Los soldaditos de Erdoğan / Emmanuel Carrère

1.

Tengo cita con Bulut junto a la torre de Gálata en un barrio tradicionalmente turístico, pero sin visitantes en este momento. Sorprende que en una ciudad tan cosmopolita como Estambul rara vez se escuche hablar otro idioma que no sea el turco. Incluso en el avión todos los pasajeros eran turcos. El Gran Bazar está desierto, no hay fila para entrar a la basílica de Santa Sofía ni a la Mezquita Azul. Este abandono surgió a principios de año y se debe a los tres atentados cometidos contra los extranjeros que visitan la ciudad —y no contra la población turca, contrariamente a los de París, que apuntaron sobre todo a los franceses. (En el momento en que escribo acaba de producirse un cuarto ataque). Asimismo se debe al hecho cada vez más notorio de que el país se hunde en la dictadura, por lo que a nadie le apetece tanto vacacionar en Turquía, y también simplemente porque ya se acabó el periodo vacacional.
     Escucho el llamado a la oración mientras espero a Bulut, quien llega tarde, algo normal en una ciudad de catorce millones de habitantes, famosa por la magnitud de sus embotellamientos. Bulut es un muchacho de alrededor de treinta años, jovial, hábil, y habla un inglés tan refinado que a veces se me dificulta entenderlo. Cuando le pregunto de dónde le viene esa destreza, si ha vivido mucho tiempo en Inglaterra o en Estados Unidos, me responde que no, que es gracias a las películas y a los videojuegos. Contraté a Bulut en calidad de fixeur. Un fixeur, en jerga periodística, es un habitante nativo de un país que ayuda al periodista extranjero a encontrar los contactos necesarios, traduce, sugiere, anima. Un buen fixeur es una bendición y uno malo puede ser un tiro por la culata, pero tengo la impresión de que Bulut es bueno. Decidí recurrir a sus servicios, antes que nada, porque no hablo una palabra de turco, pero también por otra razón: es muy fácil para un escritor francés encontrar en Estambul artistas, intelectuales, miembros de la clase media culta, occidentalizada, que hablan inglés o francés, que se declaran aterrados por los sucesos en curso y quienes, con mayor o menor vehemencia, denuncian la brutalidad e incluso la locura de su presidente Recep Tayyip Erdoğan. Somos personas similares porque más allá del idioma tenemos un lenguaje común. ¿Y los partidarios de Erdoğan? ¿Y los electores de su partido, el akp? ¿Esa mitad de la población que aprueba de corazón todo lo que asusta a la otra y de paso nos espanta a los extranjeros? Uno no siempre puede ir a cenar con ellos. Hay que acercarse de otra manera.

2.
Pensé en algo: los reportajes que escribo para la revista xxi desde hace casi diez años generalmente me toman dos semanas, y de hecho el trabajo suele repartirse de la siguiente manera: la primera semana sirve para entrar en contacto con gente similar a mí, a la que llego gracias a amigos o a amigos de amigos, por ejemplo la intelligentsia demócrata en Rusia o los promigrantes en Calais. Luego, la segunda semana intento alejarme de ese círculo lo mejor que puedo y nunca es muy fácil pasar al otro bando: aliados de base de Putin o «Calesienses en cólera» (nombre que eligieron los que rechazan a los migrantes). En Estambul decidí no esperar a la segunda semana para encontrarme con quienes apoyan a Erdoğan, y es por eso que recurrí a Bulut.
     Bulut es a la vez reportero freelance, videoartista, miembro de un grupo de rock psicodélico y, cuando se presenta la ocasión, fixeur. Su trabajo más reciente en ese ámbito fue con una periodista de la prensa femenina francesa que hacía una investigación minuciosa sobre implantes de barba y bigote, una industria floreciente en Estambul que atrae (o al menos así era antes de que se degradara la situación) una importante clientela del Medio Oriente. Bulut se define a sí mismo como turco blanco, macho, occidental, nacido en la burguesía de Estambul. Tiene todo para ser un privilegiado salvo que ahora —señala con filosofía mientras bajamos por las calles empinadas, terriblemente agotadoras, que van de Petra hacia el puente de Gálata— un tipo como él está tan jodido como los pobres o los kurdos, esto porque lo consideran un traidor a la patria, un enemigo interior en la mira del poder, a quien pueden quitarle el trabajo en cualquier momento, arrebatarle el pasaporte y toda existencia social. Forma parte del grupo de ciudadanos que en 2013 ocuparon por quince días el jardín público de Gezi en un movimiento que fue considerado el mayo del 68 de los turcos, y del que él guarda un recuerdo fascinante, pero que en el curso de los años siguientes han ido perdiendo toda ilusión sobre el sistema y ya no pueden reunirse en grupo porque es demasiado peligroso. Y cuando le pregunto si tiene un «plan B» alza los hombros: ¿para qué exiliarse y adónde iría? ¿Con Trump en Estados Unidos? ¿Con Orbán en Hungría? ¿Con la señora Marine Le Pen en Francia? Le hago notar que ella aún no ha sido elegida y le da risa: «Ya verá, antes uno no lo creía posible, pero en estos momentos siempre sucede lo peor».
