Zapotlán el Grande, Jalisco, 1988. Su libro más reciente es Los elefantes mueren de sed (Literatura Random House, 2026).
En las últimas décadas, las producciones de terror japonesas han ganado gran notoriedad en México. Nombres como Hideo Nakata, Junji Ito, Satoshi Kon representan tan sólo a algunos emisarios que el J-Horror ha sembrado en nuestra cultura, conquistando audiencias en el cine, el manga, el anime, así como en otros espacios como el teatro o las artes plásticas. Además de contar con un imaginario original y distante al horror gótico que heredamos de Europa, cada producto del terror japonés se sustenta en la literatura tradicional y se nutre de los personajes que la habitan. De estos, destacaría en un lugar muy especial a los yōkai [妖怪], seres extraños que campean en la literatura y que se han desplegado también a través de otras formas de arte, desde los grabados del ukiyo-e [浮世絵, «pinturas del mundo flotante»] hasta las más recientes producciones de Studio Ghibli.
Definir el significado del yōkai no es tarea fácil pues el término, en sus orígenes, es esquivo. El académico Komatsu Kazuhiko —quien fuera la más reciente autoridad mundial en el tópico—, los clasifica en tres apartados: el yōkai como incidente, como entidades sobrenaturales y como representaciones visuales. En su libro An Introduction to Yōkai Culture (2017) el autor menciona que la ruta más sencilla para definirlos es «tomar el concepto yōkai por su significado literal de cosas extrañas o misteriosas. ¿Escuchaste un ruido extraño en tu casa? Yōkai. ¿Un miembro de la familia hace una cara extraña o actúa de forma rara? Yōkai». Si bien muchas veces la explicación de este fenómeno es perfectamente lógica, la sensación espeluznante de haberse enfrentado a él permanece de cualquier forma.
Hay, entre todos los seres que habitan el inmenso panteón japonés, tres que siempre me han llamado la atención. Su presencia, a veces ominosa, a veces anuncio de la buena fortuna, ha producido decenas de historias que la literatura —y otras plataformas— ha diseminado por todo el mundo. Quiero aprovechar el espacio que se me ha regalado ahora para hablar sobre ellos y, de ser posible, contagiar en los lectores un poco de la fascinación antes anunciada. Así pues, me permito presentarles a estos monstruos excepcionales como quien habla de un viejo amigo: la yamanba, el rokuro kubi y el mujina.
Yamanba [山姥]
Rastrear el origen de la yamanba [«la vieja de la montaña», en su traducción literal] es una labor difícil. Como muchos personajes de la literatura popular, probablemente apareció en el folclor japonés desde épocas muy antiguas. Sabemos que su nombre está presente en la literatura oral, y que encuentra algunos vasos comunicantes con otros personajes similares; por ejemplo, con la Baba Yagá, la temible bruja de la tradición eslava.
Algunos autores ligan sus orígenes con una práctica social llamada ubasute [姥捨て, «desechar/abandonar a la abuela», en su traducción literal]. De acuerdo con esta, en tiempos de pobreza o hambruna, cuando los padres alcanzaban una edad muy avanzada y no podían colaborar más con las necesidades de la familia, los hijos solían cargarlos en la espalda y conducirlos lejos, hacia las profundidades de las montañas, en donde los abandonaban a su suerte. Estos ancianos deambularían entonces por el bosque y, presumiblemente, de sus figuras erráticas que de vez en cuando aparecían por los pueblos surgiría la efigie de la yamanba.
Confieso que no he logrado —al menos, no aún— encontrar un texto histórico o académico que otorgue precisión sobre la realidad factual de esta práctica, la cual habita en el territorio de las leyendas desde más o menos el siglo ix. Sin embargo, en el arte —que siempre nos brinda otros mecanismos para verificar la realidad histórica— encontramos algunos ejemplos. Robert Ono, en su análisis The Old in Old Japan: The Imagery of the Aged as Seen in Classical Literature (2015), menciona que podemos rastrear la costumbre al periodo Heian, pues se menciona en el 古今和歌集 [Kokin Wakashū] (905 d. C.), la primera antología de poesía japonesa — 和歌 [waka]—. En este libro observamos por primera vez la palabra por escrito:
わが心慰めかねつ更級や姨捨山に照る月を見て。
[Mi mente nunca encontró paz
mientras miraba el brillo de la luna
sobre el monte Ubasute en Sarashina.]
En épocas más recientes, el célebre escritor Osamu Dazai publicó el cuento «Ubasute» en 1938, un texto parcialmente autobiográfico. De igual forma, el artista Tsukioka Yoshitoshi se basó en el ubasute para hacer su grabado «La luna y la vieja abandonada» (1892), parte de su colección 100 aspectos de la luna. Notable es también la célebre cinta de Shichir Fukazawa, La balada de Narayama, de 1956, donde observamos el trayecto de un hombre que carga a su madre hacia las profundidades de la montaña.
