombre alto y fuerte, acoge a la gente que arriba. Los concurrentes están indignados. Al parecer, su fallecimiento se debe a un error médico.
      Una señora que camina con un andador se aproxima.
      —No se levante —le pide, cuando se alza para ofrecerle su asiento.
      —Sí, siéntese por favor —insiste.
      —Gracias, hija.
      Una especie de mesura contenida fluye en esa sala; advierte que la gente se esfuerza por controlar su ira.
      —Ella no debería estar ahí —señala la señora del andador. Nota que hubo familiares cercanos que al llegar a la vela no se aproximaron al ataúd. Rápidamente, la sala se puebla; es una extensa parentela. La vellosidad en la cara y los antebrazos gruesos es el signo de distinción de la familia.
      Lloran, pero rehúsan venerar el cuerpo que está dentro; seguramente es una forma de resistir a la idea de que la abuela murió.

Cuando está por acudir a la tercera vela, sobreviene una bulla y un movimiento violento de sillas al fondo de la sala. El hijo mayor atraviesa la pieza con la destreza de una pantera. Otros hombres se alzan, pero él, con una voz fuerte, una voz de auténtica autoridad, ordena que nadie se mueva de donde está. Piensa en lo horripilante que debe de ser un asesinato en medio de la multitud. En una sucesión de movimientos agitados, le parece ver —una ilusión óptica, por fortuna, horrorosa del país— que los hombres sacan sus armas.
      Un hombre hizo irrupción en la vela. Trató de abrirse paso. Iba camino franco hacia el féretro hasta que un muchacho fornido lo tiró violentamente de la camisa. Después el hijo mayor cruzó de tres zancadas la sala. Les ordenó a los hombres que ya tenían sometido al intruso que lo dejaran libre. Las mujeres y los niños lloraban. Unos segundos después, la gente se apartaba. El jefe de familia conducía al hombre hacia afuera. De manera inconsciente, los concurrentes se habían movido hacia donde estaba la abuela, como para protegerla. La gente se soltaba. Sintió que el dique que los había contenido en un inicio finalmente se derribaba. Dos minutos después entraba el hijo mayor, solo; rojo de cólera, les pedía calma a los demás.
      —Nadie va a salir de aquí —exclamaba con autoridad. Cuatro muchachos protestaban. ¡Nosotros no somos así!—. Si alguien se atreve a ponerle encima un dedo a esa rata, tendrá problemas conmigo —advirtió.
      La señora que caminaba con andador, y que durante el incidente se levantó de su asiento, se volvió hacia ella.
      —Esa rata es el médico que la mató.
      —Vino a pedir perdón, como si importara —repuso otra señora.
      —Es un asesino. Es un perro —afirmó alguien más.

En la tercera y última vela casi todas las personas son jóvenes. A primera vista, es imposible diferenciar a los parientes de los amigos. Lloran todos alrededor del ataúd. En este caso, el muerto es un hijo y no un padre ni un abuelo. Piensa que en la lengua no existe una palabra para describir la orfandad de los padres. Se dice huérfanos, pero ¿cómo se les dice a los padres que han perdido a sus hijos?
      El padre es un hombre bajito y delgado, con una corbata negra, torcida hacia la derecha, a su lado está la madre, de unos cincuenta años, que lleva lentes oscuros y viste de negro. Los murmullos y los llantos vienen de todas partes. La galería de voces se eleva como un vapor. Se siente una gran agitación, como si la gente viniera corriendo. La sala se puebla más y más. Se impone un ardor endógeno y abrasivo. Es el corazón de un volcán que palpitaba.
      La energía de la sala la transporta al pasado, donde se ve a ella misma al lado del ataúd donde estaba su muchacho.
      Conoce perfectamente la situación en la que están esos padres. El dolor colectivo es un mosaico de emociones, la tragedia no debería ser hablada, sino cantada, piensa. El recuerdo más claro que conserva del funeral de su hijo es el de un gran coro de voces talladas con la desolación. Esos padres deben de estar viendo el mismo escenario.
      Camina entre los jóvenes. Los padres no están sentados ni parados, más bien acuclillados, sosteniéndose en los respaldares de las sillas, en pie gracias a los brazos de los otros.

