Circos

María Negroni

Rosario, Argentina, 1951. Su libro más reciente es Colección permanente (Random House, 2025). 

El círculo —la pista circular— fue siempre su marca. Incluso en la Roma Antigua cuando las exhibiciones se limitaban a justas ecuestres y a juegos de muerte. Con el tiempo fue ambulante, luego construido, tomó elementos del teatro, del music-hall y en general, de las funciones de variétés.

Debemos al jinete, sargento mayor de caballería y acróbata británico Philip Astley (1742-1814), también autor de un Manual de magia natural, el formato del circo tal como lo conocemos hoy, con sus equilibristas, hombres-bala, ecuyères, contorsionistas, domadores de bestias, tragafuegos, trapecistas, magos, saltimbanquis y pantomimas. También fue Astley quien incorporó por primera vez al payaso, un personaje tomado del teatro isabelino que rellenaba las pausas entre las actuaciones con parodias de malabares, volteretas y bailes de cuerda.

Industria y moda a la vez, el circo está emparentado con las Ménageries, esas casas o albergues de fieras —la Encyclopédie Méthodique de 1782 las describe como «establecimientos de lujo y curiosidad»— tan de moda en la corte de Versalles, que luego derivaron en los parques zoológicos. También tiene vínculos con los hipódromos y, en general, con aquellos espacios donde se asiste a competencias de animales.

Un circo es una máquina de soñar. También es un lugar ubicado «afuera del tiempo», adonde se va para contrarrestar el tedio de lo cotidiano. Todos los artistas de la vanguardia parisina se dejaron embelesar. Todos eran habitués del famoso Circo Médrano, fundado por Jérome Médrano en 1912 y emplazado en el número 63 del Boulevard de Rochechouart, esquina Rue des Martyrs, en la periferia del barrio de Montmartre. Ahí se apersonaban Théodore de Banville, Restif de la Bretonne, Picasso, Erik Satie y Toulouse-Lautrec, entre tantos otros. Baudelaire no faltó nunca, jamás dejó de pasar revista a esas «barracas del jubileo popular», donde se juntaban damas y cocottes, jockeys y pecadoras, empleados y bohemios. «El teatro al que vamos», decían los hermanos Goncourt, «es el circo». Y Théophile Gautier: «No hay cosa más bella que la que no sirve para nada». Sin duda, un gusto por el riesgo y la aventura los empujaba, y también la intuición de que, en el anillo encantado, podían reencontrar el ambiente misterioso del París Medieval o la Isla de los Placeres o acaso algún episodio de los Viajes de Gulliver.

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