Lo que heredan las manos

Crista Aun

Culiacán, Sinaloa, 1971. Su libro más reciente es El silencio de las manos sucias (Fondo Blanco, 2025).

Sólo mi memoria sabe lo que encierra

Elena Garro

Todo comenzó con un Mañana se casa mi hija. Con las luces apagadas y, a pesar de los diez miligramos de melatonina, tengo la mente encendida. Mi marido ronca. Intento recordar a mi madre la noche previa a mi boda. No sé si pasó la noche en vela o si lloró con la cara hundida en la almohada como lo hago ahora. 

Doy vueltas, ya me tapo y me destapo con la sábana. El ventilador es insuficiente. Las persianas hacen de mi recámara un hoyo negro. 

No puedo dormir sólo de pensar que, en el momento en que le pedí a mi madre que me peinara, le arranqué a puños la tranquilidad. Practicó varias veces el recogido; yo tenía una idea muy específica y ella, que heredó el oficio de estilista de mi abuela, se esmeró por replicarla. Silencio el llanto con la certeza de que tampoco ella durmió esa noche. 

Carmen tenía dos años cuando su mamá murió en 1928. Junto con sus hermanos: Herminio, Agustín y Gilberto —que la aventajaban por diez años— heredó un padre paralizado por la viudez. A los tres muchachos se les pidió crecer demasiado rápido y, en poco tiempo, se vieron obligados a salir de Jiménez, Chihuahua. Herminio llegó hasta Indio, California. Agustín y Gilberto se quedaron en Ciudad Juárez, donde, tras aprender de manera autodidacta saxofón y piano, consiguieron trabajo en una orquesta. 

La Güera, como apodaron a Carmen, conservó durante toda su vida un recuerdo vago y difuso; después de todo, sucedió a sus cinco años. Podía describir con nitidez el recibidor de la casa de su abuelo materno, pero nunca el rostro de su padre. Decía: Recuerdo a un hombre muy alto, con botas y sombrero. Lo vi irse, pero nunca volvió. Así describía el momento en que la llevó a la ciudad de Chihuahua, para que su suegro y sus dos cuñadas se hicieran cargo de ella. Luego agregaba: Creo que mi papá murió cuando yo tenía seis o siete años. 

Salgo de la cama y me encierro en el baño. Mañana seré un reto para la maquillista. Hace meses contraté a una profesional que se encargará de nuestro arreglo. Me duele admitir que no adquirí el oficio como legado. Con todo y pijama me meto a la regadera. Cierro los ojos y el recuerdo de mi abuela me empapa. No sé qué hacer con tantas emociones, con la culpa, con estas manos inútiles que apenas saben rizar un mechón de mi propio pelo, mientras que ella, siendo una niña, ya trabajaba en un salón de belleza y se trepaba en un banco de madera para alcanzar las cabezas de las clientas. 

La vida con el abuelo no fue fácil. La orfandad hace que todo se vea con otro lente. Si bien Carmen llevó nuevos aires y un toque de alegría a ese hogar de adultos, no dejó de ser eso, una casa de adultos donde no se celebraba ni la Navidad. Eran pocas y muy esporádicas las veces que sus hermanos la visitaban y, cuando se iban, la dejaban acumulando pérdidas en un mundo que cada vez le parecía más injusto. El abuelo, un reacio y viejo norteño, hacía de su vida un calvario. Me pegaba con el bastón. Una vez, llegó de la calle y me encontró sentada en los escalones de la casa. Me agarró de la manga y a empujones me metió gritando: ¡Sólo las putas se sientan en los portales! Me tenía cansada con su bastón; un día se lo robé, y con todas las fuerzas que tenía, lo aventé a la azotea. Travesuras de una niña que jugaba con piedras. 

Cansados de dejar a su hermana, Agustín y Gilberto armaron un plan. Agus ya estaba casado con Eva, y Beto lo llevaría a cabo. Llegó a casa del abuelo, saludó a la familia, jugó con Carmen y, después de la comida, pidió permiso para llevarla a comprar unos zapatos. Salieron tomados de la mano y nunca más volvieron. En Juárez, Agustín y Eva se hicieron cargo de ella. 

