Narrativa / Eduardo Sarabia

 

El Señor de los Suelos

 

El Señor de los Suelos posee aviones pero tiene miedo a las alturas. Por lo tanto ha dado órdenes a su hombre de confianza, el Yayo, de recibir el cargamento que le envía su compadre, el Señor de las Moscas. Es diversión para su pueblo: televisiones, cocaína y unas cuantas bananas. La amante del Yayo se aburre, pero los hombres tienen que trabajar.  Más vale que todo esté en orden.

Guillermo Fadanelli

Estas piezas, creadas esmeradamente por artesanos mexicanos con técnicas tradicionales, muestran variados elementos relacionados con el contrabando, en un azul vidriado sobre porcelana blanca. Las enormes vasijas no están puestas en pedestales esculturales, sino sobre cajas de cartón que también pueden servir para su exportación ilegal. Aquí chocan las convenciones con una imaginería inesperada, y sucede lo mismo con la representación y su referente; esto da a cada pieza una presencia ambigua pero llena de significados.

Brian Sholis

Conformada por una serie de elementos estéticos y simbólicos marginales, la pieza no refleja la moral de un México moderno, sino la expresión de las aspiraciones de una clase socialmente marginada y económicamente en crisis. Es el otro lado de una realidad que rebasa los valores promulgados por el «sistema».

Patrick Charpenel

A tres oficiales de aduana, un mexicano, un alemán y un francés, los están capacitando en Estados Unidos para luchar contra el sofisticado contrabando de productos ilícitos. El último día de clases se les aplica un examen. Ésta es la última pregunta: «Un coleccionista de arte quiere sacar de contrabando una docena de botellas. Él declara que son arte. Te llama la atención la sorprendente belleza de la botella de cristal hecha a mano, empacada en una fina caja azul. Decides hacer una inspección más detallada y hacerle más preguntas al sospechoso. ¿Cuál sería la primera?».
El oficial alemán dice:
«¿Desde cuándo el Schnaps [aguardiente] es arte?».

El mexicano dice:
«¿Si el tequila es arte, entonces qué es el mezcal?».

El francés dice:
«¿Por qué azul?».

Anri Sala

Una fresca noche de enero en Berlín, amigos y desconocidos de Berlín, la Ciudad de México, Los Ángeles, Nueva York y otros lugares, tomaron tequila Sarabia en el Salón Alemán. La atmósfera en el sótano era animada y brillante. Un emprendedor traficante de cocaína colombiano se acercó discretamente a la barra pidiendo derechos exclusivos al bar.
Su nombre recuerda el de un antiguo restaurante de Guadalajara, La Alemana. El Salón Alemán fue creado por Eduardo Sarabia como un lugar de reunión y punto de partida para investigaciones culturales sobre lo global, lo popular y lo académico. Este bar situado en el sótano de unitednationsplaza fue la sede de numerosas actividades postdiscursivas de octubre de 2006 a noviembre de 2007.

 

Eungie Joo

A diferencia de la mayor parte de la obra de los colegas de su generación —con una producción muchas veces borrosa, críptica, distante, fracturada y rebuscada, algunas veces anémica, cínica o caprichosa—, la obra de Sarabia parece ser, en contraste, acogedora, agradable, fresca y cristalina, ilustrativamente sincera, secuencial, enérgica y, en ocasiones, hasta didáctica. Sin embargo, tan pronto como nos adentramos en su narrativa, encantadora y en apariencia inocente, nos golpean, de repente, una ambigüedad inesperada y una búsqueda contradictoria.

Cristián Silva
Los textos aparecen por cortesía de Eduardo Sarabia. Fueron tomados del libro The Gift +1-866-865-0879 (Turner/Fundación-Colección Jumex, México, 2008).

 

 

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