Cada uno de mis dedos tiene mi rostro en el pulpejo

Rogelio Pineda Rojas

Ciudad de México, 1980. Su libro más reciente es Permite que tus huesos se curen a la luz (Horson, 2017), ganador del XIV Premio Valladolid a las Letras.

Desde los once años mi salud ha sido frágil. Ahora tengo 21 y la última década la he vivido internado en hospitales. Padezco diabetes tipo uno. Soy incapaz de asimilar el azúcar de los alimentos porque tengo vacío el páncreas, sin un chorrito de insulina que les permita a las células de mi cuerpo la absorción de la glucosa, la energía que extraemos de la comida. El problema suele solucionarse inyectándome insulina exógena, haciendo ejercicio y comiendo más vegetales que hidratos de carbono. Con ese triángulo en perfecto equilibrio, el padecimiento y sus complicaciones quedan a raya. Las heridas cicatrizan, los riñones filtran sin dilación los desperdicios de mi organismo, los ojos y el tacto conservan su lozanía y sensibilidad porque sus terminaciones nerviosas se mantienen ilesas. Pero las cosas han salido mal este año. No he logrado disciplinarme. Mi diabetes se agrava cada día y estoy flaco como una rama de apio. Cuando me paro desnudo frente al espejo, miro incluso ese color vegetal en mi abdomen, en los cachetes, en el interior de los brazos, y temo que una hiperglucemia me parta por la mitad en cualquier instante.

Estoy internado debido a una indigestión horrible. O eso creíamos Josefina, Fabián y yo antes de venir al hospital. El endocrinólogo Alberto Makita teme que las terminaciones nerviosas en mi estómago hayan dejado de funcionar, algo que llama gastroparesia, y que mis intestinos estén tapados de caca. Me tomó unas placas del estómago y la garganta, y para el dolor me dio analgésicos, que ya no tardan en surtir efecto. Estoy acostumbrado a que, después de auscultarme los ojos con el rayo de una lámpara y leer extensos análisis clínicos, Makita le diga a Josefina que no paso del mes. Él carraspea, carga su peso en el otro pie. Como no encuentra esperanzas por ninguna parte, en ese momento mi madre, desesperada, traga saliva y en la comisura de los párpados suele hinchársele una lágrima que no rueda, como si la tristeza de mi muerte hubiera sido amortiguada en su llanto desde el primer día del diagnóstico, hace ya diez años, y ahora Josefina la dominara a placer. Esas veces, cuando Makita sale de la habitación, ella se sienta al lado mío en la cama, limpia algo en mi barbilla con papel higiénico, el mismo con el que se ha limpiado la lágrima, y con claridad, sin enredar detalles, exhalando pestilencia a cigarro a través de la boca, me cuenta qué terminará conmigo mañana o la próxima semana. Amputación de una pierna. Convulsiones. Accidente cerebrovascular. Ceguera. Hemos establecido la confianza necesaria para decirnos las cosas sin las mentiras que el cariño pretende. Nos hemos acostumbrado a morir durante mis múltiples estancias en el hospital.

