Hanabi

Brenda Palacios

Ciudad de México, 1997. Esta es su primera publicación literaria.

La primera vez que vi la belleza de los fuegos artificiales fue en el Yamashita Park en Yokohama, en la celebración del año nuevo. El viento helado del puerto laceraba mi rostro mientras veía a los niños correr hacia las vallas para estar más cerca de las luces, como si tuvieran por objetivo agarrar una, guardarla en la bolsa de sus chamarras y llevársela a casa. 

Fue cuando conocí a Tatsuki san, le gustaba cuando lo llamaba así, aunque para mí siempre fue un poco extraño hacerlo. Con una exagerada reverencia se dirigió a mí, yo estaba sentada en una banca viendo hacia el mar. Lo miré extrañada. Me extendió una polaroid que sostenía con ambas manos. La tomé y la observé, aún estaba un poco oscura, pero se lograba visualizar el cielo iluminado por los fuegos artificiales y en la parte inferior yo, de espaldas, sentada en la banca viendo el espectáculo. Regresé la mirada a él y le agradecí en un pobre intento de japonés. Traté de regresarle la foto, pero no me dejó hacerlo. 

Noté cómo su rostro se empezaba a sonrojar, creo que él también lo notó porque comenzó a caminar hacia atrás y darse media vuelta. Lo detuve del brazo y rápidamente saqué mi celular, abrí un traductor y escribí: «Lo siento, no hablo japonés. Muchas gracias por la foto».

Él se acercó para leer la traducción, cuando terminó me miró, asintió y se fue. Metí la foto en la mochila y me dispuse a irme al hotel. Ya era tarde, aunque sabía que no era peligroso estar afuera de noche, preferí no arriesgarme. La temperatura había bajado, acomodé mi bufanda por encima de la nariz, el aire helado me lastimaba. De repente sentí que tocaban mi hombro, volteé y vi que era él otra vez. Debo admitir que me asusté un poco por la insistencia. 

—¿Español? —dijo con una voz grave. 

—Sí —le respondí y pensé que quizás habría reconocido el idioma en el traductor de mi teléfono. 

—Yo… estoy… apu… aprendiendo… 

—Ah, ¡genial! —dije un poco apenada. 

—¿Quieres… un café? 

Tatsuki san tenía 22 años cuando lo conocí, cuatro menos que yo. Vivía en la prefectura de Kamakura, ahí estudiaba la universidad. Era parte de una familia tradicional y acomodada, su papá era banquero, su mamá se dedicaba a cuidar de los hermanos de Tatsuki san que eran bastante menores que él. Tenía el cabello negro y lacio, intentaba darle volumen peinándolo con sus dedos hacia atrás. Era un poco más alto que yo, muy delgado. Cuando sonreía se le marcaba el hoyuelo de su mejilla izquierda. También tenía tres lunares que formaban un triángulo perfectamente equilibrado en la espalda baja. 

Yo había viajado a Japón como protesta contra el futuro que se había decidido para mí. Mi padre era dueño de un bufete de abogados que yo presidiría. Mi madre no hizo nada al respecto. Creo que realmente, aunque lo hubiese intentado, el resultado hubiera sido el mismo. 

Estaba dispuesta a recorrer una gran parte del país por los tres meses que estaría ahí, el tiempo límite que podía quedarme. Tatsuki san me acompañó 78 días alrededor de Japón. 

A unas cuadras de casa recordé que Samanta me había pedido un libro para completar su trilogía favorita, di vuelta y aceleré para llegar a la librería antes de que cerraran. Me enojé conmigo misma por haberlo olvidado, detestaba entrar a comprar libros sin poder pasar un buen rato entre los pasillos esperando encontrar un título que me llamara la atención. Esta vez tenía que regresar pronto a casa para preparar la cena. 

Compré el libro de Samanta y no pude evitar voltear a ver la sección internacional. Vi un título que busqué por mucho tiempo y no dudé en tomarlo. El camino de regreso fue un poco más rápido y ameno. 

—¿Por qué llegaste tan tarde, mamá? 

—Porque te traje una sorpresa —le dije mientras sacaba el libro que le había comprado. 

Samanta se alegró, me dio un abrazo. Escuché un ruido fuerte que provenía de la cocina y di un salto. 

—Papá llegó hace rato y se puso a cocinar —dijo ella intentando calmar mi susto. 

Caminé hacia la cocina.

—¿Saliste más temprano del trabajo? —pregunté acercándome a él. 

Marco estaba cocinando la sopa favorita de nuestra hija. 

A la mañana siguiente la rutina comenzó como siempre, me levanté a las cinco de la mañana para arreglarme, con la mala costumbre de revisar el celular cuando despertaba noté que tenía un correo con el asunto «Después de tanto tiempo». Me quedé mirando el celular, mi corazón comenzó a palpitar rápido. No quise abrir el correo, me metí a bañar, me arreglé y me salí de casa sin desayunar. 

