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Lo que antes era exacto ahora no encuentra su sitio. Claudio Rodríguez Paseo por el Puente de Brooklyn y pienso en los poetas que me han precedido abriendo sus buenos poemas a la hospitalidad. ¡Qué perfecto ruso era aquel que dijo que éste sería el mejor lugar para despedirse! En mi cerebro se cierran las puertas del tren que lleva a ese oscuro cielo bien llamado Paraíso. No se regresa de donde no se va, dice un proverbio. De acuerdo: todo se consume demasiado pronto en la lejana región de los veinte años. Puedo leer aquí a Wallace Stevens, dedicar un año de mi vida a comprenderlo, y siempre sacaré algo en limpio, como una música privada que no se va de la cabeza, al contrario, la vuelve frágil y confusa igual que un buen consejo. A cierta edad se hacen crueles las estaciones, se vuelven páginas en blanco de oreja a oreja, o mejor dicho de boca a boca, con sorna y gotas ácidas de filósofo cabrón. Somos abyectos al rojo vivo, a cierta edad. Pero me pregunto si es justo pervivir en medio de una batalla cuando todos los demás yacen en sus lechos esperando que el Señor venga a salvarlos. Este Puente de Brooklyn trae el éxtasis de la tierra prometida, pero a mediodía es una ruta para insectos y ciclistas, y de noche relampaguea en él un corte de bisturí para extraer el corazón de su dulce reposo. ¿Entonces definitivamente es esto lo que tenemos, un pie vacilante al que un incendio empuja a saltar?
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