Montevideo, Uruguay, 1980. Su libro más reciente es La ciénaga de las revelaciones (Amateditorial, 2023).
El cumpleaños de los gemelos se acercaba y ya era un drama. Como si no bastara con los que ya tenían en casa. El padre no quería hacerles uno «tan a lo grande», «tan de gente rica», porque ellos no lo eran y había que aceptarlo, «¡carajo!».
—¡¿Qué es eso de invitar a toda la escuela?! —le echó en cara a Raquel—. ¡Tengo que pagar por gente a la que nunca vi en mi puta vida!
Y encima estaba la parentela que no se fumaba. Y arriba de todo, que usarían la casa de su suegra para la fiesta, algo que le hacía burbujear la sangre.
—¡Lo único que hacemos es pagar los intereses de las tarjetas, Raquel!
Era de noche y ella estaba metida en la cama. Faltaba una semana para el cumpleaños. Lo único fuera de la frazada era su cabeza. Estaba agotada, pero Raúl no la soltaba. Miraba al frente somnolienta y resignada. Él se desvestía del otro lado, un cuerpo tan peludo que parecía tejido. Los gemelos estaban en sus camas, a oscuras.
—¿Escuchaste, Seba? —dijo uno.
—¿Lo qué?
—Esto —y se largó un pedo. Los dos enterraron las cabezas en las almohadas para reír.
—¡Les estamos regalando la plata a esos hijos de puta del banco, mujer!
—Son niños, Raúl. Van a cumplir nueve años una sola vez en la vida. No seas tan dramático.
Raúl rodó los ojos y se llevó las manos a la cabeza.
—¡¿Qué no sea qué?! ¡¿Pero vos viste cuánto debemos en las tarjetas, mujer? ¡Estos niños viven como reyes! ¡Yo a su edad no tenía ni la mitad de ropa que ellos tienen!
—Vos a su edad vivías en la calle, Raúl.
—¡Andá a la mierda!
A tres días del cumpleaños, Raúl le comunicó que había decidido que ese año no harían más que «una reunioncita» en su casa. Fue por la noche, otra vez, cuando Raquel se aprontaba para dormir.
—Por favor, Raúl, ¿podés elegir otro momento para comunicarme tus cosas?
Afuera caía un diluvio: rayos, truenos, viento y mucha agua. Él se desvestía de nuevo del otro lado de la cama, empapado hasta el tuétano. Los gemelos seguían despiertos en su cuarto: ahora competían por quién se tiraba el pedo más largo.
—Lo del cumpleaños queda como te dije —dijo Raúl.
Hablaba sentado en la cama, de espaldas a Raquel y girando el cuello de vez en cuando para asegurarse que le prestara atención. Tiraba del pantalón empapado para sacárselo.
—Puta madre con esto… ¡pfff! Ahí va una pierna.
Resoplaba y la cama se quejaba con sus sacudidas. Era un hombre grande, pasado de peso. Logró sacar la otra y dejó el pantalón en el respaldo de la silla. Afuera sonó otro trueno.
—Hice cuentas y este año no tenemos plata para hacerles una fiesta tan grande —dijo.
Respiró profundo y suspiró; el aire se atropelló contra el lado de adentro de los dientes y provocó un silbido.
Giró la cabeza. ¿Raquel diría algo? La miró como retándola a que lo hiciera. Ella lo ignoró, concentrada en la nada con ojos somnolientos. Él sintió como si le «tocaran los huevos» y pensó: De mí nadie se va a reír. Ya vas a ver…
La tirantez del aire crujió un poco más. El ambiente se tambaleó como un penthouse en medio de un terremoto.
Vamos a hacerles una reunioncita acá y nada más, ¿entendiste? Algo tranquilo, y que se arreglen con eso. Tampoco puedo estar gastándome todo el aguinaldo en una fiesta de cumpleaños. Tenemos cuentas que pagar.
Volvió la cara a la silla y dio la charla por terminada.
Menos mal que no me salió con nada raro, pensó. Así aprende que cuando digo algo se hace. ¡Qué tanta cháchara al final!
Hubo un movimiento de piernas detrás de él y de repente escuchó:
—Le comenté a mi madre que no teníamos plata para el cumpleaños y me dijo que este año ella se los iba a regalar, así que no te preocupes.
Raúl detuvo la mano que escarbaba dentro del calzoncillo. Una media gris, aun tibia, le colgaba de la otra mano y goteaba sobre el piso de madera. Había sido demasiado fácil, claro. Y con aquella bruja como suegra, cualquier cosa podía pasar.
