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En el tiempo de las cenizas / José Adiak Montoya PDF Imprimir E-Mail

Mientras desciende, el frío aumenta, acalambra, los huesos parecen desnudos ante la sensación. Una oscuridad grisácea lo cubre todo, como una tiniebla incompleta reptando por las paredes, subiendo por sus zapatos, sujetando sus piernas. A su lado camina la otra, se llama Angélica o Ángela, algo que ver con ángeles y alas, ahora no recuerda el nombre, pero sus pasos también resuenan en eco mientras el médico, adelante de ellas, avanza sin pormenores, sin miedos, tal vez silbando una canción primaveral en su cabeza.

      Lleva apenas tres horas de conocer a Angélica o Ángela, lo que es suficiente para que el nombre aún se confunda en su cabeza, para evadir pronunciarlo y evitar la pequeña vergüenza de equivocarse, seguro que ella recordaba el suyo, cómo no habría de hacerlo, había sido ella quien la había citado, quien la había rastreado, quien dos días atrás la había ido a buscar a su casa, no la había encontrado y había dejado aquel papel escrito con su letra misteriosa diciendo necesito hablar con usted de suma urgencia, lo antes posible, un amigo nos necesita, la espero mañana en el café X a la hora X, y luego la firma que ya no recordaba.
      Llegó a la hora citada, pero A llegó más tarde, sólo un poco, no esperó mucho, odiaba esperar. Vestía un negro casual, nada ridículo, nada que dijera soy una viuda o vengo de un funeral. Mucho gusto, Isolda, disculpe, ¿esperó mucho?, bien, disculpe igual, bueno, es un asunto referente a un amigo en común, un amigo en el exilio desde hace varios años. ¿Se acuerda de Echeverría? El nombre sonó en su memoria, la revolvió levemente. Echeverría emergió de su recuerdo, surgió fácil, había sido un muchacho tímido de su grupo de amigos al iniciar la escuela de Leyes, solían salir mucho juntos, todos ellos, todo su grupo de estudio, había querido mucho a Echeverría, hacía cuánto de eso ¿treinta y cinco, cuarenta años? ¿Hacía cuánto que se había ido del país? ¿Veinte años tal vez?... Sí, Echeverría, claro, lo recuerdo muy bien, ¿qué pasa con él?, A le extendió un sobre, ella lo tomó, del interior sacó un papel, al desdoblarlo cayó sobre su regazo la foto de una anciana, unos ochenta años, maltratada por el tiempo, carcomida por la tristeza que lo carcomía todo en ese país, su mirada vuelta hacia un horizonte que parecía estirarse cada vez más lejano. Isolda puso la fotografía sobre la mesa (la misma fotografía que ahora sostiene en una de sus manos, mientras desciende al frío de la morgue, guiada por el médico), dirigió sus ojos a la carta, en la lejanía de los años le pareció reconocer leves vestigios de la caligrafía de su compañero de estudio... y es por eso que aquí, desde este exilio al que se ha acostumbrado mi cuerpo más nunca mi dolor, acá tan lejos, sin saber más pormenores de su muerte que el hecho de que ha muerto, les pido este favor a ustedes, han pasado tantos años y no puedo volver, son los únicos contactos que pude rastrear de mi vida de hace ya tanto. Por eso, A... te pido como un favor de vida, con la mano temblorosa, que encuentres a Isolda y las dos juntas hagan esto por mí, mi madre no merece ser el cadáver de un perro, mucho he sufrido extrañándola y mucho más sufro ahora que ha muerto lejos. Sé que han sido años, que Isolda tal vez no me recuerde o tal vez ya no viva, pero les pido esto con todos los nervios de mi alma... Con la luz alicaída de la morgue Isolda echa un vistazo a la fotografía, la anciana sonreía para siempre en ella. Tiene el impulso de sostener la mano de A, pero no es tonta, sería ridículo, ni siquiera la conoce.
