El tercer acto trágico / Jorge Marchant Lazcano

Luvina 69 / Textos

     La voluntad de terminar su vida con un tercer acto trágico,          
      la aceptación de la fatalidad, el sentimiento de que la mayor grandeza es el fracaso.
     José Emilio Pacheco respecto a Oscar Wilde,
     Prólogo de su edición de De Profundis, 1975.

 

    
Querido Pepe:
    
Cuando Oscar Wilde se sentó a escribir aquella carta en la prisión de Su Majestad — la obesa reina Victoria, que alguna vez fue joven, ilusionada y llena de vida —, tanto el artista como la monarca conservadora eran apenas la sombra de su pasado. A ambos los dominaba la desdicha, y aunque Victoria Regina murió en la gloria pública un año después que su víctima, Wilde no pudo recuperarse de la ruina y la infamia pública de la que habla en las primeras líneas de su célebre carta a Bossie.
     Los hombres que alguna vez se quisieron, como fue el caso de Oscar y Bossie, como podría ser el caso tuyo y mío, deben revisar necesariamente sus vidas, el pasado y el futuro, «las dulces cosas trocadas en amargura y las cosas amargas que pueden convertirse en alegría». Wilde tiene razón.
     A Oscar Wilde lo llevaron a la cárcel de Reading, pese al brillo que irradiaba desde el gran espectáculo de su literatura y de su teatro, porque la sociedad puritana de su tiempo no le perdonó que fuera un maricón desenfadado que se acostaba con putos de la calle y se ufanaba incluso de su condición. De alguna forma, como sigue sucediendo hasta hoy, no se lo perdonaba ni él mismo: «Mis amigos tienen que hacerse a la idea de que… no soy un inocente encerrado en la cárcel. Todo lo contrario; el inventario de mis pasiones perversas y de mis idilios descarriados llenaría unos cuantos volúmenes escarlata».
     Somos, incluido Wilde, tú y yo, y especialmente el pobre Bossie, «los hombres infames» de que habla Michel Foucault, y en esa selección, «es inútil buscar otra norma que no sea mi propio goce, mi placer, una emoción, la risa, la sorpresa, un particular escalofrío…». Aun así, hace muchos años que ambos somos prisioneros, en nuestros propios cuerpos, de nuestra propia infamia pública, una extraña enfermedad que marcó nuestro tiempo, y que nos estigmatizó para siempre, hasta el momento en que nos muramos, e incluso, es posible, hasta mucho después, si es que alguien se acuerda de nosotros cuando hayamos muerto. (Aunque para entonces, de acuerdo con lo que pensaba José Donoso, «a la semana es como si nada, como si ninguna tragedia hubiera ocurrido… la muerte carece de importancia. Es un gran hueco negro en donde todos caeremos y nadie nos recordará mucho tiempo después…»).
     Llegamos a la enfermedad, tal como Wilde llegó a su condena, por nuestra condición de homosexuales. Sin ninguna de esas grandezas instituidas y valoradas —nacimiento, fortuna, santidad, heroísmo o genialidad—, como dice Foucault. Apenas unos más entre los millones de seres humanos destinados a no dejar rastro, como tantos de nuestros propios amigos o contemporáneos, a los cuales incluso a la hora de la muerte los marcaron con una enfermedad equivocada, para liberarlos del estigma. Nunca me he olvidado del funeral de Fernando Cortez, cuando su tío cura predicaba sobre él como si no lo hubiese conocido jamás.
     Estuve expuesto a la enfermedad desde mi primeros años como homosexual liberado, cuando me fui a San Francisco en la segunda mitad de los años setenta con un amante francés (que no era teniente) y que no me duró más de cinco minutos. Mi condición sexual me ha durado en cambio toda la vida y me ha provocado buenos momentos y malos momentos: entre los buenos momentos estuvo conocerte a ti. Eso lo hemos tenido muy claro tú y yo. Nuestras vidas habrían sido condenadamente distintas, salvajemente peores, en circunstancias de soledad (¿por qué? ¿Habría habido otro José Riquelme en mi vida? ¿Habría habido otro Jorge Marchant en la tuya?). De acuerdo con esto, de haberme salido de este plan, habría llegado a la vejez —a cuyas puertas me encuentro— como tantos otros homosexuales con cierto talento, gracia, educación, experiencia, incluso belleza, que se desmoronan a diario en esta ciudad poco dispuesta a aceptarnos. Los veo por las calles, tristes, solitarios, ansiosos, algunos con sus perros que vienen a ser como sus hijos bastardos. Tal vez una de las peores cosas que nos pudo suceder fue haber nacido en Chile, el «espantoso Chile», y si no, pregúntaselo a José Donoso y a Mauricio Wacquez, cada cual con vidas tan distintas, pero los dos huyendo a destiempo, en distintos barcos, por distintos caminos, como antes lo hicieron Gabriela Mistral, Augusto d’Halmar, Benjamín Subercaseaux. Como no lo hizo Adolfo Couve que le tenía pánico a los aviones y terminó colgando en el balneario de Cartagena.