Protagonista de cuentos, novelas, obras de teatro, la yamanba siempre ha fascinado por su carácter rebelde y caprichoso: lo mismo ayuda a personajes a salir de sus tribulaciones, que engaña a viajeros para devorarlos en su choza. De entre todas estas versiones, quiero destacar la obra de Zeami Motokiyo, escrita para el teatro noh en el siglo xv. La yamanba de Zeami es especial pues, a diferencia de otras, es un ser plenamente consciente de su carácter ficcional. En la obra, nos encontramos con un séquito de personas en peregrinación al templo Zenkō-ji. Los lidera una bailarina, la Hyakuma Yamanba, apodada así por haber interpretado tantas veces el kusemai [曲舞, danza narrativa tradicional] que habla acerca de la bruja. En su camino, se encuentran con una anciana que les ofrece hospedaje antes de emprender el difícil camino a través del Monte Agero; pronto, descubren que la mujer es en realidad la yamanba, quien le reclama a la bailarina por haber interpretado tantas veces una danza que la pinta como un monstruo, sin conocer apenas nada de ella.
Esta cualidad es especial pues nos muestra un aspecto de la yamanba que, a mi juicio, aparece velado en otras producciones: su humanidad. La yamanba de Zeami conoce y repudia otras versiones de su historia, y reclama su derecho a existir y trascender pues, como ella misma indica, hay mucho más que decir de ella que sólo su carácter monstruoso. Este aspecto metatextual la vuelve un ser complejo, crítico de una sociedad que condena al monstruo a ser repudiado. Desde la periferia del miedo, la yamanba emite un grito para reclamar su dignidad.
Al caer la noche, la anciana se convierte en la bruja de la montaña y, para sorpresa de los peregrinos y de los espectadores, no vuelve para ejecutar un castigo, sino para lamentarse por la mala fama que le han generado los artistas. Finalmente, la mujer predica la filosofía de la ley de Buda y realiza una danza —kusemai— que muestra cómo una auténtica yamanba recorre las montañas.
Luego desaparece en la noche.
Rokuro kubi [轆轤首]
Aunque no goza de la misma popularidad de la yamanba, desde el punto de vista visual, el rokuro kubi es uno de los yōkai más populares. Muchos hemos visto, seguramente, algunas de sus representaciones en el ukiyo-e: un hombre o una mujer vestidos con elegancia, incluso con sensualidad, de repente sorprenden al resto de los personajes cuando su cuello se alarga y retuerce como una serpiente; en ocasiones, incluso, la cabeza puede llegar a desprenderse por completo.
En su libro Yokai, monstruos y fantasmas en Japón (2014), Andrés Pérez Riobó y Chiyo Chida expresan que el rokuro kubi es esencialmente femenino, y suele relacionarse con las mujeres que trabajaban en las «zonas de placer». «Por otro lado —dicen los críticos—, en algunas zonas de Japón se decía que las mujeres que tenían arrugas en forma de anillos en el cuello eran en realidad rokuro kubi». Al igual que la yamanba, este monstruo tiene características más bien humanas y, en algunos de sus relatos, incluso, lucha por mantener su humanidad.
En su recopilación de kaidan [怪談], el escritor Koizumi Yakumo recopiló un viejo relato sobre el samurái Isogai Heidazaemon Taketsura quien, al haber perdido a su señor, tomó el hábito budista y adoptó el nombre de Kwairyo. El monje Kwairyo se dedicó entonces a deambular por Japón, y en uno de sus viajes se encontró con un hombre muy bien vestido y de exquisitos modales quien lo invitó a que lo acompañara hasta su casa, en lo profundo de las montañas. Una vez llegados ahí, Kwairyo conoció a la familia, todos ellos tenían la misma aura de nobleza venida a menos, y hablaban con él en la misma lengua que se usaba en la Corte. Luego de dormir bajo el techo de aquella extraña familia, unos ruidos amenazantes despiertan a Kwairyo a medianoche y, siendo un bravo samurái, sale de la choza para buscar su origen. Pronto lo encuentra: se trata de un grupo de cabezas, las cabezas de la particular familia, que vuelan de un lado a otro mientras planean con malicia cómo devorarán al extraño monje que ha llegado hasta su casa.
Notable es también el cuento «La salvaje con la cabeza voladora», de la peculiar escritora Arakida Reijō, publicado en su libro Ayashi no yogatari [怪世談, «Cuentos de lo extraño»] (1778). En este cuento, Reijō describe una familia japonesa normal que de repente se sumerge en el caos debido a la llegada de una joven sirvienta cuya cabeza se desprende y sale volando por la noche. La interpretación de Reijō sobre la criatura —anterior a la de Koizumi— se distingue en dos aspectos fundamentales: por un lado, el género del rokurokubi es femenino, y no se plantea la posibilidad de que pueda ser diferente. En este aspecto, la autora se acerca más a la literatura popular en torno al yōkai. Por otro, se trata también de una joven sirvienta, lo cual le brinda un carácter campirano de acuerdo con el contexto de la época.
