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Todos los niños mienten [fragmento] / Sebastián Basualdo PDF Imprimir E-Mail

Todo hombre tiene su lugar natural; no fijan su actitud
      ni el orgullo ni el valor: decide la infancia.
      J. P. Sartre

Ocho años tenía el nene.
      Me parecía muy chico. ¿Y ella lo había iniciado?
      —Alguien tenía que hacerlo, querido —dijo—. Alguien me inició a mí en el camino de la perdición.
      Alfred Hayes

—¡No es justo! —gritó Speedy enrojecido; luego salió corriendo por la escalera, enredándose entre la desesperación y el llanto.
      Durante largos segundos Norberto y Lautaro se mantuvieron en silencio como dos amantes que de pronto toman conciencia de que ya no hay más secretos que proteger, salvo el de ser ellos mismos. Sonrieron. Lautaro sonrió en realidad, acaso porque tenía esa edad en que el nerviosismo surge como una sacudida, un gesto subrepticio, suave y tan pasajero como la inocencia. Tenía nueve años por aquel entonces y ella, Dee Dee, debía de tener treinta o treinta y cinco años a lo sumo. Era sargento de policía. Lautaro no sabía el verdadero nombre de aquella mujer ni hacía ninguna falta. Todos la conocían como Dee Dee y los tenía perdidamente enamorados. A los dos. Tal vez por eso, Speedy, que ya había cumplido diez años, se creía con más derecho; pero la verdad es que no había podido contener la indignación después de saber que Dee Dee había elegido a Tony para hacer el amor con ella el sábado. Ahora Lautaro se esforzaba por parecer calmo (le costaba aceptar que se había agarrado a trompadas con su amigo) como si lo único que verdaderamente le preocupara era que Dee Dee no lo viera llorar.
      —No te preocupes, ya se le va a pasar —dijo Norberto. Y Lautaro levantó los hombros, queriendo demostrar que no le importaba en lo más mínimo lo que había pasado, aunque respiraba con dificultad y le temblaban las piernas—. ¿Qué hora será? —preguntó en seguida Norberto; y luego del gesto impostado de mirar su reloj (no tenía ningún reloj en su muñeca), dijo que todavía tenían tiempo para dar unas vueltas en el auto.
      —¿Y si damos unas vueltas en el auto, Tony?
      Norberto impostó la voz de Dee Dee y toda la sensualidad de aquella mujer surgió como por efecto de un acto de magia. El juego, que se había interrumpido por la pelea, debía comenzar nuevamente; pero Lautaro no estaba muy seguro de querer seguir jugando a ser Tony.
      Dee Dee dijo:
      —Vamos, tenemos que encontrar a un soplón que nos ayudará a resolver el caso.
      Subieron al auto y recorrieron una ciudad con edificios de ladrillos a la vista, escalinatas y escaleras de emergencia. Lautaro miraba cómo conducía Dee Dee y era algo mucho más profundo que inventarle un gesto, el perfil más encantador que había visto en uno de los tantos programas de televisión y se dejaba estar, simplemente, a su lado. Aquella ciudad era Los Ángeles de los años ochenta y el auto en el que viajaban lo recordaban gris y destartalado, largo como una lancha, un modelo que sólo veían del otro lado de la pantalla del televisor en la serie Hunter, El cazador.
      En un determinado momento Lautaro se dio cuenta de que había oscurecido y pensó que debía volver a su casa antes de que llegara su madre.
      —Tengo que irme —dijo, y nervioso comenzó a guardar el auto y a Tony dentro de la caja de zapatos.
      Antes de despedirse, Norberto le apoyó una mano en el hombro y dijo:
      —Dee Dee te espera mañana, no te olvides.

