Guadalajara, Jalisco, 1991. Este es un fragmento de la novela inédita Cantos de Radabathán.
La mañana de las pruebas, el Badeí me hizo despertar antes del alba. Ni en el monasterio, ni en la ciudadela cesaba la actividad en momento alguno. Pero aquella, la hora más fría, era también la más silenciosa. Lo seguí sin saber a dónde nos dirigíamos, sin cruzar palabra o preguntar nada. La mano herida me causaba picazón, estaba sanado rápidamente; me rascaba distraído cuando nos detuvo, mirando desde un balcón hacia una terraza invadida de luces.
Eran flamas, quemadores de aceite debajo de cuencos volcados. La imagen me trasladó al templo en Albane, a sus velas y ritos. Pero en este sitio, la multitud de flamas estaba casi abandonada. Sólo una figura se movía lentamente entre las filas, revisando y remplazando los cuencos aquí y allá, cargando con los más renegridos. Era un artesano de la tinta.
—El aceite del que obtienen el tizne es una mezcla de varias cosas —me señaló hacia otro punto, donde un caldero bullía al fuego bajo un tejaban—. ¿Sabes de dónde viene la tinta?
—No, nunca he pensado en ello.
Se quitó la escafandra, fue la primera vez que lo vi hacerlo en un espacio abierto dentro de la ciudad. Aunque no estábamos a la vista de nadie, rechacé hacer lo mismo. No compartía su desafío por la norma. La herida en mi mano punzó. Continuó:
—Según la composición del aceite, será la calidad del color o la adherencia que se logre. Los artesanos de la tinta tienen sumo cuidado con lo que ponen en esos calderos. Hay mezclas que valen más que otras…
Atento, seguía sus palabras, aún sin comprender lo que hacíamos ahí… poco me importaba. Apreciaba el tiempo junto a él. Durante nuestros días de espera nos presentó varias partes de la ciudad y cómo funcionaba la vida ahí. Admiraba el efecto de su voz cuando contaba algo, la armonía que brotaba de su pecho era cálida y las palabras se enlazaban sin tropiezos, te conducían. Valoraba además que aquel momento, por cualquier motivo, lo había buscado compartir sólo conmigo; no dudé en seguirlo cuando me lo propuso. Desde el balcón, me dio todos los detalles del proceso que se gestaba abajo, de lo que sucedía después de quemado el aceite hasta la formación de las tablillas de tinta sólida. Era necesaria mucha paciencia para fabricarlas.
—Todo esto lo sé porque alguna vez conocí a un artesano de la tinta. La mayoría son viejos, la verdad es que todos deben serlo, no podrías ser joven y dedicarte a esto; tendrías que, por lo menos, tener el corazón envejecido…
El artesano en la terraza renqueaba, llevando un montón de cuencos hacia una orilla.
—Es un oficio que se aprende en los estertores de la vida, aquí corresponde a la Casa de la Belleza instruirlo, como todo lo que venga de hacer con las manos; pero cualquiera que tenga voluntad puede formarse en él. Aquel que conocí había sido un copista, amaba las letras, las palabras y la tinta. Por eso, al fallarle el pulso y tener que alejarse de lo escrito, quiso aprender a fabricar esa sustancia tan cercana a él, «como su propia sangre». Cuando lo conocí, tenía ya varios años dedicándose a esto.
—¿Y así lo hizo por muchos años más?
Sonrió condescendiente. Me apenó interrumpirle.
—Cuando lo conocí, estaba por concluir «su más grande obra»: una sustancia espesa, destilada por varios ciclos, en espera de su último ingrediente. Dijo haberse preparado toda la vida para eso, lo dijo con un anhelo enfermizo. He escuchado lo mismo en muchas partes, casi siempre me repugna —suspiró—. Hay quienes fácilmente se resignan a un propósito y se resguardan en él, dando la espalda a todo lo demás: Un mito que sume todos los mitos, una historia que cuente todas las historias —me miró—, un nombre que evoque todos los nombres —me enseñó los dientes con un gesto de asco.
No podía creer lo que escuchaba. Estaba renegando del dogma, de lo que nos había movido por más de una veintena de días atravesando la tierra y que lo debía mover a él desde siempre; ¿era acaso una prueba? No supe cómo reaccionar, pero no hizo falta. Él siguió:
—Su más grande obra —ese aceite que me mostró hirviendo, esperando la hora de quemarse por sabrá el Eterno cuántos amaneceres, no era sino su propia tumba. ¿Se había preparado toda la vida para morir? Sí. No lo juzgo a él, sino al joven que alguna vez debió haber sido.
Mientras decía esto, abajo, un par de figuras destaparon el caldero. Fue el sonido que hicieron las cosas que vertieron en su interior lo que captó mi atención. Lo que vi: la cabeza desollada de un Innosi desconocido, extremidades partidas, órganos y huesos… estaban agregando todo eso a la mezcla.
—Ahí lo tienes, el último ingrediente de nuestras «grandes obras»: nosotros mismos.
Sentí como si el suelo se deslizara lento.
—La tinta… que usamos… ¿está hecha de…?
—No, no siempre, sólo la mejor tinta. Los viejos artesanos se entregan tanto a su oficio que su mayor anhelo es volverse tinta. Pero no te traje aquí para chocarte con eso. Lo que quiero que observes es que nuestra realidad, tu realidad, no es tan ajena a esto, Radabathán.
Me sujeté del barandal con la boca amarga de hiel, conteniendo las arcadas.
—Tu vida es sólo tuya. Tu vida pertenece al Eterno —contradijo la memoria de mi madre—, ellos preparan su tumba y no podremos saber si vienen desde la cuna con ese afán, pero eso de resignarse a un destino fatal es algo que debes dejarle únicamente a los ancianos y desahuciados. La Torre, la Visión, la profecía que te trajo aquí… sabes bien cuál es el final de ese camino, y si no lo sabes necesito que lo sepas, porque no me voy a cruzar de brazos mientras veo cómo mi estirpe confundida te llena la mente de anhelos enfermizos. Decide por ti.
Miraba al suelo, me faltaba el aire. «Decide por ti» repitió su voz, áspera como la hoja que cortó mi palma, hiriéndome profundo, derribando los cimientos de lo que creía tener más firme. Había abandonado la selva siguiendo un sendero marcado, nunca se me había permitido elegir nada y así creí que debía ser. Estaba seguro de que entregarme al Innos era lo correcto, pero si no lo era, si debía elegir… ¿y realmente qué podía elegir? Si no elegía seguir el camino a la Torre, ¿qué seguía?
De pronto el futuro se cernía mucho más incierto, mucho más terrible.
