Guadalajara, Jalisco, 1980. Su libro más reciente es Nada que salvar (Libros Invisibles, 2024).
Primer tiempo
El Gordito macarrónico esperaba del otro lado del campito a que el equipo rival hilvanara más o menos un ataque bien organizado para poder entrar en calor porque bajo los tres palos estaba muriéndose de frío en esa mañana llovida. Le parecía además que ya había pasado mucho tiempo desde la hora temprana en que se había tomado un atole de masa blanco que la mujer que ponía su carrito a la entrada de la estación del tren ligero cada mañana le vendía y que él había tragado junto con unas meta y que le habían calentado los huesos, pero ahora sentía que el frío no venía de afuera, sino de sus adentros y se le estaba haciendo imposible quitárselo.
Mientras la pelota estaba del otro lado, el Gordito macarrónico pensaba en lo que había dejado en su departamento. Mejor, en lo que había sucedido allí. Anoche, mientras veía una serie de dibujos animados en la televisión que le gustaba por cómica y cuyos capítulos veía una y otra vez hasta el hartazgo, tocaron a la puerta: era un hombre al que él le había perdido la pista de forma deliberada un par de meses atrás porque le debía dinero. Él sabía que era mucho varo como para que el otro olvidara el asunto así sin más.
El Gordito macarrónico no tuvo precaución al abrir la puerta y al hacerlo de inmediato pensó, Ya me cargó. O, De esta ya no la libro. O algo parecido. Aunque el Gordito macarrónico es más bien de complexión gruesa y difícilmente alguien se metería con él, dado su volumen y su altura que le dan un aire de fiero tacleador profesional a lo William Perry, el mítico «Refrigerador» de los Chicago Bears, el tipo que había tocado empujó la puerta y con él al Gordito macarrónico que acabó de nalgas en la alfombra mullida de su sala, y que en su caída había fracturado la mesa de centro.
El Gordito macarrónico quiso levantarse pero ya sentía el pie, la bota del otro sobre su cuello mientras le decía Pinche gordo, a poco creías que siendo una Moby Dick prieta te me ibas a hacer ojo de hormiga. Una ballena queriendo pasar por hormiga, qué risa, pinche gordo. Y se largaba a carcajear de forma estruendosa como si empatara sus expresiones, pensó el Gordito macarrónico, con lo que en ese momento pasaba en la pantalla de la televisión. Cosa que no le gustó, porque aquel programa era su favorito y nada más que por eso había contratado un paquete vía streaming para ver los capítulos una y otra vez, como si rebobinara una cinta o viviera metido en un bucle del que no pretendía salir.
El Gordito macarrónico en eso estaba pensando cuando un jugador del otro equipo galopaba por la banda derecha como si estuviera en una carrera de galgos. Pero no era un perro, le parecía al Gordito, era un hombre que llevaba una pelota pegada a los tacos mientras el defensa lateral izquierdo trataba inútilmente de darle alcance. Veía la persecución el Gordito y a él le parecía que su defensa ya había perdido la carrera. Que ni para qué esforzarse más. Que nada más quedaba que el rival se cansara, que durmiera el balón o que él de algún modo mágico resolviera esa situación desfavorable.
Desde una de las bandas, su entrenador le gritaba al Gordito macarrónico que saliera, que dejara los tres palos, que por lo menos se apersonara en los límites del área grande para que el otro no tuviera tanta oportunidad de maniobrar y para, si fuera posible, le cortara el avance. El Gordito titubeó porque el defensa central venía a la par del rival, que con su corrida ya había dejado sembrado y boqueando hacia el medio campo al defensa lateral izquierdo tras una barrida infructuosa. La jugada, eso sí, se desarrollaba a mucha velocidad.
El Gordito macarrónico, antes de que el atacante superara los tres cuartos de cancha, inexplicablemente se puso a pensar en el tipo que lo había visitado la noche anterior. En cómo le había hecho para encontrarlo cuando él, estaba seguro, se había encargado de borrar cualquier huella que lo llevara a su paradero. Lo más seguro es que alguien haya dado el pitazo. Ya no se puede confiar en nadie, ni en uno mismo, se decía mientras veía al jugador galopante acercarse a su portería.
Medio tiempo
Las deudas se pagan. Con lealtad, con dinero, con sangre o con desgracias. Como sea, pero se pagan. Y el Gordito macarrónico lo sabía. Se lo habían inculcado en su casa desde niño y lo había aprendido a la fuerza en el barrio. No había modo de sustraerse a esos pactos a riesgo de acabar maltrecho y con la reputación vuelta un tapete que todos pisan. Las deudas, incluso, en su experiencia habían sido motivo para abandono de amigos y el encuentro de otros. Incluso, para sostener una trama que bien podía llevar al involucrado a estar bajo sombra unos días y luego andar por la calle bajo fianza.