      ¿Cuál de todos esos bultos sería ella? ¿En cuál de todos esos bultos blancos se encontraba, ahora apagada por una mueca rígida, la sonrisa de la fotografía? El médico prende un interruptor, una luz ofensiva lo llena todo, revelando lo amarillo y descuidado de la bata del doctor. Hace ya semanas que está acá, no no, no señora, no está en las mesas, la tenemos en gaveta, creímos que nadie venía por ella, ustedes llegaron a tiempo.

En el café, luego de leer la carta, Isolda sintió una náusea de tristeza, sus ojos, acuosos con facilidad se llenaron de nubosidad. Cómo sería ahora Echeverría, obeso, encorvado, calvo, arrugado, entrecano, cómo, cómo... él ni siquiera sabía si ella seguía viva, pero la recordaba. El tiempo sí había hecho todas esas cosas con ella: obesa, encorvada, arrugada, entrecana, miope y llena de heridas de nostalgia en todo su cuerpo. Vive en la casa de siempre, bajo las mismas normas opresivas por las que tantos, como Echeverría, se habían ido o habían muerto... ¿Entonces, qué dice, Isolda? ¿Cuándo podemos ocuparnos de esto?, pues, yo digo que ya es demasiado tiempo, deberíamos ir ahora mismo... Era una maravillosa cantante en sus mejores días, era cubana, yo vi sus fotos de niña en La Habana, maravillosa, salió de allá hace mucho, antes de todo, mucho antes de los barbudos. Nunca vio con buenos ojos mi actividad, siempre dijo que terminaría muerto. No fue así, tal vez para ella hubiese sido mejor que lo fuera, así pudiera haberme ido a visitar al cementerio cada semana y no vivir la tortura de escribirnos de lejos, de sabernos vivos pero imposibles. Yo recuerdo su voz, siempre su voz de bolero, siempre los boleros...
      Y ahora abren la gaveta, donde la sonrisa se ha marchitado, donde los ojos se han quedado sin horizonte, las manos agarrotadas no sostienen más la ilusión de abrazar al hijo, las piernas ya débiles antes, ahora rígidas... el médico ve a las dos mujeres. Isolda vuelve a ver la fotografía y reconoce en ese trozo de carne pequeños vestigios de la anciana del papel. Extiende la imagen, A la toma mientras su otra mano cubre su boca del hedor a formalina y ligera putrefacción que ha aumentado desde que se abrió la gaveta. La mirada del médico interroga aún más, se vuelve pesada, los ojos de las mujeres como pájaros nerviosos chocan con él. Asienten. Es ella.
      Luego de leer la carta de Echeverría, Isolda supo que no podía perderse tiempo, contuvo por unos instantes la mirada desconocida de A y le dijo deberíamos ir ahora mismo. En su piel aún pesaba cada palabra escrita en ese trozo de papel blanco, esos garabatos trazados con tinta verde por una mano temblorosa desde a saber qué punto del exilio, desde a saber qué rincón del dolor. Supo que había que cumplir, vamos ahora mismo, acá están los datos, ¿y usted cómo conoció a Echeverría? Las mujeres se levantaron, no se habían tomado nada juntas, Isolda pagó su café al momento que lo sirvieron, mientras esperaba. Caminaron hacia afuera. A Echeverría lo conocí hace ya mucho, rememora A mientras sus tacones marcan la prisa extraña de las dos mujeres, lo conocí en mi primer trabajo en un bufete, nos hicimos muy amigos, entramos juntos al Movimiento, yo me quedé, él...