     El plan B es un tema recurrente entre la gente de treinta a cuarenta años que encontré durante mis primeros días en Estambul. Esas personas que no nombraré porque todas me han pedido guardar el anonimato en caso de citar sus palabras. Todas llevan, o al menos así era entonces, un buen nivel de vida. Tienen familias y amigos. Son abogados, arquitectos, editores, cineastas o altos funcionarios; viven en bonitas casas de madera, en barrios burgueses como Bebek y a priori no tienen ninguna intención de exiliarse, aunque todos se lo plantean y eso da pie a discusiones interminables: ¿en qué etapa del proceso habrá que salir, a pesar de todo, antes de que sea demasiado tarde?, ¿cuando se cierren las puertas y ya no sea posible?, ¿cuando se prohíba la escuela mixta?, ¿cuando el velo sea obligatorio?, ¿cuando se criminalice el aborto?, ¿cuando se restablezca la pena de muerte?, ¿hasta cuándo esconderemos la cabeza?
Cuando no es suficiente con quitarle el pasaporte a un universitario que firmó una petición a favor de la paz con los kurdos, sino que se lo quitan a todos los miembros de la familia, ¿acaso no se ha rebasado el límite y se ha llegado al Estado totalitario donde ya no significa nada la noción de Estado de derecho?, ¿un Estado capaz de cualquier cosa? La analogía con el ascenso al poder del Tercer Reich no es descabellada, con frecuencia es explícita y al menos tres personas (se ha vuelto un clásico aquí) me citaron la célebre y magnífica fórmula de Martin Niemöller: «Cuando vinieron a buscar a los socialistas no dije nada porque yo no era socialista. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas no dije nada porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron por los judíos no dije nada porque yo no era judío. Y cuando vinieron a buscarme a mí, ya no había nadie para defenderme».

3.
Bulut me hizo cita por la tarde con la hermana de su padre, partidaria ferviente de Erdoğan. Su padre también está en ese bando pero su madre no; ésa es la razón principal por la cual los dos septuagenarios se están divorciando. Esto comprueba que en un Estado totalitario sólo es posible convivir con gente de ideas acordes a las tuyas. Como llegamos antes de la hora de la cita, atravesamos el Cuerno de Oro sobre el puente de Gálata. La batalla del golpe de Estado fallido el 15 de julio pasado no se desarrolló sobre este puente sino sobre el del Bósforo, que desde entonces cambió su nombre a «Puente de los Mártires del 15 de Julio de 2016», en homenaje a los alrededor de doscientos cincuenta leales, la mayoría civiles, asesinados por los golpistas aquella noche. La placa fue colocada desde el día siguiente y parecía haber estado ahí desde siempre, lo que dio argumentos a los conspiradores, que a decir verdad son muy pocos, porque la realidad es que Erdoğan aprovechó ese golpe fallido para organizar una purga y quitarse el prurito que le provocaban los partidarios de su exaliado Fethullah Gülen, y así disimular que él mismo lo había organizado.
     En la baranda del puente de Gálata se amontonan muchos pescadores con sus cañas. Bulut improvisa un micro camino para pasar entre ellos y —por lo que entendí en turco— empieza por decir: «¿Qué tal, muchachos, ya mordieron?», y enseguida me presenta como un periodista francés interesado en saber lo que piensan sobre la situación política. En general los turcos son un pueblo amable, cordial, más proclive a decir sí que no —contrariamente a los rusos—, pero un periodista francés puede molestarles un poco y no lo disimulan. Los medios extranjeros están haciendo un banquete con lo que sucede en Turquía y no dicen, por ejemplo, que Francia está bajo fuego. Lo que saben de los medios extranjeros esos pescadores que sólo hablan turco, me señala Bulut, es evidentemente sólo aquello que les dicen los medios nacionales con una fidelidad discutible, como lo demuestra la falsa-verdadera entrevista de Christiane Amampour.
