Monterrey, Nuevo León, 1987. Su libro más reciente es Habla todo lo que quieras. Ensayo autobiográfico sobre el miedo como dispositivo de violencia (Tres Nubes, 2018).
In any event, the book begins at the point where my small knowledge and my vast ignorance met.
Vicki Hearne, en el primer capítulo de Adam’s Task: Calling Animals by Name
1. El ladrido en el diván y el origen de las especies
Mi mejor amiga era un perro. Cuando murió, el ojo derecho se me nubló, el oftalmólogo dijo que tenía agua acumulada en la retina y por eso no podía ver. Una circunstancia que se presenta bajo altos niveles de estrés. Tuve la suerte de estar acompañada por Alberto Sladogna, el psicoanalista que supo escuchar mi pérdida como era, que ladraba durante las sesiones y que me dijo lo que yo había comenzado a decirle a mis pacientes, pero no podía decirme a mí misma: «Tú eres el perro que perdiste». En sesión, le dije a Alberto que no valía la pena mirar porque no podía verla a ella. No estaban sus ojos para atravesarlos y reflejarme en ellos, ni su mirada penetrando mi imagen que era al mismo tiempo su espejo. Lo que pasa cuando amas y eres amada por un perro. Una especie de milagro cotidiano, porque lo conoces y ese perro te conoce a ti. Y aunque tengas cosas que hacer y la vida continúe en los ires y venires de algo así como el destino, no sientes la necesidad real de nada más que su existencia. La imagen de tu perro es la imagen invariable del mundo. O al menos eso explica cómo es que con su pérdida se desvanece la sensación de la materia, de realidad y del paso del tiempo con las referencias que antes eran útiles para comprenderlo.
Tras recuperar la vista, soñé que encontraba a un hombre muriendo a la mitad de un parque y me acercaba a tocar su pecho para que no muriera solo. En el acto me convertía en ese ser moribundo. Mi cara se volvía la de un lobo negro y mi madre llegaba a consolarme sin saber que era yo la que moría. Intenté hablar, pero el aire que jalaba con mi nariz de lobo no atravesaba la garganta humana, ni salía el remanente encapsulado de mis pulmones sellados, que tenían ya en crisis la caja torácica del cuerpo. La voz se había quedado atrapada entre 2 especies. La banqueta comenzó a partirse y a jalarme hacia el interior del suelo. El sueño terminó. Enterrada por fuerzas naturales, sin palabra o rostro o nombre: sin cuerpo reconocible. No podía hablar porque no encontraba mi pérdida en el mundo, porque parece que esta pérdida animal no existe en el lenguaje de Occidente. Quienes la vivimos solemos experimentarla en soledad, juzgados por la monstruosidad de nuestros sentimientos hacia un perro, un gato, un animal que era una gran parte de nosotros. Frecuentemente somos desplazados (con nuestro dolor) a los espacios aceptados para aquel a quien perdimos: una esquina de la casa, el parque, el patio, una azotea y la tierra sin tumba. Buscaba el lugar para mi pérdida sin encontrar quién pudiera decirme cómo continuar o de dónde agarrarme.
—Entonces te lo digo yo… ¡Barf! —ladró Alberto y terminó la sesión.
El ladrido de mi psicoanalista hizo una diferencia en la historia porque colocó la voz del animal en el intercambio analítico. La voz del perro, de un perro, de todos los perros. La voz de mi pérdida y la pérdida de todos quienes hemos escuchado un animal. Fue un ladrido tímido, casi acallado al inicio de la vocalización, pero se abrió un lugar completo tras la pausa y el titubeo. Es natural dudar antes de usar la lengua de otra especie, de saltar para enunciar en un gesto tan breve como un ladrido humano, lo que en la evolución se ha pautado durante los últimos 100 000 años y podemos hacer en un segundo. Su intervención dio paso a la supervivencia de mi dolor, abrió un mundo donde se puede hablar con cabeza de lobo y en el que las palabras con ese aliento pueden ser escuchadas. Pero si él no hubiera hecho esto y si yo no hubiera insistido en la forma particular de mi ausencia, habría enterrado mi pérdida como en el parque del sueño y postergado mi duelo quizás para siempre. Pero lo más importante: no habría sido capaz de rescatar el tesoro que significó la vida de mi amiga y los impactos de nuestro intercambio en mi comprensión del mundo.