      Muy bien, señoras, yo me encargo de todo lo que resta, ustedes tienen unos papeles que firmar. El médico vuelve a cubrir la carne sin vida de la mujer, por ahora pueden dirigirse a recoger los efectos personales de la occisa, síganme... de forma más veloz de la que habían descendido vuelven tras sus pasos, emergen a la superficie del hospital que no es más que una entre grisácea y amarillenta luminosidad, las paredes raídas, los olores revueltos, todo es ajeno a sus vidas, todo es un sueño extraño, una nebulosa densa que las envuelve. Llegan a una especie de bodega mediana, llena de cachivaches anónimos. El doctor, rápido se dirige a un compartimiento extraño para la vista de las mujeres, una inmensa gaveta que hace falta que el hombre tire con la fuerza de sus dos manos, de allí extrae dos bolsas negras, plásticas, unas cintas adhesivas rezan el nombre de la muerta, el segundo apellido de Echeverría dibujado en un marcador rojo por una mano ligera, insensible, llena del tedio de la muerte, como el médico, lleno de muertes en sus ojos, tan arropado por su manto oscuro que tal vez ya ni pensaba en la propia, en la suya, en su muerte un día cualquiera... éstas son las pertenencias de la difunta, se dirige a un escritorio apostado a la entrada de la bodega, pasa su índice recién humedecido por un tarjetero que lleva semanas sin ser perturbado sobre la mesa. Acá está, saca una tarjeta y la extiende, A la toma, es la lista de pertenencias en la habitación al momento de la defunción, necesito que revisen las bolsas para que verifiquen que todo está en orden, yo me retiro por el momento para arreglar la salida del cuerpo y les traigo los papeles para firmar.
      Sí, todo estaba en orden. Echeverría no había conocido esos tres vestidos que su madre nunca usó en el hospital, tal vez ya ni siquiera reconocería a su madre, tantos años, se marchó un día, clandestino y sin decir adiós, como los que murieron... no la reconocería, distorsionada por el tiempo y los años de la vejez, no reconocería nunca esas pantuflas atrofiadas, aún con olor a ella, un olor también lejano, ¿quién había sido? Sólo el espejo tal vez lo sabía. Dos mujeres compartiendo la muerte de una tercera, manoseando sus últimos atuendos y la retratera que se llevó al hospital con la foto del hijo eterno y joven... un rito sin nombre, su sepelio, la bodega extraña de un hospital, dos desconocidas sucumbiendo ante la existencia completa de una tercera desconocida... y es que no me alcanzan los ojos para llorar más lágrimas, crémenla, quiero que sólo sea cenizas, que su cuerpo no sea para la podredumbre, ya mucho mi ausencia, su soledad y la enfermedad laceraron ese cuerpo que yo nunca pude imaginar frágil, en un mes a más tardar te haré llegar dinero para cubrir todo, pero... un cepillo de dientes con las hebras disparejas, revueltas por las palabras que pudieron quedarse atrapadas en él, murió sola, sin nadie, el miedo de Isolda a la soledad fue huésped en esas ropas que ahora tiene entre sus manos, frente al silencio de su inesperada compañera. ¿Quién era ella también?, ¿cuál era la diferencia entre la madre de Echeverría y A? Ahora, allí, ante la muerte exhalando un vaho tibio en su oído, mirando a A en silencio pasar revisión de los bienes descritos en la tarjeta, fuera de las bolsas, ella, extraña de tres horas, transeúnte anónima de la calle, ella también pudo haber usado esa ropa... por favor no la dejen sola hasta en la muerte.
      El mar, las cenizas al mar, el mar que la trajo de Cuba, el mar a quien le escuchaba cantar sus boleros, el mar donde murió una poeta que una vez quiso.
      Sí, todo está en orden, a Isolda le pareció ver unos leves nubarrones de lágrimas en los ojos de A mientras sostenía unos zapatos seminuevos, vacíos, zapatos con la vida en pausa. Vuelven a meter todo en las bolsas, en sus manos cosquillea un extraño respeto por la vida, por lo bello en lo anónimo.
      Afuera, el pasillo es un concurrido vaivén de almas quebrantadas, allí, los rostros parecen coladores de la vida, allí, los amores penden de un hilo, la incertidumbre, la angustia camina llenando de viscosidad los pasillos del hospital. Isolda y A se sientan en un banco junto a otras almas de angustia, ninguna rompe el hielo, ninguna de las dos atraviesa esa fácil barrera que resulta a veces lo cotidiano, cada una se aferra a una bolsa distinta con las pertenencias de la madre de Echeverría. ¿Qué hacer con esto?, los desechos de una vida, una vida completa, con todas sus noches y sus días. Sus pensamientos trazándose con fuego en sus cabezas, una vida completa se escribía atravesando su carne, mezclando la tinta de su pesadez con la sangre que corre en sus cuerpos.