     Christiane Amampour es una periodista vedette de cnn que cubrió la megamanifestación del Gezi con tal simpatía que disgustó al diario religioso Takvim. En Takvim se publicó una entrevista de ella con el elocuente título de «Dirty Confessions from cnn», y realmente eran sucias, ya que Amampour (con quien evidentemente nadie de Takvim se había reunido) confesaba crudamente que, al presentar a Turquía como un país al borde de la guerra civil, y al utilizar más de una vez la palabra «dictadura», sólo seguía las consignas de su línea de dirección, línea que tomaba ella misma de los grandes grupos financieros, del lobby del alcohol, del lobby judío, de los gulenistas, de la cia y en general de todos aquellos que tienen interés en que el país se derrumbe. Pero, de nuevo, los turcos son personas amables y, una vez expresada su desconfianza hacia los periodistas extranjeros en general, llevan al periodista extranjero que se presenta en particular, y de quien no hay razón para pensar que es un cabrón, a practicar el deporte nacional que consiste en sentarse en pequeños taburetes en un café al aire libre, en la orilla del río, a fumar cigarrillos forjados sin prisa, aromáticos (que me hacen lamentar haber dejado de fumar), saborean té servido en vasos en forma de tulipán que se ven absolutamente en todas partes, llamados Ajda en homenaje a las formas voluptuosas de Ajda Pekkan, una cantante de los años setenta cuyos duetos con Enrico Macias hacen aún las delicias en YouTube.
     Un señor gordo, cordial e infantil, habla del golpe de Estado y dice que Turquía no merecía eso. Porque han tenido antes ese tipo de sucesos aproximadamente cada diez años, pero se hacían cumpliendo un mínimo de reglas. No entiendo qué clase de reglas han sido violadas esta vez. Bulut me explica enseguida que los últimos golpes, calificados como golpes «virtuales» o «posmodernos», consistían en que un general leyera un comunicado para la televisión y, una vez concluido, todo mundo se alejaba en orden. Ahora hubo cientos de muertos, más del lado leal al gobierno que del golpista, pero sobre todo, contrariamente a todos los anteriores, el golpe fracasó. El gordo piensa que detrás había una mezcla de kemalistas, gulenistas y, claro, la cia, sin cuya bendición es imposible tomar ninguna iniciativa de este tipo en Turquía. Piensa también que, aunque no estén de acuerdo con el poder actual, éste no ha cambiado de verdad su vida cotidiana: de acuerdo o no, nada impide que vengamos a tomar té a la orilla del Bósforo, a pescar en el río, a llevárnosla tranquilos. Bulut, a la vez que traduce para mí, dice que personalmente está de acuerdo con esos análisis, y cuando le pregunto al gordo amable si acepta que en mi artículo escriba su nombre, responde que sí. Le doy mi cuaderno para que lo escriba y pienso que es muy curiosa esta división y que tal vez eso es lo que nos espera un día, ¿quién sabe?: los intelectuales, la gente que normalmente habla en su propio nombre, gente como yo, lo primero que me piden es que no mencione sus nombres, mientras que no hay ese problema con el ciudadano de a pie, el soporte de base de un régimen populista. Así que anota su nombre en mi cuaderno: señor Ömer Ali Aksu, chofer de camión jubilado, nacido en 1955 —y me reservo su número de teléfono.

4.
La tía de Bulut vive en la ribera asiática, y es siempre un placer viajar hacia la ribera asiática. En el trayecto de regreso, la ciudad que fue Bizancio y luego Constantinopla, la capital del mundo después de Roma, se puede observar en todo su esplendor dorado, con gaviotas volando en círculos marcando el cielo con sus alas y sus gritos. El trayecto de ida es menos espectacular, pero obliga a pensar en el enorme bloque continental que comienza ahí y alinea Bagdad, Teherán, Kabul, Benarés y Pekín hasta Vladivostok. Estoy dividido entre el deseo de abandonarme por completo al espectáculo o prestar atención a la breve lección de política turca que Bulut improvisa para mí.
     El partido dominante es el akp de Recep Tayyip Erdoğan, partido musulmán de facción sunita que busca sus adeptos entre la clase baja, la nueva clase media y, al ser dominante, atrae a los oportunistas. Tiene actualmente —Bulut verifica el dato en su smartphone— trescientos diecisiete diputados, que es mucho, pero aún insuficiente para gobernar sin coalición, y es una de las razones por las que se espera que pronto Tayyip, como todo mundo le llama aquí, lance un referéndum para instaurar el régimen presidencial que le daría el poder pleno. Después viene el chp, con ciento treinta y tres diputados; es un partido republicano y laico que se parece a la vieja guardia kemalista. Enseguida, con cincuenta y nueve diputados, está el hdp, partido prokurdo pero que abarca más allá: toda la gente que conozco en Estambul, gente de izquierda, liberales, ecologistas, votan por el hdp aunque sea por voto de castigo; sus adversarios esgrimen contra el hdp el espantajo del pkk, el partido de los trabajadores de Kurdistán, y argumentan que es difícil no considerarlo una organización terrorista aunque se pueda ser sensible a la causa del pueblo kurdo. Finalmente, con cuarenta diputados, está el mhp, nacionalistas que pueden ser calificados como extrema derecha.
