Caracas, Venezuela, 1956. Su libro más reciente es A Sun Behind Us / Un sol caído avanza (Akashic Books, 2025).
El juego de té más bonito que he tenido en mi vida es de tamaño miniatura y está reservado para ocasiones especiales. Me lo regaló mi hijo Andrés cuando tenía catorce años y lo había comprado con el producto de su primer trabajo en la biblioteca del colegio. Es una caja redonda con la cubierta transparente, y además de los platitos y las tacitas, trae una tetera mínima, una azucarera mínima y una jarrita para la leche. Todas las piezas son de porcelana y están decoradas a mano. Mi hijo mandó a envolver la caja en una tienda especializada en envolver regalos, y junto con los dos regalos para sus hermanas, terminó de gastar todo el dinero que se había ganado en el colegio.
Corría la Navidad de 1997 bajo la nieve y habíamos llegado a vivir a Estados Unidos año y medio atrás. Mi propósito era hacer un posgrado en literatura para intentar balancear con la mente el estupor ciego del duelo. Mi padre, nuestro mejor amigo y nuestro sostén espiritual, había muerto repentinamente. El golpe de su ausencia había abierto un abismo sin fin en nuestras vidas. La idea del viaje representaba un desesperado esfuerzo por intentar vislumbrar algún bosquejo de línea en el horizonte.
El detalle que marcó la anécdota del juego de té en mi memoria fue que la pequeña hija de una amiga, fascinada con las tacitas, pidió a su madre el mismo juego de té como regalo de cumpleaños. Al momento de escuchar el pedido, mi hijo se apresuró a susurrar en mi oído: «Dile que le compre unas tazas de té de juguete, porque estas tazas son muy finas para el uso de una niña». Desde el momento de silencio que siguió y hasta el sol de hoy 29 años después mi hijo aún sostiene la misma delicada reverencia ante la vitrina de mi adultez: él nunca se dio cuenta de que me había regalado un juego de té para niñas.
Con el tiempo, agregué a la caja unas cucharitas de tamaño miniatura que ya no recuerdo cómo llegaron a nuestra casa, y luego entregué todo el contenido a mis primeras nietas cuando se mudaron de Estados Unidos a Barcelona. Mi deseo es que este juego de té de tamaño miniatura vaya pasando de mano en mano y de generación en generación, como símbolo de una saga familiar marcada por los sueños, la ausencia y el estoicismo.
Cuando Laura, mi hija mayor, cierra los dedos sobre la palma de su mano, la figura de diamante que se forma en el exterior de la mano es igual a la de su padre, pero la bondad sin límites que sobrelleva en las ojeras la heredó del mío. Son muy escasos los detalles biológicos que aún emergen entre ellos por parte de su padre, como la aguda inteligencia matemática de mi hija menor, Diana, y su tímida sonrisa. Aunque dolorosa y nunca nombrada, la ausencia paternal en sus vidas desde sus más tempranas edades contribuyó de lleno a construir la fortaleza de carácter de los cuatro, incluyéndome, como las cuatro patas tamaño miniatura que han venido sosteniendo desde entonces, derecha y equilibrada, la mesa familiar.
