Cambio de piel en público / Víctor Ortiz Partida

In memoriam † Emmanuel Carballo

Es notable la confesión que Emmanuel Carballo hace en la nota previa de su Diario público. 1966-1968: «El diario concluyó en el momento preciso […], cuando cambié de piel y de manera de comportarme. Me cansaron “la alegre vida literaria”, la ostentación, los salones, y comencé a entrar lentamente a otro tipo de vida, más franciscana que jesuítica».
La conmoción que me causaron estas palabras se debe a que en los años que llevo de frecuentar el mundo literario he conocido a muy pocas personas que, llegadas a cierta posición, quieran o reconozcan un cambio de piel y de comportamiento, y menos que se cansen del ajetreo, la ostentación y los salones. La mayoría aspira a más de la dulce vida, ya que para eso se escribe: para frecuentar los restaurantes de moda y otros lugares menos nutritivos.
     Eso de entrar a una vida más franciscana que jesuítica mejor lo dejo sin comentarios.
     La confesión de Carballo me llevó a una profunda curiosidad: me pregunté si se notaría el cambio de piel conforme fuera avanzando en la lectura del Diario público, y quise saber por qué este escritor se había cansado de todo eso que menciona. ¿Quizá por los problemas que le acarreó publicar sus dardos críticos, sabios y certeros?
     La curiosidad se convirtió en cierto tipo de morbo, más teniendo en cuenta que, en el prólogo, Carballo se describe como «pésimo corresponsal y un tanto exhibicionista».
     Comencé a leer el Diario público luego de esa nota previa: «1966. Del 6 al 12 de junio. Lezama Lima, García Ponce, Rabasa y Monsiváis». Prometía. El primer párrafo está muy bien, tiene ese tono de cotilleo que se encuentra en los Diarios que el artista estadounidense Andy Warhol dictaba por teléfono, casi todas las mañanas, a una amiga: «El lunes 6 cenaron en casa Pedro Frank de Andrea y Luis Leal. A Pedro y a Luis los conozco desde hace más de diez años…».
     Pero al dar la vuelta a la hoja aparece enseguida el toque Carballo en todo su esplendor: «Alejandro [Aura], para su fortuna y la nuestra, ha dejado de ser el Ievtushenko de la Nueva Anzures para convertirse, hoy día, con modestia, en un poeta opaco, pobre y reiterativo, pero decididamente un poeta: comienza a encontrar su camino». Hay que recordar que el interlocutor de Carballo no es su querido diario guardado bajo llave, sino los lectores del Excélsior, un periódico nacional.
     Luego de los calificativos con los que saluda a Aura (quien, por cierto, ganó años después el Premio de Poesía Aguascalientes), Carballo cuenta que le llegó la nueva novela del escritor cubano José Lezama Lima, Paradiso, dedicada, por supuesto; también anuncia que terminó de escribir el prólogo para la autobiografía precoz de Juan García Ponce y que Carlos Monsiváis regresó de Guadalajara al Distrito Federal y le contó que «Guadalajara es una ciudad dominada por los arquitectos». Todo esto y más en tan sólo el primer apartado del libro, que abarca únicamente del 6 al 12 de junio de 1966.
     ¿Qué seguiría después?
     En 1966, Emmanuel Carballo era ya el autor de 19 protagonistas de la literatura mexicana. Es decir, ya había leído y estudiado a fondo a autores como José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Julio Torri, José Gorostiza, Salvador Novo, Agustín Yánez, entre otros maestros. Había platicado con ellos, había aprendido de ellos y conocía desde el centro el mundo literario, el mundo cultural de la Ciudad de México, del país; además conocía también a los autores de América Latina y otras latitudes.
     En el Diario público, comenzado a mediados de ese año, se va diluyendo ese tinte warholiano (aunque no desaparece del todo) y generosamente la serie de textos se va convirtiendo en la bitácora íntima de un crítico literario, en un diario honesto que registra el crecimiento intelectual de su autor a los ojos de todos.
     En el Diario profundiza en la obra de los autores, se especializa en el hecho literario, pero no se desliga de los seres humanos propiamente, de sus errores, de sus aciertos, tanto en la vida literaria cotidiana como en la política.
     Emmanuel Carballo lee, delibera, propone y, con todo el conocimiento acumulado, selecciona y predice. Por ejemplo, al hablar sobre la primera edición del Premio Mazatlán (galardón que cuarenta años después ganaría precisamente con este Diario), escoge, luego de reflexionar sobre los libros aparecidos ese año, el libro Puertas al campo, de Octavio Paz. Explica por qué: «Doy mi voto a favor de Octavio Paz por estas razones: 1) Porque representa en este momento el puente que une lo nuevo con lo antiguo, lo más vivo de la tradición […] y lo más representativo de las nuevas corrientes, del surrealismo a nuestros días…». (Las otras dos razones tendrán que leerlas ustedes en la página 109 del libro).