     Lo que nos resulta más complicado de comprender a los extranjeros es el estatuto del partido kemalista, ya que estamos acostumbrados a pensar que los laicos en el ámbito político son los gentiles. Mustafa Kemal Atatürk, el «padre de los turcos», era un hombre de Estado genial, pero ciertamente no un gentil, y con frecuencia se olvida que el kemalismo es, junto con el fascismo, el comunismo y el nacionalsocialismo, el cuarto de los grandes movimientos autoritarios producto de la Primera Guerra Mundial. Es también el único de los cuatro que sobrevivió a sus fundadores y que más de un siglo después sigue siendo una referencia sagrada para su pueblo. Atatürk fundó la República Turca sobre las ruinas del Imperio Otomano y a marchas forzadas llevó a su país oriental hacia la modernidad occidental imponiendo el alfabeto latino (en una versión erizada de cedillas y diéresis), reemplazando el fez tradicional por el sombrero de copa, e inclusive otorgando a las mujeres el derecho al voto, por primera vez en el mundo. Cuando se está obsesionado, como lo estaba él, con la unidad del Estado-nación, se teme a todas las fuerzas que puedan frenarlo, y en Turquía eran los kurdos en el plano étnico y el islam en el religioso. Ambas fuerzas han sido consideradas por los sucesores de Atatürk (no tan geniales como él) como factores de retraso oriental. Para desviar al pueblo de este retraso no se podía contar con la clase política —indolente, corrupta y poco fiable—, sino únicamente con el ejército, y es el motivo por el cual el kemalismo se volvió un coctel inédito de laicidad intransigente, militarismo galopante y arrogancia elitista. El pueblo era tratado como niño perezoso, el número de sus representantes electos era mínimo y cada vez que las cosas se tambaleaban un poco se les daba un coscorrón y un golpe de Estado militar: el ejército reorganizaba un gobierno bajo su estricta vigilancia con la amenaza latente de un golpe de Estado. Cada diez años más o menos había uno, y los ministros sospechosos de ser demasiado indulgentes con la religión o con los kurdos eran ahorcados. Se entiende que después de casi un siglo ese régimen se haya desgastado y que en su lugar se impusiera el islam político desde finales del siglo xx.      Erdoğan aprovechó este impulso y primero fue un excelente alcalde de Estambul, enseguida Primer Ministro y ahora presidente de la República. Ofreció a Occidente un rostro del islam compatible con la democracia y la modernidad, muy seductor al inicio. Él se ha sentido a la vez como un segundo Atatürk y también como el opuesto a Atatürk, amigo del pueblo y no de una élite desdeñosa. Cuando el ferry comienza a desembarcar a los pasajeros en el muelle de Kadiköy en la costa asiática, Bulut me muestra en la sala de espera un enorme retrato de Atatürk en traje y corbata con la cabellera cuidadosamente peinada hacia atrás, muy a la manera dandi de los años locos, algo del tipo Mishima y Rodolfo Valentino. Ese retrato es una señal, me dice Bulut. Antes había absolutamente en todos lados, pero desde que Erdoğan llegó al poder se han vuelto cada vez más escasos, los han descolgado. Bulut —quien realiza ese trayecto con frecuencia— me asegura que el que vemos en la sala de espera no estuvo ahí los diez años anteriores. Me rasco la cabeza: ¿qué indica que lo hayan vuelto a colgar ahora? Que están insistiendo de nuevo sobre los valores de la República, dice Bulut, Erdoğan está navegando en la superficie.
                            
5.
La tía de Bulut vive a pocos kilómetros, es decir a casi una hora de Kadiköy en taxi. Su casa, moderna, semiacogedora, exhala la clase media: ni lower ni upper, sólo media. Es una risueña mujer rubia, con vestido floreado, sin pañuelo, de aspecto perfectamente occidental. Nos invitó a conocer a su hermana menor, muy parecida a ella; a su padre, retirado de la industria textil, con su bigote blanco, tiene el aire sagaz de un viejo campesino anatolio. Nos presenta a un vecino que, me dice nuestra anfitriona, comparte sus opiniones. Bulut puso las cartas sobre la mesa: todos saben que me han indicado que son partidarios de Erdoğan, y ellos se empeñan en no decepcionarme. «Hemos llenado expedientes, cumplimos condiciones y nunca es suficiente, nunca es lo que se necesita, y su Sarkozy habla de nosotros como salvajes, entonces nuestro Erdoğan tiene razón en decir que es suficiente, y de cerrarles la puerta en la cara; los turcos son orgullosos, no merecen ser tratados así». «Tengo ochenta y cinco años, grita el padre, he visto pasar muchos golpes de Estado y puedo decirles una cosa: para un hombre como yo, Tayyip es como un hijo, es una parte de mí mismo».