      Como un relámpago que desgarra sin aviso la calma, ante sus ojos aparece un formulario que extiende un enfermero joven, muy joven, sus ojos aún no contaminados por la muerte, pero hay una levedad de vida en su aliento... el doctor necesita que firmen esto. Todas las firmas, todas las respuestas le corresponden a A, ella había recibido la carta, para Echeverría Isolda tal vez ni existía... Isolda tal vez no me recuerde o tal vez ya no viva... pero sí vive, está ahí, respondiendo a las preguntas y dudas de A en las casillas de los formularios, muchos datos que desconocen son inventados en complicidad por las dos mujeres, formalismos, Isolda, formalismos. La decisión más difícil es elegir la funeraria donde se llevaría a cabo la cremación, entre las tres con las que tiene convenio el hospital eligen la más cercana, ninguna de las dos tiene experiencia previa en el asunto, A había perdido a su esposo hacía casi una década y de todo se habían encargado sus hijos, hijos cercanos algunos, lejanos otros como Echeverría de su madre...

Las horas que siguen son una densa confusión en la memoria de las mujeres. Hablan de sus vidas, queriendo con sus palabras empujar, por el momento, las imágenes que acababan de vivir. Salen del hospital, caminan a un parque mientras en la funeraria el horno crematorio reduce a cenizas el cuerpo abandonado de la señora. Hablan de tormentos, sonrisas, hijos, nunca me he casado, no se dio la oportunidad, miedo sí, la soledad aterra, la imagen de la gaveta de la morgue abriéndose, eso era la soledad, ¡Dios mío! ¡Qué solos se quedan los muertos! Pero todo está bien, amores muchos, risas de ambas... pero era la hora, la ciudad asediada de taxis, uno para ellas. Hacia la funeraria.
      Todo fue silencio de nuevo.
      Al llegar se identifican. El sobrio silencio del lugar las incomoda, acrecienta su recién recobrado mutismo. A se muerde las uñas, Isolda con la vista perdida en los vitrales coloridos... tal vez un día pueda regresar, querida amiga, pueda agradecer en persona este favor que la distancia hace aún más grande, te merecerás el mayor de los abrazos, un día, cuando todo lo que sigue pasando allá sea referencia antigua, cuando pueda sentir de nuevo ese sol que extraño, el sol es distinto acá, todo es distinto acá, la muerte es más honda acá... más papeles, más firmas, más silencios, la funeraria vacía, es como si mil fantasmas bailaran alrededor rozando sus cuerpos.
      Espera de minutos sin fin. Una caja de plástico blanco. Dentro están los restos, ya pueden retirarlos. ¿Quién los toma? Isolda no tiene valor, A fue quien recibió la carta y es por eso que ahora sostiene entre sus manos los restos de una vida...
      Por siempre agradecido con ambas.
      E.
      Ahora restaba cumplir la voluntad del amigo de antaño, nadie sabría, pensaban, si era la voluntad de la mujer. El mar, sería el mar.
      Caminan por la calle, con la sensación de ser las únicas asistentes a un funeral secreto... Una vida completa... La sensación de la caja es extraña en la palma de las manos, como si dentro las cenizas se removieran solas produciendo un raro cosquilleo que le llega atroz, apoderándose de su estómago. ¿Nos tomamos un café? Claro, claro... entran al primero que encuentran cercano a la funeraria. Se sientan. Otra vez mudas. Colocan la urna en un tercer asiento. Tres extrañas unidas por la muerte. Ordenan dos cafés, la mesera, llena de vida, se aleja con la orden, mientras en los altoparlantes del lugar suena un antiguo bolero cubano que ambas mujeres escuchan en silencio. Una voz que nunca conocieron les canta desde una lejanía incierta, invitándolas.

 
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