Ciudad de Guatemala, 1974. Su libro más reciente es El tiempo de la crisálida (Efímera / Universidad Nacional Autónoma de Honduras, 2023).
Episodio 1: El futuro comenzó ayer
Recordemos la vanguardia, cito a Luis Cardoza y Aragón:
El que no está en el futuro no existe.
El futuro comenzó ayer.
Es imposible evitar la genealogía de lo que actualmente se presenta como contralibro, es decir, libro paralelo al objeto de lectura que se especula tiene una participación activa en el mercado cultural.
Algunas cosas que ya se mencionaban en 1915, días de guerra en Europa igual que ahora: «El libro abandona su función convencional de transmisor de escritura para convertirse en sí mismo en un objeto artístico». 100 años después la vigencia de este postulado rupturista nos propone una interrogante, ¿es posible mantener una misma percepción de las ediciones de libros de poesía cuando el mercado está saturado de novelas uniformes y los lectores son la minoría absoluta?, ¿es posible trabajar en una tradición lírica de verso sentimental frente a la invasión de las plataformas digitales que abogan por la espontaneidad de la escritura?, ¿podemos construir mapas antológicos del presente ante la saturación de producto poético popular en redes sociales, pero que se mantiene dentro de un estándar de literatura de recursos agotados en el lugar común, dirigido para una media de lectores digitales sin interés literario?, ¿hacia dónde podemos apuntar para recuperar la posibilidad de una literatura que abra de nuevo senderos creativos y no caiga en la cultura de vistas y likes como valoración de la supuesta obra poética?
Volvemos a 1915. Los postulados futuristas eran opuestos a sus antecedentes, el simbolismo y el esteticismo. No tenían un lazo estrecho con Baudelaire o Mallarmé. El primero acudía a la nostalgia, al sentimentalismo y a la retórica; el segundo que, aunque puso las bases del texto poético presentando el texto del formato tipográfico convencional a la hoja extendida en dos folios simultáneamente, no llegó a la destrucción total de la sintaxis y abogaba por una tradición que simplemente tenía que abrir los ojos… su obra regular siempre alcanzó niveles altos dentro de las métricas y rimas tradicionales. En el futurismo de Paolo Buzzi, Corrado Govoni, Luciano Folgore, Armando Maza y Aldo Palazzeschi el pasado no es superior al futuro. El resignificado busca fuera de la naturaleza su impacto metafórico, todo está dentro de la vida moderna, nada está fuera de ella. La máquina es el posthumano. En el presente es posible expresar un lenguaje propio. En su manifiesto radicalmente provocador, muestran la destrucción del yo, y muy a tono con las premisas del último Friedrich Nietzsche, la anulación de los valores dominantes. La intención era perpetrar un ataque directo a la sintaxis aboliendo los signos de puntuación y la lectura comprensible del texto, recobrar el habla cotidiana que es agramatical y antiortográfica, así como la deformidad del lenguaje a partir del manejo tipográfico combinado y desigual. Se habla de onomatopeyas en lugar de adjetivos o atmósferas de ruido. En su mayor representación tenemos a Luigi Russolo y El arte de los ruidos. Las composiciones visuales, fonéticas y letristas marcan el comienzo del poema cartel, así como la declamación escandalosa en lugar de la lectura íntima. La necesidad de un escándalo fue la premisa para romper la pasividad de una época muy parecida a la contemporánea, donde el control de lo que se publica pasa por una monocorde línea editorial adscrita a una línea de interés hacia historias compatibles a las líneas de los valores temporales impuestos por los proyectos desarrollistas (completamente contradictorios con los actos de barbarie que estos mismos proyectos financian alrededor del mundo). El futurismo tuvo una expansión dinámica en Europa, al llegar a México, Chile y Argentina. Posteriormente radicalizaría su postura en Italia pasando a convertirse en un espacio extremista que, en su pasión por crear polémica, se hizo de una exaltación a la guerra o a la misoginia o al fascismo. En esto último cabe mencionar que las vanguardias no han sido del todo democráticas; tienden a la militancia, a lo comunitario (la jauría, como llama Gilles Deleuze) y esto las convierte en doctrinas que pueden proclamar a un Benito Mussolini o a un Iósif Stalin, da igual el signo ideológico, durante los 70 dentro de la vanguardia de campus estadounidense de todos es conocida la vinculación del arte, colecciones, museos y la Central de Inteligencia Americana.