     Con el debido respeto a su padre, sus dos hijas comienzan a hablar al mismo tiempo que él y con igual entusiasmo. Escucho entre el barullo repetir dos palabras: «diktatür… demokrasi...», Bulut agobiado me traduce como puede. Se trata de cuando Erdoğan se convirtió en alcalde de Estambul, en esa época podíamos tomar un baño cada dos días, y él prometió que tendríamos agua corriente y ahora el agua corre, es un hombre que cumple sus promesas. Y antes del akp, oficialmente era un régimen parlamentario, pero en realidad era una dictadura militar.
     Intento integrarme: ¿y ahora? ¿Ahora qué es? ¿Acaso no parece una dictadura islamista que ha tomado el lugar de la dictadura militar? Busco en mi cuaderno, había anotado algunas cifras para tener argumentos: sesenta mil funcionarios destituidos en el ejército, en la educación, en la justicia; decenas de periódicos y radios cerrados; cincuenta mil ciudadanos privados de pasaportes; las cárceles se vaciaron de delincuentes comunes para dejar espacio a periodistas y opositores de todos los bandos; ¿acaso encuentran esto normal? Es en este punto cuando el vecino interviene. El vecino, un hombre de cincuenta años, se parece de manera impresionante a Mahmoud Ahmadinejad —quien personalmente me parecía muy simpático, aunque los rostros simpáticos a veces engañan. Con tranquilidad me explica que siempre es así después de un golpe de Estado, que quizás hay excesos, pero que los demás harían lo mismo y de hecho lo hacen. ¿El mismo Erdoğan no fue enviado a prisión por los militares laicos por haber recitado en un discurso público versos belicosamente islamistas en los que habló de «mezquitas, que son cuarteles / alminares, que son nuestras bayonetas»?
     Pienso, escuchándolos, en la cena a la que fui invitado el día anterior: la gente del viejo periódico de tradición kemalista, Cumhuriyet, gente encantadora, perfectamente francófonos, perfectamente cultos, perfectamente consternados, intercambiaban noticias sobre sus decenas de amigos y colegas encarcelados. Había quienes estaban juntos en la misma celda, para ellos no era tan malo, eran buenas noticias, pero se angustiaban por la escritora Asli Erdoğan (simple homonimia), una mujer de salud más que frágil, que corría el riesgo de morir presa. Al escucharlos me reprochaba no haber firmado, por exceso de recelo, una petición a su favor que circulaba en Francia. Y luego, gradualmente, la conversación se centró en la encarcelación de Erdoğan en 1999, y eso me provocó un inmenso estallido de risa, pues fue de conocimiento público que en prisión Erdoğan fue tratado no precisamente como Pablo Escobar, quien se mandó construir una prisión-palacio, pero casi: los guardias no tenían derecho de fumar ni de cruzar las piernas en su presencia, porque a Erdoğan le molesta que crucen las piernas y fumen (incluso revisaba dentro de los bolsillos de su guardia, buscando paquetes de cigarrillos que tiraba a la basura con un gesto enojado), y su celda era de hecho un pequeño apartamento, se cerraba con un pasador interior.
     Ese pasador interior es un detalle que me encanta, pero ya vuelve Ahmadinejad a la carga. Él dice que Erdoğan es un hombre simple, un hombre del pueblo, que el ejercicio del poder no lo ha hecho arrogante en absoluto —esto es una exageración, ya que también fue de conocimiento publicó que se mandó construir en Ankara un palacio de mil doscientas habitaciones que hacía parecer al palacio de CeauÈ™escu una casita en los suburbios. No tuve tiempo de referirme a eso porque ya estaban soltando otra serie de elogios. Es un hombre íntegro —otra exageración, porque la Turquía de Erdoğan, como la Rusia de Putin, es una cleptocracia, y se puede decir incluso que las cosas comenzaron a endurecerse hace tres años, cuando circuló por la red el registro de conversaciones telefónicas entre Erdoğan y su hijo, en las que hablaban de esconder algunos millones de euros en efectivo para escapar de una investigación en curso.
     En eso, la hermana menor toma el relevo: ella promueve al akp desde 2004 y un día, mientras caminaba por la avenida Ä°stiklal, los Campos Elíseos de Estambul, fue detenida por unos kemalistas que la insultaron. Yo digo que es lamentable, ciertamente, pero para retomar su argumento acerca de las purgas al día siguiente de un golpe de Estado. ¿A la inversa no sería posible? ¿Al revés? ¿Qué las personas del akp insultaran o maltrataran a los kemalistas? La hermana se burla de mi ingenuidad: no, al revés no sería posible, y si eso ocurriera, el agresor no sería un verdadero miembro del akp, sino un agente provocador, un kurdo o un kemalista infiltrado.
