Celebramos 21 años de «Páramo»

Xitlalitl Rodríguez Mendoza

Guadalajara, Jalisco, 1982. Su libro más reciente, en coautoría con Atahualpa Espinosa Magaña, es Poesía y desempleo. Ahora con más poesía y más desempleo (Taller Editorial Cáspita, 2025).

En el ya —por desgracia— casi mítico mundo de las revistas literarias impresas hay un fuego que resiste: el de las últimas páginas, esa especie de apéndice luminoso que convoca lectores en torno al brillo de lo nuevo, sí, pero también al brillo de lo nuevo en lo viejo: retraducciones, nuevas lecturas, nuevos hallazgos, nuevas maneras de entendernos frente a obras pasadas y acaso ahora más vivas. Así fue como se formó esta sección, «Páramo», en la entrega de primavera de 2005, correspondiente al número 38 de Luvina, para conmemorar los cincuenta años de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo.

Desde entonces, estas páginas acogen reseñas y ensayos de autores como Baudelio Lara (presente desde el primer número de Luvina), Luis Vicente de Aguinaga, Ernesto Lumbreras y Adriana Díaz Enciso, entre una cifra incontable de autores, cuyos gustos, intereses y estilos se intercalan con autores más jóvenes y no por eso menos célebres en el campo literario nacional, como es el caso de Sayuri Sánchez o Paola Llamas Dinero, quien además está a la cabeza del fundamental programa de talleres literarios en preparatorias de todo el estado, Luvina Joven, y es editora web de esta revista. 

En Jalisco hay un profundo arraigo en materia de publicaciones periódicas. Tenemos el ejemplo de La República Literaria: revista de ciencias, letras y bellas en el siglo XIX o la Revista de Revistas, fundada en la Ciudad de México por dos jaliscienses: Luis Manuel Rojas y José Luis Velasco. Ni qué decir de Bandera de Provincias ni de otras publicaciones que hicieron posibles José Guadalupe Zuno, Alfonso Gutiérrez Hermosillo o el atoyaquense José Luis Martínez, quien, por cierto, llevó a cabo la titánica tarea de reunir, en la extraordinaria colección del FCE Revistas Literarias Mexicanas Modernas, ediciones facsimilares de casi una treintena de publicaciones. Para él las revistas «han registrado la respiración diaria de las letras: las polémicas, los homenajes, las primeras reacciones frente a obras luego memorables y los entusiasmos que se marchitaron; el descubrimiento de autores de otras lenguas; las necrológicas, las bromas y los juegos de ingenio. En suma, cuanto va tejiendo la trama de la literatura, llegue o no a ser historia». 

Y es dentro de estos principios donde la revista que tienes ante tus ojos fue fraguando una identidad propia. Antes de que existiera «Páramo», los intereses de estas últimas páginas, amarillas en la edición impresa, ofrecían literatura infantil, arte y reseñas. Desde el primer número hubo interés en la traducción. 

En el verano de 1996, año de la creación de Luvina, otra revista —National Geographic— catalogó al clima de la Ribera de Chapala como uno de los mejores del mundo. De ahí, la gran migración de estadounidenses retirados que llegaron a Ajijic y sus alrededores para convertirse en agentes de bienes raíces, sin tramitar permisos, con ayuda de prestanombres. Este es apenas uno de los rasgos del contexto social en el que nace esta publicación. 

En una acción contraria al despojo, a la opresión económica, nace Luvina como un espacio diverso: dentro de ese nombre intraducible, como afirma el editorial del número 40, dedicado a «El arte de la traducción», se abrió un lugar para una multiplicidad de voces y literatura —particularmente poesía— en diversas lenguas, pero fueron esas primeras últimas páginas del número 1 de Luvina donde el profesor de la Universidad de Guadalajara del cuerpo académico de Poética y Estética en Literatura y Filosofía Stephen W. Gilbert, tradujo el editorial y el texto de presentación del dossier de cuento breve que reunió Francisco Arvizu Hugues. En los números posteriores, Stephen W. Gilbert tradujo poesía al inglés, en la generosa práctica de la traducción de poesía a su lengua: un movimiento inverso al del despojo, al de la imposición, al del silencio. «Traducir es entender», nos dice George Steiner. 

A la fecha, la circulación de poesía traducida y de ediciones bilingües, como hace Luvina, sigue siendo algo incomprensible para los agentes literarios porque si la poesía no vende, la poesía traducida, menos. Sin embargo, se sigue traduciendo. Aquí lo hacen voces como Françoise Roy, siempre en vilo entre su francés québécois natal y su español, o la misma directora de Luvina, Silvia Eugenia Castillero, que sigue realizando una labor constante de traducción del francés. Ellas son apenas dos entre toda una pléyade de autores-traductores que han publicado sus versiones, muchas veces en autotraducción, en esta revista. 

De taxonomía particular, igual que toda sección que se precie de serlo, en «Páramo» podemos leer diversas colaboraciones como el universo de curiosidades de María Negroni; la columna de música de Alfredo Sánchez; la columna de cine, a cargo de Hugo Hernández Valdivia, que ya cuenta con un par de décadas en su haber; y recientemente la columna de literatura —aunque también de televisión, cine, anime, géneros de internet, etc.— de Iván Ortega, y, desde luego, la sección que reúne el arte —cuidadosamente curado y presentado por Víctor Ortiz Partida—, que junto con los textos, da cuerpo a cada número. 

Ahora celebramos el aniversario de Luvina con el rediseño de esta sección, realizado por Andrés Gómez Servín y el editor, Iván Soto. 

Podríamos leer «Páramo» como una especie de ventana arqueológica o cajita sorpresa pero también como la fuente que echa luz sobre aquello en donde hemos puesto la curiosidad, los ojos y los oídos y, si observamos con atención, podremos ver aquí nuestros nuevos derroteros.

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