Lo paradójico de este estallido inicial de las vanguardias fue que ni el surrealismo ni el dadaísmo lograron alcanzar dentro del texto las intuiciones del futurismo. Las normas establecidas en 1909 se extendieron a la vanguardia soviética y a la poesía concreta brasileña muy evidente en Noigandres (Augusto de Campos, Haroldo de Campos y Decio Pignatari) o los poetas catalanes desde Joan Salvat-Papaseit hasta Joan Brossa.
Episodio 2: Fahrenheit 451
Por momentos siento una profunda tristeza. Vivo en una casa pequeña en el centro de la Ciudad de Guatemala. Mi vida es la de un maestro virtual de literatura y también escribo para medios, catálogos de arte y mis proyectos de escritura. Tengo 2000 libros y he reducido su cantidad porque me gusta regalar los que voy leyendo y conservo únicamente los que me sirven de referencia, esos libros inclaudicables, subrayados y apuntados hasta más no poder. Mi tristeza surge inevitablemente al pensar en el destino de mi biblioteca. Toda mi vida anterior fui gestor o funcionario de importantes instituciones culturales en mi país; desde esa perspectiva pude darme cuenta de que las bibliotecas de notables intelectuales guatemaltecos no eran recibidas por nadie, salvo acaso algunos proyectos con gran nobleza y proyección comunitaria. Pienso que los libros para las nuevas generaciones son más bien bultos y adornos feos.
El libro se está transformando en un artefacto vegetal y analógico. No sería nada raro que cancelaran el libro impreso y funaran a los que los poseen, por representar un peligro al medio ambiente; en esta época de extremismos progresivos no sería raro que picaran los libros y los reemplazaran por pantallas. Estoy seguro de que en un teléfono móvil caben más libros que los que Dante Alighieri vio en toda su vida.
Así es como el libro de papel que conocemos se convierte en una decisión darwinista: se adapta o desaparece.
Mi trabajo es el de ser maestro de escritura creativa. A lo largo de 4 años le he repetido a mis alumnos la importancia de escribir todo el tiempo, subrayando en la belleza del cuaderno y del manuscrito. El primer texto literario verdadero comienza, sí o sí, en un libro.
Desconfío mucho de los escritores que no llevan un archivo, que no anotan todo el tiempo, que no tienen cajas llenas de cuadernos escritos a mano. Mi desconfianza viene porque la ambición de llegar a ser un escritor notable en un mundo que impone el éxito social y económico como el único horizonte que puede alcanzar un artista hace que nos adocenemos. Alcanzar las listas de autores más influyentes o vendidos dentro de la industria editorial significa ajustarse a los valores dominantes que impone el zeitgeist.
Negociar las identidades, subirse a la cima de la moral de turno, subrayar militancias, valerse de cierto tipo de argumentos que hagan sentir al lector obligado a leernos por una «culpa de humanista bien pensante» por citar algunos oportunismos… supone esa fórmula para atraer la atención inmediata. Mucho de lo que menciono está atravesado por la misantropía y el soliloquio, mi vida es bastante aislada de todo lo que estoy mencionando y me he exiliado del mundo de la literatura desde hace 5 años.
Al apartarse de esta lucha por el escaparate uno se encuentra ante uno mismo y el cuaderno nuevo. Cada mes lo cierro con una etiqueta en mi diario personal, escrito a mano, con letra cursiva y con plumas de color negro. Caben recortes, muchos dibujos, anoto nombres, pinto, transcribo sueños, listas del supermercado… pero ante todo escribo mi total desnudez y vulnerabilidad.