     Ese argumento es tan fuerte como el café —un mal miembro del akp no puede ser más que un miembro falso—, Bulut me traduce sin ironía, y es algo que me gusta de él, esa preocupación por ser justo, comprensivo, sin tomar partido. Él, en todo caso, no es elitista y sentimos que, por muy extravagantes que sean a veces los discursos de nuestros anfitriones, él es como yo, sensible a su buena fe, a su candor, a la generosidad con la que, a la vez que gritan y se arrebatan la palabra, nos sirven sin cesar el té y las deliciosas baklawas hechas en casa.
     En un momento de la discusión el padre se retira; al principio creo que es para tomar una siesta, pero no, es la hora de la plegaria. Sólo él no falla nunca, los demás afirman que son buenos musulmanes, pero observan los ritos con más ligereza: es un asunto privado, ninguno de ellos piensa que la Sharia debería prevalecer sobre las leyes civiles, su apoyo a Erdoğan no se basa en ningún fanatismo islámico. Buscamos la justicia, cada quien en su vida, seguimos el camino del Corán pero no queremos imponérselo a nadie. Un cristiano o un judío que viven sinceramente su fe valen igual que un musulmán. Turquía no es y nunca ha sido gobernada por Alá, eso no sucederá por la voluntad de Erdoğan.
     El padre, después de rezar, regresa, toma su lugar, estábamos en la religión pero él no nos siguió y retoma el hilo de su pensamiento, que no parece variar mucho: Tayyip es el pastor de su pueblo. Él lo guía y le da lo que realmente desea. Ahmadinejad, que conoce algunas palabras en inglés, agrega esta fórmula que parece haber aprendido de memoria: «Whatever we feel, he does. Whatever he does, we feel» («Lo que sea que sentimos, él lo hace. Lo que sea que él hace, nosotros lo sentimos»). La hermana dice que ella viaja mucho al extranjero por una organización caritativa, y donde ella va, a Birmania, a Nigeria, a Pakistán, cuando dice que es turca los ojos se agrandan, casi la bendicen: Erdoğan es la voz de los débiles, de todos los oprimidos del mundo, de todos aquellos que necesitan ser protegidos. Es por eso que los ricos egoístas de América y de Europa occidental lo detestan tan cordialmente.
     Se aproxima la hora de partir. Me llevo como regalo una pequeña cerámica, muy bonita, hecha por la hermana mayor. Y antes de que nos dirijamos hacia la puerta, la más joven me pregunta: «Pero tú, Emmanuel, ¿qué opinas?». Me toma por sorpresa, pero decido responder sinceramente. Digo que amo Turquía pero que no me gustaría vivir ahí hoy, no me gustaría vivir en un país donde la política es tan importante, donde prácticamente nunca no se habla de otra cosa y obligatoriamente sólo con gente del mismo partido que uno. Digo que, sin duda influenciado por la opinión dominante en mi país, desconfío de Erdoğan, pero que si hago este tipo de artículo es para expandir mi visión, para encontrar gente que no piensa como yo y reconocer su buena fe. Asintieron con la cabeza, me besaron, nos despedimos. Lo que no dije es que me pregunto si en los años treinta, en Alemania, hubiera podido encontrar tan simpáticos y tan sinceros a los miembros del joven partido nacionalsocialista.

6.
Aunque podría fácilmente estar de acuerdo con la última persona que habló; la tía de Bulut y los suyos, con sus deliciosos pasteles y su conmovedora hospitalidad, me parecieron más convencidos que convincentes, y por supuesto que me resulta imposible colocar al mismo nivel la propaganda del akp, la propaganda de la oposición o la de la prensa extranjera. No sólo porque tengo más afinidades socioculturales con la gente de la oposición: me parece evidente que ellos tienen razón. Razón de inquietarse por el descarrío autoritario de su presidente, razón de pensar que bajo esa autoridad el país va al fracaso, razón de temer por ellos mismos y por aquellos que piensan y quieren vivir libremente. Como dice una de mis amigas, que también prefiere guardar el anonimato: hasta los últimos tres años, Erdoğan conducía su auto mirando de vez en cuando a la derecha y a la izquierda: un vistazo hacia el islam, un vistazo hacia Europa. Pero las cosas cambiaron: ocurrió la primavera árabe y sus derrotas, que aniquilaron su sueño de convertirse en el líder de los países de mayoría sunita; ocurrió la jubilosa rebelión de Gezi, que lo atemorizó; y ocurrió algo peor que Gezi: estos procuradores de la obediencia gulenista que tuvieron el descaro de lanzar una operación «manos limpias» contra los altos funcionarios del Estado, sus amigos y su familia. Erdoğan va derecho, el carro se queda sin frenos, y sabe que si se detiene, o incluso si baja la velocidad, su supervivencia política está en juego. Es suficiente que se sienta amenazado por la emergencia de un partido de izquierda creíble y un líder kurdo, Selahattin DemirtaÅŸ, un joven y brillante abogado que podría ser el Tsipras turco, para que cuestione el cese al fuego y reactive una guerra civil de pesadilla al este del país, donde el ejército y la policía turcos se entreguen a la tradición de brutalidad y de tortura dignas de El expreso de medianoche.