Me desnudo para salir de la regadera, me envuelvo en la toalla, exprimo la pijama y la cuelgo en el cancel. Sigo sin sentir la arenilla del sueño en los ojos. Mi reloj marca las tres con doce; es oficial, hoy se casa mi hija y soy una maraña de pensamientos. Me froto la cara con un algodón empapado con agua micelar, tallo como si pudiera borrar la intranquilidad, la culpa, los gracias, los porfavor, aquellos lo siento que no di y que, cuando me convertí en madre, tampoco me hicieron falta. Jamás he creído que la maternidad sea un apostolado pero, lo que sí creo es que una actúa en automático. Si la criatura da las gracias, pide por favor o se arrepiente, nada cambia, pero ahora, justo en este momento, me muerdo la lengua para no gritar, para no salir del baño, despertar a mi madre y darle los gracias, los por favor, los lo siento y los te amo que no le ofrecí de niña. 

Crecer rodeada de afectos iluminó su vida, sin embargo, los años no pasaron en balde para Agustín y Eva quienes, tras años de intentarlo, jamás concibieron un hijo. Por su parte, Gilberto adquirió una profunda afición por el licor. Carmen fue testigo del desgaste que concluyó en divorcio, y de la adicción que, trago a trago, consumió a su hermano. 

Tenía catorce años cuando, movida por la necesidad, salió en busca de un trabajo. Le gustaba decir que fue la Virgen del Carmen quien la llevó con Margot, una mujer que captó su atención en un restaurante. La Güera se acercó a ella y con timidez, le preguntó si sabía dónde podía conseguir empleo. La mujer la miró con ternura e indagó qué sabía hacer. Respondió: Nada, pero aprendo. Margot era dueña de un salón de belleza. 

Al principio barría. Después, la paciencia con que Margot la cultivó en el oficio fue lo más cercano a lo que ella imaginaba que era el cuidado de una madre. La mujer, además de alimentarla, le enseñó a ganarse la vida. 

Un ligero dolor punza en mis sienes. ¿Qué le diré a mi marido cuando me pregunte por la pijama mojada? Dejaré que piense lo que quiera, sé que a lo largo del día me llamará meoncilla. Tomaré la burla con cariño, así como él tomó los biberones, los pañales, a nuestros hijos que bajo la regadera eran peces escurridizos; como tomó las juntas escolares, las consultas médicas, los partidos y festivales a los que nunca faltó.

El olor a peróxido, permanente o laca fijadora se convirtió en aroma cotidiano. Carmen podía pasar horas viendo a Margot enredando y desenredando mechones, elevando cabelleras sometidas a intensos crepés y ondulando puntas. Le cautivaba la transformación de las mujeres. Pero, sobre todo, podía permanecer, toda una vida, viendo el rostro sonriente de Margot al girar la silla de la clienta, poner un espejo delante de ella y esperar su reacción. 

Carmen siempre llegaba puntual. Era servicial y prestaba cuidado en replicar las formas de Margot para tratar a las clientas. La rutina se rompió varios meses después cuando, una tarde cualquiera, Margot le dijo: Me preguntaron por ti. La Güera se asombró ante la noticia y, sin saber qué hacer, respondió: ¿Quién? ¿Qué querían? Acercándose a ella, Margot susurró: Benjamín López. El nombre fue para la Güera igual que si le hubieran dicho Federico Reyes. ¿Quién?, repitió, alzando la voz de niña. Margot procedió a explicarle que Benjamín era un hombre que trabajaba en Tránsito y que se había enamorado de ella. Ese tipo de noticias suelen agitar los corazones de las chiquillas de quince años y, para el de Carmen, no fue una excepción. Los motivos de Margot jamás estuvieron en tela de juicio porque de ella sólo recibió afecto, sin embargo, cualquiera se preguntaría por qué, junto con la noticia de un galán, no le advirtió que este tenía treinta años, era comandante de Tránsito y, para colmo, casado y con tres hijos.