Por tanto, no era la primera vez que le pasaba al Gordito macarrónico eso de deberle a alguien, y mucho menos por los motivos por los que ahora debía. En su libro de vida se registraban deudas de variada índole, desde un caniche que había atropellado y muerto con su primer auto, un vocho, y se había dado a la fuga, hasta un juego de cubiertos de plata labrada que había robado y malvendido y que, pasado el tiempo, el dueño descubrió que él había sido el ladrón y se lo exigió de vuelta. Era su vecino de puerta. El Gordito macarrónico, obvio, no pudo restituirle a aquel lo que pedía y una noche, camino a su departamento, se vio rodeado por cuatro gorilas que le rompieron la nariz, una costilla, un brazo, una pierna y le dejaron los ojos como pastelitos sanguinolentos y verdosos. Les hizo frente, incluso, más allá de sus fuerzas y posibilidades y aquellos, divertidos, se ensañaron con esa bola de carne que rodaba en el suelo. Antes de irse, al oído, uno de ellos le dijo que su deuda de los cubiertos podía irla olvidando.
Y es que estaba el asunto además de que el Gordito macarrónico no sabía guardar tampoco la cordura ni sabía medir el peligro, porque cada que se veía enfrentado, retado por cualquier motivo nimio o de otra envergadura, o simplemente incordiado por algún sobrenombre en su condición, se intuye, abundaban; y no sólo eso, eran de un encarnizamiento desbordado y alucinante: Elefantiásico, Bombadre, Rotoplas, Timbón, y el consabido Moby Dick prieta, no rehuía, antes bien daba la impresión de asumir la postura del rinoceronte, que raspa el suelo con las patas y embiste aquello que tenga enfrente. Aunque siempre sus movimientos sean torpes y desproporcionados.
El Gordito macarrónico anoche le había pedido una prórroga al tipo que le había puesto la bota al cuello. Aquel le dijo Ni madres, pinche gordo, mañana a esta hora vuelvo a que me des mi dinero, de lo contrario te haré tragarte a mordidas mis botas, mira que las quiero, pero no me importa si te las tragas bocado a bocado. Cómo voy a disfrutar verte tragarlas, o No me pierdo ese espectáculo por nada. Algo así había dicho antes de irse… El Gordito macarrónico en el fondo sabía que tenía que encontrar cómo hacer frente a aquello. Como fuera.
Segundo tiempo
Al final del partido, el Gordito macarrónico entrevió, filosóficamente quizá, que el futbol puede ser un medio para ponerse a mano con este mundo inmisericorde, o con la injusticia, o con la desgracia. Pensó particularmente que todo ese dinero que le debía al tipo de anoche no se lo iba a poder pagar, que ya no había modo de pagárselo porque era mucho, y al instante volvió a sentir aquella bota en su cuello, compacta como piedra, y recordó que en aquel momento pensó que la vida se le estaba yendo. Y no sólo por la bota en su pescuezo, sino quizá también porque el corazón podría pararse enseguida y sin avisos, un ataque cardiaco, ya sentía una punzada en el brazo izquierdo, o porque se le iba a subir el azúcar con la sorpresa, o de cualquier otra de esas cosas que se sienten cuando uno se asusta.
La bola sin embargo ya se le echaba encima al Gordito macarrónico: el jugador del equipo rival ya estaba cerca del vértice del área, y el defensa central ya no le respiraba en la nuca, ya los separaban más de tres metros; y del otro lado, hacia el centro de la cancha y por el otro extremo, venían también dos compañeros suyos, lengua de fuera por la corrida. Preveía sus posibilidades, que quizá era solamente una: podía aquella jugada terminar mal para su equipo. Y el futbol entonces no serviría para gran cosa, menos para ajustar cuentas con la vida. El Gordito macarrónico tuvo entonces un ímpetu que luego, nada más él, consideraría casi glorioso: salió corriendo al encuentro del balón. El entrenador al ver que tomaba esta iniciativa comenzó a gritarle al Gordito macarrónico que no, que reculara, que cómo se le ocurría, que se echara para atrás porque el otro con portería sola podría con facilidad globearle el balón y clavar, por lo avanzado del reloj de juego, el gol del gane. Y si ese resultado se daba quedarían fuera del campeonato. Esto no lo dijo el entrenador, pero todos lo sabían.