     Erdoğan respeta a la Unión Europea por recibir en su territorio, a cambio de varios miles de millones de euros, a tres millones de refugiados sirios: si no está contenta, puede abrir las fronteras en cualquier momento, dejar que todo el mundo se despliegue en su territorio, y es una amenaza intimidante. Pero dar la espalda a Europa cuando somos el segundo ejército de la otan, encontrarse rodeado por países que son aliados o satélites de Rusia, si es un engaño, es un engaño peligroso.
     «La única solución a la situación actual», me dijo un amigo escritor, «es que asesinen a Erdoğan, cuanto antes, mejor». Me impacta hasta qué punto la situación de un país entero depende de un solo hombre, de que lo amen o no, y para quienes lo detestan todo depende del hubris, del delirio de grandeza que desde hace años afecta notablemente a este hombre. El drama de Turquía no es la crisis económica aunque sí golpea, no es la rebelión kurda que sólo debe ser apaciguada, no es tampoco la cercanía peligrosa de Siria, es la paranoia creciente, el delirio de grandeza y el rechazo al diálogo encarnados en un hombre que un tiempo significó esperanza y que ahora se ha convertido en una maldición. Es un debate antiguo que ocupa varios capítulos en La guerra y la paz, los roles respectivos en la historia del gran hombre y los grandes movimientos que sacuden a la sociedad. En Turquía la sociedad ya no puede decir nada. El gran hombre y el destino del país es Tayyip. Es por eso que la tía de Bulut elogia y canta su gloria, es por eso que mis amigos esperan su muerte aunque sepan que se necesitarán años para reconstruir el sistema educativo, la justicia o la policía. Es por eso que estas personas que en tiempos normales llevaban una buena vida hedonista ahora duermen mal, se atascan de ansiolíticos, viven con temor de ser arrestados y se arriesgan cada vez menos en las redes sociales que en Turquía están gangrenadas por un ejército de aktrolls, los trolls del akp. Es por eso que, cuando durante la cena dije, a la ligera, que a pesar de todo la vida cotidiana no había sido demasiado afectada, que aún era posible sentarse frente al Bósforo a beber tranquilamente una taza de té fumando lentamente un cigarrillo, todos se indignaron. ¡Claro que la vida cotidiana se afectó! Ya no hay vida cotidiana, ya no hay más que vida política, y esta vida política es una catástrofe.

7.
Es un axioma de Erdoğan que los medios que cantan su elogio son serios e imparciales, y aquellos que lo critican son partidistas y están vendidos a sus enemigos del interior y del extranjero. Y es por interés general —tal como lo entiende el akp— que prácticamente ya no existe esa prensa supuestamente vendida y partidista. Pero ya que estoy aquí, me gustaría reunirme con representantes de la prensa «imparcial» y ver cómo son los intelectuales que defienden el régimen, ya que mis conocidos son más bien intelectuales de oposición.
     Me hablaron de un tipo así que se llama Yiğit Bulut, publicista, consejero personal del presidente, que sale mucho en televisión. Además tiene cerca de un millón de seguidores en Twitter. Yiğit Bulut ha desarrollado teorías que según él demuestran que hay un complot para asesinar a Erdoğan por telequinesis. En cuanto a las manifestaciones del Gezi, él afirma que han sido impulsadas por Lufthansa, porque no soportaba la idea de que el nuevo aeropuerto en Estambul —que aún es sólo un proyecto faraónico del presidente— ganara la partida al de Fráncfort, el más grande del mundo hasta el momento. Cuando le hablé de su casi homónimo, Bulut torció la boca: por una parte Yiğit Bulut no es lo que se puede decir un intelectual —por supuesto estoy de acuerdo—, y por otra parte es como muchos de los que apoyan al régimen: francamente paranoico y terco. Porque sí hubo intelectuales que apoyaron a Erdoğan y algunos muy valiosos, pero quienes tenían un poco de lucidez y sentido del honor se alejaron de él en el curso de los últimos años, cuando el descarrilamiento autoritario se hizo patente. La intelligentsia, afirmó Bulut, es hostil al gobierno de manera abierta o secreta; algunos pilares históricos de la akp, como los hermanos Mehmet y Ahmet Altman, fueron encarcelados acusados de gulenismo. Otros permanecen libres pero cerca de los muros de la prisión, andan errantes como fantasmas. Así que no voy a conocer a intelectuales partidarios de Erdoğan, ni figuras públicas que lo apoyan, pero sí a una atractiva presentadora de uno de los muchos canales de televisión del Estado. Además de ser encantadora me dijo muchas cosas interesantes, bastante sinceras, desafortunadamente a condición de que las dejara en off. Cuando nos separamos recordé un mail de mi amigo José, un francés amante de Turquía que vive en Estambul desde hace diez años: «Ese repetitivo juego de las sillitas entre el ejército, los laicos y los islamistas de todo tipo que van cambiando de silla tan rápidamente y tantas veces en la historia reciente, pasando del rol de buenos a malos y viceversa, que provoca mareo a los no-turcos e inclusive a los propios turcos. Pero así es, así es Turquía». (Uno puede escuchar esta expresión fatalista, irónica y agobiada con mucha frecuencia y en circunstancias diversas; por ejemplo, me dice otro amigo, cuando una ambulancia no se contenta con llegar tarde sino que atropella al herido que la esperaba: «Así es Turquía»).

