Sobre las llamas del suelo, un hombre gira para sobrevivir a la infancia. Aproximaciones a Una cabeza rodando en el desierto, de Antonio León

Ana Corvera

Zacatecas, 1984. Su publicación más reciente es Palabras que el micelio repite en mi cabeza (Espina Dorsal, 2024).

En un país como el nuestro parece una obviedad hablar de paisajes —y por lo tanto de sociedades— que cambian de manera radical a la misma velocidad de un breve trayecto por el aire. Lo es, claro, si nos quedamos en la superficie del territorio, no si asumimos el compromiso de acompañar, casi mimetizarnos, con la vida que se enfrenta a diario en la selva, la llanura o el desierto. Las grandes ciudades nos envuelven en dinámicas letárgicas: multitasking, horas eternas de traslado, escapes frente a pantallas de cualquier dimensión. 

Ante ese ritmo, Una cabeza rodando en el desierto de Antonio León nos obliga a detenernos y mirar desde otro ángulo, anclándonos en puntos específicos de ese norte donde aún viven descendientes de los que se resistieron a la Conquista. Aquellos que defendieron su voluntad incluso en un lugar inhóspito, separándose de las misiones cristianas para hacer comercio, siembra y familia en sus propios espacios: los ranchos, una geografía íntima de sus casas y escuelas, de donde salen herramientas para entender un mundo en el que todos tambaleamos.

La voz que nos guía es la de un hombre que mira hacia atrás con nostalgia, tratando de rescatar lo más valioso de su historia personal: la imagen de su abuela, entera, fuerte, con una capacidad de adaptación luminosa frente al nieto que confiesa sus primeros y últimos temores a medida que avanzan las páginas. Antonio encuentra aquí una narrativa cinematográfica que incorpora el error: los glitch, fallas técnicas de transmisión, que alejan los episodios en el tiempo y a la vez los acercan como pálpitos de una memoria que aún conservamos como generación marcada por el desconcierto y la precariedad.

El espacio de Una cabeza rodando en el desierto es una planicie que agobia hasta al santo más milagroso; un horizonte alfombrado de espinas con leyendas de coyotes y ramas, donde las personas están hartas de sí mismas y donde, aunque haya familia, la orfandad se siente justo cuando se apaga la luz, temiendo que un asesino nos confunda con su objetivo mientras soñamos. Con ternura, pero sin anestesia posible, el libro nos conduce por un microcosmos del que casi nadie piensa escapar, excepto el adulto que ahora nos habla.

El hombre que reconoce su fragilidad

«Se puede tener más miedo siempre», dice en el poema un niño con voz crecida que recuerda cómo se las ingenió para no morir frito o por descuido antes de cumplir la mayoría de edad. Su primer miedo encarnado es una serpiente de cabeza cornada —una víbora de cuernitos— a la que intenta convencer de no envenenarlo antes de correr hacia su abuela, quien, sin dudar, se dispone a partirla en dos e incluso a cocinarla.

En este contexto surge un tabú social que no lo fue tanto para generaciones anteriores: la muerte infantil congelada en fotografías donde la pérdida lleva una corona de flores. Ningún niño debería morir, pero parece inevitable en estos territorios. Leemos con crudeza y una ternura sin edulcorantes: «los adultos echan a perder las historias que iban a ser hermosas». Y pensamos no sólo en el primo Fernandito, atropellado por su propio padre, sino en nosotros mismos y en las veces que una palabra, un gesto o una omisión cercenó alguno de nuestros posibles destinos.

Así, el primer miedo fue natural: la víbora cornada. El segundo, por descuido: la muerte de los infantes dentro y fuera del hogar por la incapacidad de los adultos. La voz lírica intuye lo que Chevalier y Gheerbrant advierten en su Diccionario de los símbolos: «debajo de esa extensión estéril debe ser buscada la realidad», como en el simbolismo religioso del desierto. Es precisamente a los 19 años, dejando atrás la infancia, que el joven que encarna la voz de Una cabeza rodando en el desierto traza su propio camino acompañado por un cristo que le regaló la abuela, consciente de su ingenuidad: «porque era yo muy pendejo / y tocaba viajar solo / también tenía miedo de mis manos ante el piloto de la estufa / y llegaba revisando / el fuego probable a las paredes de mi primer departamento».

