Sepulcros animados de Mallarmé

María Negroni

Rosario, Argentina, 1951. Su libro más reciente es La idea natural (Acantilado, 2024).

La segunda mitad del siglo xix deslumbra: todo anticipa la belle époque, las exposiciones universales, los museos de cera, los teatros ópticos, las pantomimas luminosas, los hermanos Lumière.

Son años de inventos vertiginosos. Desde Estados Unidos, Thomas Alva Edison —ese Barba Azul moderno— promueve la electricidad mientras el inglés Eadweard Muybridge y su alter ego francés, Étienne Marey, empiezan a coleccionar cuerpos de animales y hombres en movimiento. 

Como en el caso de Robertson, y cada uno a su manera, todos estos inventores se acercan a una intuición difícil: parecieran captar, con la proeza del científico y la sentimentalidad del mago, la conexión oculta entre imagen y muerte. 

No porque convoquen a difuntos o hagan hablar a esqueletos, fantasmas o espíritus. O, al menos, no sólo por eso. Lo que dejan entrever —por primera vez— es la pertenencia de las imágenes al Reino-de-lo-Perdido-para-Siempre. Las imágenes forman parte, a partir de ellos, del Mausoleo de la Vida: son sepulcros animados.

No necesito agregar que, llevada a sus últimas consecuencias, tal sospecha produce vértigo: nosotros mismos podríamos ser esas mismas imágenes muertas, proyectadas por la máquina de Dios. El descubrimiento es extraordinario y anticipa, en el plano de la lírica, algunas ideas explosivas de Mallarmé: la poesía como cadáver, la escritura como laboratorio de vivisección, el vínculo entre Destrucción y Belleza. En una carta que envió a su amigo y confidente Henri Cazalis, el promotor de las veladas de los martes lo dice sin rodeos: «Yo quisiera proponer, como espectáculo, la cámara oculta de la mente, arrojando de manera desquiciada la materia consciente en el Sueño que ella sabe que no es, para que cante el Alma y proclame, ante la Nada que es la Verdad, sus más gloriosas falsedades».

Han transcurrido 2 siglos desde los tiempos de Robertson y del autor de Un golpe de dados, pero la noche de interrogación no ha variado. En un cuarto sin nadie, en el espacio en blanco de la página, abierto al Reino de los Muertos, el poema vuelve una y otra vez a lo mismo: apuesta a la magia de los extremos y hace de lo fantasmagórico su cómplice más sutil, su gnoseología más irreverente. 

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