Membrana

Mafer Campos

Querétaro, 1989. Esta es su primera publicación literaria.

Una vez amé a un hombre que tenía ojos de pez.

¿Alguna vez le has visto la tristeza en los ojos a un pez? Yo sí. 

Hubo un tiempo en el que ese par de ojos tenía un lustre como de oropel, como si algo hubiera desvanecido de pronto la capa densa que los enturbiaba.

¿Has visto la membrana que tienen en lugar de párpados algunos tiburones? Otras veces, esa capa le abrazaba los ojos y se volvían un charco de agua viciada.

Al principio, bastaba con que lo hiciera reír para que la cubierta se levantara. Subía de golpe como una cortina mecánica, de un tirón, y el fulgor de esos ojos se volvía pura potencia. Yo me quedaba ahí, quieta. Los observaba en silencio, indagando, buscando una entrada, cuando, de pronto, el círculo negro dentro de ellos se ensanchaba sólo unos milímetros para, sólo segundos después, retraerse. Aunque era casi imperceptible, yo veía un abismo en ese par de circunferencias. Sentía cómo jalaban de un delgadísimo hilo anudado a mi entraña y me cortaban la respiración y el latido por igual.

Cuando la cortina permanecía levantada por más tiempo, todo se volvía más fácil entre nosotros. Pasaba cuando él tenía una racha en la que todo le salía bien, y si además en su trabajo lograba desbloquear alguno de esos expedientes acumulados de polvo y penas, la dicha era mayor. 

Gastábamos innumerables cantidades de dinero en cosas que nos prometieran un subidón de placer para que el abismo se hinchara y las compuertas permanecieran abiertas por días, pero cuando volvían a cerrarse y la membrana se instalaba en sus ojos de pez, no había mucho que hacer. Me acostumbré a moverme en silencio a su alrededor y repetía la rutina con la esperanza de que mi calma se le hiciera indispensable. 

Un día, estando en su casa, encontré en el cuarto de triques un cuadro que nunca había visto. Era la pintura de un hombre con unos ojos muy parecidos a sus ojos de pez, pero encerraban una pena mucho más profunda. Estaba hecho de sombras, suspendido en un mar azul de Prusia entre algas y peces que parecían flotar fuera del marco. De la cabeza le salían unas serpientes, como a Medusa, que a lo largo de sus angostos cuerpos de reptiles repetían hipnotizantes los mismos ojos del hombre. No entendí por qué, pero sentí como si un centenar de hormigas caminaran por mis hombros en dirección a mi nuca y mis oídos. Eran ojos de pez que lo distorsionaban todo. 

Cuando le conté a él que sus ojos se parecían a los del lienzo, pude distinguir cómo se cerraron de inmediato las compuertas. Le pregunté quién era y un silencio de fondo marino nos rodeó.

Después de ese día, fue difícil encontrar algo que subiera la fina membrana de sus ojos, y cuando por fin lo logré, sentí una punzada en alguna parte del cuerpo, no supe decir dónde porque estaba absorta sintiendo el hilo que me jalaba desde esa oscuridad. Más tarde, me di cuenta de que no tenía un pedazo de uña, se había despegado de una parte del dedo meñique derecho. Pensé que se me había caído sin darme cuenta o tal vez me había golpeado sin querer, pero había algo en la forma de ese vacío que se sentía inquietante. 

El siguiente fin de semana el abismo de sus ojos se mantuvo abierto de par en par y yo no paré de sentir el vértigo acompañado de las punzadas en el cuerpo. Para cuando regresé a mi casa, al buscarme en el espejo, no tenía pestañas.

Cada fin de semana se me acumulaba un desconcierto: compuertas, abismo, pérdida. Mientras tanto, él no parecía inmutarse. Uno en particular, en una cabaña en medio del bosque, resultó en el desvanecimiento de mis huellas dactilares. No había manera de desbloquear mi celular. Era como si tuviera dedos de anfibio, completamente lisos, perdí mi agarre biológico.

La peor pérdida, la que definió el resto, fue cuando al hombre ojos de pez lo ascendieron para revisar más expedientes de polvo y pena. Cuando me contó, con el abismo negro latiéndole como magma, sentí ganas de vomitar; el hilo que siempre me jalaba de la entraña ahora tiraba de mí con violencia. Su ascenso requería que yo cuidara de su madre enferma. Intenté felicitarlo, pero de mis adentros sólo surgía una voz ronca: emitía algunas palabras y de golpe el sonido se interrumpía. Me dolía el pecho cada vez que lo intentaba. Pensé en las cosas que tendría que posponer, quería aferrarme a ellas, pero sin agarre, ya no podía retenerlas. No mucho tiempo después dejaron de interesarme y pensé que si perdía la voz, él seguro encontraría otra forma de entenderme, de ayudarme a sobrevivir sin palabras; bastaba con mirarnos a los ojos.

Así transcurrieron varios años, y aunque nos mudamos juntos, nunca me prometió nada realmente. ¿A ti sí? Sólo aprendimos a sobrevivir entre su membrana y mi mudez. Eran nuestros abismos haciéndose compañía.

Perdí la fuerza de los brazos aquella vez que, después de no ver el abismo en mucho tiempo, se mostró amenazante. Yo quería gestar algo que me hiciera compañía, que se pareciera un poco a él, que me hiciera sentir fuera de este cuerpo, que hablara por mí. Él y su abismo me lo negaron rotundamente. 

El día que el abismo se desbordó ya lo intuía desde que empecé a notar otra vez el oropel, sin causa aparente, en sus ojos de tiburón. Probablemente tú sepas mejor que yo cuándo empezó. No, no te preocupes, tú también lo notarás un día así sin más. Sin vuelta atrás.  

¿Habías oído alguna vez que los pulpos tienen las neuronas en los tentáculos? Tal vez él, para ese entonces, ya era más pulpo que tiburón y pensaba con los pies y manos; pensaba mientras se movía y tocaba por todos lados. 

Entonces un día, con ese oropel nuevo instalado en los ojos, me dijo que se iba. Intenté preguntarle qué haría yo sin uñas, sin pestañas, sin voz, sin fuerza para cargar; pero no me respondió. Ni siquiera me miró. Seguramente tú también has de estar pensando que era inútil ya.

El punto es que recogió sus cosas y al salir, se olvidó del cuadro del hombre con ojos de pez. Ese que se parecía tanto a él y por el que volvió después. Ese que, desde que lo encontré, me hizo sentir aún más tenso el hilo que me unía a sus ojos de pez. ¿Sí recuerdas que te conté, verdad? 

Tarde o temprano tú también lo encontrarás. Lo sabrás cuando sientas un centenar de hormigas caminando por tus hombros y, en caso de duda, no podrás negarlo cuando te vuelva a deslumbrar el oropel de sus ojos opacos que ya habrás olvidado para entonces. 

Pero no lo busques todavía. El cuadro, digo. Primero dime: eso que tienes ahí, ¿es una uña rota? ¿Crees que las demás, a las que el pulpo alcance, sientan el tirón del abismo como nosotras?

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