     Como no lo hice yo, salvo entrar y salir, entrar y salir, entrar y salir. He sido cobarde toda mi vida. Y tal vez, irónicamente, esa cobardía me libre de colgar algún día como Couve. Pero me he salido del tema porque aún no estamos hablando de literatura. Detrás de esta noble apariencia que he mantenido toda mi vida, la máscara de Tutankamón según Judith Glaesser, de esta incapacidad de rebelarme, de escribir apenas lo justo y preciso, de no desbordarme, de no levantar la voz, de no dejarme oír, de callar, más bien, estás, aunque no lo creas, tú. Como me dijiste alguna vez, «si no hubiera sido por mí, habrías terminado acuchillado, como tantos otros». Tal vez en estas fragilísimas familias que los homosexuales creamos para defendernos del horror del mundo, allá afuera, la principal razón sea librarnos del cuchillo del victimario.
     En 2003 me dejaste librado a mi destino, de un día para otro. Volví a estar expuesto a la cuchilla enemiga, pero posiblemente no había otro camino. Si no hubieras tomado la decisión de irte de Chile, ahora estarías muerto hace mucho tiempo, y otra sería la historia de esta última década, y esta carta no tendría ningún sentido. Ni tú sabías, ni menos te imaginabas, lo que te sucedería en los años por venir. De acuerdo con los antecedentes que guardas con recelo, como lo has hecho con casi todas las cosas de tu vida, tenías pasaje de regreso pero en Nueva York te agarró la espantosa máquina devoradora, la máquina de moler carne tan propia del mundo capitalista, y tú comenzaste a ser una hamburguesa criolla, castigada en tu piececita de Casa Betsaida, hasta donde llegué en mi primer viaje para consolarte literalmente en el Kennedy Airport, y llorar a gritos por la miserable condición a la que habías vuelto irremediablemente. Siempre asocié esa pequeña habitación sin clóset en Brooklyn, con tus útiles de aseo sobre una consola —como podría haber sido la condición de un prisionero—, con esa piecita, muchos años antes, en algún lugar cercano al parque Gran Bretaña de Santiago, a la cual me llevaste una de nuestras primeras noches, cuando nos conocimos, con la cama sin hacer, la inocencia desenfadada de mostrarte tal cual eras, buscando una aguja en un pajar, porque, no recuerdo bien, algo había que remendar.
     En justicia, los dos estábamos necesitados de remendar nuestras vidas. La tuya herida desde pequeño, de acuerdo con lo que escribió una psicóloga que consultaste en 1985, poco antes de conocerme: «…este alumno presenta un estado general de disconfort psicológico caracterizado principalmente por depresión y estilo de vida esquizoide. Mala autoimagen, algo exagerada, y sistemas de autodefensa débiles para los ataques más sutiles del medio ambiente».
     La mía ya se perfilaba como una extraña mezcla de ganancias y pérdidas. Había publicado una novela señera, La Beatriz Ovalle, pero fui incapaz de luchar por ella y convertirme en un escritor reconocido. Un Puig a la chilena. Una tras otra perdí las posibles oportunidades (¿las hubo alguna vez?) y acepté resignado en cambio las mediocres alternativas de la publicación en Chile. El miedo, siempre el miedo de por medio, la misma incapacidad que me hizo regresar corriendo desde los Estados Unidos cuando me vi perdido, en ese primer viaje a California. Aunque en ese caso debo reconocer que el ángel de la patria voló sobre mi cabeza para advertirme que la plaga estaba por llegar a San Francisco —como los ángeles se lo advirtieron a Lot en Sodoma—, y uno a otro, incluidos los chilenos conocidos, Nelson Deik, Jorge Cruz, René Toro, terminarían en el desbarrancadero, o en el mejor de los casos, convertidos en estatuas de sal. ¿Qué me esperaba entonces en Chile además de la dictadura? Una primera experiencia en la clasista revista Paula y el jugueteo del periodismo como forma inicial de ganarme la vida, luego los primeros incómodos pasos como escritor publicado (decían que parecía pollo en corral ajeno en los espantosos programas