Oaxaca, 1979. Su libro más reciente es El arte es un gato (Veinti6 Veinti8, 2023).
Pensé que se trataba de una pelusa pegada en el grifo. Pero luego hubo un precavido movimiento de patas pálidas. La araña colgaba del lazo transparente que le servía para bajar y subir hacia la boquilla. No supe si atraparla en un bote o matarla. Soplé fuerte. Las patas se aferraron al hilo para no caer en la tarja. Podría empujarla con la mano, pero jamás había tocado una araña. Soplé más fuerte, pero el bicho continuaba inmóvil, bajo las gotas de agua que caían sobre los platos y tazas. Tomé una foto y se la envié a tres contactos. Ninguno supo confirmar si era venenosa. Busqué en Google: el arácnido que más se le parecía resultó ser venenoso y de movimientos rápidos. Fui al cuarto por el bote de insecticida. Cuando regresé, había escapado. Tampoco estaba en la barra, ni reptando en los azulejos de la cocina. El último lugar era debajo de los platos. Con una pala de madera levanté despacio los platos. Presioné el insecticida, atento a la carrera violenta del bulto blancuzco. Di un salto cuando sonó el celular. Era un mensaje de Carla.
¡Sigo con fiebre, ven a mi casa, por favor!
No le iba a responder que me encontraba en una situación urgente con una araña. Me tildaría de ridículo y, con mayor razón, me obligaría a ir a su departamento. Levanté los platos. No encontré nada. Era imposible que cupiera entre los agujeros de la coladera. Me alejé para contestarle a Carla.
No encuentro las llaves. Las estoy buscando.
Me arrepentí de haberle inventado un pretexto. Tenía la prioridad de echar un vistazo a todas las paredes de la cocina, al techo y a los rincones del suelo.
Siempre me cuidas cuando estoy enferma. ¡Me siento mal!
Me envió una foto: estaba recostada en el sillón, tenía las cobijas encima y mostraba sólo su cara. Profundas ojeras, cabellos anudados, nariz roja en la punta, como si fuera una curiosa ponzoña.
Sigue tomándote lo que dijo el doctor. En cuanto encuentre las llaves voy para allá.
Desde la cocina podía verlas sobre la mesa, pero sería un error terrible salir del departamento y dejar que una patona venenosa tomara una posición favorable para atacarme después.
La fiebre no me baja. Comienzo a pensar que no vendrás.
Me arrepentí a los pocos minutos. Lo mejor que hice fue pedir un Uber a la casa de Carla, tomar las llaves, una chamarra y salir.
—¿Hola?
Entré al departamento con la misma confianza que lo hacía antes. Supuse que ella quería estar a oscuras. Me sabía de memoria los espacios del departamento.
—Estoy aquí.
Seguí la voz. Percibí un pesado tufo a descompuesto. Me tropecé con un plato de ensalada y noté que el refrigerador estaba abierto, algo anormal, sabiendo que Carla era seguidora del feng shui. Di un paso más y apenas la reconocí iluminada por una lámpara de buró. Por el color rojizo de su cara supe que estaba ardiendo en fiebre. Saqué hielos del congelador y los envolví en un trapo.
—Para que te lo pongas en la frente.
—Sólo quiero que me abraces.
—Hablo en serio. Necesitas destaparte, porque así como estás la fiebre no bajará.
De su cara aparté varios cabellos que parecían largas extremidades. Le coloqué el trapo sobre la frente. Cuando intenté quitarle el montón de cobijas me tiró un manotazo.
—No me toques. Sólo quiero que me abraces. ¿Por qué no lo entiendes?
Me recosté en el sillón con ella. Le acaricié la espalda. Su respiración burbujeaba.
—Métete en las cobijas —rogó Carla.
—¡Claro que no! ¡Estás ardiendo! Tal vez debemos ir al doctor.
No quiso levantarse. Sacó sus brazos para envolverme.
—¿Por qué ya no me abrazas como antes?
Me apretó fuerte. Permanecimos así por un tiempo indefinido. Cuando se quedó dormida, me levanté y volví al departamento.
