XI Finalista Luvina Joven-Cuento / Nuna

Laura Estrada García

CATEGORÍA LUVINA JOVEN

Preparatoria 4

El día de ayer me levanté temprano por la mañana, era un día extraño, diferente a alguno que alguna vez haya vivido.

El cielo y los alrededores eran solo una revoltura de colores grises y blancos, en el aire se olían pequeñas partículas de apatía e indiferencia y se sentía una brisa llena de ira pero que a la vez era fresca y renovante.   

Tenía un terrible dolor de cabeza y el cuerpo me pesaba, no recordaba mucho de la noche anterior.   

Me volteé a la derecha para mirar la hora, extrañamente el reloj marcaba las 12:26 am. “Se descompuso otra vez”, pensé.

Traté de levantarme hasta que pude y me dirigí al comedor. Había objetos tirados por toda la casa y los marcos de las fotos estaban desaliñados. Al llegar revisé la nevera para prepararme el desayuno, parecía que ésta tampoco funcionaba y por la escasez de luz sólo distinguía lo que era un galón de jugo, unos cuantos huevos y un tarro con algo de un color oscuro y brillante. Me serví un gran vaso de jugo y al tomarlo no pude sentir el contraste de esos usuales 36 grados del cuerpo con el ligero frío del líquido. En seguida me senté a leer el periódico, tenía la fecha de ayer pese a que no recordaba haberlo comprado. “Sonó el timbre muy temprano, era un mensajero, dejó una caja, ella firmó de recibido, en la caja había un frasco con lechugas y un caracol de esos de jardín. Después no se supo nada de ella”, leía mientras tomaba trago a trago el enorme y amargo vaso de jugo. Después de un rato dejé el periódico y miré fijamente la bebida, estaba intacta. Extrañada lo dejé en la mesa y decidí tomar un baño, abrí la llave pero no hubo una sola gota que tocara el piso.    

Esperé unos segundos pero el agua seguía sin verse caer; miré el reloj a mis espaldas, 12:26 am. Desconcertada salí de ahí en búsqueda de mi teléfono, al encontrarlo parecía que al igual que los relojes, estaba averiado, corrí hacia la sala cuando caí por un pequeño tropiezo.  

La sorpresa duró muy poco pero menor fue el dolor que sentí al dar con el piso, se podía decir que inexistente y parecía que ni un pequeño golpe se dejaría ver en la pálida y suave piel que examinaba.     

Pasados unos momentos volví a la cocina y tomé el teléfono, ni siquiera había línea.    

Comencé a asustarme por no saber lo que pasaba por lo que decidí salir de la casa, tomé un abrigo del suelo y fui en búsqueda de las llaves pero no estaban ahí, debí olvidarlas en el auto. Me acerqué a la entrada esquivando una pequeña caja en el centro del pasillo y traté de abrir la puerta pero algo la detenía, no podía salir de ahí, me sentía perdida. Buscando una salida corrí a la puerta trasera pero también se encontraba cerrada.  

Subí al segundo dormitorio para asegurarme de que las llaves estuvieran ahí y fuera todo una increíble broma… cuando me vi. 

Me encontraba boca abajo en una posición no necesariamente cómoda, con el cabello alrededor de mi rostro, el río de sangre seguía su camino entre los azulejos del suelo y mis labios, la única parte visible de mi rostro, se mostraban fríos y sin expresión. Al borde de este se veía un pequeño caracol avanzando lentamente.

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