Filadelfia, Estados Unidos, 1988. Su libro más reciente es En la lengua tiembla el pez (Ctenophora, 2025).
Es motivo de celebración que se publique al fin la traducción al inglés de Animal doméstico, de la poeta mexicana Andrea Alzati. Empecé a trabajar en estos poemas en el 2023, sin ninguna otra ambición que vivir dentro de ellos.
El azar me llevó justo por aquella época a la Ciudad de México, donde contacté a Andrea para conocerla y hacerle esta entrevista. Forma parte de un conjunto más amplio que rotulé como «entrevistas poéticas»: un intento de llegar a través de las preguntas al corazón de las cosas y de las personas.
Si la poesía nace, como decía Robert Frost, de un nudo en la garganta; la entrevista poética nace de un nudo en la imaginación. La pregunta busca abrir la mente con su garra invertida, descuartizar y sacudir las neuronas para crear más espacio.
Andrea Alzati (Guanajuato, 1989) es una poeta mexicana que se obsesiona con objetos. Mete lápices dentro de frascos con agua, deja correr rollos de papel higiénico por praderas y les saca fotos a baldes en la calle. Dibuja corazones con cara e imprime la huella de sus pezones en papel con tinta azul.
MM: ¿Dónde están los ojos del mar?
AA: En las olas
MM: Cuando miras tus manos, ¿qué ves?
AA: Mapas
MM: ¿Qué es lo mejor de ser niño?
AA: La elasticidad del tiempo
MM: ¿Y lo mejor de ser viejo?
AA: El eterno presente
MM: ¿A dónde vas cuando cierras los ojos?
AA: A mi cuerpo
MM: ¿Cuál de los elementos te habla más seguido? ¿Y qué dice?
AA: El agua. A veces fluir y a veces contener
MM: ¿Qué palabras te gusta decir?
AA: Cachete. Ombligo. Perro. Mariposa en portugués, borboleta. Abacaxi
MM: ¿En qué te fijas cuando caminas por la calle?
AA: En no caerme, en el piso
MM: ¿Dónde está el corazón de tu ciudad?
AA: Aquí, en el Museo de Antropología
MM: ¿Qué te hace suspirar?
AA: La luz de las mañanas en invierno
MM: ¿Cómo logró su libertad la bicicleta abandonada?
AA: Dejando de pensar en la libertad no como movimiento sino como quietud
MM: ¿Qué dibujan las estrellas?
AA: Redes, líneas, mapas
MM: Entonces la mano es como un cielo…
AA: Sí, el cerebro también
MM: ¿En cuál sueño te quedarías?
AA: En el de estar despierta
MM: ¿A qué huele tu infancia?
AA: A mar, aceite de oliva, un agua de colonia para bebé que usé hasta los 23
MM: Cuando hueles una flor, ¿qué sientes?
AA: Volumen. Cuando me quedé sin olfato en el covid sentía que el mundo era plano. De alguna manera el olor (y no me di cuenta hasta ese momento) es como lo que le da tercera dimensión a la existencia. Cuando no olía todo me parecía virtual y plano. Hasta la temperatura carecía de sentido
MM: Si el olfato da el volumen y la vista el color quizás, ¿qué da el oído?
AA: Es que el oído tiene que ver con los espacios, con las distancias, ¿leíste El odio a la música? Ahí se habla del oído como el sentido desde donde somos más vulnerables, el sentido que no podemos regular, modular, porque los oídos siempre están abiertos. La boca la puedes cerrar, la nariz te la puedes tapar, pero desde que eres un feto estás escuchando todo, no tienes manera de interrumpirlo. Pienso en eso, que el oído es tan presente que también se vuelve una forma de hallarte en el mundo. Son como las antenas de los insectos: una forma de saber hacia dónde ir
MM: Es lo que te guía para escribir también, ¿no?
AA: El corazón yo creo, el ritmo del corazón. Porque creo que, aunque no escucharas, aunque tuvieras un problema en el oído, la sensación del ritmo del corazón la podrías sentir más por la vibración que por el sonido
MM: Entonces cuando escribes estás conectada con eso…
AA: Idealmente, sí. Porque siempre estamos conectados con eso, o sea el ritmo del corazón y el ritmo de la tierra son como el mismo, siempre están ahí
MM: Como un metrónomo
AA: Justo. Como el metrónomo orgánico de este planeta y de esta existencia en particular. Y yo creo que también justo porque siempre está marcando no lo notamos todo el tiempo
MM: ¿Qué canción sería el soundtrack de tu vida?
AA: Ay, no sé. Es que soy más de estar en silencio que de poner música. Yo creo que el sonido de la ciudad. Los coches, los perros, los cláxones, los pajaritos. Durante el encierro cambió por completo la sensación de la ciudad porque no se escuchaba nada. Muchos sonidos son indicadores temporales de tiempo. Sólo he escuchado la Ciudad de México tan silenciosa en la pandemia y después del temblor del 2017. No sé si es idea de que Quignard, que decía que el silencio no es la ausencia de sonido sino el momento en que el oído está más atento. Experimentar ese silencio en un lugar acostumbrado al ruido tiene una densidad muy particular
MM: ¿Me quieres hacer una pregunta tú a mí?
AA: ¿Cuál es la función de una fuente sin agua?