—Lo siento mucho. Lo siento mucho —se vuelve febrilmente hacia el ataúd. Quiere ver el rostro del muchacho. Detrás del cristal aparece la cara de su hijo. ¿Cómo es posible, cuánto debe extrañarlo, que la ilusión de verlo se materializa en la cara de otro muerto? Segundos después, la imagen se desvanece, y poco a poco, el rostro real surge del desengaño. La cara de una muchacha, cuyos rasgos faciales oscilan entre los de una mujer y una niña, se impone. Ésa es la realidad: el muerto es una adolescente, asesinada de un balazo en la cabeza.
      Lleva una venda amarrada que le cubre la totalidad del cráneo. Sus labios recuerdan a esas frutas que nacen y mueren sin haber visto nunca el sol. Siente que se desmaya, pero antes de caerse se ase de los padres. Cierra los ojos y cuando los abre, ya está en otra parte, sentada en una silla del pasillo, agarrada de un brazo desconocido que no la dejó caerse en el abismo de la locura, que tantas veces en esos últimos meses resultaría, paradójicamente, la salida más natural a su dolor.

Es de noche, se retira de las velas silenciosamente, de la misma manera en la que accedió; éstas se prolongarán hasta la mañana siguiente; algunos rostros nuevos toman el relevo. En la salida, un grupo de personas le agradece su asistencia. Una mujer, desconocida, naturalmente, le da un beso fraternal en la mejilla.
      Cruza la mediana y aborda el primer taxi que se detiene. Va a la casa de su tía, donde se queda a dormir cuando desciende a Tegucigalpa.
      El conductor del automóvil tiene unos dieciséis años. ¿Qué hace un niño manejando un carro en esa ciudad, una de las más peligrosas del mundo? ¿Qué hace un niño de diez años recogiendo el dinero que los conductores les dan, qué hace el otro niño de trece años, su hermano, que arroja fuego por la boca en el alto del semáforo? ¿Qué hace esa niña con un balazo en la cabeza, dentro de un ataúd?
      Trata de verse a los ojos con el muchacho taxista, imposible, va concentrado en la música que lleva al máximo de su volumen.
      —¿Podrías bajarle al radio, por favor? —le pide. En su lugar, el muchacho le sube aún más. Llega hasta la casa de su tía sin haber cruzado con él una sola palabra, ninguna mirada, ni siquiera por el retrovisor.

—Son sesenta lempiras, madre —le dice, sin volverse, cuando por fin termina el viaje. Recién apenas descendida, el niño taxista pisa el acelerador para irse lo más rápido posible de ahí.
      La tía la ha esperado para cenar. Comen en el patio. Mientras la escucha relatarle lo que vio en un programa televisivo esa tarde, se pregunta qué pasó en Honduras para que, al cabo de dos generaciones, el país se hubiera degradado tanto; ¿qué podía tener en común una persona como su tía abuela, que construyó su casa con sus manos y que, superados los noventa años, seguía encontrándole un sentido a la vida, y ese muchacho de dieciséis que conducía un taxi con la apatía de los que no esperan nada de la vida?
      Después de comer, la tía se fue a dormir. Ella se quedó fumando un cigarrillo, pensando en su esposo que estaba enfermo pero que, puntual como de costumbre, la esperaría el día siguiente en la estación del ferry.
      Cierra los ojos, se sirve una copa de un viejo oporto que la tía mantiene desde hacía muchos años, y mientras distinguía el olor lejano de los pinares entre todos los demás olores del aire, se dice que Tegucigalpa, al anochecer, a veces es callada como la cuna de un bebé.



 
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