El champiñón

Rubén Gil Quiñónez

Guadalajara, Jalisco, 1972. Su libro más reciente es Alma verde (La Zonámbula, 2012).

Deseo escribir sobre la música de Franz Schubert y de cómo posibilita el goce de mis sentidos. 

Tomo asiento y enciendo un cigarrillo; me sirvo un clarete e introduzco un cd en el aparato; lo que surge es el Quartettsatz: una melodía lúgubre y trágica. Me pongo de pie y mordisqueo un canapé. Franz fue uno de los treinta mil asistentes al funeral de Ludwig. Tocan en la puerta de entrada de mi casa; abro: no hay nadie. (Me advirtieron que rondaba un fantasma.) Cierro la puerta y juego con el volumen del disco. Imagino una Schubertiade: los funcionarios, las damas y los artistas escuchan en esas veladas las recientes creaciones del «Champiñón» (así le apodaban de cariño a F. S.). El cigarrillo es indispensable para el allegro assai del Quartettsatz. Es decir, el cigarrillo es el en qué (Aristóteles dixit) o el por qué (Aristóteles dixit) o la forma de la cosa (Aristóteles dixit) o el bien en sí (Aristóteles dixit) que me permite soltar humo pasionalmente (Rubén dixit) con el fin de escuchar música pasionalmente (Rubén dixit). Tocan de nuevo en la puerta de entrada. Abro: no hay nadie. Inicia un larghetto que se torna en un andantino agridulce. Me sirvo otro clarete y enciendo otro pitillo. ¡Ay! No quiero términos medios sólo la magnificencia del goce de mis sentidos. Antonio Salieri fue maestro suyo de armonía y composición, y fue, además, el homicida de Wolfgang Amadeus. ¿Apetece usted, Rubén, otro bocadillo? Los cojines del chaise longue están desacomodados. Lo más deleitoso es alcanzarlos y sentarse entre ellos… Réstenos departir, pues, del fantasma y su toquido, no porque haya mucho de qué hablar sobre él, sino para que reciba la parte que le corresponde, puesto que lo hemos incluido como un personaje de esta narración (Aristóteles cuasi dixit). ¿Tocan? No abriré. Hojeo algunos Lieder mientras el toquido se vuelve insistente. ¡Ah! Las cuerdas aumentan y disminuyen de intensidad. Me pongo de pie y destapo una nueva botella de clarete. Confieso que he vivido con provecho y que Schubert murió treintón y del mal francés. El Quartettsatz finaliza. ¿Tocan? ¡Bah! ¿Y si acaso fuera nuestro músico? Me acerco a la puerta y espero a que llamen. Toc, toc, toc. Quito el pasador, y a bocajarro preguntan: «Buen vecino, ¿tendrá usted una o dos tacitas de azúcar que le sobren?».

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