Manejé un par de kilómetros, me estacioné en una calle por la que no se veía que pasaran muchas personas. Tomé el celular y abrí el correo:

Querida Emma san

Ha pasado mucho tiempo para que esto tome la forma correcta, me he esforzado todos estos años aprendiendo español para decirte lo que tengo que decir sin que la traducción de nuestros celulares omita cosas importantes. ¿Cómo han ido las cosas contigo? ¿Pudiste cambiarle el nombre a la firma de tu papá? ¿Compraste el vestido color lila sin tirantes para la fiesta de tu amiga? Quiero verte, aunque sea una última vez. ¿Puedes venir aquí? Aunque no deseo que me encuentres en esta condición, quiero verte. Entenderé si dices que no, es un viaje largo y costoso. Por favor dime si es posible hacerlo para estar listo.

Espero que estés teniendo una vida feliz, la que me platicaste. 

Con amor, Tatsuki.

Tenía mucho tiempo que no viajaba sola en avión y menos las quince horas que toma llegar a Japón. Desde que conocí a Marco nos hemos acompañado a donde sea que el otro tenga que ir. Solíamos conocer nuevos lugares cada vez que teníamos la oportunidad. Cuando Samanta nació dejamos de hacerlo, nos dedicamos por completo a su cuidado. No ha tenido la experiencia de viajar; las prioridades de ella son muy distintas. La primera vez que le mencionamos la posibilidad de viajar, ella nos detuvo con un rotundo no. No quería faltar a sus clases de canto.  

Llegué al aeropuerto de Narita a las seis de la mañana, tomé el metro y me dirigí al centro de Tokio. Me sentía un poco mareada, no solía tolerar la comida del avión y nunca me la acababa así que decidí ir a comer algo más. Hacía mucho frío, me había prevenido con una gabardina y una bufanda, pero no fueron suficientes. Me iré a comprar ropa térmica saliendo de comer, fue lo primero que pensé. No llevaba mucho equipaje, en realidad sólo llevaba una mochila grande; no me quedaría más de una semana. 

No recordaba el nombre de una cafetería a la que había ido con Tatsuki san, pero recordaba que estaba cerca de la estación, creí que si la veía, la reconocería. Caminé varias cuadras, pero no la encontré. Quizás la habían cerrado. 

El tren a Kamakura salía a medio día, así que me fui a dar una vuelta por las calles principales. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que pisé esas avenidas, pero las tenía muy presentes. Comenzó a invadirme la nostalgia. Las calles son tan limpias y tranquilas a pesar de estar tan transitadas. Los locales siempre caminando a paso veloz y los turistas con la calma que distingue a alguien sin preocupaciones. Ironías callejeras le llamábamos. 

El tren haría una hora para llegar a la estación de Kamakura, una vez ahí debía tomar un autobús para llegar a la playa de Yuigahama. No entendía por qué Tatsuki san había decidido que nos encontráramos en ese lugar, en invierno uno no quiere ir a la playa. Pero no me rehusé. Todo el camino estuve pensando en si lo reconocería, si aún usaba los pantalones anchos que le gustaban. ¿Habrá tanta gente que se me dificultará encontrarlo? ¿Qué sucederá si paso de largo? ¿Él me reconocerá? 

Al bajar del tren tomé el celular para revisar qué autobús debía tomar, pero me di cuenta de que la playa sólo estaba a veinte minutos caminando. Los nervios subían con cada paso que daba, aunque le eché la culpa al frío, en el fondo sabía que estaba emocionada por volver a verlo. Di un par de vueltas mal a propósito. Llegué después de 34 minutos. 

Había poca gente, algunos estaban paseando a sus mascotas, el aire estaba sorprendentemente tibio, quizás era por la hora. Caminé hacia el restaurante que Tatsuki san me había indicado de antemano, después miré hacia la orilla, frente a mí, a unos cuantos metros de distancia estaba él. Lo reconocí de inmediato. Estaba sentado en una silla, llevaba una chamarra gruesa color negro y un gorro. Sentía mi cuello palpitar. Me acerqué y me detuve justo a su lado, sin voltear a verlo. 

—Qué vista, ¿eh? —dije viendo hacia el horizonte. 

No tuve respuesta, por un momento temí haberme equivocado. Volteé para asegurarme de que fuera él, me topé con sus ojos mirándome fijamente. 

—No sabía que se podía ver el monte Fuji desde aquí.

—Lamento un poco no haberte traído a esta playa antes, siempre me pareció un poco fea. Tal vez era porque crecí aquí. Pero tiene una vista mágica —me dijo mientras se levantaba de la silla. 

—No importa, conocí otros lugares asombrosos gracias a ti.

Tatsuki san estaba más delgado de como lo recordaba, debajo de sus ojos reposaban ojeras oscuras, sus cejas eran tan pocas que casi no se le notaban y no usaba el gorro por el clima. Comprendí en ese momento por qué estaba ahí. Sentí como si el corazón se me hiciera pequeñito. 