Querer que la felicidad sea eterna es como desear que el pelo jamás encanezca. Benjamín supo enamorarla. La pretendió como a una princesa, la llevó al cielo y, una vez ahí, la embarazó. El miedo fue equiparable con la dicha de saber que nunca más estaría sola. Por esas fechas falleció Margot. 

El cepillo es un remanso para el dolor de cabeza, desenredo mi pelo recordando cuando hacía lo mismo con el de mi hija. Su pelo rizado siempre me representó un reto. Primero el shampoo y el acondicionador antilágrimas con olor a chicle, seguido del espray desenredante. El ponte durita con los tirones. Luego la partidura en medio, de lado, las ligas, los broches, las pinzas de mariposa multicolor. El recuerdo me arranca una sonrisa, me consuela imaginar que las manos de mi madre y mi abuela se apoderaron de las mías en esos momentos, que justo ahora, es mi abue quien me peina. Me prolongo lo más que puedo. ¡Ay, Güerita, unos meses más y te tocaba todo este alboroto!, le susurro a su presencia. 

Margot le heredó el peinador. Con apenas 16 años y con el apoyo de sus hermanos, se convirtió en la madre de una niña a la que nombró Sandra. En el acta de nacimiento, a pesar de que todos sabían que era hija del comandante de Tránsito, apareció la leyenda grosera e hipócrita de «Hija natural». 

Con el estigma de ser la casa chica, contó con una mano a las clientas. Después, la calidad de su trabajo abrió las puertas del peinador con mayor frecuencia. 

Quisiera quedarme en el baño como si al hacerlo, la presencia de mi abuela pudiera materializarse. Me alegra saber que, más allá del retrato suyo que habrá en la boda, su luminosidad estará presente en el brillo de los ojos de mi hija, en la sonrisa de mi madre, en mi escrupulosidad para que todo salga bien, en las actitudes amorosas de mi tía, en la presencia y carácter de mi hermana. Es imposible que no esté, es por ella que nosotras estamos. 

La niña gateaba en casa cuando tocaron a su puerta. Al abrir, la madre y hermana del comandante la sorprendieron. Lloraban. Antonieta, la legítima esposa de Benjamín, las había corrido de su casa y no tenían a dónde ir. Ahora, además de una hija, tenía suegra y cuñada. 

Cinco años después, llegó Carmelita. La Güera tuvo una razón más para enfrentar la vida con mayor entereza. La prudencia la llevó, en todo momento, a que ella y sus hijas evitaran los lugares que Antonieta y sus hijos frecuentaban. Cada una caminaba por la banqueta con su verdad a cuestas y, a pesar de que jamás cruzaron palabra, reconocían que tenían en común a un hombre mentiroso que juró amarlas. 

Busco otra pijama. Me detengo antes de abrir la puerta que da a la recámara. Qué pinche es la vida. ¿Cómo puede alimentar alegrías y aderezarlas con tristeza? ¿Cómo se va uno de fiesta si se está en duelo? ¿Cómo se baila con un corazón que aún se cae a pedazos? Aún no me explico de dónde sacamos la capacidad para buscar un vestido de novia el mismo mes en que elegimos una urna. El cuarto es negrura. Gateo hasta la almohada. Me abrazo a mi marido. 

Cuatro con veinte. La alarma se activará pronto. Busco otra posición en la cama y pienso en cómo hubiera sido la vida de mi abuela de haber tenido un esposo como el mío. Solía decirme: Tienes un marido de oro. ¡Valóralo! Yo le respondía: Sí, pero a él también le tocó una mujer de oro. No es el momento ni la hora para que piense en esto, en el alcance de mis palabras, en cómo pudo afectarle mi inconsciencia, como si la calidad de un hombre dependiera de las cualidades de una mujer. Por qué, a pocas horas de la boda de mi hija, caigo en cuenta de todo lo que responsabilicé a mi abuela con esa frívola y recurrente respuesta. Cómo me trago esas palabras, ahora que ya no está. 