Y estaba el factor, además, lo pensaba el entrenador y todos sus rivales, de que con esas piernas como moles seguramente llenas de várices y nata gelatinosa que ocultaba siempre con un pants, ya no le iba a dar tiempo de regresar a la portería. Que quién chingados lo había convencido de que esa Moby Dick prieta sería buena para detener balones bajo los tres palos. Que quién chingados iba a pagar los platos rotos de semejante decisión a todas luces desproporcionada, cuando no lunática. Quédate ahí, le gritaba. No salgas. Quédate ahí, con una chingada.
En ese trance el Gordito macarrónico recordó cómo le había quedado debiendo al tipo que le había puesto la bota negra y cueruda sobre el cuello anoche en su departamento: había sido una época de malas decisiones, un rosario de equívocos al que no supo ponerle fin, solamente alejarse, esconderse. Pero la deuda existía y el cobrador había aparecido. El Gordito macarrónico no podía esconderse más. Y no pensaba hacerlo tampoco, a diferencia de otras veces.
Tiempo extra
El Gordito macarrónico no se detuvo, no se arredró ante los gritos de su entrenador, antes bien, sintiéndose un bólido empuñó las dos manos y fue con un ímpetu de ferrocarril desbocado (o desrielado, quizá es más idóneo este verbo) al encuentro del balón, o del rival, porque en ese momento, también inexplicablemente, recordó aquella regla de oro de las cascaritas de barrio: o pasa el balón o pasa el mono, pero nunca los dos. Las metas (y, quizás, los residuos del atole blanco de masa mañanero) lo jalonaban, lo aventaban, lo llevaban en vilo como si fuera, paradójicamente, hoja de un árbol caído.
Pensaba el Gordito macarrónico en el tipo de anoche cuando por fortuna para él y los suyos su puño derecho dio de lleno en el balón para despejarlo hacia una banda. Sintió cómo atravesaba el cuero, lo volatilizaba. Se hundía y lo partía en dos. Por lo menos, eso fue lo que pensó él, porque cuando se repuso de la acción vio al rival sobre el césped, con la boca destrozada y sangrante. También vio cómo el balón entraba a su portería y enseguida estaban ya los compañeros del caído encarándolo, echándole montón, dándole zapes, dos escupiéndole, jalando el resorte de su pants para luego soltarlo y que se le zampara en las nalgas.
Los compañeros del equipo del Gordito macarrónico trataron de hacer una muralla entre su portero y el equipo rival y aquello francamente ya estaba en la fase de una campal. En medio, el entrenador se le plantó a la cara al Gordito para recriminarle su salida tan a lo pendejo, que quién respondía por ese gol en contra, pero el Gordito macarrónico estaba más preocupado por los rivales que le buscaban con puños, saliva y pies que de lo que aquel hombre vociferara. No lo aguantó y se deshizo de su entrenador de un empujón. Lo vio en el suelo y lo olvidó, pero aquel, desde allí, como podía se debatía entre la tierra del campito y los pies de los peleoneros.
Penales
Cinco por cada equipo
Equipo del Gordito macarrónico:
1. Sus compañeros le contaron al Gordito macarrónico, echando caguama a un lado del campito acabados el partido y la trifulca, que la escena del encontronazo con el rival fue como si aquel, en su carrera meteórica, se hubiera topado con un muro y chocado de frente sin meter las manos ni nada.
2. Qué había sido apoteósica esa imagen en que estrelló su quijada con aquella roca dura y nudillosa que era el puño del Gordito macarrónico.
3. Le dijeron también que le habían exigido al entrenador que se tragara aquellas palabras de que quién chingados lo había convencido de que el Gordito macarrónico sabía porterear. Porque de eso, además, ellos sabían mucho.
4. El entrenador tuvo que irse con la cola metida entre las patas y prometiendo que al siguiente partido iba a respetar la hechura del equipo. Es decir, que el Gordito macarrónico tenía su puesto asegurado de guardameta titular.
5. Y, además, se llevó muchos raspones y moretes por haber ido a dar al suelo de tierra del campito, donde más de alguno de los rivales aprovechó para también atizarle.
Rivales:
1. El Gordito macarrónico daba un trago a la caguama y la pasaba a otra mano y pensaba que el tipo iba a volver esta misma noche de domingo.
2. Y que la escena se repetiría: él en el suelo con la bota del otro en el cuello. Aún con toda su humanidad, esa premonición no le gustaba mucho.
3. Pero sonrió maliciosamente al idear que, tras confiarse de aquel de que lo tenía sometido, lo atenazaría de un tobillo, lo voltearía de cabeza y azotaría esta en la mesita de cedro del teléfono.
4. Tras levantarse trabajosamente, el Gordito macarrónico se sentaría sobre él y lo último que alcanzaría a escuchar sería cómo se romperían aquellos huesos que le darían lástima de acabar pulverizados bajo sus nalgas apestosas.