Lautaro subió corriendo las escaleras pero la luz se apagó antes de que pudiera llegar al segundo piso; sin embargo, no sintió miedo como otras tantas veces, cuando aún no sabía calcular el tiempo que duraba la luz encendida y a mitad de camino quedaba a oscuras, librado a todo tipo de fantasías por las historias de terror que Norberto solía contarles. Alguien entró en el edificio y encendió la luz y caminó con pasos rápidos hacia el final del pasillo, en dirección hacia donde vivían las mellizas y el matrimonio de ancianos que olían a rancio. Unos viejos tacaños que jamás le dieron nada a Lautaro en la época en que era El Explorador de la Taza. Un juego muy simple que consistía en recolectar puerta por puerta todo lo que pudiera caber en un tazón de porcelana que su madre conservaba de los años de su infancia. «Yo tomaba la leche en este tazón cuando era mucho más chica que vos. En las mañanas de invierno, mi abuelo me servía la leche, una copita de vino y un huevo pollé. Ése era mi desayuno cuando vivíamos en el Barrio de los Bulevares, allá en Montevideo», le dijo una vez su madre con la mirada totalmente volcada en el interior de aquel tazón que tenía una pequeña rajadura como una cicatriz metida bien adentro de su historia.
      Ni bien se disiparon los pasos en el pasillo, Lautaro apoyó la caja en el escalón y se sentó: respiró profundo, haciendo morisquetas en la oscuridad como un desquiciado para ablandar la cara. Una sonrisa. ¿Acaso no era un actor?, ¿un comediante? «Un galán, seductor», solía decir su madre cuando lo retaba. «Y no ponga esa carita de ángel que no hay ninguna cámara filmándolo». Ser actor era algo malo, pero nada como ser un indio. Los indios eran sucios como él cuando regresaba de la calle con toda la tarde encima después de jugar a la pelota con Norberto y Speedy, «Parecés un indio, vaya a bañarse», decía su madre. Entonces Lautaro pensaba que cuando fuera grande no sería un indio ni mucho menos un actor. Un caballero, eso sería de grande, así estará contenta. Porque cada vez que ayudaba a su madre con las bolsas de los mandados o le abría la puerta del almacén, ella le decía: «Muchas gracias, caballero». Y sonreía, tan linda. Los caballeros son educados y tienen buenos modales. Las mujeres aman a los caballeros. ¿Por los modales o porque andan a caballo? Un caballo cuesta mucha plata. Los caballeros son buenos porque tienen plata para comprarse caballos y modales para gustar a las mujeres. ¿Qué le diría a su madre cuando quisiera saber lo que había pasado con Speedy? Durante la cena su madre no le preguntó nada. Recién al darle el beso de las buenas noches, sentada bien al borde de la cama, dijo:
      —Te peleaste con tu amigo. ¿Es verdad, Lautaro, que hoy se pelearon en la escalera? ¿Me vas a decir qué pasó?
      Lautaro recordó la pelea bestial que tuvo con su amigo Speedy mientras Norberto se mantenía en silencio.
      —Norberto hizo que se pelearan, ¿no es cierto? No quiero que te juntes más con ese chico. Es muy grande para jugar con ustedes.
      No es verdad, pensó Lautaro. Y se acordó de la tarde en que Speedy le dijo que prestara mucha atención cuando Norberto hiciera pis en el árbol porque tenía eso como los hombres grandes. Y después el apodo que le pusieron: un secreto entre los dos. De repente Lautaro sintió una tristeza profunda por su amigo. Dolor de panza y ganas de llorar. Contar todo. ¿Y si su mamá no lo dejaba ir mañana a la casa de Norberto?
      —Buenas noches, hijo, que descanses. Mañana hablaremos —le dijo su madre después de darle un beso en la frente.
      Y cerró la puerta de su habitación.
      Lautaro mantuvo los ojos abiertos en la oscuridad, pensando en Dee Dee y que Norberto no le había dicho a qué hora tenía que ir a su casa. «Nos vemos mañana», le dijo a Tony.
      Yo soy Tony. Voy a hacer el amor con Dee Dee, mañana. Eso fue lo último que pensó Lautaro aquella noche.
      Luego cerró los ojos y se durmió.

