Fernando Vallejo: El cielo cargado de rabia / Sergio Téllez-Pon

En la primavera de 2003 emprendí un viaje que inició en Tijuana y terminó un par de semanas después en San Francisco. El libro que me acompañó en ese periplo fue El mensajero (Séptimo Círculo, 1984; Planeta, 1991), la biografía sobre el poeta Porfirio Barba Jacob que le tomó a Fernando Vallejo escribir poco más de diez años, y cuya segunda versión Alfaguara acababa de reeditar en esos días. Como el viaje tuvo sus consabidos tiempos muertos y confusiones que me obligaron a permanecer en estaciones de autobús y aeropuertos por largas horas, pude avanzar mucho en la lectura, que no estuvo exenta de aventuras, vericuetos, sorpresas y desenfrenos, propias de un personaje tan locuaz. Además, mi lectura fluía porque era muy divertido todo lo que Vallejo contaba que le había sucedido a este excéntrico poeta, de manera tal que sus iras e insultos me parecía que iban muy a tono con lo que relataba: se justificaban, para decirlo de algún modo (si intentaba de forma infructuosa traspasar las estrecheces mentales de la burocracia cubana en busca de pistas sobre la estancia en la isla del poeta colombiano, era lógico que despotricara contra Castro y contra la supuesta Revolución cubana, por ejemplo). El mensajero estaba apenas salpicado de esos desplantes que, más que molestar, aderezaban la lectura con un sentido del humor mordaz y deslumbrante.
     Sin embargo, cuando, ya de regreso en la Ciudad de México, tomé por primera vez una de las novelas de Vallejo, El desbarrancadero (Alfaguara, 2001), esa ira ya no me agradó tanto. No me parecía divertida, ni deslumbrante, ni mordaz. Era molesta. (Y no porque esta vez despotricara contra el entonces Papa Juan Pablo II; no en lo absoluto: de hecho, creo que era lo único que disfrutaba.) Este pobre hombre, me decía, ha dejado todo el hígado en apenas un ciento de páginas. Era, sin dudarlo, uno de esos libros que, como dice un amigo, «te escupen a la cara», es decir que el lector se siente agredido. Lo era, en efecto, así que lo dejé casi hacia el final para un mejor momento. Si mal no recuerdo, pasó mucho tiempo para que retomara esa lectura que estaba obligado a concluir, porque si bien había algo que me repelía, también es cierto que algo me había seducido.
     No sé si fue en ese lapso que dejé descansar la lectura, o si ya terminada, un día del verano de 2004, caminaba apurado para llegar a una cita, cuando me encontré a Vallejo en el Parque México de la colonia Condesa; paseaba a sus dos perras bajo el sol abrasador —aunque ya pasaba del mediodía— cuando detuvo su paso para escucharme. A pesar de las prisas no quise dejar pasar la oportunidad de acercarme a saludarlo, aprovechando, además, que tenemos un par de amigos en común. Pensé que me enfrentaría a un ser huraño e intratable, incluso arrogante, como el de su novela, o peor aún, que iba a intentar ligarme, pues tenía la impresión de que le gustan jovencitos y yo siempre he aparentado menos edad de la que en realidad tengo. Pero cuál fue mi sorpresa que me encontré con una persona muy gentil, cordial y cálida, que callaba para escuchar y respondía, eso sí, con ingeniosos dardos que daban en el centro de la diana. Sus manos eran suaves, y me recordaron esa candidez que sólo se ve en los empalagosos gestos de los abuelos. Todo pasó tan rápido que, para cuando nos despedimos, estaba yo más confundido que nunca: la imagen que tenía de él como un ser iracundo y que odiaba a todo el mundo (empezando por el Papa «Juana Pabla Segunda La Travesti», ¿y qué culpa tienen mis amigos los travestis de que ese Papa miserable les haya robado sus ropas?) no se correspondía con esta persona sencilla y afable con la que me había encontrado por la calle, mejor dicho, en el parque. ¿Quién es el verdadero Fernando Vallejo?, me preguntaba una y otra vez, mientras corría para llegar a mi cita.
     Fernando Vallejo (Medellín, 1942) goza creando y alimentando a ese personaje llamado Fernando Vallejo, el que odia visceralmente a la humanidad pero hace todo cuanto está en sus manos para proteger a los animales, empezando por no comérselos (es vegetariano) o, por ejemplo, donando los cien mil dólares del Premio Rómulo Gallegos 2003, que ganó con El desbarrancadero, a una venezolana que tiene un refugio para perros abandonados —poco después de saberse ganador del Premio fil anunció que donará el monto a un par de organizaciones en pro de los animales, una en Xalapa y otra en la Ciudad de México. Aún recuerdo a una amiga diciéndome asombrada: «¡Vino a Tijuana a decir que mataran a todas las mujeres embarazadas!», o en Ciudad Juárez: «Leyó un texto contra las religiones sólo porque matan a los animales». Vallejo consigue epatar a quien toma alguno de sus libros —tanto de narrativa como de ensayo—, pero a la irritación que causan les sigue, invariablemente, el reconocimiento como pequeñas Grandes Obras Maestras, para dar paso, en algunos casos, a una ferviente admiración. Al menos ése fue mi proceso, y lo he podido comprobar en algunas otras personas: recuerdo haber leído en el blog de Tryno Maldonado el malestar que le causó la lectura de alguna de las novelas de Vallejo, y por otro lado, la admiración que le profesan escritores como Arturo Ramírez Lara, Arturo Flores y Gabriela Torres Olivares.