Al entrar dejé caer las llaves en la mesa. De pronto vino un molesto sonido de alguien que masticaba. Entré al cuarto y vi la televisión prendida: una comedia romántica. Volteé a mi cama y ahí encontré a la araña. Era de mi tamaño, pero más panzona y peluda. Usaba mi almohada de respaldo y sostenía media pizza que yo había dejado dos noches antes.
—Te ves muy mal —comentó, mascando con la boca abierta.
—¿Qué haces en mi cama?
—Hace unas horas… en el lavatrastes…
—¿En el lavatrastes, qué?
—Pues querías matarme.
—Ah, ¿y tu forma de vengarte es aumentar de tamaño y meterte a mi cama con la pizza que tenía para cenar?
—No vayas a ofenderte, pero cuando te vas, soy más libre.
Me senté en la esquina de la cama. Con una pata, la araña señaló hacia la televisión.
—Mira, mira. ¿Ves al tipo ese? Bueno, pues le acaba de decir a la protagonista: «Todas las mañanas salgo y veo este cielo que me recuerda a tu sonrisa». ¡Uy! Si alguien me dijera algo como eso, me enamoro, te lo juro.
—A Carla llegué a decirle cosas muy parecidas. Funcionan por un tiempo, pero no es como en las películas, créeme.
—Lo sabía. Otra vez vienes de estar con ella. No puedo entender lo idiota que eres.
—¡¿Tú qué sabes de mi vida?!
—Sólo te está usando para lo que le conviene. Ya pon tu límite. Todavía me acuerdo de cosas que te llegó a decir cuando vivió aquí con nosotros. Quiero decir: contigo.
—¿Nos escuchaste? ¿Cuánto tiempo tienes viviendo aquí? Olvídalo.
Con una pata tomó el control remoto y le bajó el volumen a la televisión.
—Mira. Ella sólo te quiere para que la atiendas y le sirvas, pero con quien más pasa el tiempo es con… ya sabes.
—¡Ya sé!, no tienes que repetírmelo.
—Te usa y tú de baboso caes de nuevo.
—A ver, ¿entonces por qué no le pide a él que la cuide?
—Pues porque apenas llevan unos meses. ¿Crees que va a dejarse ver fodonga y sin bañarse? No es tonta.
—Esa pizza era mía.
Puso el plato en el buró. Del primer cajón sacó mis cigarros. Encendió uno y le dio una profunda calada.
—Mejor ven a acostarte. Quiero terminar de ver esta peli. La he visto cien veces y me sigue encantando el final. Ya casi se reencuentran los dos. ¡Ay, no, qué belleza!
Me recosté en la cama. Mientras la araña miraba la película, yo miraba sus muchos ojos en tono metálico y sus patas llenas de pelos. Terminó la película y discutimos sobre cine clásico y moderno. Sonó el celular. La araña me agarró de la mano. Nos miramos por unos segundos.
—Es Carla y no puedo evitarlo —le dije.
—Recuerda: ella te usa —murmuró y se levantó de la cama.
Dos semanas después, se vino a vivir conmigo. Aquel hijo de perra le gritaba y la corrió de su casa. Me detuve frente a la sala, visualizando la forma en que Carla y yo acomodaríamos sus plantas y sus objetos de feng shui. Al día siguiente llegó el camión de mudanza. Los días siguientes los pasamos en la playa. Al volver estuvimos acostados frente a la televisión. El mes siguiente invitó a unos amigos a cenar. Hicimos lo que se hace en las cenas, excepto cuando una de sus amigas llevó su plato a la cocina y soltó el grito.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —preguntó Carla.
—¡Acabo de ver una araña! Perdón, me causan repulsión.
—No te preocupes. ¿En dónde la viste?
—Creo que se metió en este cajón entreabierto.
—Amor, ¿puedes encargarte?
Carla y su amiga volvieron a la sala. Entré en la cocina. Tomé el bote de insecticida y abrí despacio el cajón. Vi los ganchos peludos extenderse con cierta flojera y correr hacia el fondo. Apunté, pero no presioné. Las voces en el comedor eran realmente molestas.
—¿Ya la mataste? —gritó Carla.