Con una larga tela de lino roja, Lautaro improvisa una capa, se ajusta una gorra con visera y sale al ruedo, ansioso por superar su propia marca en cada oportunidad. Es tan cortés y simpático que resulta prácticamente imposible negarle cualquier cosa. Si alguna vez pidiera un plato de comida caliente se lo darían con la misma alegría con que la mayoría de los vecinos le llena el tazón con arroz o lentejas, polenta, yerba, café y otras tantas cosas. Lo importante, según su madre, es no olvidar las palabras mágicas que deben terminar con un «gracias» acompañado de una sonrisa final, mirando directamente a los ojos, siempre. Si algo le fascina de aquel juego es la posibilidad que le brinda de entrar en los distintos departamentos y observar el modo en que vive la gente: la disposición de los muebles, las alfombras, las cortinas y los adornos, las paredes empapeladas y los retratos colgados donde suele asombrarse frente al dibujo de una joven novia con capelina o una secuencia de fotografías como daguerrotipos de bebés inflados como globos, todo en grandes y decorativos marcos. Sobre todo en los departamentos de las personas mayores. Porque la pareja del primero c, por ejemplo, que son jóvenes, tienen muy pocos muebles, al igual que su madre y él, que se fueron a vivir juntos sin llevarse ningún mueble de la casa de su abuela. La joven se llama Omara y es realmente hermosa, morena, y sus ojos son negros, largos y encendidos como de gata. Raramente habla con los vecinos y sólo una vez Lautaro logró entrar a su departamento y notar que viven en una austeridad esperanzadora como todo comienzo. Tienen un bebé que lloraba interminablemente por las noches hasta agotar las paredes y meterse por las grietas de los sueños ajenos.
      En el mismo piso vive el profesor de ajedrez con su madre anciana. Un tipo curioso, calvo (una calvicie plena en el centro y brillosa como una pista de hielo) y de largos rulos oscuros a los costados como arbustos. Es tímido pero muy generoso con El Explorador de la Taza. Tiene una buena cantidad de alumnos en su casa aquel muchacho que no debe pasar mucho más de los treinta años y sin embargo para los chicos es todo un personaje estrafalario del cual se burlan un poco cruelmente por su manera de vestir y caminar (usa siempre el mismo tipo de camisa a cuadrillé y se abrocha hasta el último botón). Tal vez por sus rasgos un tanto extraños (tiene un par de cejas bien pobladas) fue que Norberto le puso el apodo de Cara de Concha:
      —¡Ahí viene Cara de Concha! —gritaba uno de ellos y salían corriendo hacia ninguna parte.
      Es el tiempo en que había que reírse con ganas, darse un par de codazos, llegar jadeando a la esquina y esperar a que cualquiera dijera:
      —Ya está, entró, podemos volver.
      Se burlan de aquel muchacho porque no entra en el modelo que conocen y porque es maestro de ajedrez, algo que evidentemente no pueden perdonarle; la idea que tienen de los hombres es muy distinta: los únicos con derecho al juego son ellos. Sin embargo, un día Norberto aparece con un diario entre las manos y no tarda en desplegar una hoja entera donde hay una foto enorme de Cara de Concha sosteniendo un trofeo. «El flamante campeón argentino de ajedrez Ernesto Padua», lee Norberto. Y más que una sorpresa es una revelación que les cambia la visión de las cosas para siempre. Los tres se ponen de acuerdo enseguida: a partir de ese momento queda totalmente prohibido burlarse de su campeón: el gran Ernesto Padua.

