El circo / Édgar Mayo

Recuerdo las infelices horas de viaje, metido en una jaula, en dirección a un lugar donde se llevaría a cabo una presentación más, en un lugar desconocido, con gente que recibe bien tus actos: aplauden, sonríen e incluso te miran como si pertenecieras o formaras parte de  su familia; como si se tratara de un integrante de la gran familia que no han visto en mucho tiempo. Y aunque no se sabe mucho de él y no es satisfactorio verlo, aun así se finge una sonrisa para condicionar su visita a un vínculo afectivo que incluso suele ser más ficción que afecto. Por otro lado están las personas que arrojan verduras, o cualquier cosa posible, para demostrar lo que vales como artista de circo. Es muy diferente la vida de un animal en jaula a la de un hombre en jaula, se pueden distinguir únicamente por cuestiones morales y por la toma de decisiones. Un animal tiene la gran facultad de tomar una decisión con la mínima duda y sin pensar en las posibles consecuencias de lo que vendrá; pero el hombre está en desventaja, pues lo que para un animal sólo tiene poca importancia, para el hombre implica una notable cantidad de emociones, que una a una se unen para formar un gran compuesto de inseguridad,  infelicidad o de cualquier compuesto que provoque náusea por la situación social en la que se encuentre. El animal no tiene más remedio que seguir trabajando y conformarse con comida, viajar sin cuestionar por el lugar. Limitarse a los aplausos, saciarse con las  verduras y objetos que le arrojan al rostro por algún tipo de defectos que sólo ellos ven como espectadores, o muchas veces le asignan unos cuantos más, que ni siquiera han pasado por la cabeza o por la imaginación del artista. No obstante, siempre es mejor pisar tierra firme; con el tiempo prefieres cualquier clase de suelo. Se prefiere cualquier superficie a estar viajando y rodando en espera de un público. ¡Esto es lo más detestable! El espectador o público en general pretende llevarse una buena impresión de la actuación del artista y suele exigir un reembolso si la actuación o espectáculo no le causó ni una mueca de alegría. Y cuando al fin acaba la función, se retorna a la vida  de forastero. Se busca en pueblos o ciudades un público agradecido. Recuerdo muchas visitas a lugares donde eran aplausos y únicamente aplausos. Últimamente en todo lugar extraño que pisa el circo, son objetos volando en dirección a mi cuerpo, que ya no hace más que temblar en cada actuación. Tal vez como actor esté en decadencia, pues ya no recuerdo siquiera qué animal soy.

 

 

 

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