En su presente, evoca el momento en que tuvo ataques de soledad y manchó de lágrimas y mocos la playera de su padre. Ahora, su progenitor le aconseja tener un hijo para no quedarse solo; la voz lírica comprende, con lucidez punzante, que esa es una imposibilidad. Ser padre no puede ni debe ser sinónimo de compañía. Además, ¿cómo ser padre en una realidad que golpea con fuerza y sorpresa cada día? ¿Cómo ser padre cuando todo parentesco, incluso el más íntimo, desaparece como un jardín de piedras tragado por el desierto?

La abuela mitificada

El personaje que el yo lírico invoca y evoca es la bisabuela Margarita, figura materna, migrante desde Puebla hacia el desierto sonorense. Una mujer aguerrida, que conoce chistes, habla con groserías y ha asumido el destino agreste: doma serpientes, recibe el dolor de los hijos no nacidos y de los que se van ya adultos.

Vive a un lado de la carretera y se ha acostumbrado a una muerte que llega por circunstancias violentas: vehículos contra vehículos, contra postes, contra casas. El resultado casi siempre es catastrófico: cabezas arrancadas de los cuerpos que ruedan entre los pies de quienes habitan los alrededores.

Margarita vive al lado de la carretera
y no teme a las luces de las volcaduras
ni a las serpientes de piel taurina

por el lado de la madera se apoya un brazo
porque a veces la curva arroja cabezas de muertos

que pasan rodando
hasta que alguien las entierra en un patio de sal

En el imaginario del nieto, Margarita es misericordiosa: acoge a esos posibles fantasmas, pertenezcan o no a la familia. Es fuerte: puede matar serpientes sin un ápice de duda. Es sabia: aconseja al joven antes de que salga de la ciudad y le entrega una figura religiosa para acompañarlo.

Pero al mirar hacia atrás —la mirada adulta del narrador— surge una franqueza distinta. Comprende que muchas de aquellas imágenes pudieron ser producto de la imaginación, del engrandecimiento con que los niños interpretan a quienes parecen saberlo todo. Quizás su abuela era, simplemente, un adulto fatigado.

Margarita
te escribo esta carta
porque las viejas son sabias automáticamente
las viejas tienen miradas afables y todo lo entienden
comprenden al estar cansadas y entrecerrar los ojos
muertas de ir surcando el polvo con las chanclas
las viejas mandan todo a la mierda
con dulzura en los ojos por los que huye la fatiga
pero los parientes más chicos lo interpretan
como un torrente de sabiduría 

Aquí la serenidad parece encontrarse nada más en los fraccionamientos recién construidos, con casas todavía sin antecedentes públicos de violencia. Pero no hay esperanza de que se mantengan intactos por mucho tiempo. Cuesta entender los nuevos oficios: quienes narran persecuciones, quienes atacan con hélices de plomo. La muerte nos alcanzará tarde o temprano, con violencia natural, circunstancial o intencional en manos de otro.

En esta nueva entrega, el autor asume la poesía como una forma de preservar la memoria comunitaria —como en la tradición oral más pura— pero equilibrándola con recursos que caracterizan su trabajo literario: crudeza, ingenio, dulzura, pero ahora con una excavación profunda que rasga las cortinas de sus recuerdos y de su vulnerabilidad.

La obra se sostiene en una tensión que va de lo colectivo a lo personal y viceversa. Quizá por eso duele, pero también acompaña. No pretende redimir al desierto ni a sus habitantes, acaso quiere devolvernos algo que creíamos perdido: la posibilidad de mirar nuestros recuerdos y a nuestros seres queridos sin temerle tanto a su sombra. 

Antonio León
Una cabeza rodando en el desierto
Universidad de Sonora
2025

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