Josefina no vino esta tarde. Se quedó en casa. Le diagnosticaron insuficiencia pulmonar hace cinco semanas y respirará a través de un tanque de oxígeno hasta sus últimos días. Fuma desde la adolescencia, pero eso no provocó el problema, o al menos no fue el único motivo. Mi padre desapareció cuando yo tenía quince y mi hermano Fabián, aquí enfrente de mi cama, tenía veinte años. Desapareció porque su familia, la verdadera, lo jubiló. Mi padre reparaba máquinas de escribir en los años ochenta y en los noventa cambió al giro computacional. Su negocio solía dejarle primero una fortuna y, un poco menos años más tarde, cuando mis medios hermanos comenzaron a administrar su local. Mi padre bebía ron, lo enloquecían las mujeres, en las cantinas despilfarraba miles con sus amigos y empleados con quienes salía a divertirse; gozaba la vida bien y bonito. El único recuerdo que tengo de él es verlo parado en la sala de nuestra casa, borracho, con la cabeza apoyada en el vidrio de una ventana. A su lado hay una bicicleta con un moño. Es una Benotto convencional color rosa y los costados de las llantas son color blanco. Es una bici fea, sin chiste, comprada en una tienda de autoservicio. Le falta nada más una cesta y barbitas, como crines de poni, cayendo desde los manubrios. Mi padre se despega de la ventana y dice: «Es para ti». Nunca me había regalado algo más costoso que unos calcetines y, de buenas a primeras, me regala una espantosa bici para niña. ¡Cómo iba a olvidarlo! A finales de los noventa, mi papá enfermó de las arterias y su recuperación fue tan prolongada e imposible, que mis medios hermanos vendieron los activos del negocio para cubrir los gastos médicos. Abrieron las cortinas metálicas del local; extendieron sobre la banqueta monitores, viejas Olivetti que ofertaron por centavos, y nunca más supimos nada de él. Por años, Josefina se dedicó al aseo doméstico para mantenernos a mi hermano y a mí. Le fue tan bien que, tiempo después, montó un negocio que contrata a madres solteras para el aseo de oficinas y centros comerciales, con prestaciones estupendas. Sin embargo, a causa de aquellos primeros años, de matarse limpiando pisos, cepillando alfombras con espumas incandescentes, rociando ácido a los baños, los químicos y el cigarro le picotearon el pulmón derecho. Ahora está en cama jugando Need for Speed con mi psp. Los médicos aún no se ponen de acuerdo, pero es probable que su epoc sea cáncer terminal. En esta familia nos hemos acostumbrado a morir cada mes. 

En el sillón enfrente de mi cama, Fabián se quita los zapatos y coloca los pies encima de la sábana blanca, cerca de los míos. Sus calcetines tienen un hoyo en la punta. Esperamos a que el tratamiento que acaban de inyectarme surta efecto para que, al fin, volvamos a casa sin que los retortijones e inflamación abdominal me retuerzan en la calle. Fabián se retrepa en el sillón. Cierra los ojos con la cabeza echada hacia atrás. Su cara es angulosa, de facciones gruesas. El tabique nasal hundido en medio del rostro lo hace parecer un boxeador con infinidad de peleas perdidas. Su frente es grasosa y a los 26 padece acné. Fabián es horrible, pero muchas mujeres lo buscan para hacer el amor con él. En este momento platica con alguna en WhatsApp.

«Me mandó un chango, mira, flaco», me enseña la pantalla.

Porque con problemas puedo mantenerme respirando, mi pito se para cada año; ha sido difícil lograr una erección desde hace meses. Soy impotente a los 21. Desde adolescente comencé a masturbarme y conozco la sensación del orgasmo; la huelo todavía. Nunca olvidas a qué huele, por ejemplo, la cáscara de un limón. A pesar de que nunca partas otro en tu vida, jamás olvidas su perfume. Así recuerdo el orgasmo. No es necesario anotar aquí que jamás he hecho el amor con una chica, ¿verdad? Si lo hiciera, suponiendo que mi pene lograra erguirse en el momento preciso, podría desmayarme a mitad del acto o, después del diagnóstico de hoy, embadurnarla con diarrea súbita. Pobre.

El único referente que tengo de las mujeres viene de Fabián. Mi hermano expande sus aletillas nasales al recordar el aroma de matas de pelo y vello púbico; saca la lengua y en el labio superior retiene la punta cuando se entrega al sabor a veces dulce, a veces indefinible, de vulvas y anos femeninos; mi hermano imita también las voces agudas que le piden hacerle el amor o, si el momento lo amerita, replica los gritos de aquella chica que le suplica a Fabián un jalón de cabello o un escupitajo en los pechos. Fabián plantea escenarios, diálogos, átomos del mundo que tal vez yo nunca conoceré. Explicado de esa forma, parezco un androide hablando de sexo. Mi carisma es limitado porque, lo reitero, llevo en cama toda una vida, y mi lengua calca la literatura etiológica que leo frenéticamente, como si buscara la cura a este padecimiento al interior de las palabras glucogénesis, posprandial, nefropatía, retinopatía, glucagón, etcétera. Ofrezco disculpas por el aburrimiento.