de televisión de aquellos años en donde declaraba que «andaba buscando a la mujer ideal»). Luego, ya de lleno, entré al Área Dramática de tvn, en donde me gané la vida por muchos años y pude al menos llegar a esta cierta estabilidad económica, falsa e ilusoria, ilegal e injusta, pero peor es nada. Igual terminé en la calle ante los verdugos, en este caso esas especies de arpías tricoteuses como la Wood y la Rencoret, seres siniestros que pueblan nuestros canales de tanto en tanto. De eso al menos se libraron María Luisa Bombal, Jorge Teillier y Stella Díaz Varín, que se caían por las calles con el peso de sus borracheras y de sus desamparos antes de encontrar la muerte. Ése es Chile, ésos son sus escritores. Ése es el mundo al que me vi lanzado con más fuerza una vez que se acabó el encanto de tu compañía.
     Nunca supe adónde fueron a parar tus libros. Tu pequeña biblioteca desapareció casi como por encanto de nuestro departamento, como desapareciste tú una vez que volaste a Nueva York. No recuerdo cómo fue el día de tu partida, no recuerdo si hubo despedidas, no recuerdo nada de nada. Salvo la extraña sensación en las semanas, los meses posteriores, de que tu partida era como una señal anticipada de la muerte, y había que desarmar tu dormitorio, y tu hermano se llevó tu cama y la ropa que dejaste, y el departamento de Padre Correa se me hizo insoportable hasta que al poco tiempo di con el de Santa Lucía, más central, un buque anclado frente al cerro fundacional de nuestra capital, un departamento adecuado para permanecer solo como lo he estado en estos últimos años.
     ¿En qué fallamos ambos para tanto silencio? ¿Por qué planeaste tu partida dejándome por completo fuera? Tal vez esto tenga que ver con aquellos débiles sistemas de autodefensa de los que hablaba tu psicóloga, aquellos que te hacen incapaz de resistir los ataques más sutiles. Más de alguna vez me has hecho ver que mis ataques no tenían nada de sutiles, que hasta te ofrecí un par de millones para que te fueras de mi lado. Pero, entonces, si finalmente me había liberado de ti con tu partida, ¿por qué sobrevino el espanto? Reconozcamos que tuviste una valentía sin límites para enfrentar el desarraigo. Renunciaste a todo, lo que nunca fue mucho, por un poco más de vida. No estoy tan seguro de que la soledad valga tanto la pena. Habría que estar al borde de la muerte para saberlo. Al irte de esa forma, como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, pareciste olvidar que nos había unido el espanto, tal como dice Borges, «no nos une el amor sino el espanto», episodios imborrables de los últimos años juntos, como tu lento deterioro, aquella ocasión en que te desplomaste en el escritorio del departamento y la pobre María y mi mamá sufrieron las consecuencias, o aquella otra vez en que te desmayaste al bajar de una micro en la calle Bilbao y te encontré en un charco de sangre, y después te perdí la pista en los pasillos del hospital El Salvador. Pero así también, debo reconocerlo, siento tu sombra benefactora a mis espaldas, desde aquella tarde en el Círculo Español cuando lancé Me parece que no somos felices y te dediqué el libro junto a mi abuela Lupe, la protagonista de la historia. Más aún, tu recuerdo es mucho más fuerte cuando publiqué La joven de blanco, y hasta por los diarios quedó constancia de mi dolor porque no estabas conmigo. Éramos dos parias dignos de piedad.
     Durante estos últimos siete años he estado yendo y viniendo, consciente de que el papel más duro lo has vivido tú al quedarte al otro lado del mundo. Era cuestión de ver tu rostro cuando me perdía hacia el interior de Policía Internacional. Pero para mí no ha sido nada fácil, te lo aseguro. Hemos disfrutado de Nueva York, en donde incluso encontré el espacio emocional para crear dos novelas relacionadas con esa cultura, probablemente las novelas más ricas de toda mi literatura. Tú has sufrido en silencio dos momentos particularmente gravísimos, y en el segundo caso intentaste protegerme porque no tenía sentido que yo supiera que estabas internado en un hospital con tu muñeca quebrada, pero eso, después, me provocó tal grado de estupor que me costó mucho recuperarme. Estuviste tirado una mañana invernal sobre el hielo escarchado frente a la puerta de ese vecino judío infame que no te tendió la mano, y yo no supe absolutamente nada. Si a mí me hubiese atropellado un auto en Santiago, ¿me habrías perdonado que nadie te dijera nada?