Se giró para verla. Respiración dramática; boca apretada en un puño y cara de telenovela. Habló lento, bieeeen lento:
—¿Pero por qué hiciste eso, Raquel? ¿Por qué…?
Se detuvo y volvió la cara hacia la silla. El pantalón seguía colgando y había hecho un charco debajo. Agachó un poco la cabeza. Sintió la rabia contenida, años de ira tragada por aquella gente que siempre lo había hecho sentir menos. El tumulto creció en su pecho como un terremoto y de repente se le nubló la vista y tiró la media contra el rincón. Se asustó de su reacción pero se le pasó enseguida. Afuera se escuchaba la lluvia.
—¿Por qué la dejás hacer eso? —lagrimeó—. ¿Por qué tu madre se mete si yo soy el padre y yo digo que este año no se va a hacer ningún cumpleaños?
Afinó la rabia antes de seguir.
—A ver, Raquel, decime por qué.
Raquel lo miró y volvió la vista hacia el frente. La pregunta había sido retórica.
—¡¿Pero por qué siempre la dejás hacer y deshacer en esta casa, la puta de madre?! ¡Decime por qué, mujer!
Ahora preguntaba de verdad.
—Bajá la voz que los nenes te van a escuchar —dijo ella con sequedad. El rostro alargado y fino, con la piel como una pared a medio revocar; había movido sólo los músculos necesarios para hablar. Ni una sola emoción más lo cruzaba.
—¡Que escuchen, mier —se acomodó la garganta antes de seguir gritando —da! ¡Estoy harto de que siempre pase lo mismo! ¡No tenemos plata para bancar el ritmo de vida que llevan! ¡Que club y que piscina y gimnasia y clases de macramé (¡¿clases de macramé, mujer?!) y de violín y las idas al teatro y arriba la escuela armenia que nos sale un ojo de la cara! ¡Y ahora el yoga, por Dios! —¡Yoga! —apuntando las manos al techo.
—La abuela se los paga, Raúl.
—¡Pero yo tengo que pagarles el taxi para ir y volver porque la escuelita de yoga queda en la loma del orto!
—Es una vez a la semana nada más.
—¡¿Para qué necesitan yoga unos niños de nueve años que no trabajan, Raquel?! ¡Yo tendría que ir en vez de ellos! ¡Que tu madre me lo pague a mí!
—Le comento si querés.
—Entendelo de una vez, Raquel: no-tenemos-plata-para-cumpleaños.
—La abuela quiere regalárselos y no puedo decirle que no. Ella va a poner su casa y les va a regalar la fiesta. ¿Por qué te ponés así? Al final no vamos a tener que pagar nada.
—¡Pero yo soy el padre, Raquel! —le dio un puñetazo a la pared y se levantó. —¡¿Sabés cómo me hace sentir esto a mí?! ¡¿Te importa algo cómo me siento yo cuando me pasan por arriba de esta manera?!
Escupía cuando gritaba, y tenía que limpiarse la boca a cada rato.
—¡No me respeta ni en mi propia casa! ¡¿Quién se cree que es tu madre?! ¡Ella hace y deshace acá adentro y vos nunca le decís nada! ¡Ponete de mi lado aunque sea una vez, Raquel, una sola! —estirando la mano sobre la cama para mostrarle el índice.
—Bajá la voz, por favor.
—¡Siempre soy el último orejón del tarro acá adentro! ¡El gil del que todos se ríen!
Ella apretó la cara y lo miro con disgusto:
—No digas pavadas, por favor. —Y enseguida: —Estoy cansada, me voy a dormir.
Se volteó y apagó la luz de su mesita. Raúl se quedó viéndola. Apretó las muelas y no supo si estaba más enojado porque Raquel lo había dejado hablando solo o porque se haría el cumpleaños en lo de su suegra.
Un día me van a obligar a hacer algo que no quiero, pensó; un día van a terminar sacándome de las casillas. Si me siguen buscando me van a encontrar, juro que me van a encontrar…
Salió del cuarto pisando como un orangután y se encerró en el baño. Cuando cerraba tuvo ganas de estrellar la puerta, pero en cambio lo hizo con delicadeza, sintiendo que el pecho le hervía. Después pasó la tranca para que ninguno de los gemelos fuera a meterse medio dormido y lo interrumpiera. No prendió la luz; se sintió mejor en la oscuridad, rodeado de azulejos que no lo juzgaban. La lluvia que caía afuera lo adormiló sobre la taza y tuvo un sobresalto cuando se fue hacia delante.
Me estoy quedando dormido en medio de una cagada.
Trató de hacer memoria si le había pasado antes pero no recordó nada.
Mientras se limpiaba pensó: Así no llegás a los cincuenta, Raúl. Tenés que parar un poco.