Ciudad de México, 1956. Su libro más reciente es Música de fondo. Ensayos sin género ni geografía (Universidad de Guadalajara, 2025).
Las reacciones ante los avances tecnológicos suelen columpiarse entre la admiración y el miedo. Pongamos el galopante y muy reciente avance de la inteligencia artificial: asombro y piel de gallina ante lo que esa nueva tecnología puede hacer; y al mismo tiempo temor por las consecuencias –reales o imaginarias– que podría acarrear.
Joshua Rothman, escritor y periodista del New Yorker, reflexiona sobre el uso de la IA en la literatura, pero también se asoma al tema desde la música: cuando en la década de los ochenta surgieron las baterías electrónicas y los programas para secuenciar música —hoy tan socorridos— no faltaron quienes argumentaban que la música hecha con máquinas «carecía de alma», aseguraban que la música electrónica «dejaría a los músicos sin trabajo», y muchos oyentes sentían que aquello era «una forma de engaño, la destrucción de la música misma». Nada de eso sucedió realmente. Rothman hace el paralelismo con la actual IA: «es poco convincente decir que el arte creado con IA es automáticamente falso o malo. Las herramientas en sí mismas no determinarán qué se considera arte; eso dependerá de cómo se utilicen». Sin embargo, más adelante expone el caso de Coral Hart, escritora sudafricana de literatura romántica de cierto éxito comercial que usa seudónimos y confiesa usar IA para escribir rápidamente cientos de novelas (en un año, produjo más de doscientas bajo 21 seudónimos y en 45 minutos puede tener listo un borrador completo): «El futuro que sugiere esta historia es el de una producción de ficción despersonalizada y a escala industrial, donde los autores se convierten en productores ejecutivos, supervisando salas de guionistas de IA», escribe Rothman.
Ahora cito dos experiencias personales recientes:
Asistí al concierto Ecos del grupo argentino Soda Stereo. Ya se sabe: de ese grupo quedan dos sobrevivientes; el tercer integrante, Gustavo Cerati, murió en 2014 luego de 52 meses en coma. La tecnología ha hecho posible crear el holograma que fue proyectado en escena.
Quienes acudimos al concierto lo vimos ahí, tocando y cantando las canciones de manera impecable, acaso igual o mejor que en sus buenos días. Era él —o casi—, sus manos ejecutaban con absoluta precisión los acordes guitarreros que le dieron fama; su voz, la que conocemos por sus grabaciones. Los excompañeros de banda también estaban en el escenario, ellos sí en persona y tocando ¿o haciendo playback? Todo perfecto: el sonido, las luces, la ejecución musical, una experiencia inmersiva y nostálgica en la música de un grupo de éxito formidable. Una presencia totalmente realista si no fuera porque se trata de un muerto. ¿Qué es y qué no es este espectáculo? El periodista Alejandro Mancilla lo define como «una combinación de IA, 3D, captura de movimiento y sistemas derivados de técnicas clásicas potenciadas por procesamiento en tiempo real. Esto no es una interpretación en vivo. No hay interacción ni ejecución. Es una simulación corporal con datos, sincronizada con músicos reales: no es presencia real, es reproducción. Llamar a esto Soda Stereo responde más a nostalgia y lógica comercial».
Con el innegable disfrute llegan los cuestionamientos: más allá de la inútil pregunta de si Cerati habría autorizado tal uso de su imagen —sus familiares herederos lo aprobaron— ¿es válido y ético revivir a un muerto para goce de sus fans y negocio de los sobrevivientes?, ¿quién será el siguiente en la lista?, ¿Elvis, Juan Gabriel, Janis Joplin, Pedro Infante, Kurt Cobain, David Bowie, Michael Jackson, John Lennon, Prince?, ¿varios de ellos juntos en shows de colaboraciones imposibles? (ya se anuncian, por cierto, proyectos de hologramas de Amy Winehouse y el grupo Kiss).
El segundo caso: escuché en una red social una composición interpretada por un cantante perfecto, con un arreglo orquestal muy solvente. Quise saber quién era el cantante y la respuesta fue: es una IA. La canción fue creada —o al menos completada— por una inteligencia artificial muy socorrida en estos días, Suno, que con unas pocas instrucciones —prompts— es capaz de crear canciones en diversos estilos, con orquestaciones complejas, voces afinadas y ejecución impecable. Wikipedia explica su funcionamiento:
La inteligencia artificial de Suno funciona mediante dos modelos principales: Bark y Chirp, que trabajan juntos para generar tanto la voz como la música de una canción. Estos modelos utilizan redes neuronales profundas para generar canciones a partir de un prompt. La inteligencia artificial analiza el texto y extrae las palabras clave, el ritmo, el tono y el estilo que se desea. Luego, crea una composición musical original que se adapta a la descripción, usando una gran base de datos de sonidos, instrumentos y voces.
Más allá de las implicaciones legales y de otro tipo indudablemente ligadas al asunto, de nuevo las preguntas —y los temores—: si es posible que un programa componga en minutos una pieza «original» como se describe, ¿los músicos y compositores serán pronto sustituidos como ya está ocurriendo, por ejemplo, con los traductores? ¿Es inevitable el peligro para creadores de música para cine, programas de televisión, anuncios publicitarios, trailers, etc.?
Todo se crea con rapidez y perfección. Y podemos suponer que cada vez ambas características se potenciarán. Sin embargo, esa aséptica «perfección» tiene sus inconvenientes: puede asombrarnos ver a un falso Cerati cantar y tocar de manera perfecta; o escuchar la voz de un cantante inexistente sin errores de afinación, dicción o ritmo. ¿Pero sentimos lo mismo que frente a un humano real con sus defectos?
Recuerdo el episodio «Be Right Back» de la primera temporada de Black Mirror: una empresa ofrece la creación de un androide sustituto del esposo muerto de una joven. El androide, creado a partir de información derivada de sus publicaciones e interacciones en redes sociales, es idéntico al muerto: habla igual, se comporta de manera muy similar, la satisface sexualmente, pero carece de libre albedrío, hace lo que ella le pide sin chistar, sin emociones negativas. Todo es perfecto salvo su falta de humanidad.
Vuelvo a Joshua Rothman quien cuestiona la «perfección» conseguida en música y literatura con las IA: «la perfección y la imperfección adquieren nuevos significados: los defectos humanos que la tecnología corrige se vuelven perfectos a su manera».
¿Llegaremos pronto a un punto en que el factor humano, con sus imperfecciones, se convierta en el atractivo principal?