5. Esa escena, con esa secuencia y resolución, por lo menos, él la tenía en su cabeza.
Muerte súbita
El domingo siguiente en el campito, acabado el juego amistoso en el que perdieron por goleada porque el Gordito macarrónico estuvo todo el tiempo distraído, mediando la caguama, este les contó que el sábado anterior un tipo había tocado la puerta de su casa y que él no se había movido del sillón desde donde veía la serie de televisión que más le gusta y que para saborearla cuando se le antoja paga una suscripción mensual. Pero que ante la brutal insistencia de aquel había caminado a la puerta, quitado el seguro y abierto y al instante recibido un vendaval de golpes, tantos que acabó en el suelo del centro de su sala, despatarrado, desglobalizado, mejor dicho.
Les contó también que muchos lo han buscado pero que muy pocos lo han encontrado. A los golpes, les aclaró. Y que este tipo era uno de esos pocos, escasos, que se atrevieron a enfrentarlo dada su estatura, su corpulencia, la extensión de su estómago y todo aquello que lo convertía en una fiera mole indestructible, o por lo menos inabarcable. Porque ese tipo volvió al día siguiente, el domingo, ese domingo en que se había desatado la trifulca ahí en el campito y él, de un guantazo, había sentado al entrenador por gritarle y escupirle a la cara.
Silbatazo final
El Gordito macarrónico prefiere los mares cuyas corrientes son más recias, más alevosas, si se quiere. Años atrás siempre se las arreglaba para pasar las semanas santa y de pascua en Maruata, porque esa playa le proporcionaba la adrenalina de saber que se enfrentaba a una especie de mar no domesticado, que bien podía revolcarlo pero también permitirle tener tardes de gozadera ininterrumpida. Pero una cosa es el disfrute, es decir, disponer de aquello que provee de momentos que hilvanados pueden dar una idea de felicidad instantánea y otra muy diferente es recibir una oleada de golpes venidos también de un movimiento furioso y desbocado, como fue la presencia del tipo con quien tenía una deuda que amenazaba con volverse eterna.
Al final de esa noche de domingo, más bien, al final de la golpiza, que el Gordito macarrónico había imaginado con distinto transcurrir y distinto desenlace, supo que si bien hay momentos en la vida en que se tiene la sensación de poder dominar el mundo a placer, en contraparte hay otros en que el tamaño de una hormiga da la idea más cabal de nuestra estatura respecto a lo que acontece a nuestro alrededor. Somos minúsculos, ínfimos, casi nada, pensó más de una vez el Gordito macarrónico al tiempo que trataba de eludir aquella lluvia de patadas y puñetazos que el tipo al que le debía le estaba propinando en el centro de su sala, en su departamento, en su territorio, que hasta entonces había sido inexpugnable.
Es cierto también que el Gordito macarrónico había aprendido en la calle, en su barrio, la Consti, donde nació y creció lo que creció, que fue algo considerable, que de las calamidades es difícil escapar, cuando no imposible. Se acordaba muy bien de aquello que decía el papá de un amigo de su cuadra: La gran tragedia de los pobres, de los jodidos, es que su situación en cualquier momento se puede poner peor. Y así justo le había pasado al Gordito macarrónico con su vicio, con su arrastrar deudas, con su esconderse de lo que en algún momento le iba a echar guante; del tipo, en fin, que una noche antes lo había hecho polvo sobre la mesa de centro de su sala, que acabó hecha polvo también. Porque el tipo no se había ido contento, cansado de tanto golpear se dijo insatisfecho y que no iba a dejar así su malestar, que volvería a ese departamento a darle otra dosis virulenta si el Gordito macarrónico no le pagaba. No lo hizo tragarse sus botas, le aclaró, pero lo amenazó con que aquello no sería lo último que sabría de él.
Lo de su apego al mar y sus corrientes le había acarreado también al Gordito macarrónico una serie de vicisitudes y contratiempos, además de otro largo rosario de motes y burlas: Cachalote pobre, Orca parada, Globo aerotástico, Jabalí de agua, Puerco oleoso… eran tantos y de tan marcada saña que él había ido relegándolos al olvido en la medida de lo posible y nada más los recordaba cuando se los recordaban y él, entonces, a estos que traían de vuelta del fondo de la historia esos apodos se las recordaba sonoramente. Y ahora que contaba lo sucedido el domingo anterior en su departamento, quién sabe con qué intención porque no lo sabía, el Gordito macarrónico de algún secreto modo se estaba dejando llevar por una nueva corriente oceánica hasta un sitio donde esa escena pudiera evaporarse y quedar así, sola, única, abandonaba, flotando en la tarde.