     Aunque a finales de los años setenta y principios de los ochenta incursionó en el cine con tres películas (Crónica roja, de 1977; En la tormenta, de 1980, y Barrio de campeones, de 1981), Vallejo es el autor de al menos cuatro libros fundamentales: La virgen de los sicarios (Alfaguara, 1994), El desbarrancadero y sus biografías sobre los poetas colombianos más importantes de los siglos xix y xx, respectivamente: José Asunción Silva en Almas en pena, chapolas negras (1995) y Miguel Ángel Osorio (también llamado Ricardo Arenales, Porfirio Barba Jacob, etc.) en el ya mencionado El mensajero. Además ha escrito Los días azules (1985), El fuego secreto (1986), Los caminos de Roma (1988), Años de indulgencia (1989) y Entre fantasmas (1993), todas reunidas en un mismo tomo titulado El río del tiempo (Alfaguara, 1998), y La rambla paralela (Alfaguara, 2002), Mi hermano el alcalde (Alfaguara, 2003) y El don de la vida (Alfaguara, 2010).      Polemista radical, Vallejo también ha incursionado en lo que se ha consensuado en llamar ensayos —pero en su caso, me parece, ese género le queda corto—: La tautología darwinista (1998), Manualito de imposturología física (2005) y La puta de Babilonia (Planeta, 2007). Sin embargo, el libro clave para entender la escritura y la obra de este maestro de la prosa en lengua española es Logoi. Una gramática del lenguaje literario (escrito en 1982, pero publicado en 1985 por el Fondo de Cultura Económica; véase al respecto la entrevista que le hice en el número 49 de Luvina, en el invierno de 2007).
     Todos sus libros están escritos con «su pluma deslenguada», como él mismo podría decir, y es así como los asesinatos, la ira, la homosexualidad y el odio visceral a la humanidad aparecen de forma casi natural en sus páginas. Fue hasta que leí La virgen de los sicarios que pude percatarme de ese algo que había llamado mi atención pero no lograba explicarme del todo. Si bien en su momento vi la versión cinematográfica de esa novela, eso no me estimuló a comprarla y leerla para hacer las ineludibles comparaciones. ¿Qué me impedía en ese momento apreciar los logros de su radical apuesta? Fue entonces, supongo, cuando me obligué a terminar las páginas faltantes de El desbarrancadero. Después pude comprobar que ese estilo ya está presente desde Los días azules, el hilarante recuerdo de su infancia en Medellín, su maldecida ciudad —de la misma manera en que Bernhard maldecía a Salzburgo. Era esto, ahora lo veo, ese algo que me había cimbrado y que ha provocado que vuelva a sus libros, una y otra vez, para deleitarme con su deslumbrante prosa. Como los grandes escritores, Vallejo ya tiene un estilo distintivo, inimitable, que suscita en algunos lectores odios acérrimos o seduce y provoca fervientes admiraciones. Su punto de ataque es la «humanidad giratoria», que diría López Velarde: nos recuerda que estamos condenados a girar y a girar, como bueyes idiotizados en la rueca. Vallejo se ubica así en la estirpe de otros escritores misántropos, también de selectos lectores: Giovanni Papini, E. M. Cioran, Luis Cernuda, Thomas Bernhard y Elfriede Jelinek. Todos ellos arremeten contra la humanidad por ser capaz de destruirlo todo, incluso a sí misma: «La turbamulta invadiéndolo todo, destruyéndolo todo, empuercándolo todo con su miseria crapulosa». Los misántropos no son simples pesimistas, no están en contra de todo porque sí, tienen justificadas razones para no enarbolar «las causas más nobles de la humanidad», si han llegado a tal punto de razonamiento es por su lucidez Empero, como Cioran y Cernuda, Vallejo tiene una debilidad: la música de Mozart, punto que tiene en común con Bernhard y Jelinek.
     Cuando, en el invierno de 2005, tuve el privilegio de tratarlo muy de cerca, me sorprendió su calidez humana, su generosidad, pero sobre todo su modestia y su agilidad verbal con la que pone de inmediato las cosas en su lugar. Me pareció un hombre bondadoso y un ser lleno de contradicciones —no tan sencillas de desmadejar, como podría pensarse a simple vista. Criado en el catolicismo y educado en colegios salesianos, es un feroz crítico de las religiones, en particular de la doble moral católica; un polémico iconoclasta en tiempos de la corrección política ad nauseam; el gramático que, como Miguel Antonio Caro y como Rufino José Cuervo, defiende a ultranza contra la simplicidad a la lengua española, la misma que ha explotado al extremo en su obra. Es el que siente una inmensa compasión por los animales: «Son el amor de mi vida, son mi prójimo, no tengo otro, y su sufrimiento es mi sufrimiento y no lo puedo resistir»; el que se conmueve ante la música del más grande compositor austriaco. Un voraz lector que lo leyó todo en las lenguas romances, por lo cual podría decírsele un humanista, sin que eso se oponga a su manifiesta convicción de que todo lo humano le es ajeno. Como escritor, se niega a escribir en tercera persona, así como a reconocer que sus historias tengan tintes «biográficos», o que sus ensayos sean catalogados como simples panfletos: «Lo mío no es un género claro», me dijo en aquella plática. Porque Vallejo es, sobre todo, el propietario de un poderoso impulso narrativo, como «el cielo cargado de rabia» de su aborrecida Medellín a punto de soltar un aguacero.

 

 

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