8.
En el transcurso de estas dos semanas a menudo me he preguntado cómo viven esta situación las personas que conozco y siento cercanas: escritores o artistas que en tiempos normales se mantienen alejados de la política por una mezcla de prudencia y hastío y porque prefieren su vida privada. Me hubiera gustado interrogar al cineasta turco Nuri Bilge Ceylan, pero en este momento está filmando, y quienes han visto sus películas —realizadas con un sistema de orgullosa autosuficiencia— saben que no dejaría de rodar para dar entrevistas. En cambio, encontré a Hakan Günday, un escritor de unos cuarenta años que se parece físicamente a Balzac y es uno de los más reconocidos de su generación: obtuvo el Premio Médicis Extranjero por su novela Daha, potente narración sobre un niño que ayuda a su padre en su trabajo de traficante de personas en la costa del Mar Egeo.
     El tema es político pero tratado en tono intimista, el único que interesa realmente a Hakan. «Porque aquí hay tres posturas posibles», me dice. Una es entrar en el juego, pero entonces estás condenado a despertar cada mañana en un país nuevo, te vuelves loco siguiendo las noticias porque todo se mueve con extrema velocidad. El juego de las sillas que describía mi amigo José obsesiona sus vidas. La segunda manera es lo opuesto: refugiarse en una visión a largo plazo, aceptar con fatalismo haber nacido en el país equivocado en el momento equivocado y decirse que tal vez en treinta, cuarenta o cincuenta años todo cambiará y que sin duda en diez años Erdoğan estará muerto, pero que el país no por fuerza estará mejor, que tal vez estará peor y entonces la solución es encerrarse en su intimidad, esconderse en su concha en la medida de lo posible, sin descartar el riesgo de ser descubierto y atrapado. La tercera, finalmente, es tomar distancia evitando seguir las etapas del juego como un hámster que gira en su jaula tratando de entender las reglas. Esta posición es la que en principio atrae a Hakan, pero confiesa que en el fondo es como todo mundo, es decir, va de una a otra. Si hay algo útil que puede hacer, como por ejemplo marchar por la liberación de Asli Erdoğan, lo hace, porque de lo contrario no podría dormir ni mirarse en el espejo. Pero lo que más le importa es seguir trabajando.
     Trabajar, es decir, escribir novelas, historias, y no notas periodísticas o artículos de opinión. Buscar la universalidad y no ser prisionero del clima político turco; en el extranjero quiere ser visto como escritor y no como un portavoz a quien eternamente se le pide su impresión sobre Turquía. Al escucharlo pienso en algo que a menudo me sorprendía en Rusia. Un autor inglés o francés puede escribir sobre lo que se le antoje. El amor o la amistad, el tiempo que corre, la vejez que viene, los jardines que florecen y se marchitan, el miedo a la muerte: nadie espera que hable especialmente de Inglaterra o de Francia. Un escritor ruso, por el contrario, debe hablar de Rusia y de lo que significa ser ruso. Esta identidad rusa es capital, central, no es opcional, como la francesa para un francés. Es exactamente igual para un escritor turco: lo que se busca en él es sobre todo su identidad turca. Es precisamente contra eso que lucha Hakan Günday: ser escritor, me dice, es hacer sentir la complejidad de lo real, es ser hombre antes que turco. Hakan recuerda al gran novelista de los años setenta, Ouzbek Atay, a quien le reprochaban con vehemencia escribir novelas psicológicas en un país en llamas. Hakan también quiere escribir novelas psicológicas en un país que arde y prácticamente nunca ha dejado de arder. Piensa inclusive que es un acto de resistencia, tal vez la única forma viable de hacer política. En toda esa confusión yo buscaba a un interlocutor con quien identificarme y pienso que lo encontré: si yo viviera en su país o si el mío se fuera pareciendo al suyo, yo trataría de hacer lo mismo que hace él, estoy seguro                 l

Traducción del francés de Dulce María Zúñiga

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