Años atrás de todo esto, Erick Vázquez, mi más querido amigo, había intentado introducirme a El origen de las especies, pero yo no metí el corazón en la biología hasta que me hice amiga de Malta. No es que considere que sin la amistad de otra especie sea imposible acceder a la comprensión de la naturaleza, simplemente este fue el camino en el que yo pude verme dentro de la gran cadena de formas vivientes del universo. La experiencia incomparable de 4 patas en mi cama, 2 pares de colmillos jugando con mis dedos, narices mojadas buscando algo en mis rodillas y unos ojos que transformaron los míos para siempre. Había mucha luz alrededor de las últimas semanas que compartí con Malta; su presencia era clara y ligera, vivíamos la transición de la primavera y el verano en una casa de amplísimas ventanas. Ella pasaba las tardes recostada frente a la puerta mosquetera del patio, que comenzaba un camino por donde circulaba el aire hasta la puerta principal de la casa. Yo me acomodaba sobre el piso, cerca de ella, leía sobre las afinidades mutuas de los seres orgánicos, la distribución geográfica de las variedades de una misma especie y la sucesión geológica de otras formas de vida como la nuestra. El día que finalmente terminé El origen de las especies, una de las patas de Malta descansaba sobre del libro mientras leía su frase final: There is grandeur in this view of life. No creo que un día pueda evocar esta memoria sin pensar que efectivamente hay grandeza en esta imagen de la vida. En la luz que en ese momento nos permitía vernos y en relación con la cual tantas especies desarrollaron ojos, en el aire circulando por el pasillo de la casa como fluye el viento entre cañones sedimentarios y túneles de lava, en su pata y mi mano compartiendo espacio sobre el mismo objeto, un libro sin importancia en comparación del sentido de la evolución del gesto: el pacto que sostenemos como tomaron juntos el primer bocado nuestros ancestros.
El acercamiento a la biología fortaleció la voz que se gestó en la amistad animal, que pasó sus etapas iniciales en el nido del diván, los sueños, la compañía de mi hermana Connie, su perra Tena y mi amigo Erick, el dueño de Malta —a falta de una mejor palabra—, quien la cuidó y amó hasta el entrelazo íntimo de la vida. El seminario L’animal que donc je suis aportó después los ojos del gato que desnudó a Jacques Derrida. Vicki Hearne sumó la elegancia de los instintos y la lingüística en su libro Calling Animals by Name. La voz tomó cuerpo y se convirtió en la clínica que decidí sostener. Un espacio terapéutico vinculado al lenguaje animal, entre el consultorio y el mundo natural, dedicado a las relaciones de humanos con otras especies de animales que llamamos «domesticados». Las voces de mis pacientes llegaron como la mía, buscando abrir un lugar en la cultura para la palabra enunciada desde un hocico. Perdí la cuenta de cuántas veces he intentado escribir esto; una parte de la dificultad viene del dolor de la pérdida que seguido me encuentro anestesiando en contra de mi deseo. Otra parte deviene de mi indisciplina literaria, pero la que considero el mayor obstáculo reside en el anhelo de alcanzar una especie de congruencia —en el marco del lenguaje con el que puedo y me es permitido escribir en este tiempo— que toque la belleza contenida en las relaciones animales que mis pacientes me han confiado. Pero si mi psicoanalista, lacaniano, argentino y de vieja guardia ladró, es porque ya no hay manera en la que pueda vivir sin esa escucha, y de cierta manera, sin esa esperanza. Los casos que compartiré, y las reflexiones que aparecieron en sus procesos, siguen nutriendo de sentido la voz que nació con cabeza de lobo. Espero que sus historias sirvan de eco y compañía a los aullidos de quien los lee.