Algo dulce / Paolo Lagazzi

A las dos y media de la madrugada, el asesino entró con sumo cuidado en la habitación oscura. El día antes había comprado un par de zapatos con suela de crepé finísimo, que no iban a producir ni el más mínimo ruido incluso al caminar sobre la grava más crujiente. La mano derecha agarraba, con la calma habitual, una calibre 90, capaz de tumbar un bisonte en un santiamén. Estaba muy próximo a la cama de la víctima designada, Jim McAlley, que roncaba a pierna suelta, cuando, de repente, lo asaltó uno de sus incontenibles ataques de gula. ¿Qué iba a hacer? ¿Salir de la habitación y tomarse una taza de chocolate caliente en el bar nocturno de la esquina, aplazando el crimen un cuarto de hora? El asesino reflexionó que dicho retraso podía meterle en un apuro con su empleador, siempre muy exigente en cuanto al cumplimiento de los horarios por parte del personal asalariado. Sin embargo, inmediatamente después, se le ocurrió una idea brillante. Para que no lo reconocieran, el hombre llevaba puesta una peluca de goma, y dicha goma no debía de ser, en el fondo, demasiado diferente de la que se utiliza en las gomas de mascar. De manera que, con la mano derecha, agarró uno de los rizos de mentiras e intentó arrancarlo para paliar, por lo menos temporalmente, con el sabor dulzón de aquél, su necesidad extrema de una golosina. Pero la peluca se resistía: a pesar de la fuerza del hombre, parecía que no iba a soltar ni siquiera un hilo de sus espirales gomosas.
    Al asesino se le escapó una leve maldición cuando, tirando y tirando, se encontró sin peluca, caída quién sabe dónde, al suelo, en plena oscuridad.
    Aquel ruido fue suficiente para que McAlley se despertara, se incorporara en la cama y encendiera la lámpara de mesilla. El asesino, con horror, se vio descubierto.
    «Tú, Tom Brown, ¿quieres hacerme esto?», fue la sencilla pregunta que hizo McAlley, y el otro no supo qué contestarle. En el fondo no era un asesino malvado, y nada lo apuraba tanto como las discusiones, las polémicas y las quejas.
    «Mi querido McAlley», trató de contestarle con el tono más suave posible, «¿no tiene acaso un chicle, o siquiera un caramelo de menta?».
    El otro, aún mirándolo incrédulo, alargó una mano hacia la mesilla y, en medio de cajas de medicinas, cigarrillos, fósforos, cómics y objetos diversos, logró detectar una cajita de pastillas. Con una mano algo temblorosa desenvolvió una y se la dio a Brown.
    «Gracias», dijo éste, empezando a mascar con avidez.
    Fueron sus últimas palabras. De repente se derrumbó al suelo, mientras McAlley le daba vueltas con los dedos, con cierta satisfacción, a su cajita de pastillas de arsénico para exterminar ratones, arañas, escorpiones y, en su caso, suegras.

TRADUCCIÓN DE BEATRIZ GALINDO
 
 
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