En el departamento de las mellizas nunca hay nada fuera de lugar y todo está reluciente y en perfecta armonía; cada adorno, desde los floreros de porcelana china hasta un pequeño souvenir acomodado en el interior de una cristalera, parece haber sido elegido con dedicación meditada durante la cena familiar. De todas las veces que Lautaro estuvo en aquel departamento como Explorador de la Taza jamás notó que cambiaran un solo mueble de lugar. Suele quedarse maravillado con la decoración de aquel departamento, desde la pintura de las paredes y los pequeños o enormes cuadros, pasando por la pesada alfombra blanca del living con sus juegos de sillones custodiando con recelo un enorme televisor a color, la mesa ratona en el centro, un cenicero de piedra junto a libros de arte. Hay plantas de interior también; eso le llama mucho la atención a Lautaro. Y las luces. Sobre todo las luces dispuestas en pequeñas lámparas, logran hacer de cada rincón un lugar cálido y silencioso, un verdadero clima de hogar. Ni siquiera la familia de Speedy está tan rebosante de amor: cada cosa que hacen juntos parece tener toda la fuerza de una ceremonia. Los sábados por la mañana salen vestidos para dar un paseo; pero como las panaderías siempre están cerca, a los pocos minutos los ven aparecer desde la esquina, siempre hablando entre ellos (las mellizas jugando a dar pequeños saltitos o moviendo las manos en círculo), tal vez recordando algo de las vacaciones. Lo cierto es que rápidamente los tres barren el primer escalón con el culo para que puedan entrar sin ser molestados. Cualquiera que no los conozca puede pensar que se trata de una familia engreída y altanera; pero hay que verlos para darse cuenta de que estaban demasiado pendientes de ellos mismos como para reconocer a otro ser vivo. Algunas tardes, las mellizas juegan al elástico en la vereda o pasean de esquina a esquina con sus bicicletas Aurorita, siempre con sus vestidos floreados con cintitas y el cabello largo, lacio y rubio prolijamente trenzado, mientras su madre las vigila fumando un cigarrillo, ligeramente cruzada de brazos a un costado de la puerta del edificio. La madre de las mellizas se llama Claudia y es una mujer encantadora, alta y con unos increíbles ojos azules y labios delgados donde asoman unos dientes pequeños, muy blancos. Debe de tener la misma edad que Dee Dee y una sonrisa muy parecida. Es dulce y terriblemente simpática. Rubia también pero, a diferencia de sus hijas, usa el cabello a la altura de los hombros. Siempre está maquillada y bien vestida (falda y aquella blusa de seda que le marcan los pezones), sus manos eran pequeñas y tenía dedos muy finos, las uñas cuidadosamente pintadas. Las mellizas son bonitas, además de delicadas y finas. Los chicos del edificio no existen para ellas. Están demasiado ocupadas. Van a un colegio privado por la mañana y desde las primeras horas de la tarde tienen todo tipo de actividades: clase de francés, piano y dibujo, o cualquier otra cosa que las mantenga entretenidas. Sólo una vez Lautaro llegó a tener con ellas algo parecido a una conversación y fue durante sus excursiones como Explorador de la Taza, una tarde en que lo invitaron a conocer su habitación mientras Claudia buscaba cosas en la cocina para darle. Rápidamente una de ellas lo tomó de la mano para guiarlo hacia la habitación. Antes de entrar le pidió que por favor dejara las zapatillas afuera.
      —Por la alfombra —dijo.
      Cuidando de no arrugar su capa, Lautaro se sentó sobre una alfombra rosada mientras desfilaban ante sus ojos todo tipo de juguetes nuevos.
      —¿Te gusta? —preguntó una de ellas y ante una respuesta simple se rieron; una risita nerviosa y tímida como hipos encadenados. Lentamente apoyaron el bólido, el anillo mágico, el juego de operación y el cerebro mágico...
      —¡El mago Chan!
      —¿Verdad que son lindos? ¿Tú tienes también?
      La chica que lo había tomado de la mano parecía gozar con su asombro y lo miraba de costado; Lautaro no podía quitar la vista del Clavilandia y el Meccano, el Ludomatic y los palitos chinos. ¡Tenían una colección increíble de Rasti y un Pocketers!
      —Guauuu... tienen el Poing Poing —dijo Lautaro, y cuando le mostraron el yo-yo Russell y quiso probarlo, rápidamente una de ellas se lo quitó de las manos diciendo que lo lamenta mucho pero que su madre no las dejaba prestar los juguetes.
      —¿No es cierto que nuestra querida madre no nos deja?
      Lautaro pensó que iban a guardar todo; pero no: de pronto comenzaron a sacar de un canasto una cantidad increíbles de muñecas Barbies, ositos de peluche, pequeñas sartenes, cacerolas de plástico y cosas por el estilo.
      —Absolutamente cierto, sí.
      —¿Tú tienes deseos de comer algo?
      Las dos le clavaron sus enormes ojos azules, serias. Lautaro comprendió que las mellizas estaban armando uno de sus juegos; dijo que sí sólo por curiosidad pero ya estaba decidido a largarse cuando una de las hermanas señaló una heladerita de lata y dijo:
      —Creo que en la nevera aún tenemos mantequilla de maní, ¿quieres que te preparemos un emparedado, querido?
      Lautaro comenzó a ponerse las zapatillas a un costado de la puerta.
      —Con esa capa él puede volar —dijo la chica que lo había llevado a su habitación de la mano.
      —Claro, que sí —contestó la otra—. Mi novio tiene superpoderes.
      Sin siquiera saludarlas se fue caminando lentamente por el pasillo. Pudo escuchar claramente a una de las mellizas que dijo:
      —Te avisé que no te apuraras tanto, siempre la misma estúpida vos.
      Claudia lo estaba esperando en el living con el tazón repleto de azúcar.
      —Cuando quieras, podés venir a jugar con las chicas —dijo Claudia y le abrió la puerta, sonriendo.



 
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