Hay que resaltar la generosidad: Carballo comparte sus estudios críticos sobre autores, sus entrevistas, sus cartas —propias y ajenas (algunas de ellas mandadas para discutir algún tema tocado en el diario)—, diálogos con autores, crónicas de acontecimientos, viajes, futuros prólogos, artículos, pequeños ensayos.
     Los autores son los del momento, aunque no olvida a los del pasado, los afamados y los desconocidos: José Agustín, Fernando del Paso, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Vicente Leñero, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, Gustavo Sainz, Luis Spota, León Felipe, Raúl Navarrete, Calvert Casey, Reinaldo Arenas, entre una lista muy extensa.
     No se puede evitar hablar de 1968. Es el año en que acaba este diario. Para los que nacimos después, es una época que hemos tenido que ir reconstruyendo. Quizá la curiosidad de la que hablaba tiene mucho que ver también con la presencia de ese año en el diario.
     El escritor mexicano Gustavo Sainz aparece profusamente mencionado en el Diario público de Emmanuel Carballo, sobre todo por su novela Gazapo y, ya casi al final, por estar en el centro de un intrincado escándalo de plagio. (Hay, entre otros, tres grandes escándalos que se airean en el libro. En el primero participa Fernando del Paso; en el segundo, Gustavo Sainz, y en el tercero Reinaldo Arenas).
     Sainz publicó en 1991 la novela A la salud de la serpiente, construida a partir de lo que escribió en su diario íntimo en 1968. La novela, que tuvo muy poca difusión cuando apareció, incluye las cartas que el sociólogo Gabriel Careaga le mandaba a Sainz de la Ciudad de México a Iowa, Estados Unidos, donde el autor de Gazapo gozaba de una beca para escribir su segunda novela.
     Sainz hace de Careaga un personaje, y sus cartas reales, aunque ligeramente transformadas, no aparecen firmadas por él, sino por Kastos. (Sainz cuenta que le pidió permiso a Careaga para utilizar estas cartas). Al comenzar a leer este Diario público pensé en esas cartas trepidantes que describen, desde el punto de vista de la clase media, la vida moderna que comenzaba a notarse en la capital del país.
     El horror del 2 de octubre deja su marca en ambos libros, aunque el tiempo y las circunstancias fluyen por encima de él en los dos casos. Finalmente, ambos son piezas importantes de la reconstrucción de esa época, que tanto intriga aún.
     En el apartado del 30 de septiembre al 6 de octubre, Emmanuel Carballo narra su terrible experiencia del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el lugar de la masacre, de la que él y Neus, su mujer en ese entonces, fueron testigos de primera fila y se salvaron por pura suerte. En una nota agregada al diario en 2004, el autor reconoce: «esa tarde y noche me cambiaron. Dejé de confiar en las instituciones, en los movimientos espontáneos, y procuré estudiar pausadamente a las personas antes de darles mi adhesión política».
     Creo que este hecho es una de las poderosas razones por las que el Diario público llegó a su fin. No obstante, en agosto, antes de Tlatelolco, había escrito: «Francamente no es justo que traicione mi vocación de anacoreta y me convierta en agente mediocre de relaciones públicas. Juro que mi camino es la soledad compartida, la lectura y la escritura, los solitarios y otros minúsculos juegos de baraja, la conversación telefónica, el ocio en todas sus formas y todos sus niveles y el aprendizaje de la teoría política y sus conexiones con la literatura. Sin embargo, las solicitudes a la acción y la dispersión son numerosas y a veces desagradables».
     Carballo hace, al final de este Diario público, sus vaticinios para las letras de los años setenta, y hasta ahí llega. Se dice que el hubiera no existe, pero estoy seguro de que sus lectores estaríamos gozando con una bitácora que aún permaneciera en las páginas de un periódico.

Texto leído en la presentación de Diario público. 1966-1968,
de Emmanuel Carballo (Conaculta, México, 2006),
en la librería José Luis Martínez
 del Fondo de Cultura Económica,
en Guadalajara,  el 16 de marzo de 2006.

 

 

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