Llegó el día en que Carmen le cerró la puerta a Benjamín. Las chiquillas crecieron sabiendo quién era su padre, y conscientes de los privilegios de sus medios hermanos. Jamás les faltó algo, pero fue porque la Güera se partió el lomo. Llegó a tener más de veinte empleadas. A todas las instruyó con el mismo cuidado con que Margot la enseñó, pero cuando alguna se ilusionaba con la posibilidad del amor, el desengaño hablaba por ella: ¡No seas tonta, todos los hombres son iguales! Tampoco se guardaba el tan temido: Te lo dije.

Acumuló la amargura que la vida le dio a cucharadas. Jamás permitió que otro hombre le dictara el destino y, con el desgaste de sus huesos y la pesadez de las piernas, construyó su propio imperio. Además de sus dos hijas, fue la matriarca de cinco nietas, un nieto al que amó con especial cariño —quizá porque veía en su rostro a Benjamín—, nueve bisnietos y un tataranieto. Entre sus tesoros se encontraban peluches que cuidaba como quizá alguna vez cuidó las piedras con las que jugaba de niña.

No tiene caso que finja dormir. Me acerco a la habitación de mi hija. Trato de escuchar para saber si está despierta. Bajo a la sala que convertí en salón de belleza. En pocas horas iniciará el aquelarre, llegarán la estilista y las mujeres que somos esta familia. El olor a fijador de pelo aromatizará el ambiente. Tocará la fibra más íntima, la identidad más intrínseca. Será como estar ahí, en ese lugar que mi abuela construyó para alimentar a sus hijas, para que sus nietas jugáramos, para que otras mujeres encontraran en el espejo su versión más hermosa. Un espacio seguro, un empleo digno, el salón al que llegaron legiones de mujeres con preocupaciones enmarañadas y que ella, con la sutileza con que envolvía cada mechón en un tubo, desenredaba, a pesar de sus problemas. Apenas un par de horas me tomó convertir mi sala en estética, mover mesas y sillones, colocar espejos. Monté, en un dos por tres, la ilusión que a mi abuela le costó años. 

Los resúmenes son injustos. Al enumerar los momentos cruciales o determinantes, se corre el riesgo de olvidar los pequeños detalles que sostienen el todo. Si bien los hombres, como su padre, sus hermanos, el abuelo intolerante, Benjamín o los muchos pretendientes que tuvo, marcaron los instantes cruciales de su existencia, fueron mujeres las que apuntalaron los momentos determinantes. Eva la recibió como a una hermana; Margot, como una madre. A ellas se sumaron mujeres que, más que entrar en un negocio, volvían al espacio en el que no importaba parecer un ser mitológico, el fin era reconocer que no estaban solas en sus grandes o pequeñas batallas. 

Escucho a mi marido dirigiéndose al baño. Estoy segura de que no advirtió mi ausencia. Subo para no tener que dar más explicaciones que las que le daré con la pijama. Apenas llego al segundo piso, la puerta de la habitación de mi hija se abre. Sale con el pelo enredado y los ojos chiquitos de sueño. También sus ojeras serán un reto para la maquillista. No dice nada, sólo me encuentra en mitad del vestíbulo y nos abrazamos. Yo hubiera querido entrar sigilosa a su recámara, despertarla con la canción que le dedico desde que nació, en cambio, es ella quien me abraza y susurra: Te quiero, mamita. 

Con casi cien años, las articulaciones moldeadas por la artritis, la memoria teñida con el Alzheimer y el oído cubierto por una toalla de silencio, Carmen cerró los ojos y se quedó dormida. Lo hizo acompañada de sus hijas, en la tranquilidad de su casa y en una cama tibia. Una muerte digna y justa para una mujer que luchó toda su vida. 

Hoy se casa mi niña y yo debo hacer acopio de la entrega de mi madre, de la generosidad de mi hermana y del derroche de amor que siempre obtengo de mi hija, pero, sobre todo, del temple de mi abuela.

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