Nodos / Mis días en el Fondo de Cultura / Naief Yehya

Llevaba cuatro años trabajando en el Fondo de Cultura Automática. Lamentablemente las cosas en el fca no andaban muy bien. Los años de gloria y triunfos comerciales habían quedado atrás. Las ventas estaban por los suelos, dominaba un ambiente de incertidumbre, pesimismo e incluso franco sabotaje. Decían que todo era culpa de la piratería. Yo creo que eso era sólo un pretexto, nunca he visto ninguno de nuestros títulos pirateados, francamente dudo que provoquen suficiente interés o furor entre los lectores como para que alguien se tome la molestia de piratearlos. Supongo que la verdadera causa de la decadencia eran las malas decisiones editoriales y el fregado hecho de que nadie, absolutamente nadie, lee.

La crisis es la madre de todos los despidos, dicen por ahí algunos, y yo sabía que mis días en la editorial estaban contados. Mi jefe, el licenciado Díaz de la Rosa, me insinuaba seguido que el trabajo de mis sueños estaba en otra parte, sin duda ahí afuera, al alcance de mis manos. Me decía que me bastaba únicamente con saber buscarlo. Me repetía que me veía muy estresado y que quizás no estaba en el puesto que me convenía. Luego se quedaba callado, indiferente, casi hostil. Yo tenía mucho cuidado de no responder, ponía tan sólo una expresión ausente y solemne. Como si le agradeciera su preocupación pero no quisiera darle demasiada credibilidad para no traicionar mi compromiso con el fca. Otras veces fingía una sonrisa y volvía a hundir la vista en lo que fuera que tuviera frente a mí, como si me encontrara muy ocupado, aunque no particularmente estresado.

El contador Herminio Galván-Saucedo era el encargado de entregar las cartas de despido. A menudo lo veía espiarme, sentía cómo sus pequeños ojos de rata me seguían con discreción mientras se dirigía a cumplir su sórdida tarea de repartir sobres. Nadie en la editorial, o por lo menos en mi departamento, podía cargar más papeles y libros que yo. Ésa era mi ventaja. Creo. Varias veces durante la jornada me encerraba en el baño a rascarme la urticaria que me produce el estrés.

Originalmente me contrataron como jefe de ventas de la colección De Bolsillo. Pero luego me asignaron la coordinación de la serie Grandes Obras Neopostclásicas, en la que se incluyen relatos edificantes y singulares de autores como Paulo Coelho, Batistán Ferrer, el tipo que escribió Juan Salvador Gaviota y muchos otros de ese estilo que se consideran infalibles a la hora de las ventas. «Libros eficientes y sublimes, convincentes y morales, fácilmente digeribles e intensamente sentimentales; libros que, sin ser de autoayuda, ayudan al lector», me explicó Díaz de la Rosa. «El tipo de libros con los que queremos que el fca se identifique de ahora en adelante», añadió, aunque ni él ni yo ni nadie en esta oficina los había leído. Mi jefe insistía en que nuestra supervivencia dependía de que encontráramos los formatos más eficientes, veloces y directos para comunicar el mensaje: libros electrónicos, redes sociales, mensajes de Twitter, reality-shows, libros proyectables, programables, implantables, telepáticos o intravenosos. Nos tocaba a nosotros encontrar cuál era la mejor opción, elaborar programas de adaptación «formática», distribución globalizada, promoción multivectorial y estímulo a los nuevos comportamientos tecnoliterarios.

Un lunes temprano se apareció Galván-Saucedo en el cubículo de Díaz de la Rosa y lo puso en la calle. Mi jefe gritó y estuvo llorando sin ningún pudor por varias horas hasta que llegó seguridad a retirarlo. Nadie lo sustituyó en su cargo. No es que hiciera mucha falta su dirección ni que extrañara que me repitiera que debía buscarme un empleo en otra parte, pero quedé aún más confundido que antes. A partir de entonces, el propio director del fca, Juan de Dios Cortado, asistía a las reuniones, donde siempre nos recordaba: «El acto de leer palabras en una página puede ser considerado como superfluo si logramos impregnar el medio con las ideas». Nos exigía emplear la imaginación, ser creativos y «domar a la fiera de la monotonía». Galván-Saucedo nos observaba en silencio, como escogiendo a su próxima víctima. Yo buscaba todo el día ideas en internet para presentarlas como si fueran mías, pero en realidad ni siquiera sabía lo que buscaba. Cuando comenzaban a darme ataques de pánico y ansiedad cargaba pilas de libros de un lado de la oficina a otro, tratando de evitar cruzarme con Galván-Saucedo.

