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Eugenio Montejo, mendigo de la forma / Francisco Josť Cruz PDF Imprimir E-Mail

Conocí a Eugenio Montejo en 1992, poco después de publicarle poemas en Palimpsesto, revista que dirijo en Carmona, ciudad próxima a Sevilla. Desde entonces, sólo su muerte ha podido interrumpir nuestro mutuo y hondo afecto.
    Conservo en la memoria una frase que revela, a un tiempo, algunas de sus cualidades e inquietudes personales y creadoras. Me la dijo en Caracas meses antes de ponerse enfermo: «En un viejo país desabrochado, yo iba de puerta en puerta, mendigando la forma». Se trata de un apunte, aún inédito, ya no recuerdo si de él mismo o de Blas Coll. Cuando lo escuché por primera vez, creí que era un poemita de tres versos medidos: un endecasílabo y dos heptasílabos, tan acorde lo sentí con el tema:

 En un viejo país desabrochado,
yo iba de puerta en puerta,
mendigando la forma.

 

    El apunte (o poema), además de aludir con exquisita reticencia, sin exabrupto alguno, al talante y al lenguaje groseros, chabacanos, prepotentes y dogmáticos del poder político venezolano de hoy, y por ende, de cualquier poder abusivo e inculto, refleja también la preocupación de nuestro poeta por la pérdida paulatina del sentido formal, tanto en el trato con los hombres como con la escritura. Sobre esta última, animaba a menudo, sobre todo a los jóvenes, a volver al Romancero, convencido de que su lectura ayudaría a los futuros poetas a recuperar esa especie de ilusión o inocencia artesanal, tan necesaria para una poesía menos desaliñada y superflua, más emotiva y entrañable, capaz de acompañarnos en nuestros ancestrales deseos e incertidumbres. Ni qué decir tiene, Eugenio Montejo aplicó este esmero formal a su poesía ortónima. Pero lo extremó en la de sus heterónimos Tomás Linden y Sergio Sandoval. En este sentido, el primero compuso sonetos y canciones tradicionales —entre ellas una albada de estilo medieval— y el segundo coplas de cuatro versos, recopiladas bajo el título de Guitarra del horizonte.
    Considerando que la poesía de Eugenio Montejo y la de estos dos poetas colígrafos comparten un parecido tono y una visión espiritual semejante, siempre sospeché —aunque él nunca me corroboró esta idea— que confiaba a Linden y a Sandoval, así como al poeta de rimas infantiles Eduardo Polo, esas estrofas cerradas, más propias del pasado, por un vago temor anacrónico a quedarse demasiado fuera de su época. De hecho, sus finísimos modales, infrecuentes hoy, ya parecían situarlo un tanto al margen, como si viniera de otro siglo más apacible, de visita a éste, estridente y ostentoso. En efecto, su trato tenía algo de prudencia desusada que hacía compatibles el respeto y la confianza, la efusión afectiva y su insondable intimidad. Este aire cordialmente misterioso favorecía su don de establecer vínculos entre unos y otros para propiciar un enriquecimiento mutuo y ensanchar la corriente benéfica de la poesía. Su desinteresada y generosa labor mediadora contribuyó decisivamente a la madurez estética de Palimpsesto, ampliando el espectro de sus colaboradores.
    Su discreción también se notaba cuando daba algún consejo, al paso, como si no lo diera, de manera que su interlocutor no se sintiera condicionado por lo que le decía. Gracias a ella he hecho mías, rumiándolas casi sin darme cuenta a lo largo de estos años, muchas de sus observaciones. 

 En un viejo país desabrochado,
yo iba de puerta en puerta,
mendigando la forma.

 

    Quizá en esta nostalgia de la forma, o sea, de la armonía del mundo, arraigue la dimensión abarcadora de su obra hasta convertirse en un admirable correlato de su vida interior. Por ello, al releer la poesía de Eugenio Montejo tras su muerte, estoy persuadido de que la escribió para cuando ya no estuviera con nosotros, pensando en sus seres queridos.

 

 

 
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