Escribir un diario se convierte en una manera de centrarme en mis ideas más profundas. Observar y tratar de hablar menos de mí mismo. Una enorme red tejida de ideas y pensamientos. Es muy importante que lo que uno transcriba sea honesto y no se filtre entre la culpa, la moral, lo políticamente incorrecto o la máscara. Amores y odios, pensamientos místicos y sueños húmedos, paranoias y estados de serenidad, intuiciones y espiritismos, claves herméticas y recetas para asuntos cotidianos. En mi caso llevo un diario de anotaciones a libros que inicié cuaderno tras cuaderno desde que tenía 8 años. Mi formación fue la de un niño pintor en su momento bien
celebrado. Llegué a la literatura por mis cuadernos, los primeros intelectuales que conocieron mi trabajo me dijeron que dibujar en «pequeño formato» no era hacer pintura, claro, el arte visual siempre termina en la alcantarilla de lo decorativo si uno sigue al pie de la letra las premisas de hacer formas adaptables a las paredes blancas o a los living de los coleccionistas.
Desde mi punto de vista escribir a mano es pintar, es traducir a un lenguaje visual. La caligrafía es un dibujo, una cifra, un dato que no alcanza a decirse con palabras. A veces la poesía termina en el silencio o en la mancha. Porque la poesía como canal de expresión se ha transformado en meras frases publicitarias del yo en recuperación y es importante saltar a otras posibilidades. Mucho de lo que advierte Ray Bradbury en Fahrenheit 451 no se está dando con el fuego sino con la ira. Las ideas se combaten con ira, que es otro tipo de fuego, se hacen ceniza los argumentos dentro de los canales electrónicos; pensar distinto es una manera de terminar en el ostracismo.
Luego de leer los manifiestos de las primeras vanguardias europeas que tuvieron su mayor apego con el texto y la literatura, me doy cuenta que en los últimos 30 años la formulación de estos preceptos están contenidos en documentos como el Manifiesto Unabomber: La sociedad industrial y su futuro; en los petitorios mínimos de grupos radicales de cualquier polaridad ideológica; en los manuales numerados que proponen los gurús y guías de sectas; en los ensayos académicos de filósofos cercanos a la ingeniería social; o en las ya cansadas consignas de las organizaciones disfrazadas de entes democráticos con agendas buenistas e intenciones bastante podridas.
Episodio 3: Cuadernos a la intemperie
La escritura a mano contiene algo más que el ejercicio simple de anotar. La letra de carta, sobre todo, está relacionada con el dibujo, ya que nos muestra una ilación, separada únicamente por las palabras que define en su trazo.
Veo en las líneas de un manuscrito las posibilidades de un dibujo inconsciente, algo que desde mi infancia me llevó a experimentar en mis diarios, espacios íntimos donde la anotación venía acompañada de algún objeto que sirviera para dejar huella del paso del tiempo. Un registro humilde y cotidiano, sin pretensiones artísticas que eran una búsqueda de mi propio significado.
Pasados los años he seguido buscando esos senderos que se bifurcan del trabajo de escritor, vocación en la cual me he ido abstrayendo, partiendo desde la anotación manual donde la línea concentra mi propia energía y termina siendo letra o dibujo.
Los materiales que utilizo son plumas, marcadores, lápices de color, acuarelas, crayones pastel o lo que tengo a la mano. He llenado cuadernos industriales comunes, cuadernos de manufactura más especializada para dibujo o blocks artesanales que ha fabricado para mí, mi hermano y maestro, el poeta guatemalteco Simón Pedroza.
Ha sido complejo asumirme como un artista visual, quizá soy un escritor que raya mientras trabaja, pero debo aclarar que mi obra no estaría completa sin estos ejercicios que en definitiva están muy lejos de las prácticas académicas de caballete que estudié y me hartaron durante mi infancia o de la expresión contemporánea absolutamente politizada por el efecto del lugar común transgresor y pseudoactivista. Hallo mis referentes en los calígrafos árabes o chinos, en los códices prehispánicos, en poetas como Henri Michaux, Guillaume Apollinaire, Mina Loy, Jean Cocteau, Antonin Artaud, Jorge Eduardo Eielson, Alejandra Pizarnik, Federico García Lorca, Pier Paolo Pasolini o la poesía brasileña.
Esta es quizá la etapa más fértil de mi obra, porque desde la meditación, la lectura y la observación he aceptado felizmente mi soledad.