Según la tradición, cuando la cabeza se separa del cuerpo el rokuro kubi queda indefenso. Si uno quisiera deshacerse de estas criaturas, debe esperar a que la cabeza emprenda el vuelo y, sin más dilación, mover el cuerpo del lugar de despegue. Al no poder encontrarlo, la cabeza del rokuro kubi entrará en la desesperación y, pasadas algunas horas, morirá de cansancio.
Mujina [狢]
Termino este brevísimo bestiario hablando sobre uno de los yōkai menos amenazantes, quizás incluso un poco adorable. El mujina es un mamífero, cercano a la familia del tejón japonés, con el cual comparte ciertos rasgos físicos. Su única diferencia tangible es la capacidad del mujina para tomar la apariencia de una persona, a partir de lo cual suele hacer toda clase de travesuras a los aldeanos o viajeros; en algunos casos muy raros, puede engañarlos para que se internen en el bosque para luego devorarlos. El mujina no debe, por cierto, confundirse con el tanuki [狸], ser que goza de mucha mayor popularidad y cuyas figuras de cerámica normalmente se asocian con la buena fortuna, la prosperidad o el dinero.
De acuerdo con la Enciclopedia yōkai (2024), del mangaka Mizuki Shigeru, el primer avistamiento del mujina aparece en el 日本書紀 [Nihon shoki, «Crónicas de Japón»] (720 d.C.), uno de los libros japoneses más antiguos junto con el 古事記 [Kojiki, «Relato de los asuntos antiguos»] (712 d.C.). Mizuki afirma que el primer avistamiento de este ser data del «año 35 del reinado de la emperatriz Suiko, un mujina se transformó en persona y cantó una canción». Sus habilidades para transformarse en ser humano son aún mayores que las de los zorros, por lo cual es bastante frecuente convivir con un mujina en una multitud, sin que uno se dé cuenta.
Fue también el escritor Koizumi Yakumo quien compiló uno de los relatos más célebres en torno al mujina, el cual tiene, a mi juicio, uno de los finales más contundentes de la literatura. En este, un joven comerciante viaja de noche por un camino solitario donde se encuentra con una joven que llora junto a un pequeño arroyo. Cuando intenta consolarla, la joven se da la vuelta y le muestra un rostro liso, como un huevo, sin ojos, ni nariz, ni boca. El hombre huye aterrado por varios minutos, hasta que se encuentra un puesto ambulante de soba. Cuando, lleno de espanto, le cuenta su aventura al vendedor, este se pasa la mano por la cara y le pregunta: «¿Acaso se veía así?», mientras le revela un rostro también liso. El cuento remata con un párrafo de una sola línea: «Y en ese momento se apagó la luz».
Tanto en su forma bestial como en su versión antropomórfica, el mujina ha inspirado una serie de cuentos, manga, creepypastas y producciones culturales en pleno siglo xxi. Quizás una de las más populares sea el Slender Man, un ser alargado que habita en los espacios liminares de la naturaleza y que también tiene una cabeza lisa como un huevo. Cada una de estas reproducciones es muestra del gran impacto que este y otros yōkai siguen logrando en los artistas, dentro y fuera de Japón.
Hay, en el centro de estudios Nichibunken [Centro Internacional de Investigación de Estudios Japoneses], ubicado en Kioto, una base de datos con varios miles de relatos, imágenes y recopilaciones en torno a los yōkai. Toda esta fascinante colección puede consultarse en línea de manera gratuita. Para Komatsu Kazuhiko —pionero en la recopilación de esta base de datos—, el estudio del yōkai debe pensarse como una forma de estudiar también al humano, pues el yōkai es una extensión creada a partir de nuestras propias visiones, miedos, anhelos. Este texto es quizás eso: una invitación para que alguien se aventure a seguir alimentando el estudio de estos seres, que dicen tanto de nosotros como cualquier otro personaje de la literatura.
El monstruo no debe entenderse a partir de su abyección: hay que resistirse a la tentación de abordarlo desde esta salida fácil. Antes bien, el monstruo —mexicano, japonés— es reflejo de un escenario que puede ayudar, incluso, a problematizar nuestra realidad social, como ocurre con el abandono de los ancianos, denunciado por la yamanba. Quizás, si en lugar de ver a los monstruos como un defecto de nuestro ser, comenzamos a abordarlos como un aspecto o cualidad tangible y cercana, nos encontremos más cerca de expiar nuestros demonios, de conquistar nuestros miedos y, finalmente, de convertirnos en una mejor sociedad.