En algunas reuniones, Juan de Dios Cortado tomaba un libro de Quevedo, de Fuentes o de Isabel Allende y, en un gesto teatral, lo lanzaba al aire diciendo: «Tenemos que poner las palabras en la mediósfera, basta ya de imaginar que los dispositivos son destino». Todos mirábamos con congoja el libro hecho acordeón en el suelo, pero aplaudíamos con frenesí, especialmente cuando sentíamos la mirada amenazante de Galván-Saucedo. En ocasiones teníamos sesiones de lluvias de ideas en las que intercambiábamos palabras de estímulo e inspiración, como: «Debemos comernos la realidad a mordidas», «Hagamos de las zanjas montañas», «Si no te recuerdan vuelve a presentarte», «Los sueños son propuestas sin realizar», y otras cosas así que no tenían nada que ver con formatos, distribución en el éter o con el sincretismo tele-oblicuo-perimetral que debíamos instrumentar. Salíamos de esas juntas con la cabeza en alto y una sonrisa tiesa, como si aquellas frases nos llenaran de ilusiones y nuevas posibilidades. Al llegar a nuestros cubículos nos sentábamos desorientados a contemplar montañas de papeles, esperando a ver quién tendría la desdicha de que Galván-Saucedo lo visitara para entregarle su carta de despido.

Los meses pasaban y los que quedábamos en nuestros puestos no lográbamos ponernos de acuerdo en nada, a quién publicar, cómo, en qué medio o por qué hacerlo. Yo compulsivamente amontonaba papeles y me pasaba el día llevándolos de un lado para otro en la oficina, que poco a poco se veía más vacía. La situación era cada día más tensa, ya que no teníamos nada que mostrar aparte de frases optimistas que recolectábamos en nuestros informes semanales. Y una vez que quedaba en evidencia que no habíamos hecho nada, intercambiábamos acusaciones e insultos en las Sesiones de Logros de los viernes, en las que las intervenciones se daban en diferentes tono de histeria. El tres de julio pasado, la señorita Milanda Gutiérrez, quien usualmente era muy silenciosa y siempre se limpiaba las lágrimas de la emoción con una servilleta que guardaba en el sostén, explotó en sollozos y gritó: «No hemos hecho nada porque aquí nadie tiene cerebro ni iniciativa». «Tú eres la primera que deberías sacudirte las moscas que viven entre tus orejas», le contestó el secretario interno de distribución. «Es que aquí no se puede pensar», dijo Laureano Flores, quien nunca supe qué hacía. «A lo mejor se podría si algunos no se pasaran el día viéndome las nalgas», respondió Griselda Torres, quien sí tenía buenas nalgas, pero no era para tanto. No sé por qué, el licenciado Ramos le trató de dar un puñetazo en la cara a la señorita Fuentes, pero falló y ella le rompió un florero en la cabeza. El hombre quedó conmocionado.
Lo sacaron de la sala de juntas
arrastrando, supongo que lo llevaron a un hospital o a su casa, no pregunté. Ramos era bastante mayor, pensé que era una buena oportunidad para que se retirara. Era mejor salir así, inconsciente y con los pies por delante que agachado y humillado.

El licenciado Juan de Dios Cortado levantó los brazos en un gesto solemne y de esa forma cesaron los empujones, manotazos y pellizcos. Mirándonos firmemente uno a uno, dijo: «Lo que tienen que saber es dónde termina el bistec y dónde empieza el carnicero». Nadie peleó más. Olvidamos nuestras diferencias, nuestros temores y frustraciones, y al pobre Ramos, a quien nunca volveríamos a ver. Nos sentimos cargados de energía y confianza de que podríamos encontrar el camino.
¿Qué tan difícil podía ser organizar una colección de obras neopostclásicas en formatos novedosos y atractivos que pudiera invitar a la lectura y competir por la atención de las masas de jóvenes obsesionados con Call of Duty
o Angry Birds? Casi corrí a mi escritorio y escribí varios párrafos. Luego de releerlos dejé caer la cabeza sobre el escritorio. No tenía la menor idea de lo que esperaban de mí. Hice una enorme pila de libros, la más alta que había erigido, la levanté trabajosamente y comencé a recorrer la oficina, semidesierta de un lado a otro, tratando de mantener mi carga en equilibrio. De reojo pude ver que Galván-Saucedo me seguía con un sobre en las manos. Apreté el paso.

 

 

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