Dos días después partimos hacia Yokohama, yo había alquilado un departamento cerca del centro. Tatsuki san requería llevar un maletín muy pesado con él a todos lados, se supone que no podía salir a ningún lado sin la compañía de la enfermera que lo ayudaba, pero insistió en que no quería que nadie fuera con nosotros. Agradecí no llevar tanto equipaje. 

En el tren nos sentamos uno frente al otro. Saqué el celular para tomar una foto del paisaje. Tatsuki san me observaba atentamente.

—Me gusta mucho viajar en tren —le dije sonriendo.

—A mí también. Tenía mucho tiempo que no venía. 

—¿Qué has hecho estos años, Tatsuki san? 

—Trabajo es lo que he estado haciendo. Después de graduarme trabajar fue lo único que hice. En la universidad, enseñando… 

—Seguiste los consejos de tu padre, ¿eh? —le respondí. 

—Con algunas excepciones. 

Me reí. 

—¿Y tú? ¿Te quedaste con la firma de tu papá? 

—Sí, algo así. La verdad es que temía un poco que me desheredara. El dinero hace que la vida sea cómoda. Pero sí intenté cambiar el enfoque, por un tiempo estuvimos dando asesorías y servicios gratuitos, al final los inversionistas consideraron que estábamos haciendo caridad. No los culpo. La firma sigue y yo a veces sigo haciendo «caridad».

—¿Eso fue difícil? 

—¿Qué cosa? 

—Acceder. 

Sonreí. —Creo que, si no lo hubiera hecho, quizás no hubiera podido venir aquí. 

Nos quedamos en silencio un rato.

—Tatsuki san, ¿cómo es que aprendiste tan bien a hablar español?

—Lo estudié por años. Aunque la práctica me faltó mucho. 

—Yo creo que lo hablas muy bien.

—Quería que cuando nos viéramos nuevamente, no usáramos los celulares.

 

Era una tarde fría, comenzaba a lloviznar, pero Tatsuki san insistió en salir. Tomé una sombrilla transparente que había comprado y salimos a caminar. No faltaba mucho para que comenzara a anochecer, los bares empezaban a encender sus luces y subirle el volumen a su música. Parecía que Yokohama tenía una fijación por el rock occidental y los bares. 

Cuando llegamos al parque ya había dejado de llover. Nos sentamos en una banca. No, no era sólo una banca, era el lugar donde nos conocimos. Ahora ambos estábamos sentados, uno junto al otro. Había poca gente, pero pudimos observar cómo se empezaba a llenar el puerto. A lo lejos la rueda de la fortuna del Cosmo World se encendió en un tono morado. El viento acariciaba nuestras caras. 

—Emma san, ¿por qué te fuiste?

Guardé silencio. Era una respuesta que había buscado por muchos años. 

—Sentí que era lo que tenía que hacer —respondí después de un buen rato— lo lamento. 

—Yo también creo que era lo que tenías que hacer, Emma san. 

—Sabía que tendrías problemas con tus padres si me quedaba. Sé que los tuviste aun así.

—Perdón por no buscarte después. 

—No esperaba que lo hicieras, me hice a la idea desde antes de irme. Creo que por eso fue más tolerable. 

—Te agradezco por haber venido. 

—Aún recuerdo el sabor del café que me invitaste esa noche, no necesito otro motivo para estar aquí. 

Nos quedamos en silencio. La explosión de los primeros fuegos artificiales lo interrumpió.

—¿Sabes por qué en japonés les llamamos Hanabi

—¿Por qué? 

—Significa flores de fuego. ¿Ves? —dijo Tatsuki san mientras señalaba hacia el cielo—. Parecen flores que se abren. 

Lo volteé a ver, su rostro se iluminó. Una lágrima roja resbalaba por su mejilla. 

Abrí la puerta y el abrazo de Samanta me recibió. Marco estaba sentado en la mesa. Se levantó a recibirme y me preguntó cómo me había ido. Saqué de mi maleta los souvenirs que les había traído. Me senté a acompañarlos a cenar; no tenía hambre. Comencé a contarles los lugares a donde había ido y las cosas que comí. Me despedí de Samanta para irme a dormir.  

Me fui a la recámara, Marco ya estaba en la cama leyendo, tan tranquilo como siempre. ¿Me preguntará algo o sólo lo dejará pasar? Nos miramos, me sonrió. Entré al baño, abrí el agua caliente, esperé a que el agua comenzara a templarse, nunca se tardaba tanto, esta vez me pareció una eternidad. Conforme las gotas tocaban mi cuerpo sentía cómo iban resbalando, mojaban mi cabello, recorrían mi rostro hasta hacer que mis lágrimas se confundieran y bajaran al mismo tiempo. Tardé más que otras veces. Me puse la pijama, me sequé el cabello y me metí a la cama. En mi buró estaba el libro que había comprado antes del viaje, lo había olvidado por completo. Leí el título y la sinopsis, me di cuenta que lo había leído hace mucho. En él, el protagonista también viaja a fin de año, pero él va a Kioto. Desde Yokohama también se puede ver lo bello y lo triste. Marco apagó la luz del buró, nos quedamos solamente con la luz de una vela que temblaba a punto de extinguirse.

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