Fabián suele contarme historias geniales sobre las chicas que conoce. No sé si lo haga para refocilarse en sus conquistas, exagerando algunos detalles, o para acercarme el mundo a esta cama de hospital, a las docenas de camas donde he pernoctado. En cualquiera de los dos casos, se lo agradezco; es nuestro cine personal, películas que disfruto exclusivamente con él. Me ha relatado una docena de veces aquella experiencia al calor de una borrachera en la que se acostó con dos mujeres. Una gorda de cabello negro y piel blanquísima y una morena delgada, chichona, cuyos pezones estaban descamándose por una alteración hormonal. Fue extraño porque ella nunca quiso que Fabián la penetrara. Acariciaba su espalda, le empujaba las nalgas con la mano prolongando la arremetida que él hacía contra la gorda, lo besaba en la boca metiéndole la lengua mientras él estaba dentro de su amiga, que miraba al techo sin saber qué hacer, y después la chichona le permitía a Fabián que le apretara los senos duros, con los pezones encostrados. Y eso fue todo. Pero mi hermano dice que estuvo bien así. Piensa que la morena no quería comprometerse porque quizá iba saliendo de alguna infección en las vías urinarias o sexual y le pareció que coger sin condón era algo riesgoso tanto para ella como para Fabián y su amiga. Los cuidó a los tres. Siempre que le pregunto por qué no usa condón, mi hermano responde que eso estaba bien en los noventa, cuando el sida, pero no ahora. 

Fabián tiende a lanzar gracejadas sobre mujeres con el clítoris demasiado abultado («son pequeños penes») o sobre sí mismo, como cuando alguna vez eyaculó antes de tiempo con el pene enfundado en la trusa, o cuando no se le paró una noche en el auto de una chica que le gustaba para que fuera su novia; o sobre aventuras ocurridas en la secrecía de los salones de la universidad donde estudia ingeniería en cómputo («pongo un pupitre en la puerta del salón, para que nadie entre, y después le digo a Nayeli que se quite la ropa y lo hagamos ahí»). Desde chico ha perdido el tiempo en excursiones hacia la nada y apenas está recuperando su vida. La primera decisión ha sido volver a la escuela. La segunda: coger mucho.

Me gusta cómo cuenta las cosas. Siento que viajo en su mente, en el bolsillo de su camisa, y a través de sus brazos y piernas, testículos y ojos, vivo los escenarios posibles del coito. Pero mi hermano no es nada más eso. Cuando no tengo fuerza para sostenerlos, él suele leerme libros en casa, digamos un vademécum acerca del efecto de la glucosa plasmática alterada en la mielina nerviosa (¡soy tan aburrido!). Entona voces pedantes o busca en internet las palabras que desconocemos. También, toca canciones en el teclado que le regaló mi papá un día de Reyes hace siglos; la mayoría, baladas pop viejas: «La incondicional», «Ven junto a mí», que mamá tararea y estima porque mi padre se las dedicó en aquellas estaciones de am de principios de los noventa, como Radio Alegría, extintas para siempre en las modernas estaciones de noticias actuales, donde el romance dejó su lugar a discusiones de política. Cuando defeco sanamente, Fabián suele ayudarme a ir al baño si no tengo energía para hacerlo usando mis propias piernas. Me afligiría muchísimo si Josefina lo hiciera en lugar de él. Para ningún hijo es aceptable mostrarle el pene, los pelos rodeando el ano y los testículos pellejudos a su madre. Una cosa es ser cómplices en la muerte y otra es quebrantar el pudor. Hay límites. Una vez, Fabián dijo que debíamos sentirnos orgullosos de nuestro pene, porque nosotros lo tenemos alargado, en su capuchón, sin encogerse como el de otros hombres, eso ayuda a que las braguetas se vean voluminosas, todo un espectáculo para las mujeres en la calle. Pero no para mamá, claro está.

