Guadalajara, Jalisco, 2005. Estudiante de la Licenciatura en Letras Hispánicas del CUSur.
Hoy, en la Casa del Arte de Ciudad Guzmán, conmemoramos los treinta años de la revista Luvina: un espacio cultural polífono de la Universidad de Guadalajara cuya presencia ha llegado más allá de la comunidad universitaria. Por medio de sus diversas plataformas —texto, radio, talleres, concurso—, la revista ha llegado a lectores de lo más diversos: de diferentes ciudades, contextos e intereses.
A través de estas tres décadas, Luvina ha publicado 123 números siguiendo el curso de las estaciones: uno en primavera, uno en verano, uno en otoño y uno en invierno. Han pasado los años y ha cambiado el mundo que habitamos. Nuestras ciudades se han expandido, así como los horizontes de la tecnología; han surgido nuevos escritores y escritoras, y otros muchos nos han ido dejando. Hay nuevos lectores, nuevos géneros, nuevas formas de hacer las cosas. Sin embargo, en este mundo rodeado de innovaciones, hay algo que se mantiene: la escritura como forma de resistencia o catalizador de la memoria; herramienta infalible para detener el tiempo.
En estos treinta años de labor, podríamos pensar que Luvina ha cambiado mucho. Y sí, en cierta medida lo ha hecho: ha cambiado su logo, su color, su tipografía e incluso su formato —los primeros números eran, de hecho, cuadrados—. Sin embargo, continúa vigente su objetivo principal, aquel que ya se declaraba desde el primer número: «Luvina inicia una vida por los ojos lectores de aquellos que entienden la creación literaria como una necesidad imperiosa en estos tiempos de incertidumbre y avidez por la difusión cultural» (1996).
Aunque la revista toma prestado su nombre de uno de los pocos cuentos publicados por Juan Rulfo, es de destacar el contraste entre la Luvina como zona geográfica ficticia y la Luvina de la que venimos hablando. En la literatura rulfiana, Luvina es un lugar árido y abandonado, es muestra de las periferias relegadas al olvido. En palabras de Rulfo:
San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades.
La revista, por otro lado, es un lugar donde convergen voces; un antónimo de la Luvina rulfiana que rechaza el silencio y prefiere escribir en el vendaval un poema. Asíha acogido a autores de todos los rincones entre sus páginas. Los espacios de diálogo que se han abierto han sido de lo más variados: se ha hablado sobre el poder, la forma, la felicidad; las letras argentinas, las chilenas, las españolas; se ha conmemorado a Rulfo, así como a Arreola.
En esta amalgama de géneros e idiomas, la revista ha llegado hasta nosotros, las periferias. La trinchera donde habitan estos rancheros enfadosos a los que les gusta escribir. Luvina llegó a mí durante una pandemia que me tenía relegada en casa y con la que estoy segura de que todos están más que familiarizados. Por motivos de cuarentena, Luvina extendió sus talleres virtuales a las preparatorias fuera de la ciudad de Guadalajara. Yo entré a un taller de autoras hispanoamericanas y terminé de enamorarme de la literatura: fue por ese taller que decidí estudiar Letras Hispánicas.
No dudo que mi historia es la de muchos más. En estos treinta años, la revista ha hecho un importante trabajo de promoción de la lectura, mediante el cual los jóvenes se han podido acercar a espacios donde la literatura genera más preguntas que respuestas. Luvina, con su programa de radio, sus talleres y su concurso, ha motivado a los jóvenes a escribir y compartir lo que escriben. En las 16 ediciones del concurso de Luvina Joven, se ha puesto el foco en los autores emergentes para dar cabida a nuevas voces.
Han sido muchos los logros de Luvina; es por ello que este evento es una celebración. Celebramos que, en el caos del mundo, las letras sobreviven; celebramos que nosotros sobrevivimos gracias a las letras. Celebramos porque este es nuestro presente y porque no sabemos si podremos celebrar mañana. Celebramos porque aquí estamos y desde aquí escribimos.
Por último, celebramos —como dice Priscila Palomares— porque:
«La escritura no nos salva, pero sí nos humaniza. Estas ideas no son nuevas. Por eso las repito sólo para quienes hoy las necesiten: no te frenes, el mundo se está acabando y toda escritura es urgente» (2026).
Texto leído durante la presentación del número en la Casa del Arte de Ciudad Guzmán el 18 de septiembre de 2026