     Progresivamente, la situación se fue empeorando. Tú encontraste tu pequeño espacio entre Rego Park y Manhattan, aunque parezca insuficiente, pero como nadie te conoce realmente, nadie sabe si te basta con eso. Yo terminé siendo un completo desconocido en Nueva York, una suerte de fantasma que se aparece por su plato de comida en gmhc durante medio año y luego desaparece, lo mismo que sucede en Chile, donde he creado el pequeño mito de ser un poco internacional. El mito me juega en contra y lo vengo a descubrir del todo al publicar El ángel de la patria, mi quinta novela en estos últimos diez años, y cuando aparentemente tengo mucho más que ganar, termino sintiendo que, como nunca, he perdido más que otras veces. Mi experiencia literaria con Random House en Chile fue una de las peores que he tenido. Enfrentado tal vez a la campaña publicitaria comercialmente más agresiva, la sensación de fracaso es mucho más poderosa, especialmente cuando mis editores, en un gesto insólito, después de cantar victorias anticipadamente, me dan vuelta la espalda y no se comunican conmigo para nada al comprobar el nivel de la derrota.
     Es en estos momentos en que se me aparece el fantasma de Pepe Donoso, quien me susurra al oído desde las terribles y entrañables páginas del libro de su hija suicida: «En realidad, Chile y mi casa y mi familia me producen una cantidad de angustia o depresión que no sé como manejar…», «Me encuentro como El Extranjero, sin vínculos, sin afectos, viendo sólo lo negativo de todo…», «En todo caso, en este momento me siento definitivamente abandonado por todos y yo tengo la culpa», «Obsesionado con mi cuerpo que ya no me sirve», «¡Qué agresión, qué indignidad, qué castigo le imponen al cuerpo las enfermedades!», «Hemingway se mató a los sesenta y dos años porque sintió sobrevenir ese deterioro, viendo sólo esa soledad total», «el optimismo es una forma de ceguera».
     Pese a todo, pasando por sobre mi pesimismo, creo aún en la posibilidad de escribir, y lo estoy haciendo en estos momentos, preparando mi próxima novela, que aparecerá en 2013 por Tajamar Editores. La escritura apasionada me salva de todo, incluso del desaliento de la publicación, de la carencia de lectores, aunque en eso soy injusto: hay un pequeño contingente de lectores, están aún en el mundo, más allá de Chile.
     A diferencia de Wilde, no le puedo dar gracias a Dios por haberme dado otros amigos aparte de ti. Eres el único amigo con quien me siento conforme, de quien espero cada mañana un mensaje, cuando tomo la decisión de levantarme de la cama. En este sentido, ha sido muy duro encontrarme con la constante carencia de tus mensajes. Nunca habíamos estado tan desconectados. A solas, a diferencia de Wilde, no puedo ser perfectamente feliz. No me bastan la libertad, las flores, los libros, la luna. Pero eso lo dijo Wilde cuando estaba en la prisión, y desde la prisión la luna puede ser un aliciente, pero una vez libre, apenas un reflejo helado.
     No sé qué pueda suceder a futuro con nuestras vidas. Estaré un corto tiempo en Nueva York y después, ¿qué? Tengo las más intensas fantasías para salvarme, pero esas fantasías son aparentemente irrealizables, aunque habrá algún segundo en que me encuentre a mí mismo desprevenido, y sea finalmente capaz de actuar contra viento y marea. No sé cuál será el resultado de ese segundo de plena libertad. En qué se transformará toda esta desolación a la cual, y eso lo veo con horror, es posible adaptarse. Sí, es posible llegar a adaptarse a la soledad cuando ya no quede nada de qué aferrarse. Me cito a mí mismo: «El amor, para poder vivir, tiene que alimentarse de la realidad presente. Preso de la fantasía del pasado, esto que vivo ahora se llama miedo». Al final de cuentas, como señala Foucault, «el lenguaje de la literatura sigue siendo el discurso de la infamia, a ella le corresponde decir lo más indecible, lo peor, lo más secreto, lo más intolerable, lo desvergonzado».
     O como escribió Carolina Rivas al reseñar Sangre como la mía en los diez años del Premio Altazor, «los amores difíciles —porque son amores a toda prueba— a la larga sobrevivirán».
    

Con el afecto y la furia de quien fue alguna vez tu compañero    
 Jorge Marchant Lazcano.

 

 

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