Fabián se levanta a contestar el teléfono del cuarto. Dice que sí, pero niega con la cabeza. Dice que sí otra vez y cuelga. Va hacia la ventana. La noche ha caído en la ciudad. La oscuridad recorta sombras en su rostro de tal manera que desconozco a mi hermano porque ahora es aún más feo.

—Fabián, estás bien feo, hermano.

—Y tú bien chulo, ¿no? Por lo menos, sí voy a llegar a viejo siendo feo. No como tú.

Mira algo afuera, a lo mejor un coche desplazándose en la calle; lo sigue inclinando poco a poco la cabeza.

—Antes muerto que feo —le respondo—. Oye, ¿sabes dónde quedó mi bicicleta rosa?

Se vuelve hacia mí. Se rasca la barbilla. Me mira como si masticara detalles que no vislumbrara claramente. Esta vez han vuelto a desahuciarme, estoy seguro, y su comentario anterior le pareció excesivo.

—La tiramos hace años, flaco, antes de que mi jefe se torciera. Ese día no te enteraste porque andabas tan falto de azúcar que hasta transparente te pusiste.

—Ah, ya.

Cuando me diagnosticaron con diabetes, Fabián dijo que resistiría, que la mayoría de los enfermos viven sin complicaciones crónicas gracias a las nuevas insulinas y medidores de glucosa caseros, que no me preocupara porque no iba a morirme. Fabián es menos cínico que Josefina. Después de amar a ciegas a mi padre, ella decidió quitarse de ingenuidades y mira el mundo con pesimismo celebratorio. «Hoy podría ser nuestro último día, así deberíamos vivirlo», suele decir. Fabián no. Si él piensa que algo dolerá, resulta que duele cien veces más de lo que esperaba.

Mi hermano prende las luces del cuarto que casi se queda a oscuras y se sienta en el sillón. La piel sintética rechina como si se hubiera tirado un pedo. Intento reír, pero los labios se me cuelgan de la cara. Alguna vez Fabián me dijo que nunca, pero nunca de los nunca, debía tirarme un pedo frente a una mujer, al menos no hacerlo obvio. Tirarse un pedo frente a ellas es como si de pronto establecieras una confianza excesiva y evidenciaras tus flaquezas: te convertías en su amigo en lugar de su amante. Creo que dijo eso.

Se pone sobre las piernas la maleta en la que Josefina ha puesto ropa para mí, en caso de que deba quedarme más tiempo, y cacahuates para él. Toma un puñado tan grande como para atragantarse; mastica, su lengua chasquea entre la manteca vegetal. El cuarto se impregna de olores. Soya. Glutamato monosódico.

La pantalla de televisión, apagada, se convierte en un pasadizo rectangular cavado en la pared. Ahí viene, girando sus pedales, un triciclo color rosa, miniatura, hecho para el tamaño de un chango capuchino. El capuchino viene detrás y camina erguido en dos patas sujetándose un gorro de arlequín con una manecita y balanceando un bastón de empuñadura dorada en la otra. Triciclo y capuchino caen y, como si fueran de cerámica, se hacen añicos en el escritorio metálico frente a la cama. El escritorio metálico con diversos frascos y material aséptico tiembla como vapor ascendiendo al cielo un mediodía en la carretera. Sobre el asfalto hay un clavel en un florero que espera a que algún conductor frene y lo recoja este viernes tórrido. El medicamento ha adormecido los piquetes en mi panza. Veo mi mano. Cada uno de mis dedos tiene mi rostro en el pulpejo. La nariz aguileña. La frente tupida de sarpullido graso. Las ojeras. La cicatriz de varicela en mi pómulo derecho. Estos pelos desordenados en las mejillas y mentón que nunca serán barba. Soy muy feo. La puerta se abre. Fabián va hacia Makita. El doctor tiene el cabello engominado y anteojos de armazón grueso. Huele rico, huele a cáscara de limón. «No hay ninguna novedad, Fabián, no la hay», le dice a mi hermano.

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